(Microcuento) Los jugadores de papeles



Allí estaba, delante de él, que se presentaba al mundo con su chaqueta de piel, ojos apagados y gestos desganados. Ni se encontraba mal ni estaba cansado; si se mostraba con cierta dejadez era porque así representaba su manera de ver las cosas.
Él escribía poco pero bien, como un Miró que piensa cada trazo y cada elección de color antes de atacar el lienzo, la madera, el papel… En sus escritos no quedaba ni rastro de esas manchas en forma de error ortográfico o tipográfico que marcan los textos de quienes escribimos de un modo diferente.
¿A qué modo me refiero? Hablo del modo en que pintaba Manet, sobreponiendo una segunda capa de color a la que, debajo, se seca con la lentitud de una mañana de trabajo. Crear deleitándose con cada pincelada. Escribir deleitándose con cada detalle en que se repara: el leve movimiento de ceja de un personaje secundario es tan importante como lo sería el cesto de panes de “Le déjeuner sur l'herbe” o el de flores de “Olympia”. Nada sobra y, sin embargo, todo falta: ¡esa! ¡Sí, esa es la fórmula que seguimos! Pese a tener la pretensión de contarlo todo, siempre nos quedamos a medias.
Pero así no se vende ni un triste papel, ¿verdad? El consejo que muchas personas me han dado será el mismo que muchas personas me darán y que, entonces, él, barajando las cartas que tenía entre las manos, me repitió como si fuera la primera vez:
⸺Quizá alguna editorial se interesaría por ti si escribieras andándote menos por las ramas, concentrándote en una sola idea… No sé, siempre que hablo contigo y me cuentas tus penas, tengo la sensación de que es tu propio estilo lo que te supone un freno para avanzar.
Y no le faltaba ni pizca de razón. A sus veinte años, habiendo escrito solo movido por la inspiración y seducido por las expresiones poéticas más elevadas, había llegado a publicar tres o cuatro libros cortos. Sabía qué se sentía cuando se mandaba un manuscrito a un editor y este respondía con felicitaciones, con buenas palabras, con “¡Lo has vuelto a conseguir!” y otros reconocimientos que quedaban lejos de lo que un servidor parecía merecer.
Me decía que menos es más, que no dijese con diez palabras lo que pudiera decir con dos, que corrigiera mis obras como si pretendiera descuartizarlas y que buscara los saltos de línea entre mis párrafos donde se escondía la calidad. ¿Pero qué significaba esa palabra tan extraña? ¿”Calidad”? La veía en una película que me gustase o en una porcelana de la que me hubiera enamorado, pero, allí, delante de él, como un joueur de cartes de Cézanne, me parecía algo ajeno a todo lo que tocase.

"GARÇON ACCOUDÉ", DE PAUL CÉZANNE

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