(Relato) Amador



Amador había empezado a estudiar en la universidad ese mismo curso. Desde el principio, había decidido que iría a clase con trajes, camisas cerradas hasta arriba y pantalones chinos, que «si mis padres se han podido gastar un dineral en esta carrera, también se lo podrán gastar en que vista decentemente», decía.
El edificio universitario, los profesores, sus compañeros… No había nada que no le gustase. ¿Qué carrera hacía? Está de más, puesto que se habría ilusionado de la misma manera aun haciendo otra. Lo que a él le gustaba era todo lo que conllevaba el mundo universitario, desde las formalidades de los trabajos académicos (cómo citar un libro, ordenar una bibliografía, poner un título…) hasta la ropa de los profesores ―desde un jersey con coderas hasta un maletín de piel, no había nada que no le impresionase.
Su predisposición a disfrutar de la vida universitaria era tal que, en su primer día, antes de entrar en clase, una paloma se le cagó en el brazo y, lejos de ir al lavabo a cambiarse, se puso en mangas de camisa y aquí no ha pasado nada. El olor que despidió durante la clase no se hizo notar, puesto que el verano aún no había acabado y las heces suelen apestar más discretamente que las axilas humanas.
No dio ningún tipo de importancia a esa primera desgracia. La sociedad en la que había nacido ya no creía en augurios con aves; era una suerte, sobre todo, porque, de no haber sido así, su gente habría tenido dos graves problemas por el precio de uno: el de haber de limpiarse cada vez que el cielo les pintase de blanco y de presagiar qué significaban esos signos.
Amador, en definitiva, podía considerarse un afortunado. De todas las cosas que podían salir mal, justamente le había ido a tocar la más terrenal, torpe y casual. En el transcurso de su primera clase, llegó a creer que sería conveniente dejar de arremangarse la camisa: eso le daría una imagen humana e incluso propiciaría algún tema de conversación con sus nuevos compañeros. Cuando faltaban unos minutos para que acabase la sesión, lo hizo, aunque el regalo del ave se había secado con tanta rapidez que, donde antes había un fresco líquido, ahora solo quedaba un sólido cúmulo de blancos, como en Mirada i mà de Tàpies.
No tuvo que pasar ni una semana para que se enfrontase a un nuevo disgusto. Esta vez no fue tan prosaico, aunque le dolió más, ya que afectaba a la universidad propiamente. Uno de sus profesores colgó una nota en la puerta de su aula advirtiendo a los alumnos que, por motivos personales, no se podría presentar a la próxima sesión. Habría sido de gran delicadeza por su parte si, en el momento en que la colgase, no estuviese a punto de comenzar la clase en cuestión. La mayoría de los alumnos, que ya se reunían alrededor de la puerta, exclamaron: «Y lo dice con cinco minutos de antelación…», «Lo flipo, en serio», etc.
Pero Amador se sentía demasiado agradecido por estar en el mundo universitario como para oponer la más mínima queja ante un trozo de papel. Se echó a reír y rehízo el trayecto hasta su casa, que constaba con tres trasbordos y tardaba una media de dos horas en hacer.
En otra de sus clases, el profesor, viendo que una gran parte de su alumnado se echaba a hablar cuando él trataba temas algo aburridos, impuso su castigo: sentado a su mesa, en lo alto de una tarima, daría sus lecciones con el mismo tono de voz que usaría para conversar con alguien que estuviera a su lado. Con este sistema, los alumnos que estaban en las primeras filas de asientos se enteraban de todo, mientras que los de más atrás solo oían un hilito de voz ininteligible. Como que Amador tenía que hacer un camino tan largo para llegar hasta la universidad, siempre llegaba a esa clase tarde; al entrar, las sillas de más adelante ya estaban ocupadas.
«Bueno, no pasa nada. Si yo estuviera en la situación de mi profesor, también tendría razones para indignarme. Que los alumnos charlen tan descaradamente es una falta de respeto. Un señor de su edad y su conocimiento se merece algo mejor…», pensaba. Y, así, se sucedían las clases entre el ruido de las conversaciones juveniles y la voz hormiguesca del profesor.
Los alumnos con más ganas de cotillear entre ellos que de escuchar las lecciones no se limitaban a esa asignatura. El grado de especificidad al que se llegaba en otras hacía que algunos chicos incluso se durmiesen sobre sus pupitres. Una profesora de Amador, al ver uno de estos, se enfadó hasta tal punto que recogió los cuatro papeles que había dejado sobre su mesa y salió del aula. No volvió. Algunos echaron pestes de ella. Amador la disculpó, ya que comprendía profundamente qué había herido la sensibilidad de esa mujer.
En la nueva etapa que comenzaba Amador, todo era correctísimo. ¿Podría haber sido de otra forma? ¿Después de tantos años soñando con dejar la dichosa educación obligatoria atrás, habría aceptado que, en ese nuevo contexto, hubiese un solo problema? Perdonaba las faltas humanas diciendo que «si hubiera estado en su lugar, posiblemente no lo habría hecho mejor» y las faltas técnicas (perdió la cuenta de las veces que una máquina de café se le quedó el cambio, que en secretaría le resolvieron mal sus dudas, que se quedó encerrado en unos lavabos hechos añicos por la de golpes que habían recibido…) atribuyéndolas a «un golpe de mala suerte».
Un sábado por la mañana, se encontró con un amigo de su antiguo colegio. Fueron a una cafetería y pidió un café con leche a un camarero que, por exigencias de su jefe, no se apuntaba los pedidos que le hacían en una libreta, sino que los memorizaba. Al cabo de unos minutos, le plantaron delante un café cortado. Si hasta entonces su conversación no había sido demasiado animada, cambió de cariz: ese hecho sin importancia desencadenó el relato de todos los contratiempos con que se había topado desde su llegada a la universidad.
Su amigo, que le escuchaba con una callada consternación, le cambió el café con leche que él había pedido por el cortado erróneo que le habían dado a nuestro protagonista; le daba lo mismo beber lo uno o lo otro. Cuando hubo contado la historia de pe a pa, se sentía como si tantos hechos pudiesen dar lugar a una novela.
―No pasa nada. El mundo no es perfecto y ya debería haberme acostumbrado.
―El mundo no es perfecto, cierto, pero eso no significa que debas reducir tu espíritu crítico a la nada.
―¡Oh, por Dios, ya me sales con la historia de siempre! ―Hizo cara de persona agotada, de anciano agotado, de señor que ya está de vuelta de todo.― Tener espíritu crítico no siempre significa hacer críticas negativas, ¿sabes?
―El espíritu crítico tampoco consiste en engullir con el cuello de un pato y sonreír con los labios de un cerdo comedido y bien criado. ―rebatió, dando un trago a su cortado.
5-XI-2016

MIRADA I MÀ, D'ANTONI TÀPIES

2 comentarios:

  1. El vocabulario vuelve ridículo al relato. A q profe de lengua intentas impresionar ? Puaj

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    1. Es el vocabulario que uso y, por lo tanto, el pertinente. Siento que no te guste. Un saludo. :)

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