(Relato) Una noche con Nausica



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La mayor parte de esas llamadas traducciones de nuestros sentimientos no hacen otra cosa que quitárnoslos de encima, expulsándolos de nuestro interior en una forma indistinta que no nos enseña a conocerlos.
Marcel Proust

Vivo en Mataró, una ciudad al norte de Barcelona, pero cuando me apetece salir de fiesta bajo a la capital y me reúno con mi amiga Nausica. Esta noche podré dormir en su casa, aunque, antes, iremos a Marina, zona que frecuenta y en la que hay una gran cantidad de bares. Ha invitado una colega suya, Carla.
Subimos los tres a un vagón después de que unos borrachos nos hayan perseguido por los conductos del laberinto. Las perseguían a ellas, en realidad; no debían de tener ningún interés en lo que les pudiera ofrecer. Soy un chico de facciones que han sido definidas como “exóticas” alguna vez y también como “excesivas”, por la amplitud de mi frente; mi cuerpo, sin embargo, es tan delgado como los de estas amigas con las que ando; además, me muevo con una cadencia que haría pensar a cualquiera que pertenece a una chica. A veces me imagino a mí mismo como una mujer; camino con más firmeza y desenvoltura. Pero, al entrar en el metro, siento la necesidad de contenerme, de no amanerar mis movimientos.
Hay mucha gente a estas horas. Medianoche. Algunos rostros derrotados vuelven a casa después de un día de trabajo; los compadezco. Otros enrojecen y estallan en carcajadas; son los rostros de los que han bebido y se dirigen a puntos de la ciudad donde pinchen música.
El ambiente es relajado, amable, cálido. Los turistas nórdicos añaden una nota de extrañeza al asunto, hablando en lenguas que los naturales del país no entendemos. Lo cierto es que ni me fijo en ellos… ¿Estarán criticándome? Lo dudo mucho. Desde que hemos entrado, nadie parece darse cuenta de que estoy aquí. Las únicas miradas que se cruzan con la mía son las de Nausica y Carla, cuyas respiraciones aún se agitan, después de la marcha atlética a la que hemos huido de aquellos apestosos.
Intercambian algún comentario, pero no las comprendo; soy incapaz de escucharlas, pendiente como estoy de mi teléfono móvil. En la pantalla de este, se ve una conversación de WhatsApp abierta. ¿Quién es ese chico con el que hablo? Es una historia demasiado larga para que quepa en un espacio limitado como es el de un relato. Podría decir, simplemente, que es un chico que tiene un año menos que yo y con el que he charlado largo y tendido desde el día veintidós de mayo a las 8:25 p. m., cuando recibí un mensaje suyo, vía Twitter, en el que decía: “Me encanta cómo nos perdemos en el puro envoltorio de las palabras, suavizando eso que creemos realidad, pero que, al fin y al cabo, es lo que creamos poniéndole las propias etiquetas.” Seguidamente se presentó.
Ahora estamos en el punto en que los relojes confunden las doce del nueve de julio con la una que corresponde al diez. Faltan pocos días para que haga dos meses que lo conozco; que me cito con él por la ciudad; que nos abrazamos al encontrarnos, al despedirnos e incluso en mitad de una discusión; que vamos al cine y que visitamos cafeterías que, en la soledad, se me figurarían de un modo muy distinto; que nos contamos, limitados por el teclado de nuestros móviles, qué tal nos ha ido la mañana o la tarde; que nos enviamos fotos de aquello que leemos, escuchamos o vemos; que nos mandamos un “Buenos días” cuando nos despertamos y un “Buenas noches” antes de que apague la lámpara de la mesita de noche y no pueda dormir porque, aunque nunca haya sufrido insomnio, ahora tengo razones para no dejar de pensar, para no dar paso al descanso y querer resistir en esta realidad, una realidad en la que se me aparece ocasionalmente en persona y constantemente por vías telemáticas.
¡Oh, cuánto echo de menos el estado profundo del sueño! Demasiado tiempo he estado acostándome temprano; ahora que lo hago más tarde, el desvelo es inevitable. He pasado de irme a la cama a las once, cada día, religiosamente, a hacerlo a la madrugada, instantes después de que me envíe el emoticono de un beso y me escriba sobre las ganas que tiene de verme, de que nos abracemos de nuevo, por más que los abrazos me resulten una cosa incómoda, impropia de mí y solo pueda apreciarlos cuando el cuerpo que oprimo con una fuerza infantil es el suyo.
Y, sin embargo, esta noche no podremos despedirnos con la misma intimidad que otras; cada vez nuestras despedidas duran menos tiempo, menos frases, menos detalles… Esta semana, nuestras charlas han reducido su extensión en un alto tanto por ciento y se han comprimido en textos no más emotivos que antes, pero más descarnados. Por ejemplo, el inesperado “Te siento distante” que tuve que enviarle el jueves, después de que no respondiera los mensajes que le había escrito cuatro, cinco o hasta seis horas antes. ¿Qué le pasaría? Todavía me lo pregunto, pero es el tipo de incógnitas que nunca se resuelven. Hablarle de mis dudas me habría hecho parecer un pesado, ¿verdad? ¿Qué clase de persona le pregunta a alguien que ni es su novio qué ocurría para que no le contestara? Solo una persona con pocas ocupaciones y mucho tiempo que malgastar en especulaciones. Por eso callaba; prefería permanecer en silencio y, sin más, soltarle ese “Te siento distante” que quería que le tocase hondo y le hiciera reflexionar sobre la transformación por la que pasaba nuestra relación.
Sí, he salido con Nausica un sábado; la semana anterior a este sábado ha sido insufrible por este cambio imperceptible, refrigerante. Y, de todos modos, aún confío en que tanto él como yo nos sentimos tan cerca el uno del otro como la última vez que nos encontramos cara a cara: Me acompañó hasta el andén de los ferrocarriles y, antes de tomar el que iba en dirección a su ciudad, esperó que llegara el mío y me dio uno de esos abrazos fuertes, largos, suspendidos en el tiempo y en el espacio, con el fresco aroma de su colonia, azules como yo veía sus ojos, verdes como realmente eran, suaves, decididos, sin una sola pizca de duda (hacía mucho que no abrazaba a nadie sin darle dos palmadas en la espalda; eran, entonces, abrazos que me quitaban el hipo), placenteros, recordados los días siguientes en cada aspiración que daba a mis camisetas sucias, preliminares, avanzando la dulzura que esperaba que cobrasen progresivamente nuestros encuentros.
Hay un comentario que ha repetido varias veces y da a entender que esa cercanía aún existe: “Tengo una cosa que decirte cuando nos veamos.” Sin duda cree que volveremos a vernos; me agarro a esta señal con un ansia desesperada.
Ayer, viernes, me derrumbé sobre mi cama al ver que no me respondía y, no obstante, estaba conectado en WhatsApp, por lo que a alguien le escribiría; fantaseaba con la idea de que lo que hacía era releer nuestro hilo de conversación durante horas, fascinado por los temas que habíamos tratado y la exhaustividad analítica que habíamos alcanzado al hablar de la verdad, del amor y del matrimonio, de cómo tenía que ser la educación, de la relación del maestro con el alumno, de lo que la música podía despertar en un humano, de la literatura que le gustaba y la que me gustaba, de los ataques de risa, de lo que queríamos hacer en un futuro, de lo nocivo de los dogmas, de la religión, de las discotecas, de la virginidad, del relativismo, del perspectivismo, de Nietzsche, de Narcís Oller, de Josep Pla, de Stravinski, de El árbol de la vida de Terrence Malick, de Rothko, de Miró, de Dalí, de Bach, de Philip Glass, de Klaus Nomi, de la falta de honradez de algunas personas, de la importancia de la sinceridad, de la película de Arnaud Desplechin que vimos juntos, de la comida que adorábamos, de los libros que teníamos que leer, de cómo debía vivirse y, en fin, cómo lo hacíamos nosotros.
Lo mucho que nos habíamos dicho desde mayo había convertido lo que yo era, en algunas capas de mi ser en otra cosa. Todas las ideas que me había rebatido con éxito las había arrancado de mi interior y sustituido por las que me había enseñado o por combinaciones entre las ideas falsas que acababa de abandonar y las nuevas que me aportaba.
Pero era improbable que, estando en línea, lo que hiciera fuera revisar nuestras conversaciones. Podía ser que chateara con uno de sus muchos amigos, sus profesores de música (¡ah, sí! ¡Se me olvidaba mencionar que es organista!), sus padres, compañeros de su colegio… Me derrumbé porque supe que lo que fantaseaba no traspasaba la línea que hay entre la imaginación y nuestra verdad, aquella que se nos muestra frente a los ojos. No estaba conectado por mí; yo no era la razón de nada; solo un chico un año mayor que él al que había contado tantas cosas ya que, ineludiblemente, tenía que considerar su amigo. No era en quien pensaba mientras estaba desconectado ni en quien pensaba cuando, estando conectado, escribía a otras personas, otros números de teléfono que tenían tantas cifras como el mío, ni más ni menos.
Ese día en que me envió una foto en la que aparecía en un concierto y a la que adjuntaba un comentario —“Mientras tocaba, pensé en ti”— había sido algo extraordinario, que nunca se repetiría. Todas las veces que se había referido a un momento en que se había acordado de mí me habían sacudido por dentro, como liberando una sustancia con azúcar, miel, coco, té negro, leche… El jueves de la semana pasada, cuando, a las dos o tres de la madrugada, me había enviado un mensaje diciendo “Te quiero”, tampoco se repetiría.
Las cosas se tienen que contar sin obviar las partes que menos comprendemos: El viernes, me había enviado otro mensaje, excusándose: “Perdón por el mensaje que te envié ayer. Iba algo bebido. Me arrepiento de la forma en que te lo dije; fui demasiado seco.”
Estirado en mi cama cuan larga era, me consolaba recordando el día del “Mientras tocaba, pensé en ti”, ¡ese divino día que tan lejos quedaba, a la vez que no podían haberse cumplido más de dos meses desde él; hacía mucho menos que nos habíamos descubierto! Y —¡por Dios!— se me hacía muy difícil estar en esa cama; allí mismo había pasado en vilo más de una noche.
Esas sábanas tenían que limpiarse, ese colchón debía cambiarse por otro, la almohada no podía seguir siendo la misma que había acogido mi frente, mi nariz y mi mejilla en un leve roce en que imaginaba que su piel era el algodón.
Ayer, decidí que debía tirar mi cama y comprar una nueva, pero el gasto habría sido tan innecesario y deficitario para la débil economía de un estudiante que, con el paso de los minutos, dejé correr la idea. Sobreviviría en aquella; nada me hacía presentir que nunca llegaría a compartirla. “Sí, los últimos días han sido extraños, pero esa misma extrañez comporta que no tengan que interpretarse como el resto de los que hemos vivido juntos; la rutina que seguimos antes distó tanto de lo que nos hemos dicho recientemente… Tengo que esperar; la paciència és la mare de la ciència, dicen”, me repetía.
Así que, cuando le hube dado las buenas noches, conseguí dormir como un búho que ha aguantado demasiada oscuridad. No había motivo de preocupación, ya que esta semana no era representativa de nada. Ni él era tan escueto al hablar ni yo tan frío al contestar. Era cuestión de tiempo y de que todo se reencaminase por el lindo río que se había dibujado en mayo, junio y principio de julio.
Podía, por otro lado, atribuir su silencio a que el verano estaba llegando a una cota alta de calor; no apetecía hacer gran cosa, así que solo nos quedaba esperar el invierno mientras los mediodías ardorosos nos derretían. Sí, no valía la pena vivir ahora; en invierno viviríamos mucho mejor. Dormiríamos con las ventanas cerradas, nuestras conversaciones serían fruto del aburrimiento que provoca la vida de interiores; esa vida que se lleva sobre todo en diciembre y que se caracteriza por no salir de casa, a no ser que se pretenda ir a un bar o algún lugar cubierto. El próximo invierno, e incluso el próximo otoño, sería el mejor momento para nosotros dos.
Pero, claro, ni estamos a mediados de julio, por lo que tendríamos que dejar que agosto, septiembre y octubre se nos escurriesen entre los dedos. No me importa dejar en suspensión mi vida hasta retomarla con él a mi lado; todos esos temas que ocupan mi existencia y que ahora se han vuelto aburridos no tendrían por qué protestar. La razón por la que los dejaría en pausa sería de peso: “Lo siento, hasta noviembre estaré cerrado. Puede que sea una estupidez, pero no seguiré soportando cada segundo si él no recula y me trata como lo hizo en un principio.”
No sé hasta qué punto un sacrificio así es arriesgado; me veo capaz de llevarlo a cabo y tengo la fe necesaria para ver que me traería resultados satisfactorios. Habría seguido teniéndola si, allí, en el interior del vagón, no le hubiera escrito un mensaje diciéndole: “¿Qué es lo que me quieres decir cuando nos veamos en persona?” Y él no me hubiera respondido: “El sábado pasado conocí un chico. Yo le gusto y él me gusta.”
Lo que viene a continuación es un silencio.
Los demás viajeros del metro siguen con su cháchara, con sus gritos, con sus risas… pero ya no puedo oírlos. Mi mirada se clava sobre ese comentario que aún releo una vez más para procesarlo. Las lecturas entre líneas no tienen cabida; ha sido lo suficientemente breve como para que sus palabras entren en mi entendimiento y, como aquellos estímulos que se perciben en las piernas e inmediatamente se reciben en la mente, lo atraviesen en dirección a un lado menos curtido, más indefenso de mi cuerpo.
No sé si Nausica nota que mi cara se desencaja. Puede que me quede inmóvil y, sin recordar cómo se reacciona a un golpe así, deje que la hemorragia de pena fluya por debajo de mi piel.
“Cuando volvamos a mi casa, no tomaremos el metro. Subiremos por Carrer de la Marina hasta Carrer de les Camèlies, de acuerdo?”, propone Nausica.          No le hubiera podido contestar ni aun queriendo. Si hubiera abierto la boca en este instante, algo más agudo e ininteligible que una respuesta formada con palabras habría salido.
Se vuelve y debe de notar que algo va mal; ve, en mi ceño —se frunce— o en mis labios —me obligo a apretarlos— que, desde la última vez que me ha mirado, algo ha dado un vuelco como el de unos calcetines cuando se los empareja.
“¿Qué ha pasado?” No me sale la voz; giro la pantalla de mi móvil y, antes de que haya leído el mensaje, ya ha deducido que, en menos de diez segundos, he dicho adiós a mi buen ánimo; algo que tal vez no recuperaré en toda la noche ni los próximos días. Pero, pese a adivinarlo con acierto, insiste en leer el mensaje de principio a fin; no necesita una segunda lectura, puesto que cualquiera que no fuera yo vería más normal lo que acaba de ocurrir.
Ella no puede calibrar lo mucho que esa confesión alterará mis días; la certeza de ser amado ha desaparecido con crudeza. La vida nos tiene acostumbrados a mayores sutilidades: Muchas pérdidas se sufren a largo plazo, teniendo ocasión de asimilarlas durante días, semanas o meses. Las pérdidas que ya nos han sido anunciadas siguen siendo dolorosas, pero nos permiten proteger nuestros sentimientos antes de que ellas acaben de suceder.
Lo que he perdido en este momento —unas charlas en que le veía dispuesto a quererme, los viajes y visitas que planeábamos, lo que me había faltado por decir en nuestros encuentros y que había querido reservar para más adelante…— me deja en el mismo punto que aquel veintidós de mayo, antes de que leyera su primer mensaje y me dijera: “Alguien capaz de saludarme de un modo tan original no puede pasarme desapercibido. Responderé; veré quién es, cómo es. Conocer a alguien, en un principio, no deja de ser un juego.”
Durante los primeros días, nuestra relación consistió en una diversión en que hablábamos sobre temas que nos implicaban más o menos personalmente. Habríamos podido seguir en ese estadio de forma indefinida, como una curiosidad más de las que nos ofrece la vida en sociedad, pero las emociones, que afloran antes de que las avises, nos movieron de allí.
Absorbí los conocimientos que tenía de él hasta interiorizarlos, desatarlos dentro de mi pensamiento y dejar, sin darme cuenta, que todo lo que hiciera referencia a él se me cruzase por la mente con tanta frecuencia que ya no había grandes cosas que sintiera en el mundo sin que pasaran por el filtro de su persona. Los muchos códigos a través de los que entendía mi entorno quedaron influidos por la presión de su personalidad y de su imagen.
Un ejemplo sería: Mientras leía libros, me despistaba más de lo habitual. Cuando una frase no me remetía a algo que habíamos debatido, me traía su cara de la memoria a la mente y de la mente al exterior, traduciéndola en mi sonrisa, la relajación de mis músculos, mis manos dejando de sostener el libro que tenía entre ellas; el tomo, claro está, cayendo al suelo. Y despertaba como de un adormecimiento, cuando lo que en realidad pasaba era que mi atención se había desplazado del significado de las frases al recuerdo de él.
Pocas veces había dejado que mis amigos entraran en mi casa; más que nada, porque mis padres me lo prohibían. Así pues, la vida que había llevado en mi hogar siempre había estado diferenciada de la vida del exterior. Solo era una persona sociable cuando salía por la puerta de mi casa y me topaba con la calle. No pude resistir la tentación de dejarlo entrar; al mismo tiempo, debería decir que nunca estuvo en Mataró.
¿Cómo accedió, entonces? A través de todo lo que tecleaba para él. Mis padres nunca me habían visto tan atento a lo que recibía en el móvil; nunca me habían visto reír delante de la pantalla; pocas veces me habían visto acostado en la cama sin estar con un libro o durmiendo, sino poniendo los cinco sentidos en leer lo que me decía o responderle. La única vez que dejé que una brizna del resto del mundo entrara en mi habitación fue entonces.
Invadió mi cuarto a la vez que invadía mi pensamiento; ese espacio, abstracto y permeable, que no podía controlar con tanta facilidad como el mundo físico, se llenó con sus palabras y todo lo que pude saber sobre él. No expulsé lo que antes ocupaba mi pensamiento (la vida cotidiana, el apego por los detalles, la reflexión alrededor de temas literarios que, sin embargo, no concernían mi vida en lo más mínimo…) pero lo hice a un lado para que aquel amor estallase en toda su grandeza.
Me dolía ver que había empezado a ignorar algunos aspectos de la vida que antes me importaban, pero, a la vez, había perdido la sensibilidad con que los valoraba; era como si me hubiera extasiado hasta el punto de no poder ver con claridad más allá de lo que hubiera en él. No podía ignorar mis sentimientos por el hecho de que estuvieran ahogando otras partes de mí mismo, del mismo modo que tampoco dejaría de encender unos fuegos artificiales porque el humo que estos produjeran impidiera ver los siguientes.
Eso sí, estando en el metro, solo había una pregunta que me bailaba por la cabeza: “¿Cómo recuperaría el tiempo perdido?” Me negaba a verlo como tiempo invertido en el amor. No había dado sus frutos; era cierto que todo lo que había sentido era precioso, pero, si no me quería, era absurdo que me alegrara por lo que había vivido.
En alguna ocasión, me había asegurado: “Desde que nos conocimos, noto que hay una tensión entre los dos.”, pero era indudable que esa tensión, que salía de él y se dirigía a mí como una flecha, no era la tensión que, saliendo de mí, se dirigía hacia él con fiebre, delirio… con una sensibilidad nerviosa que jamás habría dicho que estuviera en mí, latente. Mi carácter se volvía desquiciante cuando le describía o cuando contaba a Nausica cómo habían sido nuestras citas.
Se trataba de una actitud que pocos habrían reconocido como mía: Yo era la razón, alguien sensato, bastante indiferente a todo lo que me sucedía, que sabía reaccionar con una entereza que ahora explotaba en pedazos. Ya no veo ni rastro de esos valores que, antes de conocerlo, había intentado aprender: Voluntad, contención…
¡No hay más lugar para la contención! ¡Lo que ahora quiero es escribirle un mensaje rabioso que le haga ver cuánto me duele que otra persona haya entrado en su vida! Pero no lo haré, no… Si bien, dándole un papel protagonista a mis sentimientos y desterrando la razón a uno secundario, he perdido algunos de esos valores, me queda la fuerza suficiente para no hacer el ridículo.
Le envío un mensaje de buenas noches, indefectiblemente, y dejo que él se deshaga: “¿Estás bien? Siento que esto haya pasado así. Me sabe mal…” ¿Por qué ha de lamentarse? ¿Es que también siente que mi trato con él, como el suyo conmigo, no volverá a ser el mismo?
Apoyo la espalda en una pared y prefiero pensar en el traqueteo del tren antes que responderme a mí mismo. Levanto la cabeza y me doy cuenta de que Nausica y Carla también están agachadas, en posturas deprimidas; es la única manera que encuentran de solidarizarse conmigo.
Deben de estar preocupadas, además, porque no pueda recuperarme de ese contratiempo y les fastidie la noche con una actitud de mierda. "Lo siento por ellas”, pienso, “pero pocas veces he necesitado más que ahora…” Y me vienen lágrimas a los ojos. Y caen después de haberse ablandado en mis párpados con una falta de consistencia que las hace más ligeras. Antes de regar el suelo, me resbalan por la piel y, al despegar desde mi barbilla, flotan por el aire uno o dos segundos.
No sollozo porque sería demasiado molesto para los demás viajeros; me llevo un puño a la boca para que, al tratar de respirar, no emita algún sonido raro, mucoso, ronco.
Me giro hacia unos asientos en los que viajan dos extranjeras; una de ellas, al reparar en mí, ha dejado de reír a carcajadas y se atusa el cabello. ¿La estaré incomodando? ¿Mi llanto es suficiente para incomodar a alguien? Quiero salir de allí o, para ser exactos, apartarme de aquellas personas que me han visto entrar en el vagón sonriente y que han presenciado el principio de mi declive.
Estoy seguro de que, pese a la poca atención que me prestan, habrá alguien que haya analizado mis gestos desde el momento de la entrada hasta aquel en que, desolado, me rindo contra la pared y, arrastrando la cadera por ella, me desplazo hasta el suelo… Sí, doy con el trasero contra el suelo.
Es una escena demasiado melodramática para mi gusto, pero no me la puedo ahorrar. A alguien con gripe no se le pediría que disimulase los síntomas de su enfermedad; a mí tampoco se me puede pedir que deje de exagerar, puesto que me expreso en la medida justa.
Mi cuerpo destrozado sobre esa superficie en movimiento es algo que no puedo dominar; aquella reacción se produce en un sitio que no es el de mi razón, en un lado que me niego a aceptar que es el corazón. ¡No, yo me había enorgullecido de poder someter mis sentimientos! ¡Ahora tengo la oportunidad de demostrarlo!
Tengo que encontrar un pañuelo, enjugarme la cara y hacer como si nada. De hecho, lo que tengo que hacer es convencerme de que nada ha pasado desde el veintidós de mayo. Estos dos meses han sido un largo lapso de tiempo que, cuando quiera, desaparecerá de mi memoria y quedará como un hueco que llenar con mentiras. No ha pasado nada importante, ¡nada! Mis días han transcurrido como hasta entonces, enfrascado en la lectura de grandes escritores, en los estudios, en las quedadas con amigos y en la música que… que ahora no podré escuchar sin pensar en él, ¡mierda!
¡Es imposible escuchar Bach sin visualizar sus manos interpretándolo! ¿Tanto me tenía que quitar? La música es su territorio, pero ya me había adueñado de parte de él antes de conocerle, como un mirlo puede anidar en una propiedad privada sin que el dueño llegue a enterarse nunca.
¿Será posible que vuelva a escuchar música o incluso leer o escribir sin que él se me aparezca como una fuente de inspiración; como una idea que, en realidad, no tiene nada de nueva, sino que se repite incansablemente?
Si no me ama, puedo tomar la decisión de alejarlo de mi vida diaria, ignorándolo a partir de entonces, ¿pero cómo alejarlo de ese plano mental en el que hay tantas partes desconocidas que me impiden hacerme con su control? Hablo del mismo plano mental de los vicios, sueños, todo aquello que no ignoraríamos ni aun sobreponiéndole ideas más complejas y llenas de contenido.
La palpitación de mi corazón es un mecanismo sobre el que no tengo nada que decir; mi respiración, en cambio, está hasta cierto punto bajo el poder de mi consciencia, pero, si me esforzara por detenerla, llegaría antes al desmayo que a su bloqueo definitivo. Asimismo, puedo echarlo de mis pensamientos cada vez que algo me lo devuelva a ellos, como si fueran su hábitat, pero no siempre mantendré la guardia alta. Llegará el momento en que, demasiado agotado como para resistir, me devastará, como en el escenario del vagón. No importará dónde esté ni con quién, ya que mi mente lo acogerá con la misma concentración que habría puesto en un libro de difícil lectura; la diferencia estaría en que, mientras que pongo fuerza de voluntad para entender un libro complicado, la fuerza de voluntad me faltará para desechar lo que se me ocurra sobre él.
Lo que me diga a mí mismo que es el camino a seguir da igual; poniéndome las manos en la cara y enrojeciendo cada poro que toco con ellas, demuestro no conocer mis límites. Y es que ¿qué límites hay en una situación como esta? Ni siquiera he empezado a beber; si nos pusiéramos estrictos, hasta diría que ni siquiera ha empezado la noche.
Falta poco para que lo haga: Las puertas se abren y vemos que hemos llegado a la parada de Marina. Tenemos que bajar. Abandono aquel lugar sin volver la vista hacia atrás; temo encontrarme con italianos, alemanes o ingleses ebrios que no tengan nada más que dirigirme que una sonrisa compasiva.
Las lágrimas ya no están en mis ojos, sino que, con las manos, me las he quitado, de manera que noto mis dedos húmedos, tiritantes. Nausica me coge una mano, como diciendo “No olvides que esto no es la soledad de tu cuarto”, y, aunque no me reconforta nada, me sirve para tener algo que presionar. Descargo sobre sus palmas toda la intensidad —no furia, sino intensidad— de lo que siento correr por mis venas, de arriba abajo, por los brazos, las piernas y especialmente el pecho.
Si me preguntasen si nunca antes me había angustiado de tal manera, respondería que no, porque no tengo constancia de ningún momento en que algo me haya provocado emociones tan destructivas como las que están echando fuego a lo que hay dentro de mí. Estanterías del conocimiento, sillas de pensamiento, divanes del enamoramiento… Todos los muebles que ocupan el espacio que hay entre mi cuello y mi vientre serán quemados en cuestión de minutos.
Las piernas aún me funcionan; lo aprovecho para buscar una salida que me libre de aquel techo cóncavo de estación —un techo que, a pesar de estar a unos metros de mi cráneo, me agobia como si se me echara sobre los hombros.
Y aún estoy así de estresado cuando encontramos las escaleras mecánicas que nos tienen que conducir a la luz. Nausica y Carla suben en ellas mientras que yo, desde las escaleras de piedra que hay al lado, las sigo al mismo ritmo. Necesito cansarme para pensar menos. Hay pocos consejos que me puedan servir más que aquel que dice que, ante lo que ya ha pasado, no hay nada que podamos hacer.
Pero no estoy seguro de que tal consejo sirva para algo que ha pasado sin que yo me haya enterado de ello hasta tiempo después. ¿Entre que él se enamoraba de aquel chico y el presente, cuántos días habían transcurrido? Nunca lo sabría. Lo recomendable es que no le haga preguntas, ni le hable… Pero, ¿cómo ser tan esquivo? Acabo de darle las buenas noches. Sé que, mañana, muy pronto, volverá a saludarme y pretenderá hacer como si nada hubiera sucedido, porque es evidente que este hecho solo me ha golpeado a mí, por más que a él le haya dejado un regusto amargo.
Creo que hay una gran injusticia en la superioridad que algunas personas ejercen sobre otras. Puede que no lo hagan conscientemente; puede que ni haya maldad en ellas. Pero es irrefutable que si él hubiera querido que me hundiera aún más, lo habría conseguido con palabras de mayor dureza. No por ello voy a estarle agradecido. Sí, ha hecho lo posible para que esa confesión me fuese leve, pero habría sido más amable no decirme nada y dejar que, con el paso de las semanas, nos fuésemos distanciando. De hecho, era este distanciamiento el que había notado ayer, ¿no? De haber seguido así, nos habríamos separado como en una familia cuyos miembros, poco a poco, empiezan a faltar a las celebraciones navideñas, sin darse cuenta del daño que eso hace a su unión. Nuestras conversaciones habrían continuado, aunque ni las muestras de cariño que en ellas pronunciáramos ni la atención que les pusiéramos habrían sido las mismas. El margen que habría tenido para desencantarme habría encajado perfectamente con la línea de mi vida: Lo habría olvidado a la vez que habría conocido a otras personas; lo habría enmarcado en una de las paredes de mi memoria como un gran amigo, alguien con quien valía la pena contar.
Vamos a un bar llamado Raven. Es del estilo que le gusta a Nausica: en la penumbra, con música metal, buen ambiente… O así lo define cuando, tanto Carla como yo, le preguntamos por el lugar al que nos está conduciendo.
Por la calle, vuelvo los ojos hacia el móvil una vez más. Ya me ha enviado el último mensaje de la noche, pero en algún recodo de mí todavía queda la esperanza de que se arrepienta y se desdiga de todo. No pasará así, ¿verdad? Nunca pasa así… Sus palabras tienen el sabor de algo que ha sido meditado largamente. ¿En lugar de invertir tanto tiempo en la reflexión, no habría podido ser más resuelto y decírmelo desde un principio? Desde el lunes pasado me había estado repitiendo aquel “Te tengo que contar una cosa...” ¿Debo pensar que ya entonces quería contarme que había conocido a alguien? ¿Durante los seis días que se habían deshojado desde el lunes había estado amándolo mientras él pensaba: “Sí, debo explicarle que he empezado a querer a alguien y que ese alguien no es él”?
Hay algo que sería pertinente que dijera: Este jueves, después de que le enviara el “Te siento distante”, me pidió que no me alejara de él, porque me necesitaba a su lado. Me dijo que los últimos días se había sentido mal emocionalmente y que no quería perderme como a tantas otras personas había perdido. ¿Y bien? ¿Qué dolencia emocional tenía? ¿Una caries en el corazón? ¿O es que dudaba entre amarme a mí o al chico del que se había prendado? Es solo una especulación, pero diría que siguió este razonamiento: “Si he empezado a enamorarme de este muchacho que acabo de conocer, seguramente sea porque lo que siento por el otro no es lo suficientemente fuerte. Una rápida atracción por otra persona ha podido vencerlo sin que el amor oponga ninguna resistencia. Nuestra relación es un barco de papel.” Y es un razonamiento que duele… o que al menos me duele a mí mientras ando por una ciudad que no es la mía, con unas personas que apenas conozco y en dirección a un bar en el que tengo miedo de excederme con el alcohol.
Carla no se atreve a comentar nada. Me la han presentado apenas hace dos horas, por lo que todavía debe de hablarme con la inseguridad de los recién conocidos. Nausica, en cambio, ordena: “No le hagas caso… ¡Apaga el móvil! ¡Ahora nos divertiremos! No dejes que un mensaje así acabe con nuestra noche. En dos minutos, quiero verte tal como te he conocido hasta ahora, con tus risas ridículas y tu extraña forma de bailar… Ha jugado contigo, ¿es que no lo ves? Pasa de él y fíjate en que estoy delante de ti, animándote… ¿Y sabes por qué lo hago? Porque te quiero, como el resto de tus amigos.” Lo más razonable sería eso, que apagase el móvil, ¿pero qué significa “razonable”? Le prometo que, en dos minutos, me habré recompuesto y cargo con mi pena, sin exteriorizarla, a lo largo de cinco o diez metros.
Luego, caigo. No físicamente, aunque habría acabado cayéndome así si no me hubiera agarrado a su brazo y hubiera recostado la cabeza sobre su hombro. Es un grave error, porque se da cuenta de que mi promesa no sirve de nada; mis sentimientos pesan más que mis palabras. La noche ha sido condenada en el vagón y, ahora, sufrimos su decapitación en una calle de farolas encendidas, desierta, donde se oye la música que proviene de los locales por delante de los que andamos.
Esta noche, es como si volviéramos del frente después de muchos meses de lucha. Soy el soldado herido que, pese a estar cerca de casa, no piensa en su familia, sino que solo puede tener presente la profundidad de sus heridas; mientras, Nausica es otro soldado, inmaculado, que se hace cargo de mí y Carla, alienada, empieza a interesarse por mi situación.
Sí, su interés va creciendo: En un principio, ni se atrevía a hacerme preguntas sobre los acontecimientos. Cuando la miraba, se entristecía expresamente para que la notase más próxima de lo que en realidad estaba. Probablemente no entendía nada. No sabía que, en los últimos meses, mi tema de conversación principal había virado de la actualidad de la prensa y la literatura a todo lo que se refería a él. De un momento a otro, debía de haber empezado a captar el significado de algunas de las frases que me cruzaba con Nausica. En el momento en que me pregunta: “¿Estás seguro de que todo está perdido?” me doy cuenta de que se dispone a convertirse en mi segunda consejera, en otro pañuelo sobre el que llore. Como un pintor que necesita hacer el tanteo de un paisaje, respirando su aire y admirándolo, antes de ponerse manos a la obra, Carla me demuestra que, si hasta entonces ha estado como ausente, no es porque aborrezca los temas del amor, sino porque ha intentado averiguar mis circunstancias a través de la poca información que escuchaba sobre ellas.
De vez en cuando, Nausica deja de responder a mis lamentos y se pone su móvil a la oreja. Pero nadie contesta a sus llamadas. Espera, con una ilusión un tanto desmesurada, que un conocido suyo se plante allí mismo y le alegre la noche. Durante la cena, no había parado de hablar de él. No sabía dónde estudiaba ni dónde vivía exactamente, pero se lo habían presentado una noche, en una discoteca, y le había gustado tanto que ahora no podía salir de fiesta sin sugerirle que se uniera a ella. Me parece encantador que, sin estar perdidamente enamorada, ponga tanto empeño en que aquel muchacho aparezca delante de sus narices y le hable, la mire… Dudo que tengan grandes cosas que decirse o proyectos importantes que organizar, pero la presencia mutua es suficiente para que se tranquilicen. Ella, cuando lo vea, parecerá anestesiada, después de haber estado más de una hora inquietándose por la duda entre si le daría esquinazo o acudiría a su socorro.
Esto todavía no ha sucedido cuando entramos en Raven. Todo estaría a oscuras si no fuera por unas luces azules que, desde esquinas que no distingo, proyectan su color por las paredes de la sala. Y digo que lo proyectan por las paredes porque las siluetas de quienes bailan en ese bar son más oscuras que el fondo de un pozo. No reconocería ni a alguien que, por la irregularidad de sus formas, fuese descrito como “único en su especie”.
Nos acercamos a la barra, pero me faltan fuerzas para imponerme. Cada vez que voy a alzar la voz para pedir y algún desconocido me interrumpe, callo y espero a que pida él antes. Tardamos unos diez minutos en que nos atiendan. “Un chupito de absenta”, dice Nausica. La miro recordando el día en que me habló de la absenta; era fuerte y transformadora, como quería que fuesen todos los destilados. Carla no sé qué pide, pero le traen un cubata al que doy un sorbo, para probar. Finalmente, pido un aburrido ron con cola. No es momento de ser original. Temo que una bebida demasiado cargada pueda echarme por los suelos; nunca he llegado a tal punto de degradación, pero es que tampoco me había sentido así antes.
Nausica hace muy bien, a continuación, en pedirse dos chupitos seguidos. “Así ahorramos tiempo”, se justifica. Y la imito pidiendo dos vodkas. Con anterioridad, le había dicho que quería probar eso de la absenta, pero ahora no me veo capaz. Recuerdo haber leído, de niño, algún ensayo de Baudelaire en el que decía maravillas sobre la absenta. Verlaine, otro turbado por el amor, también había sido un gran bebedor de absenta. ¿Quiero añadirme a ese club de los que beben para olvidar? ¿Quiero beber para crear? Nada de eso. Si me he permitido enamorarme, ha sido con este argumento: “Un novelista no hará gran cosa si no sabe lo que son las emociones”. He estado tantos años sin emocionarme por mis relaciones que, al ver la ocasión de mejorar aquello, me lancé a por ella. Si en poco tiempo lo he amado de una forma visceral es porque tenía mucha pasión retenida, acumulada bajo el peso de la razón.
Me he dicho que no le enviaría ni un solo mensaje más… No lo hago, pero se me enciende una bombilla cuando pienso en llamarlo. Digo a Nausica que, en dos minutos, volveré a entrar, pero que necesito estar solo. En la puerta de Raven, un segurata me alerta: “No puedes quedarte quieto ahí, tienes que avanzar…” Y me muevo a la acera de enfrente, donde solo veo un par de amantes armando un botellón. Tecleo su número en mi móvil y espero.
—Hola, ¿cómo estás? —responde. Probablemente aún no se ha ido a la cama. La serenidad de su habla me hiere.
—Nada bien…
—Me sabe muy mal todo esto, de verdad. Le he dado muchas vueltas…
—Te tengo que hacer una pregunta: ¿A qué te referías el jueves de la semana pasada, cuando me dijiste que me querías?
Tarda algo más de lo esperado en contestar. No sé si es porque la respuesta adecuada no le viene a la lengua o porque no quiere que me duela tanto como ya lo han hecho sus otras palabras. En fin, acaba por toser y decir:
—“Te quiero”... es una cosa que digo a muchos amigos…
Le doy las gracias, aunque no debe de entender por qué. “Te doy las gracias por tu sinceridad, por haberlo dicho a tiempo, por haber evitado que siguiera cayendo más y más adentro de este bucle sin solución de continuidad”, pienso en aclarar, pero, más adelante, veo esas palabras como sobrantes. Después de las pocas que él me ha dedicado, no soy quien tiene que añadir nada más. Sencillamente vuelvo a darle las buenas noches y regreso al bar, donde la música sigue siendo tan irreconocible como en el momento en que hemos entrado. Un chillido agudo y masculino sale por los altavoces sin que se oigan otros instrumentos. Solo una voz sostenida, en la grabación de un directo. Y persiste y persiste hasta que una guitarra, casi tan enloquecida como ella, sube de volumen y la ahoga con la variedad de las notas que toca.
Me doy cuenta de que mi llamada ha sido una petición de rescate. Estaba naufragando y necesitaba encontrar, al menos, un salvavidas. He buscado en él, en sus palabras, una revelación que me ayudase a mitigar el dolor. Quizá quería, sin darme cuenta, que me revelase algo como que me había amado, pero que aquel sentimiento ya no existía por más tiempo. Sin embargo, no era eso lo que me había dicho, sino que me había considerado un amigo.
Sí, ese jueves, cuando dijo que me quería, ya me veía como un amigo. Posiblemente también lo había hecho las semanas antes, sin que esa visión de mí se inmutara lo más mínimo. Siempre había sido su amigo; me había tratado como tal. Lo que no había comprendido era que él, con toda su ternura, trataba a sus amistades como un ganadero trataría a los animales que le dan un producto vendible.
Antes de conocerle, había sido una persona demasiado fría, tosca… Nunca besaba a mis padres, no abrazaba a mis amigos ni les recordaba cuánto les apreciaba, no estaba acostumbrado a ese cariño que se desprende de relaciones que quedan fuera del amor pasional. Él, en cambio, se comunicaba siempre, sin interrupción, con una galantería que habría hecho que más de uno cayera a sus pies. Porque sabía que yo no era el único al que, sin pretenderlo, había hecho daño. Sí, el colmo de todo aquello consistía en que él, en realidad, no dejaba de ser una persona bondadosa. No había ni rastro de maldad en sus pretensiones.
La delicadeza con la que había afrontado la situación no se encontraría en muchas personas. Otras, en verme tan seducido, se habrían podido aprovechar de mí. Él, sin embargo, había demostrado una gran dignidad, que se ejemplificaba en esa última confesión o en las muchas ocasiones en que, llegando —en nuestras conversaciones— a un extremo afectuoso, me había recordado la naturaleza de nuestra relación: “Te siento como un hermano, para mí”, “Has entrado en mi vida en poco tiempo y te has colocado entre las personas que más quiero”… ¿Cómo había podido estar tan ciego? No quedaba duda de que si no me había dicho antes que no me amaba como le amaba a él era por educación. Y todo ese tiempo transcurrido que a mí me había sabido a rosas no era más que un decorado del que ahora descubría el artificio. En realidad, no había ningún paraíso que echar de menos. No se puede añorar aquello que no ha existido. Solo podía entristecerme como esas mañanas que despertamos de un hermoso sueño que se nos había figurado con tanto realismo que habíamos creído verdad. A pesar de la falsedad de ese sueño, decidimos volver a la realidad y olvidarnos de él por ser algo demasiado inferior al mundo que compartimos con otros humanos. Sería diferente si nos pudiéramos quedar a vivir en ese sueño o si pudiéramos volver a él cada noche, cuando nos acostásemos y, nerviosos, deseásemos entrar en otra dimensión.
Nos sentamos en unos taburetes altos, alrededor de una mesa. Yo no tenía nada que comentar y ellas preferían no decir nada para no romper el aire sagrado que nos rodeaba. Tenía la misma impresión que en un funeral, pero en un contexto completamente distinto y en el que habría cabido cualquier emoción salvo las que se muestran en las despedidas.
Me pongo muy malo cuando empiezo a dar vueltas a quién debe de ser el chico del que se ha pillado. No tengo pistas con las que guiarme. Solo sé que existe y que lo conoció durante las fiestas de su ciudad, que se habían celebrado el fin de semana pasado. Tiene que ser alguien realmente electrizante, ¿no? ¿Cómo, si no, se habría decidido a amarlo con tanta rapidez? Él había dicho que el chico en cuestión le gustaba y que él le gustaba al chico, por lo que habrían hablado de sus sentimientos en algún momento de la semana aún no terminada. ¿Habrían estado hablando mientras yo lo veía en línea y fantaseaba? ¿Él habría fantaseado con lo que podría vivir con ese chico mientras me consumía en otras tantas fantasías? Menudo juego de miradas cruzadas y fallidas. El amor, en definitiva, solo puede triunfar en aquellas personas que han nacido con el talento de amar. Solo me queda el recuerdo del enamoramiento y la posibilidad de desmenuzarlo en un texto como este.
Sumergido en estos celos, no me doy cuenta de que el chico que Nausica esperaba había llegado. La ha besado en una mejilla y, subido a otro taburete, le habla mientras Carla se cruza de brazos y no tiene nada que hacer. Me corresponde intentar divertirla; a fin de cuentas, soy la cuarta persona de esta mesa y, por más que quisiera mimetizarme, tengo que admitir que sigo estando aquí.
Del bar en el que Nausica se ha liado por primera vez con ese chaval solo me queda un vago recuerdo cuando, saliendo, nos dirigimos al siguiente. Subimos calle arriba hasta la tercera encrucijada. Giramos a la izquierda y andamos todo recto hasta encontrar un nuevo sitio en el que desplomarnos. Dixi 724, pone en un cartel.
Se trata de una antigua nave industrial que han decorado con estanterías llenas de bebidas, barras, mesas, sillas, focos, una estatua de Dalí que sobrevuela las cabezas de los clientes, tarimas, una sala apartada para favorecer la concentración del deejay de turno… Por su amplitud, es más acogedora que el primer bar al que hemos ido. Hay más gente; este hecho, por más que otros días me hubiera molestado, solo puede satisfacerme, llevándome a pensar que no estoy solo en la noche, sino que todas esas personas me acompañan.
Soy, quizá, demasiado iluso para darme cuenta que las desgracias solo pueden sentirse de forma individual. Quienes están a mi alrededor bailan porque tienen motivos para ser felices, no porque pretendan transmitirme ninguna sensación positiva. Bailan porque la inercia de esa noche los lleva a bailar. Bailan como bailaría si no me recorriera la nuca un aire frío cada vez que trato de deshacerme del pensamiento que tiene su nombre.
Son las 3.47 a. m. al mirar hacia mi reloj de muñeca. Los encargados del local —desde los camareros hasta los vigilantes que, vestidos de negro, se plegaban de brazos delante de los lavabos— tienen sueño; se ve en su fatiga, en sus gestos lentos, en su poco control sobre lo que les rodea. El público aún está demasiado animado para ir a dormir. Yo mismo me siento en un momento en que todavía puedo salvar la noche de ser un fiasco absoluto.
Subimos a una de las tarimas que he mencionado, las cuales se encuentran en un rincón del fondo del local, como si compensasen la posición destacada que ganan los fiesteros que se suben a ellas con un destierro allí donde no hay el punto de atención de ninguna mirada. Pero, justo cuando he echado una mano a Nausica para ayudarla a alzarse, la música se detiene.
Algunos gritan hacia la cabina donde hay la mesa de mezclas. El deejay se encoge de hombros y sale a hablar con un par de chicos del público, que lo miran con resentimiento. “Los jefes me han cortado la música”, se excusa. Pues vaya.
La sala se vacía. Nosotros resistimos hasta que queda desierta y un hombre corpulento se nos acerca y nos pide que salgamos de allí. Tenemos que ir por una puerta trasera. Al dar con el exterior, no reconocemos la calle en la que nos encontramos. Damos un par de vueltas antes de toparnos con la entrada del bar de nuevo. Han echado la persiana y los borrachos que antes se alegraban en el interior, ahora lo hacen en plena calle. Nausica ha perdido a su chico; lo busca con la mirada, a la vez que está bastante convencida de que, cuando hemos entrado en Dixi 724, ya no iba con nosotros.
No queremos retirarnos. Son las cuatro y aún podríamos hacer flexiones, correr una maratón, exhalar todo el aire de nuestros pulmones sin aspirar una pizca de nuevo, cantar las canciones que conociéramos e incluso las que ignoráramos diciendo “¡La, la, la!”…
Me asusta la idea de llegar a casa de Nausica y tener que dormir en la cama de su hermano mayor, que este fin de semana ha salido de viaje. Tener que cerrar la puerta, ponerme el pijama, arroparme con las sábanas y cerrar los ojos… ¿Cómo cerrar los ojos, si hasta hace unos días no podía dormir por lo sensible que era a cada frase que me decía? Pasamos horas preocupándonos por las picadas de mosquito, las brechas diminutas, los labios secos, una leve conjuntivitis, etcétera, sin ver que el verdadero dolor, aquel que más debería ocupar nuestros pensamientos, se presenta de una manera tan gratuita e inesperada que no tenemos razones para pasar un solo minuto de nuestras vidas sin temerlo.
Llamaría “alcahueta” a las fiestas mayores de su ciudad, que lo juntaron con alguien que, en poco tiempo, le ha hecho sentirse de un modo más apasionado de lo que un servidor logró. También llamaría “alcahueta” a su aspecto, tanto interior como exterior; por lo que tiene de noble, de franco, de amable, de justo, de coherente, de inteligente, de puro, de encantador, de comprensivo, de intuitivo, de vitalista, de joven, de revolucionario, de crítico, de guapo, de enamoradizo y de adorable. Todo aquello, aunado en un solo cuerpo, advertía que el alma a la que servía de caparazón era de una calidad inimitable. Fui un ingenuo al pensar que solamente yo podía ver su aspecto con tanta atención. Es evidente que otros también lo intuirían a través de sus palabras, gestos, miradas… Por más que lo hubiera querido encerrar en el último piso de un rascacielos, otras personas habrían encontrado el modo de acceder hasta él y robármelo…
¿Pero por qué hablo en estos términos? Nunca ha sido de mi propiedad. Si bien el amor se podría entender como un pacto en el que dos personas se ceden recíprocamente algo de ellas mismas, el enamoramiento que había vivido no me daba derecho a nada. Era como un contracto que contaba solo con la firma de una de las partes; no tendría ningún valor hasta que ambas lo consintieran por igual. Y ya no iban a hacerlo, si bien alguna vez había cabido la esperanza de que lo hicieran. Durante la pasada verbena de san Juan, Nausica me cogió el móvil sin que me diese cuenta  y chateó con él sobre el amor. Cuando leí la conversación que habían tenido, me entusiasmé y deprimí al ver uno de sus mensajes: “¡Él y yo no tenemos nada! ¡Solo somos amigos, que es lo que ahora toca!” Pero no me sentí desengañado. Lo decía en un tono bromista que podía confundirse con uno serio. Mi imaginación había volado lo suficientemente alto como para interpretar sus palabras de la manera en que me hirieran menos: Pensé que, si decía que “lo que tocaba” en ese momento era ser amigos, llegaría el día en que tocase algo diferente. ¡Y quién sabe si habría llegado!
Si a partir de ahora aceptara ser solo su amigo, mantendría la esperanza de que, tal vez, en un futuro indeterminado, me empezase a amar. Pero eso requiere un tiempo con el que no cuento. Viviré, a lo sumo, unos ochenta o noventa años si algún hecho problemático no se me lleva antes; así pues, ¿puedo malgastar más que estos dos meses en una relación de la que no conozco el rumbo?
No me haría estas preguntas si, inicialmente, lo hubiera sabido ver como un amigo más. El problema estaba en que lo que sentía se situaba en los fundamentos de aquella relación. No habría relación si yo no estaba enamorado, puesto que ese amor era la fuerza motriz que me llevaba a conversar con él día sí, día también, con una dedicación que nunca había dado a otra persona.
Demasiado tiempo he estado solo. Puede que sea eso. Al abandonar esa soledad para acompañar a otro humano, me había deshecho de un estilo de vida que tardaría tiempo en recuperar. Había creado, sin darme cuenta, una necesidad dentro de mí; una necesidad de calidez que, hasta hace poco, no concebía como posible.
Lo llamaría de nuevo y le pediría disculpas por haber interpretado nuestra amistad tan erróneamente. Le suplicaría que me perdonase al mismo tiempo que le negaría que pudiéramos seguir en contacto. Haría todo aquello si no fuesen las cuatro de la mañana y tuviera la certeza de que, esta noche, ha podido conciliar el sueño mejor de lo que lo haré yo los próximos días. Quizá se haya acostado con una gota de amargura en los labios, pero habrá sido cuestión de pasarse el pulgar de comisura a comisura para despegarla de ellos.
¡Si en la verbena de san Juan le hubiese leído al pie de la letra habría podido corregir mi vida desde muy pronto! Algunas de las lágrimas de esta noche de julio se habrían derramado aquella, pero no habrían sido tan cuantiosas como las de hoy. Mi reacción habría sido más ligera en todos los sentidos. No sé si aquella noche misma me podría haber recompuesto, pero seguramente lo habría hecho en un menor tiempo del que voy a tardar.
Caminamos hacia Carrer de la Marina. Por el camino, encontramos poca gente. Ninguna persona sobria. En un banco, una chica de vestido negro se ha inclinado encima de un chico, con los muslos apretando los lados de su cintura, y lo besa con fruición. Los miro, ensimismado, hasta que ella se da la vuelta y se molesta al topar con mis ojos, como si, en lugar de estar en un lugar público, se liaran en un jardín privado y los espiara desde unos matorrales.
Puede que esos dos individuos se hayan conocido esta misma noche, que no hayan necesitado cruzar más de dos palabras para acercarse hasta un punto tan íntimo, que esperen pasar la noche uno en la casa del otro a pesar de no conocer de este ni la familia, ni el trabajo, ni los estudios… Puede que no tengan ninguna afinidad más que una fuerza instintiva que los ha llevado a mirarse fijamente a lo largo de veinte segundos. Veinte segundos en los que el lenguaje no verbal habrá jugado, entre ellos, un papel más esquemático del que cumpliría el lenguaje verbal, pero con una efectividad que, ahora, ante mis ojos, podía comprobarse.
¿Es posible que las luces de las farolas alumbren menos que al principio de la noche? Desembocamos en Carrer de la Marina en un estado de somnolencia que nos hace mover los pies en zigzag. O quizá son las bebidas, que todavía están entrando en nuestra sangre, retozando en ella, sin pensar en el instante en que tendrán que salir.
Subimos. “¡Hacia el norte! ¡Siempre se debe ir hacia el norte!”, exclama Nausica con un afán de liderazgo que no es propio de ella. Tenemos cuarenta minutos antes de llegar a Carrer de les Camèlies, donde vive, pero no estoy seguro de que mis piernas vayan a soportar un camino tan largo en unas condiciones como aquellas.
Recuerdo la capilla de mi colegio, en cuyas paredes hay unos bajorrelieves sobre el vía crucis que, yendo a primaria, me impactaron fuertemente. Me parezco a ese Cristo que carga con una cruz que no se merece. Él mismo me lo dijo hace unos días: “Te mereces ser feliz.” Pero no entendí a qué venía eso. Como los pasajes de un libro que se releen al cabo de unos años y cambian sus connotaciones e incluso sus denotaciones, algunas de las frases que me ha enviado cobran un sentido descorazonador, pero más real del que les había querido dar.
Y también me viene a la memoria una canción de The Pretty Reckless de la que solo conozco el título, “You”; tengo la intuición —una intuición no sustentada en ningún recuerdo, que solo aparece en el foso de mi mente— de que esa música, tan lejos de la música que él interpreta, podría tener propiedades curativas. Ese tipo de rock le gusta a Nausica, por lo que no me aguanto las ganas de pedirle algo:
—¿Podrías cantarme “You”, bonita? —Y sonríe, porque pensará que lo pido para complacerla.
You don’t want me, no / You don’t need me / Like I want you, oh / Like I need you —Hace una pausa para imitar el sonido de los instrumentos.— And I want you in my life…
Se detiene al ver cómo reacciono a su precioso, impreciso canto de borracha. Y comprende dónde está el problema.
El gran problema es que me he elevado de unos peldaños del amor a otros sin que las circunstancias sean idóneas. Ha sido una actitud temeraria, puesto que, ahora, cuando desaparecen estos peldaños, solo queda el suelo desde el que había comenzado el ascenso. Pero la vuelta al suelo no es como un planeo de pájaro, sino una caída libre. No arrastro nada conmigo; solo es mi cuerpo cayendo en dirección al lugar que le ha correspondido en todo momento. Mi cuerpo delante de la casa de Nausica y mi cuerpo entrando en ella, sin que el gran público barcelonés pueda seguir disfrutando de este espectáculo.

Al día siguiente, lo llamé de nuevo y le impuse que no volviéramos a hablar hasta el ocho de agosto, cuando volviese a España de un viaje que iniciaría en muy poco. A los dos días, me envió un mensaje diciendo que me echaba de menos. A los cuatro días, me adjuntó un vídeo en el que salía dirigiendo una orquestra y me lo dedicó. Cuando se cumplió una semana de la noche con Nausica, le envié un mensaje asegurándole que sufriría en silencio, pero que no quería pasar un día más sin conversar con él. Hablamos durante una semana, con la misma frecuencia y el mismo afecto que antes. Al domingo siguiente, me comentó, de pasada, que tenía pareja. A los pocos minutos, le respondí que sería mejor que dejásemos de hablar. Sabía que estaba siendo egoísta, pero lo consideraría un egoísmo de supervivencia. Ayer hizo una semana del domingo en cuestión.

OBRA DE MAX BECKMANN.

2 comentarios:

  1. Como me atreví una vez a escribir: "los mejores errores, son aquellos con los que creemos que más erramos". Buen relato.

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