(Relato) Todo me ha sido dado



A los trece años, empecé a escribir relatos y algunos adultos me aplaudían por ello. Decían que era admirable que, a mi edad, ya hubiese descubierto «eso que me hiciera vibrar». Me distinguían de mis compañeros de clase porque, mientras que ellos aún veían difusamente sus propias vocaciones o tenían aspiraciones comunes, yo parecía decidido a dedicar toda mi vida a la escritura. Decían que era adorable cuando me sentaba a mi escritorio y, tocándome cada sien con una mano, fingía estar absorto en la corrección de un texto.
Luego pasó el tiempo y me convertí en adulto. Dejé de ver asombro a mi alrededor y, aunque me acabé acostumbrando, en un primer momento se me hizo raro que la gente no reaccionase a cada gesto que hacía. Esa admiración que los adultos me habían reconocido se convirtió en cierta indiferencia, en cierto silencio ante aquel chico que aún se empeñaba en escribir, sin darse cuenta de que eso no daba para vivir ni representaba más que una evasión.
Pero no dejé de hacerlo. Algunas veces, había escuchado que quien la sigue, la consigue; ponía todas mis esperanzas en aquel refrán, en las pocas palabras alentadoras de quienes creían en mí. Tenía el convencimiento de que, escribiendo, conseguiría sobrevivir a la muerte.
Las obras que un escritor hace no dejan de ser una parte del escritor. Cuanto mayor fuese mi obra, más me extendería por el mundo, como un árbol cuyas raíces van serpenteando por debajo del suelo. Y esas obras se mantendrían vivas mientras hubiera alguien que las leyera. Me mantendría vivo mientras hubiera alguien que me leyese. Eso era la posteridad. Eso era todo lo que esperaba de una vida que no terminaría; no, no podía tolerar que terminase.
Y escribí. Escribí como un grafómano. Podríamos decir que me convertí en un grafómano. Y, sin embargo, lo hacía mal, porque era joven y todos los escritos que salieran de mis manos, por más elaborado que estuviesen, no dejaban de ser pinitos. Debería esperar. Pero esperaría escribiendo, esforzándome por ello. Leía las biografías de los más grandes autores y me fascinaba su monumentalidad. Dudaba de que hubiesen sido personas: incluso en sus retratos veía algo que los diferenciaba de una persona corriente.
No sabía cómo acabaría siendo uno de ellos. Intuía que había magia de por medio, que nadie se elevaba sin que fuerzas ocultas hubieran jugado a su favor. Y yo, que no entendía demasiado bien cómo funcionaba el mundo, me parecía a mí mismo la persona menos indicada para pasar a la posteridad.
Aun así, el objetivo había sido fijado. Debía crear esa obra. Tenía solo diecisiete o dieciocho años, pero el tesón con el que luchaba quedaba lejos de lo que habría sido normal a mi edad.
Me deshice de las chicas que me gustaban, de las chicas a las que gustaba, de mis amigos y de mis familiares. Me deshice de ese montón de vida social que en demasiadas ocasiones me resultaba inútil. No sacaba nada de ella. Cerré la puerta de mi habitación y escribí ignorando que el mundo aún existía y que en él había personas dispuestas a hacerme compañía.
Hay actitudes con las que no se puede vivir. La vanidad, por ejemplo, acaba siendo insostenible si se lleva hasta el extremo. En mi actitud, puede que hubiera un poco de vanidad. Dejaba de mirar hacia mi alrededor para concentrarme en un escritorio, en una escritura que poco tenía que ver con los demás. Puede que ninguno de mis textos tratase sobre el mundo tal como lo veía; solo trataban sobre mí y esa reducida porción de mundo que quedaba en mi campo de visión mientras lo centraba en una hoja y un bolígrafo.
Me daba igual alejarme de todo. Ponía mis ojos sobre mí mismo y sobre ese futuro al que me dirigía a grandes zancadas. No había más. No me volvía hacia el pasado ni me giraba hacia los lados. El único interés estaba en ese paraíso por llegar, un paraíso del que solo disfrutaría completamente cuando ya no estuviera vivo y fuesen los demás quienes, interpretando mis escritos, hiciesen resucitar las palabras. Y, con ellas, mi nombre.
Porque yo era mi nombre. Estaba seguro de que no había más que aquello. ¿La vida? Algo breve, puro tránsito. No tenía sentido que se intentase vivir si no había nada más allá. Ese miedo a la muerte ya estaba conmigo el día en que había empezado a escribir. Seguiría allí con el paso de los años, puesto que, en la idea de escritura, también había la de posteridad, y, en la de posteridad, la de muerte.
Conocí a una chica. Le pregunté si la podía besar y no respondió. A los pocos días, nos cogimos de la mano al ir por la calle. Todo me había sido dado. Me gustaba que se quedase unos metros por detrás de mí y me pusiese sus manos sobre mi espalda, sacándome las pelusas del abrigo.
Un día, fuimos a la terraza de un hotel y nos tomamos unos vinos. Le pregunté si podía probar el suyo. Me acerqué a su silla y la besé estando de pie. Puse las palmas de mis manos en los apoyabrazos de esa silla, mientras inclinaba todo mi cuerpo hacia el suyo y ella, como una cáscara de huevo que acaba de romperse, vibró suavemente e hizo pío. Me reí. «¿Qué has dicho?» Y también se rio, porque no había querido decir nada.
Volví a mi silla y miré hacia el cielo. Ya había anochecido; llevaba a su lado desde el mediodía. ¡Cuántas horas sin escribir! Una cantidad de tiempo como esa habría sido más que suficiente para que empezase y acabase uno de mis relatos. Y no me di cuenta de la maldad que había en estos pensamientos, porque me los quedaba para mí y debían diferir mucho de los que pasarían por su cabeza en ese mismo momento.
El frío llegó con retraso, pero llegó. Cuando llovía, algunos bloques de pisos quedaban cubiertos con grandes manchas oscuras. Me gustaba salir a la calle y que la frescura de después de las tormentas me envolviese los dos lados de la cara. No quería llevar bufandas, pero ella me regaló una después de que la abrazara y le dijera con sorpresa: «No me creerás, pero ya ha pasado todo un mes.»
Pusieron la iluminación navideña en la ciudad. La encontraba bella como a una de esas actrices del Hollywood de mis abuelos. Por las noches resplandecía con una luz distinta a la de los días, pero que no la afeaba; se adaptaba a la tonalidad y color de esa nueva luz y su atractivo aumentaba. No acababa de explicarme por qué ni cómo. Sus voces cubrían todos los registros posibles: la risueña, la delicada, la seductora, la corriente. Ni siquiera esa última, la corriente, dejaba de ser singular. Entendía poco de dónde sacaba el poder para mostrárseme así. Y, andando por las calles, con paso apresurado, me demostraba que estaba hecha de una materia que no era la misma que había dentro de mí. Porque la materia que había en su interior se secaba como la arcilla o las acuarelas y se veía tan apasionada y llena de vida que habría dado lo que fuera porque me diese un trocito de ella.
Puse en mi diario personal: «Llevo semanas sin escribir. He estado demasiado ocupado amando.» Al mismo tiempo, recordé ese objetivo que, sutilmente, se había escondido detrás de la imagen de una chica. Era un objetivo que me desafiaba y que, quizá, se burlaba de la flaqueza con que lo ignoraba.
Le envié un mensaje contándole por qué lo nuestro no funcionaría. Apagué mi móvil y me encontré, de nuevo, en un cuarto en el que, por más muebles que hubiera, solo cabían una persona, un papel y un bolígrafo. Era necesario que recuperase el tiempo perdido.
Escribí como lo había hecho en otros tiempos. No volví a encender el móvil. Llené páginas con frases que me sonaban bien, que me sonaban a persona que ha sacrificado aquello que le importa por aquello que le importa aún más. Sin ni siquiera leerlas, veía, en el significante de esas palabras, la belleza de un sacrificio, como en el Sacrificio de Isaac de Caravaggio destaca la belleza de la fe de Abraham.
Pero, poco más tarde, esas palabras, aun sin leerlas, me dieron una nueva sensación. Entre cada una de sus letras había diminutos espacios en blanco por los que se colaba el frío. Y, así, alcanzaba mis ojos. Aparté la mirada de esa hoja, de esas palabras, pero ya era demasiado tarde, porque habían sido escritas. «Lo escrito es lo único que permanece», me recordaba una voz, quizá la de mi memoria.
No quería volver a mirar hacia el papel. En él no encontraba ni rastro del piar que, en su momento, me había hecho reír a carcajadas. Tampoco había ni rastro de todas aquellas voces que salían de unos mismos labios. Ni de las conversaciones en que me había asegurado que creía en mi talento y en todo lo que me propusiera hacer. Ni había rastro de la ternura que, muy discretamente, muy recelosamente, había querido expresarle mientras estaba delante de ella.
«Solo la posteridad podrá salvarme de la muerte», me repetía. No sabía si estaba en un engaño o si lo que me decía para mis adentros era cierto. La única cosa que veía con claridad, en un espejo, era ese enrojecimiento que había cobrado el contorno de mis ojos hasta que, abriendo finamente la boca y exhalando un poco de aire, me había echado a llorar.
21/23-I-2017

PINTURA DE XAVIER VALLS

2 comentarios:

  1. Hace rato que no entraba a tus escritos (los dos últimos, al menos) y este me ha fascinado. Segurmente por deformación profesional, me brinca una pausa en tu tercer párrafo que leo como paréntesis (tu la dices con punto y coma), pero no me puedo detener... las palabras me llevan como un río cuesta abajo.

    Hay algo contradictorio para mi en algunos de tus escritos que haces largos sin que siempre me sea claro el porqué de algunos preámbulos largos; como si hubiese más de un relato o el relato fuesen dos que se sobreponen en alguna parte.

    Trataré de venir más seguido.

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    1. Gracias por tu comentario, Oreneta. Me alegro de que la forma del texto te impidiera detenerte; quizá ese efecto es uno de los que me propongo conseguir más insistentemente y que, al mismo tiempo, logro muy pocas veces.

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