(Segundo diario) Domingo, 9 de abril de 2017. Una introducción y Sor Rita



Este diario es el hermano pequeño de mi Diario de adolescencia, que escribí entre el 18 de abril de 2013 y el 5 de marzo de este año. Me habría gustado publicarlo en Internet antes de iniciar el Segundo diario, pero la timidez me lo impide. Cuando hayan muerto algunas de las personas a que me refiero en él o los hechos que cuento hayan sido olvidados, quizá me anime a colgarlo.
Este otro diario será público desde un primer momento. De hecho, el otro también lo debería haber sido: ¿por qué esconderse? Hay algo que no me convence en eso de tener secretos, algo en ello que se opone a la sinceridad.
¿Qué sentido tienen estas páginas? El mismo que el resto de mi obra. El género literario con que me siento más cómodo es el del diario. También he escrito novelas y relatos, es cierto, pero ha sido porque he querido dármelas de escritor serio y, generalmente, los escritores serios no escriben (únicamente) en su diario personal.
Realmente, me sabe mal no publicar mi Diario de adolescencia. Es uno de mis textos más largos y las cantidades grandes siguen impresionándome, como cuando era un niño. Hoy, por la mañana, estaba bastante resuelto a publicarlo una vez lo hubiera corregido. No obstante, he releído las tres primeras páginas y se me ha caído la cara de vergüenza: las opiniones que allí muestro, las opiniones que tenía a mis catorce años, no me representan.
Otra opción sería borrar esos pasajes con que no se siento identificado y publicar el diario igualmente. No. No puedo hacerlo porque siento demasiado respeto por mi yo del pasado. De pequeño, me decía a mí mismo: «Lo que me da más miedo de crecer es olvidar los objetivos que ahora me he marcado.» Al menos uno de estos objetivos ―dedicar mi vida a la escritura― sigue en pie.
Antes de que haya anochecido, voy con Francesc a Sor Rita. La entrada del bar echaría para atrás a los más decentes. El techo, decorado con tacones de aguja, no está mal. Hay pelucas en estanterías y unos sofás con los que, cada dos por tres, los clientes tropiezan. Lo hacen de la siguiente forma: no ven el sofá, le dan una puntada de pie, hacen un gesto como si se fueran a caer, se incorporan y sueltan una risotada. Es importante reír después de los tropiezos.
―Serás la primera persona que salga en mi nuevo diario, ¿sabes? ―le digo a Francesc.
―No cuentes nada de lo que te acabo de decir.
Bueno. Esa no es la finalidad que persigo. Escribir sobre cotilleos sería apasionante, por supuesto, pero conllevaría un problema: las palabras escritas pueden ser percibidas como una agresión (me atrevería a decir que más que las palabras dichas) y poner a la gente en pie de guerra. Es curioso que sea así: las palabras, a veces, duelen más que las imágenes, porque las imágenes son lo que predomina en nuestros días y con lo que estamos más familiarizados.
Este diario podría ser un recojo de pensamientos. Es precisamente lo que aspiro a hacer con la literatura: fijar mis pensamientos, escribir notas sobre observaciones que he hecho a lo largo del día.
Hablando de mis propias expectativas, noto cómo crecen. Lo único que temo es que no sabré mantener la constancia que exige un diario. La constancia parece pan comido cuando se practica durante un par de semanas o meses; mantener la constancia a lo largo de los años es un prodigio; para que la constancia, la sistematización fuera posible, la vida debería ser más estable de lo que es.

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