(Relato) El grito más culpable



No suelo contar historias que no me afectan porque uno de los temas principales sobre los que escribo es mi vida. Sin embargo, cuando me contaron un hecho que tuvo lugar ayer por la tarde, creí que me correspondía dejar por escrito lo ocurrido. Más allá de las faltas que este texto tenga, el lector me deberá reconocer que me distancie de la escena que describiré hasta el punto de no compadecer a los mártires de un grito ―o de varios gritos.
Hoy, por la mañana, cuando he entrado en la tienda, me he encontrado con que la dependienta hablaba por teléfono efusivamente. He esperado a que colgase y, antes de pedirle lo que quería, le he dirigido una mirada interrogante. Le debería haber preguntado por qué se la veía tan angustiada, directamente, pero no la conozco tanto como para atreverme a hacerlo.
―Perdona que te haya hecho esperar. ―me ha dicho, pasándose las manos por la cintura, como si se desembarazara de un peso.― Desde ayer, no descanso ni un minuto. Me pasó algo sorprendente, algo con lo que dije: «¡ya basta!» Pero, por más que esté decidida a que no se repita nada parecido en mi tienda, tengo el malestar en el cuerpo.
He intentado controlar el impulso de preguntarle qué había pasado. Me he esforzado por desviar mis pensamientos hacia algo automático, como un poema que me supiera de memoria o las tablas de multiplicar. La tentación ha sido demasiado fuerte: he buscado la fórmula más discreta con que invitarla a que me confesase lo sucedido.
―Espero que no sea ninguna desgracia. No lo es, ¿verdad? Ninguna desgracia relacionada con el dinero, el amor o la salud, que dice la canción que es lo más importante.
Ha notado, desde un primer momento, mi intención de que acabase contando lo ocurrido. Ha retrocedido medio paso, como si tuviese razones para desconfiar de mí. Después, habiendo hecho un amago de reflexión, ha vuelto a adelantar el cuerpo. Ha apoyado los codos sobre el mostrador en que me estaba atendiendo y ha empezado:
―Diría que eran las cinco y media. O tal vez las seis. No sé: un momento entre las cinco y media y las seis de la tarde, cuando los niños ya habían salido del colegio. Una madre, con su hija de la mano, entró en mi tienda y se puso a hacer cola.
»Cuando acabé de atender a otro cliente, me preguntó: “¿Ahora me toca a mí?” Y otra de las señoras que estaba esperando saltó: “No, chica, no. Ahora me toca a mí. Luego, le toca a esta otra señora. Finalmente, le tocará a usted, que acaba de entrar.” ¿Te das cuenta del tipo de mujer que era? ¿Te das cuenta?
»Mientras despachaba a la señora que había puesto los puntos sobre las íes, entraron dos madres progres, de estas madres jóvenes que van con los bebés colgando del cuerpo. Se pusieron detrás de la madre que se había intentado colar.
»La hija de esta, de repente, empezó a chillar. Pero chillaba de una manera… Mira, no te lo podrías imaginar. ¡A mí me pitaban los oídos! Y no paraba, no paraba: chillaba sin control, pataleando y todo. La madre le iba diciendo: “Cuando dejes de chillar, hablaremos.” Nada más. La dejaba chillar. Todos los clientes se volvían hacia la madre y la hija; cruzaba miradas con algunos de ellos, porque todos estábamos incómodos.
»Y así siguió un rato larguísimo. La madre empezó a hojear un muestrario y, mientras tanto, su niña seguía con el concierto: ¡aaah! ¡Aaaah! De vez en cuando, alguien le preguntaba a la madre qué le pasaba a la niña y esta respondía que, desde que había salido del colegio, había estado así. ¿Habría sido tan difícil que se la llevase a casa?
»Harta, de un momento a otro, miré a la niña y grité: «¡ya!» Por un instante, se calló, pero, luego, volvió a chillar con más insistencia que antes. Si los clientes habían relajado los hombros en el momento en que se había quedado muda, ahora volvían a encogerse. Algunos salían de la tienda para no volver.
»Las madres progres se acercaron a la puerta y, antes de salir, comentaron en voz alta: “Yo no vuelvo a una tienda donde se grita a los niños.” Y salieron. Si no lo hubieran hecho, las habría barrido, te lo digo en serio.
He tragado saliva. La dependienta parecía tan consternada mientras me lo contaba que me han venido ganas de llorar. Quizá pase que soy muy sensible a todo tipo de situaciones incómodas, pero ver que la historia iba de mal en peor me había empezado a marear.
―Y, espérate, que aún no he acabado. ―me ha espetado, levantando un brazo.― Al cabo de cinco minutos, las madres progres volvieron a entrar y le dijeron a la madre de la niña gritona: «Yo no compraría en una tienda donde se ha gritado a mi niño.» ¡Ay, en ese momento! ¡Cuánto les había dicho!
»Me limité a girarme hacia ellas y decirles que yo era madre de dos criaturas y que, si mis hijos me hubieran montado un espectáculo como ese algún día, les habría castigado instantáneamente. “Pero es que tienes que gritar a la madre, no a los niños.”, zanjaron. Por suerte, se fueron después de esto.
»La madre de la niña no compró nada. Otro cliente le dijo: “Fíjese en los pantalones de su hija, señora. Se está meando.” Y ella contestó: “¿Qué? No, no se está meando. Eso no es nada.” Aunque su cría no se meaba, salió escopeteada de la tienda.
Se me han olvidado las cosas que quería pedirle. La narración me ha dejado descolocado. La habría abrazado, pero la gente del comercio local solo es confiada aparentemente; en verdad, si me hubiera acercado a ella más de lo debido, antes me habría plantado un golpe que una caricia.
―Podría sacar un relato de esto que me acabas de contar. ―he contestado. Más que para dejar constancia de mi afición a la escritura, se lo he dicho porque no se me ocurría nada más. La he mirado con ojos de admiración, porque me ha parecido digno de aplauso que alguien que hubiese pasado por una experiencia tan intensa se hubiese repuesto en tan poco tiempo.
Se me criticará que en mi escrito se note mi opinión sobre la historia que me contó la dependienta. ¿De quién fue el grito más culpable? Probablemente, si la misma historia me hubiese sido narrada por la madre de la niña, creería que el grito más culpable es el de la dependienta. No obstante, como que ha sido la dependienta quien ha puesto palabras a esta historia, me decido a actuar como actúa la mayoría y doy credibilidad a lo que me cuentan las personas que conozco, y no a las versiones que me habrían podido contar otros personajes de esta comedia.


RETRATO DE JOAN CRAWFORD DE JAMES MONTGOMERY FLAGG

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