(Artículo) Primero de noviembre: antigüedades de las fires de Sant Narcís



Una capital de ciudadanos tan civilizados como Gerona no se merece nada más ni nada menos que una feria de antigüedades como esta. Durante unos días de octubre y noviembre, unas cuantas calles y plazas cercanas a la Catedral se llenan de puestos de anticuario, libros de ocasión y una cantidad de visitantes bastante molesta.
Pero toda cantidad de visitantes, por grande que sea, se vuelve bienvenida desde el momento en que son estos quienes se enamoran de los productos ofrecidos y, en consecuencia, compran, compran y compran. Importa que desembolsen dinero; el valor histórico y simbólico de los objetos antiguos es secundario.
¿Acaso venderíamos algo de nuestra propiedad si no valoráramos en mayor medida la pasta que vamos a sacar de su venta? Las ferias de antigüedades tienen un aspecto indudablemente romántico, pero no olvidemos que lo que en ellas se hace es comerciar con cosas que se han hecho pesadas para sus poseedores.
Cabe decir que esta pesantez no tiene por qué existir. Las razones que llevan a alguien a querer deshacerse de un objeto pueden ser varias. La condición verdaderamente natural de todos estos objetos revendidos es la de ya haber sido usados. Este hecho, que despertaría la angustia de algunos tiquismiquis, nos da pistas sobre el perfil de comprador que se pasea por estos eventos.
Imaginemos a una mujer o un hombre con pocos escrúpulos. No le dan asco ni las superficies pegajosas, ni embrutecidas, ni cubiertas de polvo, por lo que vamos a descartar del grupo de posibles compradores a ese amigo (que todos tenemos) con alergia a los ácaros. Esta mujer u hombre que se frecuenta las ferias de antigüedades no suele ser joven y se le reconoce, a veces, por la costumbre de extraviar la mirada en un punto inconcreto de los montones de chismes que se acumulan sobre las mesas expuestas.
Asimismo, debe ser una persona con disposiciones físicas bastante buenas. Siempre me ha llamado la atención que los puestos de anticuario con objetos de gran tamaño (cómodas, relojes de pared, lámparas —¡incluso de hierro forjado!—, mesitas de noche, etc.) sean los más concurridos. Parece que el visitante habitual de estas ferias también tiene un suave gusto por la monumentalidad; quizá sea un nostálgico de unos tiempos que no ha vivido, de esos tiempos modernistas en que los muebles no eran desmontables y se pedían por encargo a creadores tan ilustres como Antoni Gaudí. A propósito de esa época añorada, no está de más visitar la planta baja del Museu del Modernisme de Barcelona; da una clara idea de la preferencia por el esteticismo antes que por la comodidad que manifestaba una clase burguesa europea ya desaparecida —o escondida.
Mi padre, que me acompaña esta mañana de primero de noviembre, encajaría con el perfil de comprador que hemos dibujado si fuera un perfil bastante flexible. La única feria de antigüedades a la que va a lo largo del año es la que ahora visitamos y, sin embargo, no necesita más que esta cita anual para apropiarse de algunas de las características del comprador típico: la mirada extraviada de la que hablábamos, una forma de caminar lenta y condicionada por la marabunta de gente que nos rodea, el relativismo capitalista que le impediría comprar una vasija bonita en un bazar chino y que le impulsaría a quererla si la viera en uno de estos expositores… El principal punto en el que difiere de los demás es en su reticencia a comprar cosas que han quedado manchadas por la humedad, el tiempo, el tiempo y la humedad o un propietario descuidado. En cierta forma, le comprendo: hay escenas inaceptables, como la de una vendedora comiéndose un cruasán encima de sus propias pertinencias.
No he heredado esta reticencia. En algunos de estos puestos hay libros de segunda, tercera o cuarta mano que no dudo en hojear pese al mal estado de sus páginas. Algunos de los papeles que cojo tienen tantos años que con el simple roce ya se rompen por los bordes o el lomo.
Pese a que he venido a esta feria desde que era un niño, es hoy cuando aprendo una valiosa lección: aprovecha el momento. He visto un libro de Sartre por cuatro euros y me he dicho: «Olvídate de él, los libros que tienes pendientes de leer en casa ya son demasiados.» He seguido caminando. Al cabo de unos minutos, me he arrepentido y he vuelto al puesto en el que había el libro de Sartre. Una pareja de unos treinta años lo tenía entre las manos; comentaba alguna cosa sobre el autor. «¡Qué pasaje más duro!», decía ella. El título era El muro. Hurgan en sus bolsillos, en busca de con qué pagar. «Yo solo tengo tres cincuenta, ¿no tienes nada para dejarme?» «No, vengo pelado.» Pues nada. Dejan el tomo sobre la mesa pero no me atrevo a cogerlo, puesto que aún dudan. «Oh, ¡qué suerte! Acabo de encontrar un billete de cinco en el fondo de mi monedero.» Me voy.
La situación me ofendió lo suficiente como para que desearme irme de allí en ese preciso instante. Pero tuve que esperar a mi padre. Luego comimos. Y, por la tarde, aunque nos encontrábamos en otra parte de la ciudad, la plaça del Vi, me dio un pronto: quería regresar a la feria de antigüedades para regatear por un libro de Pla que había visto por la mañana.
Así que volví a la zona de la plaça de Sant Feliu. No me atreví a regatear, ya que, aunque era algo normal en una feria como aquella, había visto a algún vendedor que, cuando se le pedía que rebajase un precio, exclamaba: «¡Oh, no! No puedo bajar del precio ya establecido, sería una tomadura de pelo.», con un gesto de indignación bastante intimidatorio. Cogí Primera volada, un volumen de las Obres Completes de Pla que precisamente empieza con un texto sobre Gerona. Dejé que mi mirada vagase por algunos párrafos y páginas y me maravillé por la actualidad de algunas de las descripciones del autor de Palafrugell.
Gerona no tiene la apariencia de una ciudad que haya cambiado mucho en los últimos años. Lo que en ella puede haber de diferente es la gente que, ahora, en fechas señaladas como la de las fires de Sant Narcís o las de Temps de Flors, la descubre con unos ojos fascinados por todo lo que ven. Alguna vez me he atrevido a decir que Gerona es el París de Cataluña; quienes me han escuchado se han reído de mí. La conclusión sigue sin parecerme desmesurada; la capital de Gironés es una ciudad de marcados iconos que serían perfectamente intercambiables con los de la capital francesa; hablo de iconos como el Pont Eiffel, el Pont de Pedra, las escaleras de la Catedral, la Llibreria Geli, algunos de sus bares, el río Oñar… Quien no quiera verlo es porque está ciego o tiene una tan mala reputación de mí que no daría crédito a ninguna de mis palabras. El turismo en Gerona ha crecido de un modo exagerado; esto es una lástima para alguien como yo; aunque desearía que este aumento cesara por puro egoísmo, no puedo evitar recomendar la ciudad al escribir sobre ella.

DE RAMON MOSCARDÓ.

2 comentarios:

  1. Me has transportado a través del Atlántico a esas calles de Gerona; muy agradable tu escrito, gracias Xavier. Que lástima el libro de Sartre, casi lo lamento como si se me hubiese ido a mí la oportunidad. Esto de la adicción a los libros a veces es un suplicio.
    Quiero comentarte solamente que no es del todo cierta tu aseveración de que las ferias de antigüedades son para "comerciar con cosas que se han hecho pesadas para sus poseedores." Seguro que en algunos casos sí pero también hay gente que vende porque tiene que trasladarse a otro sitio más pequeño y no le caben todas sus cosas, o porque necesitan dinero por estar pasando una mala racha.
    Yo reúno en mi casa muebles y objetos muy valiosos para mi que eran de mis avis y de mis padres pero tendré que dejarlos ir cuando me vaya a vivir a una residencia... ¿que haré entonces? aunque podré pasar algunas cosas a mis hijos, sobrinos y amigos, seguro quedarán cosas que tendré que llevar a un mercado de antigüedades con la esperanza de que alguien sepa valoralas... aunque me dé una fracción de su valor real por ellas.

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    1. No se me había ocurrido esa posibilidad, aunque es cierta y, probablemente, muy frecuente.
      Gracias por tu observación, Nuri.

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