(Segundo diario) Jueves, 20 de abril de 2017. Una planificación de la vida, Nishitani y una posible clasificación de las personas



Los exámenes están cerca y debería ponerme a estudiar hoy mismo. Una buena planificación para mi vida sería la siguiente: estudiar y hacer exámenes hasta que salga de la universidad y, más adelante, sustituir el estudio por un trabajo y los exámenes, por un sueldo; en paralelo a todo ello, ir escribiendo. Y, sin embargo, con solo pensar en esta planificación me doy cuenta de que será imposible mantenerla. Tener una idea vaga del futuro nos ayuda a avanzar con decisión y serenidad, como también lo hace marcarse objetivos a corto plazo; pensar en un futuro definitivo y seguro, en cambio, solo podría frustrarnos.
Sigo leyendo el libro de Carter. El capítulo dedicado a Nishitani Keiji empieza con unas palabras del filósofo japonés sobre su juventud: «Mi vida, cuando era joven, puede describirse en una sola frase: fue un periodo absolutamente sin esperanza. […] Mi vida en aquel entonces estaba atrapada completamente por la nihilidad y la desesperación.» ¿Acaso las cosas pueden ser diferentes? Bueno, quizá sí que pueden ser diferentes. Si todas las personas nos planteásemos el sentido de nuestra experiencia continuamente, este mundo sería insoportable. Sea por mala o buena suerte, solo somos unos pocos quienes nos podemos permitir ese lujo. Cuando esa preocupación se convierte en una creación humanística (quiero decir: en una obra filosófica, literaria, artística…), ya se ha encontrado un sentido a la existencia ―un sentido provisional, inestable, como todos los que le podamos dar a la vida.
Es la una de la tarde y, desde que me he levantado, ya he bebido tres cafés. ¿Tanto estimulante para qué? Bebo mucho café esos días particularmente vacíos. Es un poco contradictorio, pero creo, engañándome, que beber café los llenará de color. O algo así. En cualquier caso, me conviene empezar a escribir una novela. Un proyecto grande ordena la vida, como un pasillo ordena una casa o una nariz ordena la cara.
Se ha hecho de noche. Aunque tengo que hacer varias cosas, pienso que lo que realmente me apetece es escribir este párrafo. Que este diario no tenga ninguna finalidad concreta lo convierte en el texto que mejor podría plasmar la actividad de mi pensamiento. Si buscásemos un objeto que simbolizara la actividad del pensamiento, nos tendríamos que quedar con el pinball. En cualquier caso, lo que ahora se me pasa por la cabeza es que estamos todos obsesionados con hacer clasificaciones. Es normal: clasificar lo que vemos nos da la sensación de que sabemos algo; por otra parte, creer que sabemos algo nos hace pensar que el tiempo no ha pasado en vano. Puestos a hacer clasificaciones, deberíamos huir de la división de las personas en estos dos grupos: las estúpidas y las no estúpidas. Da lástima hablar con alguien que usa esta división para toda la humanidad. También podríamos agrupar los seres humanos en nobles y personas que anulan a otras personas. Esta división me parece mucho más razonable por instinto de conservación y por voluntad de vivir en paz.

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