(Segundo diario) Jueves, 13 de abril de 2017. Renegar de una novela y las rosas



Sigo corrigiendo La fuerza de lo que no será. ¿Qué voy a hacer con esta historia? No puedo enterrarla en un cajón porque, si empezase a guardarme para mí todo lo que escribo y no me satisface, nunca publicaría nada. Prefiero ser ese tipo de escritor que lo saca todo a la luz, que raramente esconde, que escribe todo lo que se le ha pasado por la cabeza en algún momento y que publica sin demasiados reparos. Algunos dirían que este es el camino menos reflexivo, pero a mí me parece el que va más acorde con la sinceridad y la finalidad que doy a mi obra.
¿Y bien? ¿Dónde acabará La fuerza de lo que no será? Lo único que sé es que, cuando haya acabado de corregir el manuscrito, ya estaré pensando en esa otra novela que está en camino, que va tomando forma en mi cabeza. En ella, habrá dos hermanos y una madre. Vi claramente que tenía que ser así; lo vi en un momento en que me encontraba muy alterado, muy angustiado. No toda la literatura surge de momentos de frenesí sentimental, pero, con el tiempo, he comprobado que a algunas grandes ideas les da por aparecer cuando uno está más abatido.
A las cinco y media, he salido al patio y he visto que las primeras rosas ya están brotando. Todavía son puntitos de color que alegran la sequedad de las hojas oscuras. Estas rosas, tan precoces, son las que ahora nos llaman la atención, pero no hay motivo para que veamos la precocidad como algo tan fascinante como hacemos normalmente.
Si esperamos a finales de abril, encontraremos que la mayoría de las rosas se habrán abierto como bocas que bostezan. Esas más precoces, quizá cansadas, perecerán antes o quedarán disimuladas entre las demás. ¿Por qué les corrió tanta prisa? Frecuentemente se ha usado el tópico de las rosas hermosas que acaban muriendo, pero, ahora, encuentro más atractiva la imagen de las rosas pacientes. Miró dijo algo bonito: «No és una obra el que compta, sinó la trajectòria de l'esperit durant la totalitat de la vida (...).»

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