(Literatura) El otoño de una chica. Vida de provincias, de María Yuste




Vida de provincias, de María Yuste, no solo nos hace pensar en el otoño porque se le caen las hojas. Nos hace pensar en el otoño porque lo que se cuenta en esta novela de autoficción parece ser una vida que se acerca al fin cuando aún no ha llegado a su madurez.
No estamos delante de una novela en que se cuenten grandes aventuras ni aparezcan héroes. Yuste prescinde de pirotecnias argumentales. La mayor aventura que vivirá la narradora protagonista será la búsqueda de su propia identidad, de la que se nos habla a través del símbolo de la fotografía. No es casual que el primero de los dos capítulos en que se divide el libro se titule «Álbum familiar».
Las fotos de álbumes de familia abren y cierran la narración. Al inicio, ya se nos cuenta lo traumática que fue la experiencia de ir al fotógrafo para la protagonista. Hay cierto horror en sacarse una foto: la narradora, que todavía era una niña cuando pasó por este mal trago, se compara a sí misma con La Dolorosa.
¿Y quién no compartiría con ella un poco de este horror? Conscientemente, lo que más nos preocupa cuando nos sacan una foto es que salgamos mal. Sin embargo, la idea de ser fotografiado tiene, de por sí, un misterio que nos asusta. Ser fotografiado significa quedar para la posteridad. La fotografía es más objetiva que la memoria. La narradora nos dirá: «Lo que queda para la posteridad de una persona no suele ser muy trascendental.»
Las fotos no solo aparecen en forma de símbolo de la identidad. También hay episodios que son fotos en sí mismos: como hizo Josep Pla en una de sus pocas novelas, El carrer estret, la narradora retrata algunas personas de un entorno concreto (su barrio) con toda la crudeza de que es capaz: desfilan por sus líneas personajes tales como una señorita María Jesús que dice que Dios está en todas partes, la vecina del edificio de enfrente, un hombre siniestro que deja que los niños toquen el timbre de su bici, un hombre bebido que pide dinero, el que se pasea por el jardín rezando el rosario en latín, un tal Paco, una mujer sola… La novela se compone, en gran parte, de personajes inmóviles.
Este inmovilismo del mundo en que vive la protagonista puede ser consecuencia de otro de los grandes temas de la obra: el cansancio prematuro. La narradora pertenece a esa generación entre los ochenta y los noventa de quienes ya nacimos cansados. La causa de este cansancio, probablemente, es una relajación de la moral en las personas que nos invita a olvidar el trabajo y el esfuerzo como motores de nuestras vidas.
Pero es improbable que tanta inactividad en la vida de la protagonista sea solo una consecuencia de los tiempos en que vive. También hay circunstancias de su vida personal que la habrían afectado: la situación económica de sus padres, un ambiente fuertemente religioso y una cultura pop que llena nuestras cabezas de ideales irrealizables.
Estos ideales irrealizables es con lo que más me identifico de la narradora. Ve Padres forzosos por la tele, escucha la música de Chayanne, idealiza a Ville Valo («Él era mejor de una forma en la que ellos nunca habrían sido capaces de entender.»), tiene amigas a quienes les gusta Camela… Todos estos cantantes y actores de la cultura pop de los noventa comparten un rasgo: son tan perfectos que parecen irreales. Las masas de jóvenes (¿y quiénes son las masas? Las masas somos todos nosotros.) los pusieron en un pedestal.
El buen rollo que transmiten estos cantantes y actores contrasta con el pesimismo de la narradora. Es de aquí de donde viene su deseo de ser otro. Se verá aumentado cuando empiece a chatear con un chico del otro lado del océano, Sean. Él, asimismo, quiere huir de su realidad: «creo que preferiría las lluvias de España.», le dice a la narradora. Y añade: «la perspectiva de mudarme a mí también me asusta.» El miedo puede ser uno de los factores que provocan la inactividad porque destaca esta generación.
La búsqueda difusa de la identidad (el nombre de la narradora, María Eugenia, solo se menciona al final del primer episodio), el cansancio y el aburrimiento de la juventud… La vida de la protagonista se nos muestra agujereada, llena de vacíos. Lo que los llenará, al final, será el alcohol, puesto que «es divertido. Lo de poder ser otra persona, digo.» Con el paso del tiempo, se hará evidente que el alcohol es una solución insuficiente: «Yo sé que solo el alcohol puede salvarnos de esta pero de momento no está funcionando y ni nos estamos divirtiendo ni podemos disimular que nos gustaría estar en otro lugar.»
Quizá el estilo de María Yuste pueda resumirse con unos versos de Luna Miguel: «La tristeza ya no es bonita, es solo tristeza y/por eso hablamos con frases breves y oraciones/tiernas.» Aunque sería inadecuado hablar de «oraciones tiernas» al describir a María Yuste: lo que la escritora nos propone es una prosa descarnada y, hasta cierto punto, cínica; sus momentos de mayor esplendor poético tienen lugar cuando se decide a mezclar la crueldad del mundo con la belleza de la palabra, como al referirse a un vagabundo: «Dicen que su pastor alemán dormía a sus pies y que la luz de la confitería de enfrente les alumbraba con una calidez como si del fulgor de la lumbre en una segunda residencia en la sierra se tratara.» O como al describir materias asquerosamente orgánicas: «carne quemada por el sol que ya se ha podrido» o «las entrañas del cerdo tiradas a la sombra de un naranjo».
El estilo de Yuste también se caracteriza por la oración simple o de subordinación muy clara, la anáfora (como en uno de los episodios más bellos de la novela, «Ahora estás muerta», en que la narradora escribe una elegía por la muerte de su amiga, La Porro) y la polisíndeton, con que la narración se agiliza pese a que los sucesos sean mínimos.
Esa concisión y sobriedad con que se relatan algunos hechos y costumbres de su infancia y adolescencia se combinan harmoniosamente con el otoño al que parece haber llegado su vida. Pero este otoño es solo una apariencia: en lugar de escoger el vitalismo y ver la vida como una primavera, la narradora ha escogido verla como si la muerte estuviera cerca y en cada cosa hubiera algo realmente trágico. Escoger esa opción no es un error: tal vez la mirada más realista con que podamos observar la vida sea la que mezcla la ilusión por vivir y la consciencia de la muerte, por más que en Vida de provincias nos inclinemos hacia el segundo extremo.

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