(Literatura) Descartes o la situación límite de la duda metódica



  
Las Meditaciones metafísicas, de Descartes, son un ensayo de filosofía que leí el curso pasado, en segundo de bachillerato, porque entraba en el temario de la Selectividad. Sé que un libro filosófico raramente tiene relación directa con la literatura, pero, cuando leí este ensayo, me lo tomé como si fuese una novela.
A veces, se tienen demasiados prejuicios con Descartes. Es un filósofo algo repelente. Desde el Romanticismo, se lo ha abucheado repetidamente. Mi profesor de Historia de la Filosofía dijo de él: «Descartes es asquerosillo.»
Al empezar a leerlo (empecé con un libro anterior a las Meditaciones, el Discurso del método), me daba malas vibraciones. Sin embargo, ya en la primera página, encontré una frase que me encantó: «Las grandes almas son capaces de los mayores vicios tanto como de las mayores virtudes, y los que no caminan sino muy lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que los que corren apartándose de él.» Me fijé más en la segunda parte que en la primera, porque siempre me han dicho que soy un chico lento. Es genial que haya filósofos como Descartes que hablen tan bien de la lentitud. Hacen que me sienta comprendido.
Pero, como he dicho, el libro que quiero tratar no es el Discurso del método, sino las Meditaciones, que es un libro menos famoso y que se publicó posteriormente. Viene a decir algo parecido, pero, mientras que el Discurso del método fue escrito en francés para que todo el mundo lo entendiera, las Meditaciones fueron escritas en latín. Además, pienso que solo la estructura que sigue Descartes en las Meditaciones me permite esta comparación con la estructura de una novela.
Una de las primeras preguntas que nos haríamos sería: ¿para quién fueron escritas las Meditaciones? Sobre ello, Descartes habla en el «Prefacio»; describe cómo es su tipo de lector ideal: «(…) no aconsejaré jamás a nadie que lo lea [mi libro], sino a aquellos que quieran meditar conmigo seriamente y que puedan desprender su espíritu del trato con los sentidos y liberarlo de toda clase de prejuicios y de sobra sé que los tales son más bien pocos.» Parece que nos proponga subirnos a una montaña rusa con él.
Lo que también es curioso es que, en ese mismo «Prefacio», habla sobre sus haters y el poco caso que les hace: «(…) los que, sin cuidarse mucho del orden y ligazón de mis razones, se entretengan en censurar cada una de las partes, tal y como hacen muchos, estos, digo, no sacarán gran provecho de la lectura de este tratado; y aunque puede ser que encuentren ocasión de ser quisquillosos en muchos lugares, apenas podrán objetar nada apremiante o que sea digno de respuesta.» Lo que Descartes está haciendo es maravilloso: se avanza a la mayoría de divas pop con Twitter del siglo XXI y, en pleno siglo XVII, nos dice que la solución más inteligente ante los detractores es el silencio.
Antes del «Prefacio», en otro texto previo a las meditaciones que tiene el título de «A los señores decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París», Descartes había escrito otro comentario hermoso: «(…) tengan la fuerza que tengan mis razones, por el hecho de pertenecer a la Filosofía, no espero de ellas que produzcan un gran efecto sobre los espíritus si no las tomáis bajo vuestra protección.» Descartes, como haría un buen profesor de literatura del bachillerato o de la secundaria, nos invita a acoger sus razones en nuestro interior, a identificarnos con el texto, a dejar que nos hable particularmente a nosotros.
Así pues, antes de empezar a leer las Meditaciones propiamente, nos hemos encontrado con que Descartes nos advierte que su lectura será una experiencia intensa, que le dan igual sus haters y que lo que deberíamos hacer es leer su libro como si tuviéramos que ser quienes lo protegieran. Todo esto, sumado a que este libro representa bien la confusión con que habitamos en el mundo, me hace pensar que es una lectura perfecta para todo joven.
Josep Pla escribió en Girona, un llibre de records: «L’adolescència és molt sensible a les contradiccions de la vida; després, tot sembla més natural.» En la adolescencia, las contradicciones de la vida nos abruman. Encontrar a Descartes es toda una salvación. Descartes es un hombre que, en resumen, se rayó porque veía que no podía fiarse de nada de lo que le habían enseñado; decide tomar las riendas de su vida y volver a construir, desde el principio, el edificio de su saber. Es un proyecto ambicioso; de hecho, me atrevería a decir que, aunque muchas personas ven a Descartes con malos ojos porque su moral era conservadora y conformista, pocos se atreverían a borrar las enseñanzas que han recibido desde niños, como si formateásemos nuestro ordenador mental, y volver a empezar.
Después de esta dedicatoria y del «Prefacio», nos encontramos las seis meditaciones. En la primera, titulada «Meditación primera: De las cosas que pueden ponerse en duda», el narrador, en primera persona, nos cuenta que, tiempo atrás, se dio cuenta de que «había recibido como verdaderas muchas opiniones falsas», como andábamos diciendo.
Este narrador decide «comenzar todo de nuevo desde los fundamentos» para poder «establecer algo firme y constante en las ciencias.» El propósito de Descartes es incendiario para su época. Su obra se debe poner en contexto: aún no había tenido lugar ni la Revolución Francesa.
El detonante del problema llega cuando escribe: «Ahora, pues, que mi espíritu se halla fuera de todo cuidado y me he procurado un reposo seguro en apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones.» Que hable de destruir nos asusta un poco. Solo se refiere a que desconfiará de los conocimientos que ha recibido: es lo que conocemos como duda metódica; la llamamos metódica porque forma parte de un método que le servirá para llegar a la verdad; es una duda distinta a la que nos surge a los adolescentes, porque nosotros nos creemos que nuestras dudas no tienen solución y que no llegaremos a ninguna parte con ellas; podríamos intentar cambiar nuestras dudas terminales por dudas metódicas; quizá viviríamos mejor.
¿Y, si Descartes se decide a dudar de todo, qué es lo primero de lo que debería dudar? Duda, en primer lugar, de los conocimientos que recibe a través de los sentidos. Eso sí: se da cuenta de que los sentidos tampoco son tan engañadores como podríamos pensar: «(…) existen posiblemente muchas otras cosas de las cuales no se puede dudar razonablemente, aunque las conozcamos a través de ellos [los sentidos]: por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, vestido con una bata, sosteniendo este papel con mis manos, (…)» Con esto último, parece que haga un guiño al lector: Descartes saca el velo que separa el autor del lector y se muestra en el acto mismo de la escritura, aparentemente cómodo, con su batita y su fueguecito.
Después de dudar de los sentidos, duda de que pueda distinguir cuándo está despierto y cuándo está soñando. Nos sugiere una confusión barroca, ya que, según dice: «(…) veo tan manifiestamente que no hay indicios concluyentes ni pruebas suficientemente certeras por las cuales pueda distinguir claramente el estado de sueño del de vigilia, que me quedo totalmente atónito y tal es mi extrañeza, que casi es capaz de persuadirme de que estoy durmiendo.»
Y, si con esto no teníamos suficiente, también se monta una hipótesis: tal vez hay «un Dios que lo puede todo» que no ha creado las cosas que hay a mi alrededor, sino que soy yo mismo quien se las imagina. Y, a quienes piensen que no existe «un Dios que lo puede todo», sino que Dios es poco poderoso, les dice que, si hay un Dios poco poderoso, puede que tenga tan poco poder que, por ese motivo, me haya creado imperfecto y por eso veo las cosas que hay a mi alrededor imperfectamente. Con todo esto, no nos deja escapatoria: tanto si creemos en la existencia de un Dios como del otro, nos han engañado. Nos sentimos engañados.
Finalmente, estando ya un poco hartos de tener que dudar de nuestros sentidos, de nuestros sueños y de nuestro Dios, Descartes nos dice que también podría existir «un cierto genio maligno» que nos hiciera percibir mal las cosas de nuestro entorno. Son tantas cosas que no es extraño que nos sintamos al borde del abismo.
Y, sin embargo, la primera meditación termina con unas palabras que nos harían enfadar aún más. Descartes se ve al borde del abismo y, miedoso, decide echarse para atrás. Nos dice: «(…) recaigo … en mis antiguas opiniones, y temo salir de ese adormilamiento por miedo a que las laboriosas vigilias que sucederían a la tranquilidad de ese reposo, en lugar de aportarme alguna luz en el conocimiento de la verdad, no sean suficientes para aclarar las tinieblas (…)» Pues nada: nos deja con la duda de que podamos o no confiar en nada.
En la «Meditación segunda: De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el cuerpo», Descartes empieza diciendo: «La meditación que hice ayer me ha llenado el espíritu de tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas.» Que se refiera a ayer nos hace pensar en estas meditaciones como en una especie de diario personal donde apunta la evolución de sus aventuras. Además, tenemos la sensación de estar a la intemperie por el punto en que nos dejó en la «Meditación primera».
En medio de tanta incerteza, Descartes pide «una sola cosa que sea cierta e indubitable». Con tal de empezar a construir el edificio de conocimientos de que hablábamos, necesita una base que sea sólida. Sin embargo, se sigue debatiendo entre la idea de que la percepción que tiene del mundo posiblemente es falsa y la irrefutable idea de que él existe, porque, si no existiera, no tendría ni siquiera percepciones falsas.
Lentamente, encuentra un punto de anclaje: «(…) tras haberlo pensado bien y haber examinado todo cuidadosamente, hay que concluir, en fin, y tener por constante que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera todas las veces que la pronuncio o la concibo en mi espíritu.» Y, si yo soy, ¿qué soy? Con tal de saberlo, se pregunta qué «atributos del alma» tiene en sí, hasta llegar a la conclusión de que «el pensamiento es un atributo que me pertenece: es el único que no puede separarse de mí.» Es más: «(…) podría hacerse incluso que, si ceso de pensar, cesase al mismo tiempo de ser o existir.» Tal como están escritas las Meditaciones, parece que, si Descartes existe porque piensa, también escribe porque piensa; lo escribe todo tal como sale de su consciencia, tal como él lo reflexiona, y esto siglos antes de que, en la teoría literaria, se hable del flujo de la consciencia.
Esta fórmula ―«yo soy, yo existo»― no coincide con lo que nosotros esperábamos de Descartes; para seguir hablando en términos filológicos, diríamos que ha roto nuestro horizonte de expectativas. Queríamos encontrarnos la conocida y repetida «pienso, luego existo», pero nuestras expectativas se desmoronan: en realidad, el «pienso, luego existo» solo aparece en el Discurso del método, mientras que esa misma fórmula se expresa como «yo soy, yo existo» en las Meditaciones. No nos importa demasiado que Descartes no haya satisfecho nuestras expectativas porque la recompensa que su lectura nos ha dado es mayor: ha hecho que nos demos cuenta de que existimos porque pensamos, de que somos cosas pensantes.
A partir de este punto, se construye el conocimiento; ya tenemos la base que buscábamos. Si seguimos con la comparación de las Meditaciones con una novela, diríamos que el problema ya ha sido planteado y resuelto; nos habíamos dado cuenta de la falsedad del mundo, nos habíamos dejado llevar por la corriente y, al fin, nos habíamos detenido en un punto fijo y seguro. Hemos recuperado la estabilidad. Puede que uno de los mayores regalos que nos pueda hacer la lectura de Descartes ya nos haya sido hecho: cuando cerremos el libro, nos llevaremos la idea de la duda metódica con nosotros y, si somos listos y sabemos tomar bajo nuestra protección las razones de Descartes (como diría él mismo), la aplicaremos a nuestra propia vida.
A continuación, Descartes observa un trozo de cera; lo acerca al fuego y ve cómo se derrite. ¿Qué hay de permanente, de cierto en ese trozo de cera? No nos da ninguna respuesta. Después ve a unos hombres por la calle y duda de que sean hombres y no «fantasmas u hombres falsos movidos por resortes». A momentos, pensaríamos que a Descartes se le ha ido la olla. No: en realidad se nos va a nosotros cuando creemos que está loco. Todas esas observaciones las aprovecha para afirmar su subjetivismo: «(…) ya que ahora conozco … que no concebimos … más que por el entendimiento …, conozco evidentemente que nada me es más fácil de conocer que mi propio espíritu.» Así, diríamos que es más fácil conocernos a nosotros mismos, conocer nuestra existencia, que conocer el mundo que nos rodea; tal vez deberíamos empezar siempre por allí con tal de lograr conocimientos verdaderos.
Un concepto literario que me gusta es el de suspensión de la incredulidad: cuando leemos una novela o vemos una obra de teatro, queremos concentrarnos en ella, que nos absorba; para ello, suspendemos nuestra incredulidad, bloqueamos los pensamientos como: «eso no podría pasar», «eso es imposible», con tal de disfrutar de la experiencia del lector o espectador. Para que eso pase, la obra debe parecer real, ser verosímil. Con Descartes, pasa que, al terminar la segunda meditación, nos encontramos el título de la tercera: «Meditación tercera: De Dios; que existe». Bien. No sé qué pensaréis vosotros, pero yo me considero agnóstico; de pequeño, creía en Dios y me consideraba católico, pero perdí la fe y, aunque no encontré razones para definirme como ateo (ya que no podía comprobar que no existía Dios), tampoco encontré razones para decir que creía en Dios cuando, realmente, no era algo que sintiese en mí. Si al empezar a leer a Descartes habíamos suspendido nuestra incredulidad, puede que, en este punto, nos preguntemos: ¿cómo? ¿«De Dios; que existe»? No estoy tan seguro de ello.
La parte más novelesca de las Meditaciones ya ha quedado atrás. Ahora, Descartes intentará convencernos de que Dios es la garantía de que las cosas que percibimos por nuestros sentidos no son falsas… No estoy dispuesto a darle más credibilidad. Al menos en esto. La idea de duda metódica me había atraído; se la había consentido como lector. La idea del pienso, luego existo como base de todo un sistema filosófico también me había gustado. Sin embargo… me cuesta seguir asintiendo a todo lo que dice Descartes. Pero no por ello me detengo: sigamos con la lectura de las Meditaciones.
En esta tercera, define los diferentes tipos de ideas que existen y las condiciones con que debe cumplir una idea para ser verdadera. Habla, por ejemplo, de la idea de oscuridad, que conocemos por su opuesto: la idea de luz. Deja la idea de Dios (la cosa divina) para el final. Dice de ella: «aunque la idea de la sustancia esté en mí, pues yo mismo soy una sustancia, no podría tener la idea de una sustancia infinita, yo que soy un ser finito, si no hubiese sido puesta en mí por alguna sustancia que de verdad fuese infinita.»
Y nosotros le replicaríamos: «Eh, pero, de la misma forma que conozco la idea de oscuridad porque es el opuesto de la idea de luz, ¿por qué no me imaginaría la idea de infinitud porque conozco la de finitud, puesto que las cosas que me rodean son finitas?» Y él insistiría en lo suyo: «tengo en mí antes la noción de lo infinito que la de lo finito, es decir, de Dios que de mí mismo.» No estoy tan seguro de que tenga antes la noción de infinito que la de finito. Supongo que, para creerte a Descartes, debes contar con cierta fe religiosa antes de leerlo. Descartes no convertiría al cristianismo a muchos. Él mismo nos dirá: «tal y como la idea de mí mismo, esta [la idea de Dios] ha nacido y ha sido producida conmigo desde que fui creado.» Entonces, quienes sentimos que no nacimos con esa idea, ¿debemos creer en ella ciegamente?
Descartes diría que es más difícil creer en la idea de frío que en la idea de Dios, pero es posible que alguien ateo crea antes en la idea de frío por la razón de que lo que siente al abandonar toda creencia religiosa es el frío que conlleva un mundo sin Dios. Perdonadme una explicación tan vagamente poética.
No obstante, aunque ahora dudemos de lo que nos dice Descartes, nos encontramos un hermoso pasaje en el que parece que se define a sí mismo como un héroe, un semidiós, aunque luego se echa atrás: «mi conocimiento aumenta y se perfecciona poco a poco, y no veo nada que le pueda impedir aumentar más y más hasta el infinito; y así, acrecentado y perfeccionado, no veo nada que me impida adquirir por su medio todas las otras perfecciones de la naturaleza divina … . Sin embargo, observándolo más de cerca, reconozco que eso no puede ser.» Bueno.
En la «Meditación cuarta: De lo verdadero y de lo falso», Descartes confía en que no se equivoca en lo que juzga porque Dios no le engañaría, pero después recuerda que, en ocasiones, se ha equivocado: «no se presenta solo a mi pensamiento una idea real y positiva de Dios, …, sino también, …, una cierta idea negativa de la nada, es decir, de aquello que está infinitamente alejado de todo tipo de perfección; y advierto que soy como un término medio entre Dios y la nada.»
Y, aunque decidamos no creer a Descartes a rajatabla, a veces, sigue haciendo apuntes inteligentísimos que no vamos a obviar. Por ejemplo, al hablar del entendimiento y de la voluntad, escribe: «para ser libre, no es necesario ser indiferente a la elección de uno u otro de los contrarios sino que, más bien, cuanto más me incline por uno, sea porque conozco evidentemente que el bien y lo verdadero ahí se encuentran, sea porque Dios lo dispone así en el interior de mi pensamiento, tanto más libremente hago la elección y lo abrazo.»
Hasta este punto, habrá lectores que coincidan conmigo en que las ideas de la duda metódica, el pienso, luego existo y la libertad de que nos habla Descartes compensan todas esas otras páginas en que no lo hemos creído y, posiblemente, incluso nos hemos planteado dejar su libro a medias.
En la «Meditación quinta: De la esencia de las cosas materiales; y otra vez de Dios, que existe», se tendría que hablar sobre la cosa extensa, pero se acaba hablando más de la cosa divina, de Dios.
Se dan más argumentos para probar la existencia de Dios y se lo compara con las figuras geométricas y sus propiedades inherentes, concluyendo que, si una propiedad de Dios es la perfección, no le puede faltar la existencia, puesto que la privación de existencia es imperfecta.
Descartes opina que no creer en Dios se debe a algún prejuicio o a que «mi pensamiento … se encontrase distraído por la continua presencia de las imágenes de las cosas sensibles». ¿Si Dios existiese, no se nos debería hacer presente también en esas cosas sensibles, ya que las ha creado él? No lo sé, por eso personalmente prefiero el agnosticismo al ateísmo.
La última meditación se titula «Meditación sexta: De la existencia de las cosas materiales, y de la distinción real entre el alma y el cuerpo del hombre». Después de hacer un resumen del proceso de conocimiento que ha seguido y de la percepción del mundo que tenía antes, Descartes afirma: «ahora que comienzo a conocerme mejor y a descubrir más claramente al autor de mi origen, en verdad no pienso que deba admitir temerariamente todas las cosas que los sentidos parecen enseñarnos, mas tampoco pienso que deba ponerlas en duda a todas en general.» Y acaba aceptando que «no cabe duda de que todo lo que la naturaleza me enseña contiene algo de verdad.»
Además, dice que esta naturaleza es conocida a través del cuerpo: «La naturaleza me enseña … que no solo me hospedo en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino que, además de eso, estoy unido a él muy estrechamente y de tal forma confundido y mezclado que compongo con él un solo todo.» Viviendo rodeados de un feroz capitalismo, a veces interpretamos nuestro propio cuerpo como una mercancía, como algo de nuestra propiedad, cuando, en verdad, el cuerpo es de nuestra propiedad en la misma medida en que nosotros somos propiedad de nuestro cuerpo; gran parte de lo que nos pasa se nos transmite a través de él. Descartes no solo nos motiva a dudar de las enseñanzas recibidas, a no restar indiferentes delante de las opciones que nos da la libertad y a confiar en nuestro pensamiento como en la base de nuestra existencia; también nos ha hecho recordar que cuerpo y alma son uno, por más que haya distinciones entre los dos, como que uno es divisible y la otra no.
Estas Meditaciones terminan con la preciosa idea de que, por más que Descartes nos haya mostrado la necesidad de basar nuestras creencias en argumentos sólidos, «la necesidad de los asuntos [es decir, la urgencia del día a día] nos obliga a menudo a decidirnos antes de que hayamos tenido el tiempo de examinarlos … cuidadosamente». De la misma forma que, al hablar del Discurso del método, me había fijado en ese elogio a la lentitud que Descartes hace en la primera página, ahora deberíamos fijarnos en esta nueva referencia a la lentitud: huir de la urgencia, de las prisas, y refugiarnos en la lentitud, en el tiempo que pide cada cosa para ser valorada, es lo que nos permitirá conocerla con la mayor verdad que podamos alcanzar, pese a «lo endeble y débil de nuestra naturaleza.»
Bibliografía
Descartes, René, Meditaciones metafísicas, España, Alianza Editorial, 2016.


2 comentarios:

  1. Me ha encantado tu video. Lo acabo de ver y es que a cada palabra que decías yo iba asintiendo pues tus reacciones a las Meditaciones han sido las mismas que las mías. A mi también me apasionó Descartes por su método y creo que es genial que hayas hecho un vídeo hablando de él para así darle a conocer más entre la juventud, que creo que es lo que consigues con tu forma de explicar la obra. Un saludo!

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