(Artículo) Ignasi Aballí en la Miró: una mirada para más de un tiempo



Salgo de la exposición “Seqüència infinita”, que está en la Fundació Joan Miró hasta el dos de octubre, y me digo a mí mismo que, de todo lo visto, he entendido, retenido o quedado impactado por obras muy concretas. Por algunas salas, he paseado como lo haría por la orilla, dejando la mente en blanco, mientras que, en otras, he permanecido durante más de un, dos… quizá cinco minutos. Puede que esto sea la consecuencia de que no se haya escogido un orden cronológico para presentar la producción de Ignasi Aballí, sino más bien un orden relacional, abierto y continuo.
El conjunto de la exposición se ve como una obra más en la medida que ha sido pensado como tal, como una interacción entre los trabajos del Aballí del pasado y del Aballí más reciente, como una muestra de esas preocupaciones constantes a lo largo de su trayectoria artística y como ocasión de abrir su arte a nuevas interpretaciones. Es, en efecto, una secuencia infinita, inabarcable y cuya visita nos beneficia con el conocimiento de un artista que quizá nos había pasado desapercibido, a la vez que nos deja con la sensación de que algo se nos escapa de las manos: se trata del aire enigmático que se respira en todas las piezas y que les sirve de nexo.
Cuando uno llega a la segunda planta de la Miró, topa con un muro blanco en el que se ha impreso el título de la exposición. No se le dan más pistas que le indiquen el camino a seguir. Por un rótulo que dice “Exposición temporal” adivina que, a través de un pasillo que se abre en el mismo muro, llegará a la primera sala. Entrevé una oscuridad que le sorprende en un edificio tan luminoso. Si se adentra hacia dicha oscuridad, encontrará la primera de las obras que el artista conceptual nos ofrece: la videoinstalación “Temps com a inactivitat”. Siete pantallas forman un círculo por cuyo interior pasan los visitantes. Cada pantalla proyecta un reloj de arena en acción. Todos son de diferentes tamaños y dejan que los segundos discurran con el movimiento vertical que les es propio. Las pantallas no invitan a pensar, inspirarse, moverse… La inactividad del título se hace forzosa, a la vez que el paso del tiempo, representado por cada grano de arena, nos pone al lado de un abismo del que no adivinamos el final.
Lo primero en lo que hemos pensado es en el paso del tiempo, puesto que el símbolo del reloj nos remite a este; pero también nos fijamos en la textura de esos granos, blancos y pequeñísimos, que relacionamos con el polvo. El mismo polvo que, cuando sigamos el recorrido, encontraremos pegado en una serie de lienzos vacíos. ¿Qué podríamos decir ante la nada? Una opción sería quedarnos en silencio. De hecho, sería la opción más sensata, ya que, con esos lienzos, no solo cobramos conciencia del rastro físico que el tiempo deja sobre los objetos, sino que también nos fijamos en la indecisión del artista, de esa eterna lucha contra el blanco que tanto emprenden pintores como escritores… Aballí, abandonando la pintura convencional para explorar las posibilidades del arte conceptual, deja el lienzo en blanco, pero no porque esté en blanco deja de ser observable. Es incompleto, sí, pero perceptible… Prescindir de la formalidad también es una solución al bloqueo o la incomodidad que nos crea la técnica artística en sí y sus límites. Saber que, detrás de nosotros, existe una tradición que ha mantenido una serie de convenciones ininterrumpidamente puede ser otra causa de bloqueo o incomodidad.
Aballí no rechaza el diálogo con esta tradición. Otra de las obras que se nos presentan, “Carta de color (historia), I i II”, consiste en unas listas con nombres de artistas ordenados según su fecha de nacimiento. Es abrumador, ¿verdad? El visitante recorre con la mirada ⸺o con el dedo, si no teme que la vigilante de turno le mire raro⸺ una cantidad ingente de nombres. ¿Qué podemos hacer ante todo lo que se ha hecho antes que nosotros siquiera hubiéramos nacido? Me repito por si no ha quedado claro: es abrumador.
La relación de Aballí con la tradición no se limita a esta obra. Con motivo expreso de la exposición, ha hecho una videoinstalación en la que vemos a una mujer que se dedica a pintar de blanco una escultura de Miró. La vuelve invisible, la esconde… y quizá, ahora, encontraríamos una respuesta a qué podemos hacer con la tradición: esconderla en nuestras mentes, en los cajones de nuestra memoria, hasta que un hecho más o menos casual la sacuda y la volvamos a tener presente. Podría poner un caso personal por ejemplo: Hasta que en la obra “Carta de color” no he leído el nombre de Chardin, quizá hacía un año que no pensaba en el pintor francés. Hoy volveré a teclear su nombre en Google y me quedaré embobado con las imágenes de sus pinturas; hasta este momento, no obstante, era tan poco consciente de que su recuerdo seguía estando en mí que podría haber seguido mi vida sin reparar de nuevo en lo que hizo.
El polvo, la arena, aquello que hace que el tiempo se nos vuelva visible; los nombres ordenados, la pintura tradicional y el silencio ante ella, la ausencia de respuesta… Puede que el silencio sea la respuesta más indicada, en realidad. Pese a no respetar un orden cronológico, la exposición de Aballí impresiona, sobre todo, por cómo se parece, en su forma, a una vida humana: continua y abierta, ilimitada pero bajo el dominio del tiempo.

"TEMPS COM A INACTIVITAT", DE IGNASI ABALLÍ

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