(Microcuento) Una espalda encorvada



El hijo de mi hermana no tiene antecedentes. Eso, hoy en día, ya es mucho. Además, sus notas en el colegio son excelentes y todos los profesores se quedan asombrados cuando interviene en las clases. Es uno de esos genios a los que, el día menos pensado, los entrevistan en el telenoticias, ¿me sigues? Uno de esos monstruitos, sí, pero está feo que lo diga así, porque soy su tía y una señora de mi edad no puede hacer según qué comentarios sobre un pobre niño. Solo se me permitiría decir cosas buenas sobre él, y eso ya me basta; mientras que podría estar horas halagándolo, no sé si le encontraría nada criticable. ¡Incluso va camino de sacar la matrícula de honor del bachillerato! ¡Imagínate qué chico de oro es! Pero hablar solo de sus méritos estudiantiles sería restarle importancia. Si le vieras en persona, a primera vista ya te darías cuenta de que hay algo en él que… no sé cómo decirlo… que lo eleva, que lo magnifica, que lo distingue. Viste siempre con rebecas y jerséis de angora; muy pulcro, muy limpio, muy bien conjuntado. Parece un maniquí. Su porte natural aumenta esta sensación; pocas veces lo verás hablar (es callado, agacha siempre la cabeza, se muerde el labio inferior), aunque normalmente está tan quieto que, cuando se pone en movimiento, cualquiera de sus gestos es más expresivo que un actor de sitcom.
Deberías haberlo visto en la última cena familiar que hicimos. Me senté, a la mesa, delante de él, mientras que su madre estaba a su lado, con tal de poder controlarle por el rabillo del ojo. Al comer los espaguetis, tenía una clase que nunca he visto, y eso que cada semana hojeo el ¡Hola! y veo ―así, un poco de soslayo, porque a mi marido le encanta y me obliga a ponerlo― el Corazón de La 1; antes de llevárselos a la boca, los liaba en su tenedor como quien trenza el pelo de Nausica.
Solo tuvo una falta: para llevarse a la boca una albóndiga, se inclinó cuatro centímetros hacia delante, de manera que su espalda y cuello se curvaron; me recordó a esos santos padres que se agachan para rezar en las eucaristías, qué quieras que te diga. La cuestión es que su madre le espetó: «Mantén la compostura, por favor.» La mirada que le dirigió fue gélida y directa; su voz tomó una inflexión cortante que nunca le había oído, y eso que hemos pasado media vida juntas; sus brazos se pusieron rígidos, como si el descuido de su hijo le hubiera decepcionado tanto que ya estuviera a punto de sufrir el rigor mortis de los moribundos.
Y él… ¿qué decir de él? Giró la cabeza hacia su madre y, después de observarla detenidamente, se volvió hacia delante. La punta de su nariz trazaba una línea completamente recta hasta mi nariz; lo veía con una frontalidad que, por su claridad, incluso habría asustado. Sus ojos, sin embargo, no se dirigían a mí, sino que se perdían en el vacío del salón. Le vibró ligeramente el párpado izquierdo. Desjuntó los labios y adiviné otro temblor entre sus dientes, que castañeaban mudos. Su espalda, de nuevo, estaba rígida, aunque ahora parecía más descompuesto. En un instante, movió la boca como si fuera a hablar; como si, después de mucho tiempo sin decir nada en absoluto, decidiera tomar la palabra y dar a conocer su opinión sobre alguno de los temas que, sin cesar, se discutían en la comida. Pero las voces de los demás ―incluso la mía, que, sin dejar de prestar atención a lo que hacía, había empezado a conversar con su madre, que se había sentado en diagonal a mí― lo nublaban, lo refrenaban. Lo habría invitado a unirse a la charla que estaba teniendo con un: «¿Y tú qué opinas, querido sobrino?», pero me fijé en que seguía habiendo cierto temblor en los dedos de sus manos, un temblor que trataba de disimular uniéndolas y apretándolas. Los tics de su cara se habían detenido; daba lo mismo, porque intuía que, por dentro, aún sentía el espesor y el nervio de los momentos en los que entramos en tensión; de los momentos en que, por una suma de pensamientos negativos, nos sumimos en la miseria. Casi creía poder ver los pensamientos ―todos a raíz de un solo comentario indigesto― que se producían en su cerebro y bajaban, conducidos como electricidad, hasta distintos músculos de su cuerpo, reduciéndolo a una inmovilidad aún más apabullante de la que era normal en él. Ni soy maga ni me considero capaz de entrever lo que ocurre en el alma de los demás, pero algo alarmante ocurría en la suya. Algo que no habría sabido describir en términos médicos, ni siquiera en términos negativos. Algo que, porque solo le concernía a él, se me aparecía con la falta de claridad de las desviaciones que ningún psicólogo puede curar, sino que deben corregirse desde la propia conciencia, el propio cuerpo, las propias acciones.
12-XI-2016
'RETRATO DE MARIA VAN RYSSELBERGHE', DE THÉO VAN RYSSELBERGHE

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