(Artículo) Gabriela Zea Nadal o una mirada abierta



Cuando alguien se deja retratar, hay algunos presupuestos que ya deducimos: 1. Se trata de alguien que tiene la suficiente vanidad como para aceptar ponerse delante de una cámara; 2. En todo momento, a su pose le faltará la espontaneidad de cuando se fotografía a alguien sin que se dé cuenta; 3. Como consecuencia del punto 2, el retratado deberá inventar su propia pose (porque, si normalmente ya nos sentimos observados, la fotografía eleva esa sensación con algo tan físico como una máquina que sirve para capturar parte de nosotros mismos).
Hay una gran responsabilidad que recae sobre el fotografiado, pero aún es mayor la responsabilidad del fotógrafo, quien decidirá el resultado de su trabajo a partir de algunas decisiones técnicas (el encuadre, la velocidad, la apertura del diafragma, el espacio…).
Una fotografía nunca es inocente —o deberíamos matizar que nunca es inocente si, detrás de ella, hay una voluntad artística, creativa. Cada fotografía equivale a un instante; la elección de ese instante (y no uno anterior o posterior) es lo que la convierte en producto de unas reflexiones que el fotógrafo ha hecho mientras la tomaba y al elegirla de entre el montón que había disparado. Es diferente al cine: los fotogramas son más gratuitos que las fotografías en la medida en que son valorados como conjunto; no son valorados por sí, sino en la relación que establecen unos con otros; un fotograma no equivale a una fotografía —al menos semánticamente.
La manera que tiene cada fotógrafo de retratar lo cambia todo. Por ejemplo: entre los motivos que hicieron que Philippe Halsman pasara a la Historia, su jumpology (técnica que consistía en hacer saltar a sus modelos para conseguir poses más auténticas) es uno de los mayores; Toni Vidal, en los años setenta, aprovechó la fotografía para retratar a grandes nombres de la cultura catalana (Salvador Dalí, Espriu, Josep Pla, Mercè Rodoreda, enumerando unos pocos de muchos) en una intimidad que suele sorprender al gran público.
Gabriela Zea Nadal habla de retratar como de poner atención, de focalizarse en el rostro de alguien. En la mañana del sábado 10 de diciembre de 2016, me pongo delante de ella, dentro de la Estació de Sants, y la veo moverse a mi alrededor, cámara en mano —cámara, por cierto, de color blanco y del tamaño de una cajetilla de tabaco. Hablamos de los prejuicios que algunas personas tienen respecto a la fotografía, de escritores ya consagrados como Josep Pla o escritores que ella misma ha fotografiado como Damià Bardera, de la tarde de verano en que entrevistó a José Luis Guerin, de la gente que ve el extranjero como un paraíso, del dogmatismo de algunos creadores y del relativismo en el que creemos caer constantemente… Sobre todo, hablamos de por qué toma las fotos tal como lo hace. Algunos protestarían diciendo que un fotógrafo no debería dar más información de la que es estrictamente necesaria a su modelo. Estando en la piel del retratado, me atrevo a decir que no hay nada más tranquilizador que saber la razón por la que el fotógrafo decide quedarse inmóvil durante medio minuto, sugerirte que desvíes la mirada, que pienses en lo que hay a tu alrededor, etc. Lo único que Zea Nadal pide es que no hable mientras toma las fotos.
Uno de los proyectos centrales de su carrera ha sido Barcelonogy, serie de entrevistas a personajes que le descubren su visión particular sobre Barcelona a través de sus respuestas (la parte escrita de las entrevistas también es redactada por ella) y de lo visual. Algunos de sus entrevistados han sido Patrícia Soley-Beltran, Jorge Carrión, Rafael Argullol, Xavier Rubert de Ventós… Dice sentirse especialmente orgullosa de la entrevista con este último: «De las mejores que he hecho.» Consigue equilibrar la importancia que le da a los entrevistados con la que le da a la ciudad. Confiesa haberse pateado gran parte de Barcelona con motivo de este proyecto; dice ser algo así como una abeja que pulula; el abrigo que lleva, color amarillo, no la desmiente.
Un fotógrafo dispuesto a hablar a sus fotografiados sobre los mecanismos y las intuiciones que debe considerar cuando hace su trabajo es un fotógrafo de mirada abierta, transparente, honesta. No pongo en duda que haya fotógrafos que, en el silencio más introspectivo, consigan capturar grandes efectos de inquietud o vulnerabilidad en la cara de sus modelos; Zea Nadal, por otro lado, ha decidido comunicarse, hacerse entender por quien pasará por delante de las lentes de su cámara y, al mismo tiempo, tratar de entender a quienes se moverán o detendrán enfrente suyo y le dirán: «¿Me pongo de alguna forma en particular?» Generalmente, les responderá con el silencio.
11-XII-2016


RAFAEL ARGULLOL Y XAVIER RUBERT DE VENTÓS VISTOS POR GABRIELA ZEA NADAL ©

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