(Relato) Un café desencantado



―Oh, ¿te gustan los Ricola?―le preguntó Carme. Se había sentado delante de Mercè, con un bloc de notas. Las manos le temblaban, como le pasaba siempre que estaba en compañía de aquella escritora; era como si su grandeza le abrumase. En la mesa, a uno de sus lados, había esparcido un montón de hojas que consultaría a lo largo de la entrevista.
―No, no… Solo los tomo porque son mi distintivo.
La primera sonrió e hizo como si repasara sus apuntes. Había perdido la cuenta de las veces que había visitado a Mercè. Su relación se remontaba a unos años atrás; en una entrega de premios, un amigo común las presentó y Carme no se resistió a confesarle su admiración. Decidió aprovechar el toque de suerte que había tenido: Si el destino ha hecho que me cruce con Mercè, será buena idea tratar de conocerla a fondo.
Pese a ser una autora de edad avanzada, no recordaba que ningún otro profesor se hubiera interesado por analizar sus creaciones. Sería una lástima que, de la noche a la mañana, una de las voces más firmes de la literatura del momento desapareciese y ningún académico se hubiese acercado a ella.
―¿Quién iba a decir que una escritora como usted buscaría sus propios distintivos?―Lo dijo una sonrisa de lado a lado. Luego, rio; se refugió en su risa, de hecho. Habiendo hecho un comentario mordaz, reír era la mejor manera de recuperar la cordialidad. Si alguien le hubiese reprobado su falta de tacto, habría respondido que tan solo bromeaba.
―Cuando era joven, me habría avergonzado si alguien hubiera descubierto que elegía a conciencia mis propios distintivos, pero algunas cosas han cambiado. Los hitos de la literatura de entonces eran personas más admiradas que…
―¿… que los referentes de hoy? ¿Los referentes de la literatura actual?
―No sé si usar esa palabra. Supongo que, en definitiva, estamos hablando de lo mismo. Estaban a un nivel distinto del que hoy ocupamos algunos. Por eso no me importa admitir que vendo cierta imagen de mí misma. Cuando enciendo la tele, veo tipos que han convertido toda su vida en un teatrillo. Por eso siempre mantendré una distancia prudencial con la prensa e incluso con usted, que, a ojos de terceros, parecería una de las personas que me son más cercanas.
―No es la primera vez que hablamos de su relación con los medios.
―Podemos generalizar: se trata de mi relación con el mundo. Cuando usted salga de este comedor, cerraré el portal de la calle con doble vuelta y me iré a la parte de la casa que queda detrás de aquella otra puerta.―Señaló hacia detrás de ella, donde había una puerta corredera. A través de su cristal se adivinaba un pasillo. Siempre que entraba allí, Carme imaginaba lo que habría al otro lado de la casa. ¿Habitaciones, jardines y bibliotecas? En ese salón, única zona a la que tenía acceso, no veía ni un solo libro. Por no haber, no había ni vitrinas. Tan solo una mesa alargada, sillas a su alrededor y un par de balancines, en los que se sentaban cuando sus charlas iban para largo.
Mercè encendió un cigarrillo y lo sostuvo con el pulgar y el dedo índice. A Carme le resultó gracioso que esa fuera la pose que adoptara en la privacidad. De cara al público, ni la había visto ni la vería nunca así: Los solía mantener entre el corazón y el anular, como si no tuviera ningún miedo de que le fueran a resbalar.
Le preguntó si quería un café. Sabía que su invitada era adicta a este y hasta había bromeado con ello: “Te sobornaré a base de cafés para que escribas cosas buenas sobre mí.” Los primeros cinco segundos rieron. Progresivamente, la académica dejó de hacerlo y, sacudiéndose la americana, hizo como que recobraba la formalidad.
―Con leche, deduzco, ¿verdad?―preguntó la escritora. Se dirigió a la puerta y desapareció por cinco, diez ¿quién sabe? Puede que hasta quince minutos. La cuestión es que fue tiempo suficiente para que Carme se llenara de coraje y, tras levantarse y pasearse por la sala, se decidiese a curiosear.
En el espacio que hacía de recibidor, había la única cómoda del lugar. La abrió sin apartar los ojos del lado por el que, en cualquier momento, aparecería su anfitriona. Removió una de sus manos dentro de un cajón. Solo encontró los utensilios que una anciana guardaría en un sitio como aquel: Juguetes de sus nietos, algodón para las orejas, alguna joya, cajas de puros y cigarrillos, libretas, entradas de cine… Todo gastado. Todo cubierto de polvo. Todo radiante a la luz matinal, que entraba por las muchas ventanas que se abrían en cada pared.
Cuando oyó sus pasos, lo cerró de golpe y se arrimó a una de esas ventanas. Descorrió la cortina y se apoyó en el marco, fingiendo que observaba la calle. Aunque su mirada se perdía en la nada, delante de ella se alargaba una calle de Sant Gervasi tranquila, modesta. Personas en miniatura andaban al mismo ritmo que en una procesión y fijaban los ojos al suelo. A ambos lados se levantaban bloques de pisos, sin comercios en sus plantas bajas. Algunos transeúntes se metían en las entradas de los edificios y no se los volvía a ver.
Mercè sirvió el café con toda la parsimonia del mundo: Lo abocó de la cafetera a las dos tazas valorando cuánto era suficiente. Aunque Carme le decía “Así ya está bien, no es necesario que me pongas más”, ella seguía, como si no oyese nada. Las llenó hasta arriba y comentó:
―Tendremos que darles un pequeño sorbo para que quepa la leche.
Carme asintió y se acercó la suya a los labios. La notaba demasiado caliente.
―Me gustaría preguntarle por su próximo proyecto. En las últimas notas de prensa que ha enviado su editor no decía nada al respecto. ¿Es porque no está  trabajando en nada?
―Siempre estoy trabajando. Con algo nos tendremos que ocupar las manos, ¿verdad? Estoy revisando una novela que escribí cuando era joven. Y, para adornarla, prepararé un prólogo en el que hablaré sobre mi relación con gente como usted.―El silencio que la siguió no podría haber sido más intencionado. Entreabrió los labios, expectante. ¿Cómo reaccionaría su visita a una idea así? Con su pose y sus gestos cerrados, siempre había dado a entender que vivía separada de ese mundo literario en el que tanto se la apreciaba. Llevaba dos vidas simultáneas, pero no revueltas; de la primera, la que compartía con su familia, extraía los conocimientos que le servirían para aquello que hacía en la segunda, o sea, escribir. Desde el momento en que decidía tomar su relación con Carme como tema, la frontera se borraba.
―¿Por qué haría algo así?
—Desde que empezaron a publicarme, he vivido en un malentendido. La ambientación de época ha hecho que se relacionase mis historias con el pasado, un pasado que ninguno de nosotros ha conocido… Lo cierto es que mi objetivo ha sido acercarme a mis propias preocupaciones, no a las de mis antepasados ni a las que incumbiesen a los historiadores. Con ese prólogo, espero que los lectores se den cuenta de que no existo en un universo distinto al suyo. Tú estás aquí, anotando ideas que luego traducirás en artículos y ensayos sobre mí, y yo no experimento mi vida a través de unos filtros diferentes a los que usarías tú. He empezado a verme a mí misma como una extraña, porque es así como me miran los demás.
Esa respuesta se salía de los esquemas que Carme había investigado. Como si estuviera hablando con alguien que no reconocía, improvisó una frase escueta. Tenía que incitarla a hablar más. ¿Por qué, a su edad, se plantearía un problema como el de la comunicación?
—No la estoy siguiendo. Sus relatos y novelas siempre me han resultado de actualidad. Creía que esa era la percepción que tenía de sí misma. Sin querer parecer una animadora deportiva, diría que lo que hay de universal en sus obras no se les escapa a los lectores.
―Es un encanto que digas eso, pero solo me sirve para reafirmarme. A veces, voy a conferencias y lo que los lectores dicen que han sentido con mis libros me suena a chino. Jamás he vivido una situación más triste que esa. Ya se ha repetido tantas veces que, al ponerme a escribir, mi tiempo se divide en dos períodos: La alegría de cuando trabajo en una idea y la depresión de cuando me doy cuenta de que el lenguaje es una pared irrompible. El lenguaje es una pared entre el lector y yo; incluso diría que entre tú y yo, ya que, por más que me aplique en explicarte esto, tal vez pienses que son tonterías  de vieja senil.
—Nunca pensaría algo por el estilo, señora.—Se había visto en la obligación de ser tajante. Había extremos que no podía tolerar. Cuando Mercè se burlaba de sí misma, ella notaba cómo la cara le enrojecía. ¿Qué sentido tenía que investigase una mujer que no creía en su propia valía? Del mismo modo que en ocasiones se había visto al borde de un abismo, se sentía a tocar de lo absurdo.
—El público me ve como una mujer abstraída, es algo que ya no tiene remedio…—Dijo lo último en un hilo de voz. Se alzó y, de la cómoda que Carme había husmeado, sacó un estuche. Lo abrió encima de la mesa y dejó que todo lo que había en su interior cayese sobre el mantel y sobre los folios. Lápices de minas blandas, duras, medio blandas y medio duras, gomas de borrar blancas y grises, portaminas, bolígrafos, estilográficas, rotuladores… Todo lo que se pudiera encontrar en una papelería estaba dentro de ese estuche de un palmo de largo. Algunas de esas herramientas, destapadas, ensuciaron el lino.—Fíjate en esto tan enfermizo… Durante mucho tiempo he escrito lentamente, variando caligrafías, lápices y bolígrafos. He hecho lo impensable para alcanzar nuevas formas de hacerme comprender. Creía que la palabra no me bastaba. Ahora, aquí estoy; he vuelto al punto de partida con una sola conclusión… Si el lenguaje verbal era mi prisión, la libertad es más terrible.
La invitada necesitaría tiempo para poner en orden sus ideas. En cada una de las páginas de Mercè había visto una cantidad de significado que, aparentemente, no había puesto allí por voluntad propia. ¿Lo habría hecho sin ser consciente de ello?  ¿Acaso era una muñeca rusa dentro de la que había una muñeca más pequeña, más virtuosa? “Cuando escriba el siguiente ensayo, sobre esto, ni pío.” se dijo.

VIRGINIA WOOLF RETRATADA POR VANESSA BELL

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