(Microcuento) Sangre alterada



Iba subiendo por Passeig de Sant Joan a una hora tranquila, prudente. El sol del mediodía me calentaba la nuca mientras trataba de acelerar, de llegar lo antes posible a Plaça de Tetuan. No veo necesario comentar el calor que ha hecho estos últimos días: Está a la vista de todos que ha sido tan molesto como en un primero de agosto.
Previendo que aún tardaría unos cinco minutos en llegar, busqué algo con lo que distraerme. Andando por la calle, a no ser que me sienta dispuesto a fantasear con cualquier cosa, odio mirar hacia los bloques de pisos, las casas, las tiendas, el pavimento, los carriles para bicis… Todo me parece tan inanimado como, en verdad, lo es. Algunos me recomendarían que me entretuviera mirando a las personas con las que me cruzo, pero, en una ciudad como esta, temo toparme con alguien que, al mismo tiempo que fijo mis ojos en él, mantenga los suyos sobre los míos.
Tuve la suerte de andar detrás de dos mujeres de mediana edad. Eso me permitía espiarlas sin que siquiera se dieran cuenta de que iba a sus espaldas. Eran más bajas que yo, por lo que las observaba como desde una atalaya.
―Últimamente está un poco caprichosa, ¿eh?
Escuché las palabras de una con tanta claridad que me vinieron ganas de celebrarlo. Con mi mal oído, no solía entender lo que se decía a mi alrededor. Los sonidos de la calle se deformaban antes de llegar a mi cabeza; en algún punto del trayecto, se estropeaban. Sin embargo, una serie de factores coincidieron para que su voz se colara por mis orejas y fuera directa al entendimiento: Los motores de los coches pararon su ronroneo, dejaron de oírse pasos, conversaciones, los basureros no barrieron más…
 ¿De quién debía de estar hablando? Su frase me llevaba a pensar que de alguien del sexo femenino —¿Una mujer? ¿Por qué no una chica? ¿Y una niña?— a quien se le podía achacar el vicio del capricho. Teniendo en cuenta el aspecto de aquella desconocida, ¿estaría describiendo su propia nuera?
¿Pero qué me llevaba a esa idea? Estaba más sorprendido por la rapidez con la que había imaginado la figura de su nuera que por la calidad de mis oídos. ¿Por qué no podía estar hablando de su hija, por ejemplo? Había algo en mi mente que me llevaba a la consecuencia lógica entre que una señora criticase a otra persona y que esa otra persona fuera con quien se hubiera juntado su hijo.
La otra señora ni le respondía ni asentía, se limitaba a caminar con unas gafas de sol tan grandes como las palmas de sus manos. Sospecho que, en algún momento, descubrieron que el raro de detrás suyo se inclinaba hacia delante como mostrando demasiado interés. Giraron hacia la izquierda, bruscamente, diciendo:
—Sí, a veces hace ¡chup! ¡chup! y luego sale el sol… ¿Qué primavera nos espera?


ESTUDIO PARA "TARDE DE DOMINGO EN LA ISLA DE LA GRANDE JATTE", DE GEORGES SEURAT

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