(Microcuento) Casting para Fedra



Había llovido y el Director estaba mosqueado. Creía que, por eso, menos actores se presentarían al casting. Hablaba con el Asistente de Dirección, que tenía que hacer grandes esfuerzos para que las voces de las demás personas que había en esa sala no le impidieran oír la del cineasta. Todo el mundo ―y, con esto, me refiero a los diez miembros de la productora que se encargaban de juzgar las actuaciones de los candidatos― se sentó detrás de una mesa, casi de banquete nupcial, desde la que recibirían a quienes se presentaran.
El Candidato Uno hizo girar el pomo de la puerta con sigilo. Ante tal cantidad de gente, aspiró profundamente y, al expirar, trató de disimular la tensión de su cuerpo. «¿Nombre?», le preguntaron; aún no se había hecho un nombre. «¿Tienes experiencia previa?» «No, pero todos tenemos algo de actores, desde el momento en que nos mostramos en sociedad.» El secretario que se encargaba de tomar nota de lo que decía pensó que tanto ingenio no le serviría de nada; dio paso al Director, que se dirigió al Candidato: «Cuanto tú quieras…»
«¿Podría interpretar el papel de Fedra?», preguntó. «De todos los de la obra, no es el que se ajuste más a mis características físicas, pero es el que único que me emociona.» La mesa del jurado aprobó que se hiciera así. Agarró con fuerza el folio que sostenía con la mano izquierda y empezó a leer. Si hasta entonces había actuado con bastante naturalidad, fue en este momento cuando todo él se entiesó, como un pino joven que espera a ser cortado. No se podían juzgar sus gestos porque no los había; su inmovilidad era tal que, en lugar de lectura dramatizada, eso se debería haber llamado lectura dramática. Cuando iba por la mitad del texto, apareció su primera señal de movimiento: la mano con la que sujetaba el papel le temblaba. Se ayudó con la mano derecha para que la vibración no fuera a más.
Leyó los últimos versos como quien zanja un trabajo que ha hecho a disgusto. Los jueces escribían en las fichas que tenían delante. Todos habían enmudecido y cambiado sus caras; ya no eran los amigos cordiales que, antes de empezar, conversaban entre ellos, sino que se hundían en una profunda seriedad: labios apretados, ceños fruncidos, miradas fijas…
«Ahora, lee un fragmento del papel de Terámenes.» El mismo que hacía las veces de secretario se levantó y dio un nuevo folio al Candidato, que se alivió al ver que el texto que debía leer era bastante corto. «Puedes tomarte un par de minutos para prepararlo», recomendó el Director. «No, no, lo hago ya…», saltó el Candidato. Pese a que había empezado a relajarse, aún notaba la presión de un colectivo exigente enfrente de él.
Cuando llegó a la línea en que Terámenes dice: «¿De qué sirve fingir con altivas palabras?», el Director rio, pensando que, si sacaba ese verso de contexto, era idóneo para corregir a ese Candidato que, para no confesar su falta de experiencia, había señalado lo inevitable de la vida en sociedad. El casting tan solo había empezado, pero la larga carrera del Director le pesaba demasiado como para concentrarse, a esas alturas, en un joven.
El Candidato salió de la sala. Se discutió con rapidez cómo lo había hecho. Quizá ninguno de los presentes le guardaba buenas esperanzas; si ahora le dedicaban algunas palabras era porque nadie se atrevía a decir: «¿Nos dejamos de tonterías y pasamos al siguiente candidato, por favor?»
Sin lugar a dudas, había leído con más seguridad y verosimilitud el papel de Terámenes que el de Fedra. Eso no le serviría para ganarse un puesto entre los actores del Director; el grado de exigencia estaba muy por encima de lo que ese chico hubiera podido ofrecer. Y, sin embargo, el Director no conseguía deshacerse de su imagen, que le bailaba por la cabeza como queriéndole decir algo. ¿A quién no le había faltado experiencia nunca? La experiencia se gana, en realidad, con pequeños golpes de suerte, puesto que, en principio, nadie está dispuesto a contratar a un actor sin ningún recorrido a sus espaldas.
¿El Director no recordaba cómo era en su adolescencia? ¿Había olvidado todas las productoras que se había pateado con tal que alguna aceptase su guion? Sí, ese guion que valía oro y, no obstante, nadie apreciaba en su justa medida. Hasta que la Fortuna no le había sonreído por primera vez, las oportunidades no le habían venido seguidas; después, se habían agolpado. ¿Y, ahora, por qué le costaba tanto dar el visto bueno a ese chaval que solo pretendía hacerse un hueco? «Si el mundo es justo y él tiene talento, otro director como yo le dará un papel. Si no es justo, no hay nada que esté en mis manos hacer.»

6-XI-2016


"MR AND MRS CLARK AND PERCY", DE DAVID HOCKNEY

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