(Artículo) Observar estando escondido


  
Cuando era pequeño y estaba enfermo, me gustaba acostarme en la cama y fingir que dormía. Por la noche, mi madre venía a despedirse y, al creer que ya estaba descansando, ni se le ocurría despertarme. Entonces, me arropaba y me daba un beso de buenas noches; un poco más tarde, entrecerraba la puerta. La sensación que me daba fingir que dormía era fenomenal: ¡sabía cómo se comportaban los demás más allá de cuando yo estaba presente ―de cuando yo estaba consciente, quiero decir!
En el último capítulo del programa Amb filosofia, el profesor Xavier Antich habló sobre una de las historias con final más macabro de la mitología griega. Es la de Acteón y Artemisa, que aparece en las Metamorfosis de Ovidio.
Artemisa, un día, estaba metida en un charco de agua del bosque, porque era una ninfa y estar desnuda en el agua es lo que suelen hacer las ninfas ―o solían hacer. Acteón, que caminaba junto a sus perros, pasó por allí y la descubrió. Fue a esconderse para que Artemisa no se diese cuenta de él, pero hizo un ruidito que la llevó a advertirlo. Ella le arrojó agua del charco y, así, lo convirtió en ciervo. Corrió por el bosque en forma de ciervo hasta que sus propios perros lo devoraron vivo. ¿Y bien? Con este relato, Antich pretendía que nos diésemos cuenta de que nuestra cultura rechaza a quienes miran a escondidas.
Xavier Antich en Amb filosofia
La pintura El columpio, de Fragonard, es otra muestra de la baja consideración en que tenemos a los espías. En esta obra, dos jóvenes se están seduciendo mientras un anciano les observa desde la penumbra. En el mito griego que contábamos antes, quien espiaba era un joven, posiblemente. (Si nos fijamos en la historia del arte, la mayoría de pintores que retrataron a Acteón lo hicieron como joven: Tiziano, Poussin, Parmigianino [WTF], Carracci, Delacroix… salvo Rembrandt.) En este lienzo de Fragonard, en cambio, quien espía es un viejo. En definitiva, esconderse para observar es una actitud sin edad.
El baño de Diana, de Rembrandt
En el último videoblog de Ter ―que es una de las mujeres más guais de YouTube― habla sobre una obra de la fotógrafa Cindy Sherman que se titula Untitled Film Stills. En prácticamente todas las fotos de esta serie, Sherman se retrata a sí misma mirando hacia fuera del marco fotográfico, como indicando que hay algo más allá de lo que ve la cámara. El espectador no puede evitar preguntarse: «¿qué es lo que está mirando? ¿Qué hay que sea tan apasionante fuera del espacio encuadrado?» Las personas solemos interesarnos por eso que no deberíamos mirar, eso que presuntamente no podemos mirar. La actitud de quien espía, seguramente, viene de este deseo de mirar más allá de lo permitido.
Untitled Film Still, de Cindy Sherman
Algunos jurarían que nunca han espiado. Mienten. El cine nos ha convertido a todos en mirones de una realidad de la que solo formamos parte relativamente. Nos sentamos delante de una pantalla y dejamos que las imágenes pasen por delante de nosotros con el convencimiento de que los personajes no se girarán y nos preguntarán: «Perdona, ¿qué te crees que estás haciendo?» El momento en que un espectador puede sentirse más estrechamente conectado con la peli que está viendo es o bien ese momento en que ocurre algo con lo que se identifica o bien ese momento en que un actor mira a cámara y parece que nos haya pillado haciendo algo malo. Jean-Pierre Léaud, por ejemplo, en La mort de Louis XIV, dirige la mirada a la cámara con una gracia inaudita.
Pero espiar no siempre se ha relacionado directamente con lo que no debería ser hecho (como en el caso de Acteón) o con una vejez decrépita (como en el espía de El columpio). En la novela Por el camino de Swann, el narrador cuenta que, cuando él era un niño, solía ver por donde vivía a la hija de un tal señor Vinteuil y a una amiga de ella. Una vez, se dedicó a espiarlas mientras estaban juntas: asegura que «el recuerdo de esa impresión estaba llamado a jugar importante papel en mi vida.» Muy curiosamente, una de las chicas que está siendo espiada se dirige a la ventana para cerrarla y le dice a la otra: «es muy molesto que nos vean.» Un poco más adelante, se explica a sí misma: «Cuando digo que nos vean, me refiero a que nos vean leer: es que por insignificante que sea lo que está una haciendo, siempre molesta que haya unos ojos que nos estén mirando.» El narrador no es descubierto y, por lo tanto, no es reprimido por haber observado sin permiso.
Hoy en día, es más importante que nunca que nos fijemos en lo que significa espiar. Espiar es observar sin ser visto, es saber que alguien ha hecho algo sin que ese alguien sepa que lo sabemos. Que no nos confundan las redes sociales: por más que en Instagram veamos fotos y vídeos de gente en su intimidad, esas fotos y vídeos están en Instagram porque sus autores y protagonistas, en la gran mayoría de los casos, lo han querido. Las llamamos redes sociales, precisamente, porque muestran la sociedad que nos rodea, y la sociedad ―es decir, la vida social― es el mundo de las apariencias por excelencia.
No voy a proponer que espiemos más de lo que ya lo hacemos, pero podría proponer que no nos sintiéramos tan mal con nosotros mismos cuando se nos presenta la ocasión de observar sin ser vistos. Por ejemplo, me ha pasado muchas veces que, estando en el autobús, me he puesto a escuchar la conversación que tenían unos pasajeros que no conocía de nada. Recuerdo especialmente una que escuché el curso pasado, cuando estaba en segundo de bachillerato. Un hombre y una mujer trajeados comentaban: «¿Te acuerdas de cuando íbamos a la universidad? Esos fueron los mejores años de nuestra vida.» Y he empezado este nuevo curso, en el que ya estoy en la universidad, con el ligero convencimiento de que los años de universidad son inmejorables, aunque quizá fuera excesivo llamarlos «los mejores» cuando la vida es algo más que este periodo.
Algunos pensarían que escuchar conversaciones ajenas es una pérdida de tiempo y, además, una indelicadeza, pero, para alguien que se dedique a la creación artística, veo enriquecedor espiar, saber cómo son las vidas de los demás, cuáles son sus preocupaciones. En una entrevista con Joaquín Soler Serrano, Mercè Rodoreda, escritora catalana a la que algún día le haré un altar en mi casa por ser tan lúcida, respondió a la pregunta de cuándo había empezado a escribir diciendo: «Me acuerdo que era muy pequeña y había unos albañiles en casa. A la hora de comer, hablaban de sus cosas, de su familia, de su trabajo, etcétera. A mí me interesaba tanto lo que decían que, muchas veces, cogía un lápiz y un papel y, así de escondidas, iba copiando lo que ellos decían.»
Es cierto que en el cine, como espectadores, nos convertimos en espías, pero lo que se nos muestra en pantalla no es comparable a lo que encontraríamos en la realidad: lo que aparece en pantalla es una construcción cinematográfica, lo que supone que muchas personas han intervenido en ella y la han modificado. Observar la realidad de los demás, a veces, puede ser una fuente de inspiración más intensa que las películas que veamos, los libros que leamos, las exposiciones que visitemos. Dicen que nunca podremos saber cómo es la realidad cuando no somos nosotros quienes la observan, pero espiar a los demás nos hace conocer la realidad, al menos, tal como es cuando otras personas no saben que nosotros estamos inmediatamente en ella.
28-IV-2017

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