(Relato) Debajo del mismo techo



Cuando un hablante catalán dice algo sobre su hermano, puede optar por empezar con un “El meu germà...” o, puesto que el posesivo “mon” es aceptable en cualquier tipo de contexto cuando se refiere a miembros de la familia, puede empezar con un “Mon germà…
Por ejemplo, podría decir: “Mon germà té cinc anys més que jo” y santas pascuas. Aunque también puede que lo que dijese fuera: “Mon germà és com un intrús a casa meva amb qui em veig obligat a conviure.” También es completamente aceptable, ¿no? Claro que es aceptable, de la misma forma que lo es: “Mon germà  no és un home dolent perquè no hi ha homes dolents, però fou dolent amb mi quan em va insultar, quan va criticar allò a què em volia dedicar, quan va retreure’m el meu caràcter reservat.
La historia empieza así, sin más: durante un almuerzo de agosto, mamá se dirigió a mi hermano.
―¿Crees que es normal que te hayas levantado a las doce mientras que tu hermano lleva despierto desde las ocho?
Se llamaba Gerard y trabajaba en el mundo del periodismo. Su jornada laboral era flexible pero agotadora: como que le gustaba dormir, se quedaba en la cama hasta el mediodía, pero, en cuanto salía de ella, debía concentrarse en los asuntos del periódico para el que trabajaba.
Curraba en su oficina hasta acabar exhausto. A veces, volvía a casa a las dos o tres de la madrugada. Mamá solía desvelarse, ir a recibirlo y mirarlo con ternura; después, le preguntaba por qué llegaba tan tarde y él respondía que había ido a tomar unas birras; ella se volvía a la cama, enfurruñada, convencida de la mala vida de su hijo mayor.
―Es mucho mejor lo que hace Bernat, ¿no? Él siempre hace lo que es mejor.
Y Bernat, indefectiblemente, era yo. Vivía en otro mundo, que digamos. En un mes, empezaría a estudiar Bellas Artes y, después de la época de estudio arduo que había travesado durante el bachillerato, tenía ganas de centrarme en crear arte.
Gerard decía que, en discusiones como aquella, no me atacaba porque tuviera nada personal en contra de mí: me atacaba para que nuestra madre abriera los ojos. Me creaba una contradicción, porque habría querido rebatir sus críticas y burlas, pero, al mismo tiempo, era consciente de que, en realidad, no quería ofenderme, sino cargar contra el desprecio de mamá.
―¿Tanto te cuesta dejarme en paz? ―le pregunté, con un temblor en la voz. No solía contestar a sus acusaciones, así que era una novedad que, en ese instante, abriese la boca, frunciese el ceño y mostrase mi irritación.
―¿Y por qué a ella le cuesta tanto dejarme en paz a mí? ―respondió mi hermano. No podía quitarle la razón. Nuestra madre, en efecto, lo atacaba constantemente y por cualquier tipo de tontería. También me lo hacía a mí: me echaba en cara todos mis errores e, incluso cuando no hacía nada mal, se esforzaba por recordar esos momentos en que, en el pasado, me había equivocado. La diferencia entre que se lo hiciera a mi hermano y que me lo hiciera a mí era que mi paciencia no tenía límites.
Quizá no debería decir que mi paciencia no tenía límites en el mismo punto de la narración en que tengo que contar cómo avanzó la historia. El problema está en que, a continuación, lo que le dije demostró una falta de contención que raramente se volvería  a repetir en mí:
―Estoy harto de que me apuntes con el dedo y sueltes toda esa mierda sobre mí. Solo he intentado ser un hijo ejemplar y lo que he recibido a cambio han sido los comentarios despectivos de un hermano que no merezco. Francamente… te guardo un sentimiento que no es nada positivo.
Reaccionó con más rapidez de la que habría esperado: apoyando los codos en la mesa, giró la cabeza hacia nuestro padre, que estaba a su derecha.
―¿Has oído lo que ha dicho este hijo de puta?
Su voz no se quebraba, no dudaba; sonaba en una sola línea de convicción. Esas palabras tan contundentes me asustaron. Tenía a Gerard delante de mí y temía que pudiera pasar a los puños. Probablemente no habría sido capaz, pero imaginar la posibilidad me desesperaba.
Me levanté y me fui a mi habitación. Me encerré. Aunque era un cuarto pequeño, tenía el suficiente espacio como para dar vueltas en círculo y rascarme, con las manos, la nuca y los brazos. ¡Aire, exijo aire! Abrí una ventana y los ruidos de la calle me alejaron de la discusión que estaba teniendo lugar en el comedor.
Oía la voz de mi padre, imponiéndose sobre la de mi hermano. Le regañaba por haberme dicho tal cosa. Mamá, de un momento a otro, intervendría, puesto que no resistiría la tentación de recordar a Gerard su falta de educación. Tal vez dijera algo como: «¿Por qué me han dado esta familia?» Y pondría cara de no entender, de confusión, de mujer sobre la que ha caído una maldición que no le correspondía.
Si bien mi hermano siempre había confesado (en voz baja, ya que este tipo de cosas no se dicen a gritos, como si no importasen) que me admiraba, acababa de hacer añicos la imagen que tenía de mí. Me había retirado su respeto y lo había sustituido por algo distinto; lo había sustituido por unas palabras dirigidas a mi padre y que, sin embargo, sabía que yo escucharía con claridad.
Pero la soledad de mi habitación, ahora, me abrigaba. Había huido de la escena con una cobardía y silencio sepulcrales. No había querido seguir en el almuerzo por más tiempo porque sabía que todo lo que saliera de él, de entonces en adelante, sería como una chispa al lado de una caja de pólvora.
El calor de agosto era inofensivo. Los mediodías no harían daño a nadie. Sentía el estómago lleno y pretendía permanecer allí, enclaustrado, hasta la hora de la cena. Lo único que turbaba ese orden eran las vocecitas que, a través de las paredes que separaban esa sala del salón, se colaban por la fuerza de su rabia.
Me puse a llorar porque no encontré otra manera de expresarme. Alguien a quien contarle lo que había sucedido desde mi punto de vista me habría ido bien, pero me había grabado a fuego la consigna de no salir de ese cuarto.
Los labios me hervían levemente. Cuando pasaba la punta de la lengua por ellos, notaba que estaban más rojos que nunca. Me llevé las manos a la cara y me la masajeé como si así fuera a encontrar soluciones; cada centímetro de piel por el que paseaba mis dedos se convertía en un centímetro de cardenal, de terciopelo, de ante rojo y morado.
Busqué un espejo con la mirada. ¿Dónde están las cosas cuando las necesitas? Descolgué uno que había en la pared y miré mi propio rostro. Estaba seguro de que las lágrimas, la congestión nasal y la rojez de mi piel me volvían mucho más sexy de lo que normalmente era. Aun así, habría preferido no tener motivos para angustiarme de tal modo; hasta cierto punto, me pareció ridículo que me atormentara mientras que Gerard, en el comedor, no habría perdido la compostura.
¿Qué hacía que, en situaciones tensas, supiese aguantar todos los golpes con tal firmeza mientras que yo, a la mínima que me agredían, caía rendido al suelo? En definitiva, debería haber sido él quien se descompusiera de esa forma tan física. Era él quien se acababa de enterar de que su hermano pequeño no lo admiraba tal como creía. Lo había descubierto a través de una confesión con la que no había intentado dañarle, sino ser objetivo y decir lo que sentía.
Nuestra amistad había estallado en mil pedazos. Ya no tenía hermano mayor; en consecuencia, ya no me preocuparía por gustarle a esa figura autoritaria que, a partes iguales, me había dado miedo y me había transmitido afecto. ¡Era libre! ¡Sí, libre!
Mis padres no me preocupaban porque me lo consentían todo. La única persona a la que había querido gustar hasta ese día había sido él, un periodista de veintitrés años que, durante mucho tiempo, había representado, para mí, un modelo a seguir. La carrera que había hecho a lo largo de su vida me parecía la que debía tomar como pauta; para no llegar al final de mi existencia y darme cuenta de que había desaprovechado el tiempo, debía hacer lo mismo que él.
¡Pero todo eso ya estaba de más! A partir de ese domingo de agosto, se acordaba que no volveríamos a hablarnos. Nos ignoraríamos; mi vida avanzaría sin que interviniera de nuevo en ella. La expectativa, después de haber agotado las últimas lágrimas, se me hacía agradable.
Antes de que fuese la hora de la cena, salí de mi cuarto. Ya no me inquietaba la idea de encontrármelo por los pasillos de la casa, puesto que sería un fantasma que evitaría mirar. Siempre que su figura cruzase por delante de mis ojos, apartaría la mirada a un lado.
Al cabo de unos días, mis abuelos me llamaron con tal de invitarme a comer. Al parecer, esa misma semana, Gerard había estado en su casa y querían hablar conmigo. Ya preveía lo que me querían decir y estaba resuelto a no rectificar.
―Bernat, ¿por qué no hablas con Gerard? No se puede tolerar que os comportéis como lo hacéis… ―arguyó mi abuela.
―Prefiero que todo siga como estos últimos días.
El nuevo estado de las cosas aún era motivo de alegría para mí. Como que en septiembre había empezado la universidad, por las mañanas salía de casa y no volvía hasta la noche; no había muchas ocasiones en que me topara con mi hermano. Cuando lo hacía, me limitaba a preguntarme: 1. ¿Puedo irme de este lugar? 2. Si no puedo, ¿hay algún tema en el que pueda pensar?
Tenía que ocuparme la cabeza con evasiones con tal de no fijarme en su presencia. Cada uno de sus gestos, cuando estaba cerca de mí, me alteraba; esa sensación fue creciendo con el tiempo, puesto que se volvió como un invitado que vivía debajo del mismo techo que yo. Si bien me habría puesto nervioso al encontrar un desconocido en mi casa, me temblaban ligeramente los dedos cada vez que él andaba ―o, simplemente, se movía― a mi alrededor.
Algunos días, me sobraba mucho tiempo entre las clases de la mañana y las de la tarde y decidía ir a almorzar a casa. Sin embargo, mis padres solían comer muy pronto (a las dos de la tarde), mientras que yo llegaba a las tres. Era, por mala suerte, la misma hora a la que Gerard decidía que le apetecía comer.
Al entrar por la puerta, oía un ruido de cubiertos en la cocina. La puerta que separaba el recibidor de ese espacio estaba cerrada pero, a través de su cristal, se adivinaba una silueta robusta y oscura.
Me cambiaba de zapatos y me dirigía a la cocina. Cogía el pomo de la puerta con la esperanza de que los ruidos cesasen antes de que la hubiera traspuesto completamente. No pasaba así nunca. Mi hermano entraba en mi campo visual, pero no le habría mirado directamente ni que me lo hubieran pedido.
Reparaba en lo que había sobre la mesa: una botella de vino y una copa que se había servido Gerard, su plato, los cubiertos, una cesta de pan, las servilletas de ropa blanca, alguna pieza de fruta que rodaba desorientada…
Cogía, de una encimera, mi almuerzo, que mi madre había dejado enfriar. Lo introducía en el microondas y, mientras giraba en su interior, me servía un vaso de agua del grifo. Si hubiera cogido la jarra de agua que había sobre la mesa, habría tenido que pasar mi brazo por delante de Gerard.
La penumbra en que los muebles se sumen a las tres del mediodía acrecía la incomodidad que sentía dentro de mí. De niño, la oscuridad que iba en aumento después del mediodía me parecía terrorífica; en la actualidad, servía para acentuar el malestar que no solo sentía en mi interior, sino que notaba en todos los objetos sobre los que posaba la mirada. La luz que entraba por una ventana, por ejemplo, no era una luz corriente: era filtrada por las nubes grises. Simpatizaba conmigo.
Me sentaba en perpendicular a mi hermano y agachaba la cabeza. Me esmeraba en comer con educación, sin hacer ruido mientras sorbía la sopa ni arrastrar los espaguetis deshilachados hasta llenar mi boca. Me llevaba la servilleta a las comisuras de los labios sin parar; mi manía era que los restos de comida se me quedasen pegados en la cara.
Frecuentemente, Gerard empezaba a almorzar antes de que apareciera. No obstante, siempre me daba más prisa. En cuanto había apurado el plato principal, corría a hacerme un café y, con la taza humeante en una mano, me escapaba a mi habitación. Cerraba la puerta y no volvía a saber de él hasta el siguiente día en que, en el recibidor, oyese sonidos provenientes de la cocina.
Los días se sucedían y parecía que no hubiera ningún problema. Dejé de darle vueltas a lo ocurrido y me limitaba a vivir centrado en mis amigos de la universidad. A veces, hablaba con mi padre. La relación con mi madre era más difícil; la veía como la culpable de lo que había pasado y, sin poderme controlar, dirigía todo mi odio hacia ella. No le decía nada, no la insultaba, no me acercaba a ella… El silencio con que la ignoraba era mi peor arma.
Intentaba parecer indiferente al conflicto que crecía entre sus dos hijos. Sin embargo, en alguna ocasión, no aguantó más y me dijo:
—Va siendo hora de que solucionéis vuestras diferencias.
En ese momento, ella planchaba una camisa y, mientras tanto, la observaba de brazos cruzados. La máquina que tenía entre las manos desprendía un vapor de aspecto amenazante. No dejaba de ser agua, pero, a mí, me daba algo de miedo, así que me sentía impulsado a retroceder.
Era descarado que hablase de diferencias. Parecía que, con esa palabra, intentase remarcar una distancia insalvable que existía entre mi hermano y yo. De alguna forma, usaba esa palabra para excusarse a sí misma.
Además, hablar de diferencias rebaja la importancia del problema a algo natural en el ser humano: que haya cosas que lo distingan de los demás y que sean estas cosas las que lo enfrenten con otros. Lo que había pasado entre Gerard y un servidor no era reducible a lo más natural de la sociabilidad del ser humano. Nunca habría descrito lo sucedido como una consecuencia de la convivencia… ¡ojalá hubiera podido! Nuestra ruptura había sido tan inesperada e ilógica como el comienzo de una guerra, como la pelea entre dos niños, como los ladridos intercambiados por dos perros… La causa que nos había enemistado era tan insignificante que, si alguien me hubiera preguntado por ella, me habría dado vergüenza reconocerla: «Sí, exacto, me enfadé con mi hermano porque nuestra madre le criticó que se hubiera despertado demasiado tarde… No, no parece que vayamos a volver a hablar jamás. ¿Tanto te sorprende?»
Mamá no lo intentó de nuevo. Hizo bien, puesto que no habría soportado que, una vez más, quien había provocado la guerra fuese la misma persona que le quisiera poner remedio. ¿Habría imaginado el peso de sus críticas antes de atreverse, en esa comida familiar, a criticar a Gerard? No… Era la principal culpable y, al mismo tiempo, no tenía nada que ver con lo ocurrido, ya que, si el desprecio que sentía por mi hermano no se hubiera formado con anterioridad, no habría explotado delante de él con tal brutalidad. Lo que le ofendió no fue que le dijese que le guardaba un sentimiento que no era positivo; le hirió ver que lo decía sinceramente.
A principios de diciembre, quedé con un artista, Neil, que siempre había admirado. Lo acompañaba su pareja; era la primera vez que la veía y la confianza que deposité en ella fue automática; hay rostros que invitan a confiar, rostros luminosos.
Fuimos a un bar a conversar. No sé cómo debió salir el tema. De hecho, no sé cómo surgen, en mis conversaciones, la mayoría de temas personales sobre los que acabo hablando; soy un escritor que habla sobre su propia vida y, consecuentemente, cuando me preguntan por mi obra, también me están preguntando por mi privacidad, aunque haya gente que no se dé cuenta.
Neil y su novia me preguntaron por mi escritura y acabé hablándoles de la relación que tenía con mi hermano. No habría esperado una reacción como la que tuvieron: al otro lado de la mesa, rodeados de botellas de cerveza, abrieron exageradamente los ojos y me pidieron motivos.
Bajé la mirada al suelo y fruncí levemente el ceño. Me llevé una mano a la barbilla y habría dado todo lo que tengo por una calada de cigarrillo en ese preciso momento. Sin humo que me cubriera la cara, era como una adolescente sonrojada que no se hubiera maquillado con polvos blancos.
—A los dieciocho años, me fui de casa. —contó la novia de Neil.— Siempre me ha costado entenderme con mi familia. En las comidas, no sabía qué comentar; todos vivían en un mundo diferente al mío… pero nunca renuncié a ellos.
—Eso que dices de estar enfadado con un hermano… —añadió Neil— es muy duro. ¿Merece la pena?
Les hablé de los almuerzos en silencio, de sentir su presencia sin poder afectarle de ningún modo… Definieron mi situación como algo realmente incómodo y estuve de acuerdo.
—Pero no le puedo pedir perdón. Lo último que dijo refiriéndose a mí fue un insulto demasiado serio.
Ambos creyeron ver, en mi actitud, un orgullo desmesurado. No había nada que desease menos que ser visto como alguien orgulloso. Casi lo deseaba menos que ser visto como alguien que no sabe controlarse a sí mismo, como alguien que estalla coléricamente en cualquier momento.
—¿Y si, en lugar de pedirle perdón, le propusieras hacer las paces?— sugirió Neil. No sé qué había en sus palabras que hizo que se pegaran en mi pensamiento no como lo habría hecho un pósit en la pared, sino como lo habría hecho la pintura en un lienzo.
Pero me faltó valor para reflexionar sobre lo que decía en ese mismo instante. Dejé que esa aliteración (hacer las paces suena a abertura, a exhalación, a diálogo) quedara en mi recuerdo como lo harían los versos de mi poeta favorito.
Lo digo francamente: no me tomé sus palabras con la debida consideración. Entendí que lo que él me recomendaba era que sustituyese una fórmula que me dejaba en ridículo —¿pedir perdón me habría dejado en ridículo? Así lo creía— por otra fórmula que repartía la voluntad de la acción entre dos personas, porque hacer las paces exige un pacto mutuo, mientras que pedir perdón es algo que se puede hacer sin llegar a ser perdonado.
Al día siguiente, almorcé antes de que mi hermano llegase. La expresión de la que Neil había hablado seguía cobrando forma en mi cabeza; cada vez era mayor, más razonable y elegante.
Hacer las paces tenía una pátina de madurez que adoraba. Podía decir aquello sin ningún problema; ensayé delante de un espejo, imaginándome a mi hermano enfrente de mí. Las palabras salían de mi boca con cierta inercia; no sentía nada. Las pronunciaba con la misma frialdad con que le preguntaría a mi madre si necesita que barra el suelo o que vaya al supermercado.
Pero me dejé llevar. Oí que la puerta de casa se abría y esperé a que mi hermano fuera a la cocina. Lo oía jugar con el tenedor y el cuchillo, comer, ver la tele, responder alguna llamada por teléfono… Cuando intuí que estaba tomando el café, me dirigí a la cocina.
Cogí un vaso de agua, lo llené y di un trago. Me volví hacia él y, antes de que se hubiera percatado de que le miraba fijamente después de mucho tiempo, le espeté:
—Va siendo hora de que hagamos las paces, ¿no?
No se lo debía esperar; sus respuestas siempre eran rápidas y fluidas y esta llegó con tres o cuatro segundos de retraso. Cogiendo su maletín por el asa, dijo:
—Sí… pero en otro momento, ahora tengo prisa.
Salió de casa a la vez que yo entraba, de nuevo, en mi habitación. Evité pensar en cómo había sido la escena; ni la analicé ni pensé en los pasos que debería dar de entonces en adelante. Con el paso de los días, seguiríamos sin hablarnos como antes.
2-XII-2016/6-XII-2016
RETRATO DE THEO VAN GOGH, DE VINCENT VAN GOGH.

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