(Artículo) Escriba sobre lo que le apasione



Las películas son una cosa que se toma o se ignora. También aceptan matices: Puedes amar el cine cuando tus amigos te arrastran hasta él y, sin querer, te emocionas; puedes olvidarte de su existencia y eludir esas conversaciones en que los últimos títulos de la cartelera salen a flote; incluso puedes dejarte absorber por él durante un tiempo y, luego, hacer como si nada hubiera pasado, volver a la normalidad anterior.
Sin embargo, alguien como yo debería estar dispuesto a defender su poder de fascinación hasta las últimas consecuencias. ¿Por qué, entonces, se me hace tan difícil? La respuesta es evidente: Vivo rodeado de personas que no dudarían en anteponer sus necesidades vitales a una entrada para la última de Woody Allen —ese tipo que, ocasionalmente, es amado por todos— o de Alejandro G. Iñárritu —ese… provisionalmente amado por todos. Me parece algo correctísimo; es más, no cabe duda de que el camino a seguir por quienes quieran salvarse el pellejo es ese. Pero lo que no puedo hacer es ponerme de su lado ignorando todo lo que me ha ofrecido esa ventana abierta en una pared sin agujeros.
Admito que, tiempo atrás, habría tenido menos dificultades para decidirme entre ver cine o comer, beber y dormir. Sin embargo, recuerdo días en que me salté almuerzos porque, al mirar el reloj, vi que faltaba poco para la sesión de las cuatro o que no pude pegar ojo por culpa del recuerdo de algún fotograma. Es de locos que dude entre aquello imprescindible y el cine, pero una mayoría estaríamos de acuerdo en que, yendo por el mundo, se hacen descubrimientos ante los que nos preguntamos: “¿Cómo, hasta ahora, he podido vivir sin saber de ti?” Y, sí, hemos podido, pero, desde el instante en que se conocen, algo se revuelve en nuestro interior, como un órgano que cambia de forma para adaptarse a una nueva necesidad.
Hablaré sobre mi experiencia porque no hay otra que me caiga más cerca: El 29 de diciembre de 2013, la película ganadora del último Festival de Cannes, La vie d'Adèle, llegó a una salita de Mataró en la que, de vez en cuando, se proyectaba el poco cine alternativo de la ciudad. Hablo de cine alternativo porque aquellas sesiones se presentaban como la ocasión de conocer lo que quedaba fuera de los cines multisala; no tenía nada en contra de estos últimos, pero, a través de los pocos largometrajes que me habían ofrecido, les había sacado todo su potencial; todo con lo que pretendieran sorprenderme de entonces en adelante me sonaría a déjà vu.
Esas escenas me golpearon como el descubrimiento de un nuevo continente. Como la resolución de un problema matemático. Como el florecimiento de lo que se ha sembrado. Como el resultado de un trabajo, el éxito merecido, un haz de luz durante el rezo. Recordé la vez en que me había enamorado y sonreí al ver cómo las protagonistas se besaban. Se estilizaba el amor hasta el punto de convertir la proyección en un espejo.
Sí, en un principio amé el cine porque me vi reflejado en él. Encontré un placer que solo se comparaba al de las novelas. Historias particulares me acercaban a una mayor comprensión de mí mismo. No solo veía películas para analizar mi propio ombligo, sino que buscaba respuestas sobre mi entorno en ellas.
La película de Abdellatif Kechiche entró en mi vida como lo harían los amigos que aconsejan con acierto y la buena suerte. Me obsesioné con las canciones de su banda sonora y los diálogos entre Adèle y Emma. La vi alguna vez más; me costaba convencerme del valor que, inconscientemente, había dado a sus imágenes y sonidos.
Pero mi relación con el séptimo arte no se limitó a esa obra. Seguí el mismo proceso que los niños que prueban un cuadrado de chocolate e intentan averiguar en qué estantería guardan el resto de la tableta sus padres: No tardé demasiado en hallar un espacio, una discusión. Internet estaba lleno de amantes del cine que contaban con las suficientes referencias como para guiarme hacia otros cineastas. Hay cierto cine que se entreteje aunque sus directores sean muy diferentes; lo que les une es una personalidad y resistencia fuertes.
Hablo de cineastas como Lars von Trier u Hong Sang-soo. Un único plano suyo era suficiente para que mis ojos se fijaran en la pantalla. La primera escena de Nymphomaniac me pegó a la silla a lo largo de sus cuatros horas, aunque perfectamente podría haberme dejado frío. ¿Dónde estaba la línea entre lo que me ponía la piel de gallina y lo que me producía indiferencia? No sabría señalarla. Viendo Història de la meva mort tuve tentaciones de levantarme e irme, pero aguanté; no solo por cortesía, sino porque creía que alguien que hubiera encendido su cámara delante de un escenario y unos personajes concretos no pretendía estafar a nadie; esa razón era suficiente para que siguiera observando cada detalle en busca de lo que me diese la clave para entender.
Y cuando, por más que lo intentara, no conseguía entender, leía reseñas cinematográficas y entrevistas con los directores. Hacía lo imposible para entrar en las imágenes que en un primer momento me habían parecido opacas. Algunas veces, las volvía a ver y pasaba de la incomprensión a la comprensión. Otras veces, aún las comprendía menos. Lo que nunca me faltó fue esa buena fe; es lo mínimo que el cine me ha pedido.
Alguna vez he oído que las películas no deberían exigir nada por parte del público. Obviando el tufo a dogma de esa afirmación, respondería: ¿Cuántas veces no tenemos que esforzarnos para ser recompensados? Los premios solo son merecidos cuando los justifica una acción, un movimiento. He puesto toda mi atención en algunas películas que me han aportado gran cantidad de pensamientos. No me los han dado hechos; en realidad, me han invitado a ellos, sin forzarlos, sin la más mínima intención de llevarme a conclusiones determinadas. Veo cine como quien come o bebe, aunque, cuando salgo de él, yo también como y bebo; si me volvieran a preguntar por qué preferiría, estaría en la misma encrucijada que al comienzo. Es posible que empezara a ver cine porque el resto de mis necesidades estaban cubiertas; ahora, no obstante, algo ha cambiado; solo su fuerza ha podido cambiar mis hábitos hasta el punto en que se encuentran ahora. ¿Cine o necesidades? Son lo mismo, desde luego.


OBRA DE GUIM TIÓ

1 comentario:

  1. Me encanta por igual la importancia última que se le puede dar al cine. ¡Para mí es imprescindible! jajaj

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