(Microcuento) Ascensión y caída



El curso no pudo haber empezado mejor. Desde el comienzo de la carrera, había acumulado buenas notas; la previsión era que lo siguiera haciendo, como, en primavera, la previsión es que a l’abril, aigües mil y pel maig, cada dia un raig.
Además, tenía pensado dar clases de repaso a mi sobrina. ¡Ganaría dinero! Podía convencerme de que mi vida ya estaba llena, puesto que todo lo que me interesaba ―ir a clase para no aburrirme y cobrar para darme caprichos― había sido satisfecho.
No preví que fuera a enamorarme. Si las cosas así se advirtieran con antelación, en más de una ocasión haríamos lo imposible para que no pasaran. En cualquier caso, esta vez, dejé que un compañero de clase me sedujera. O quizá su intención no era seducirme, pero parecía que hubiera construido todo su carácter con relación a ese fin: fascinar a los demás.
Él se había interesado por mí. Me correspondía mostrar cierta desgana. Tenía que conquistarme, del mismo modo que se conquista una manzana que aún está en el árbol; si fuera la misma manzana la que se nos ofreciera, perderíamos el apetito.
Mientras daba lecciones a mi sobrina, encendía y apagaba la pantalla de mi móvil constantemente. Esperaba sus mensajes con un nerviosismo que me debería haber preocupado. Prefería no preguntarme si a él le emocionarían tanto los mensajes que le enviaba. Sabía que probablemente no sería así, ya que, en toda relación, siempre hay alguien que tensa la cuerda y alguien que deja que una cuerda lo tense. Al menos, esa es la sensación que todos tenemos cuando notamos, en nuestras manos, el contacto con alguien delicado y valorado.
Una mañana, no me envió ningún mensaje deseándome buenos días. Siempre era él quien lo hacía. Tuve la tentación de enviarle un mensaje, pero, entonces, habría notado mi inquietud. En las siguientes semanas, no me dijo nada.
En las clases que compartía con él, me sentaba en las últimas hileras y perdía las horas observando su cabeza, que asentía a lo que decía el profesor o se agachaba para escribir sobre el pupitre. Un día, pasé por su lado y me aseguré de que notase mi presencia; pese a ello, no se inmutó; estaba claro, pues, que me ignoraba.
Las clases con mi sobrina me fatigaban porque me hacían pensar en esos ratos de distracción en que respondía a sus mensajes. Mi sobrina no tenía la culpa de nada, pero, después de que me preguntara tres veces seguidas qué era un soneto y que me estirase de una manga, le di un cachete, gritando: «¡No te mereces que te haga tanto caso!»

Rufus hale, de David Hockney

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