(Relato) Obras maestras apócrifas





Durante los años ochenta me acostumbré a que me llamasen John, por más que el nombre con el que mis padres me bautizaran fuera Juan y lo hubiese cargado durante veinte años sobre mis espaldas. Hasta el día de hoy, cuando ha pasado otro cuarto de siglo, el pseudónimo ha ido sustituyendo el nombre por el que me conocían mis compañeros de clase y familiares. Mi entorno, a su vez, ha dado un cambio radical; desde que empecé a salir en la prensa, personas que conocía solo por las revistas y la tele se me acercaron, como si pretendieran que juntos creásemos una comunidad en la que solo entraran caras famosas.
La percepción que tengo sobre mi propio nombre también ha evolucionado. En un principio lo adoraba e incluso creía que conseguiría catapultarme a la fama gracias a su hache muda; hablo de un tiempo en que el inglés todavía no era visto como lengua franca más que entre aquellos jóvenes que creían que todos los anglosajones eran tan dignos de imitación como los cantantes británicos y norteamericanos que ellos admiraban.
Luego, entre los noventa y principios del nuevo milenio, vi mi nombre con un nuevo sentido del ridículo, que había ido en aumento desde que me había dado cuenta de que ya no podía vestir pitillos como tiempo atrás lo hacía. Pero llegaba tarde para arrepentirme: Había firmado tantos artículos y relatos con tal nombre que, de haber renunciado a él, habría tenido que nacer de nuevo; como reiniciar mi propia carrera y volver a labrarme un camino desde la frondosidad de una entrada al bosque.
Lo que más me molestaba era que los periodistas se refirieran a mi pseudónimo como aquel “detrás del que se esconde el autor de…”; expresándose así, daban a entender que había algo que intentaba ocultar, como si fingiera ser quien en realidad no era. En verdad, soy una de las personas más transparentes que un lector como tú va a conocer. Desde mis inicios puse a disposición del público mi número de teléfono, mi dirección… recibiendo, consecuentemente, alguna que otra visita desagradable. Pero no me importaba, ya que, al mismo tiempo, el hecho de que ofreciera mi dirección llevaba muchos a enviarme regalos; en ese sentido, siempre he sido como un niño.
El otro día, por ejemplo, vino un chico de Correos a traerme una caja en cuyo interior había tan solo una llave. En una nota adjunta, el emisor me confesaba su devoción y me aseguraba que con ella podría abrir la puerta de su casa. Comprobé sus datos en el remite y sentí cierto pinchazo al descubrir que era alguien de mi ciudad. De ese punto a que se me apareciera en persona y me hiciera una revelación por el estilo, solo había un corto trecho. Sin embargo, si hasta el momento no había osado, cabía la posibilidad de que fuera demasiado tímido.
Habría dado menos importancia a esa sorpresa si no fuera porque ya había recibido otras de aquel desconocido. Llevaba tiempo contactándome por todos los medios posibles: No se había limitado a las cartas, sino que también me había acosado por las redes sociales. De algún modo averiguó mi número de móvil y me envió un mensaje: “Deberías dejarte barba.” También había inundado la bandeja de entrada de mi correo electrónico con sus e-mails. Lo había bloqueado marcándolos como spam, pero siempre encontraba la forma de volver a contactarme. Algunos días, me llamaban números desconocidos a mi teléfono fijo y, al descolgar el aparato, solo oía golpecitos, como los que daría un bolígrafo al caer sobre una mesa.
Ese tío era como un dolor crónico. A veces salía a flote y otras desaparecía; pasaba temporadas sin que supiera nada de él hasta que, de repente, un día regresaba y me mandaba tal cantidad de elogios que me abrumaba. Es evidente que había dejado de leer lo que me escribía. Si con solo ver su nombre —Mark David― me ponía tenso, interesándome por él me habría asustado más que con algunos cuentos de Lovecraft o Poe. En una ocasión, no pude resistir la tentación y ojeé un poema que me había dedicado; no enfermé, pero palidecí de tal modo que mis amigos creían que me había empezado a maquillar.
También tomé la resolución de que algún día escribiría un artículo sobre él y, en plan más general, sobre el fenómeno stalker. Creía que si daba a conocer esa peliaguda situación, estaría a salvo; mis lectores me protegerían del mal o bien que me quisiera ese extraño. Siempre me he imaginado la figura del escritor como un cachorro al que sus admiradores defienden a ultranza, aunque, en la mayoría de los casos, lo que suele suceder cuando un autor se mete en problemas es lo mismo que cuando dos vagabundos se pegan en una acera: Los transeúntes que los rodean bajan a la calzada y continúan andando.
Pero, por el momento, no podía escribir ese artículo. Ni ese artículo ni nada en absoluto. Hacía días que intentaba esbozar las primeras frases de una nueva historia. Había tenido la idea inicial de escribir una novela, pero, tal como se me estaba resistiendo, tendría que aspirar a menos. Luego había pensado en un relato corto que me ayudara a encender motores y ponerme en el estado ideal para la escritura de algo mayor… Nada; no sabía qué me impedía avanzar y, no obstante, era algo pesado que me obstruía cualquier pensamiento; me contaminaba incluso los que tenía en sueños.
Un amigo psicólogo, especializado en casos de novelistas, me habló de un posible bloqueo creativo, pero me negué a clasificarme dentro de ese punto muerto en el que caían dos de cada tres autores ―el tercio restante correspondería a las máquinas que escriben bestsellers.
Dicen que una buena alternativa a escribir es la documentación. He oído hablar de escritores que gustaban de demorarse en ella lo más posible; los mismos que definirían la escritura como un acto doloroso o que antepondrían esa obtención de información al resultado final. A pesar de llevar media vida metido en la literatura, nunca había necesitado echarme a la aventura en ese sentido. Para cualquier texto había partido de la experiencia vivida y si ya dudaba de que fuera una fuente de conocimiento fiable, no quería ni pensar en esas fuentes ajenas a mí.
Busqué un objeto de estudio original, aunque, al mismo tiempo, anodino; lo suficientemente anodino para que no fuera a enzarzarme en polémicas; ya había tenido alguna que otra ración de escándalo. Ahora solo quería sobrellevar el problema que tenía conmigo mismo y olvidarme de discutir con segundas personas.
“¿Y por qué no investigar ese acosador?” me dije, mirando hacia un montón de cartas que había en mi estudio. Me senté a un escritorio y, después de encender mi portátil, lo busqué en Internet. Indagando sobre un par de nombres tan comunes como los suyos, encontré los resultados más dispares. No conseguí sacar nada en limpio: Tendría que probar con otras opciones, como una investigación física que me llevase a lugares concretos en los que rastrear sus pasos. Antes de iniciar la misión, decidí formular una tesis: Mark David, desconocido que me había observado en secreto durante años, era un neurótico de quien debía mantenerme alejado.
Nunca había confiado en mi propia intuición, pero ahora era diferente. Quizá la única manera de escapar de ese callejón sin salida consistiera en demostrarme que esa intuición de la que discrepaba tenía cierto valor. En el supuesto de que no lo tuviera, ¿cómo me habría mantenido tanto tiempo siendo escritor?
A la vez que me ponía una chaqueta y me calzaba los zapatos, revisé el sobre que me habían enviado. Me guardé la llave en un bolsillo y, una vez en la calle, resolví volver a entrar y coger un mapa con el que orientarme.
Mirando continuamente a izquierda y derecha, llegué a un bloque de pisos. Estaba en el número 44 de una avenida transitada. En diagonal, había una jefatura de policía; me relajé al verla, aunque no había motivos para que me hubiera inquietado. En definitiva, era yo quien estaba a punto de irrumpir en casa de un desconocido.
Subí las escaleras por miedo a que el ascensor fuese demasiado ruidoso. Un perro ladraba en la casa del vecino de Mark David… No, no… En su buzón, vi que su nombre, en realidad, era Marc David.
 Me descalcé al ver que el suelo del recibidor era de parqué. Estaba solo. Bailé por el pasillo del piso. Las luces de las habitaciones ya estaban encendidas a mi llegada, como si esperasen mi invasión. Husmeé en armarios y cajones; algunos no se podían abrir porque eran puramente decorativos. Ojeé unas decenas de impresos que habían dejado encima de una mesita, en el salón. Después, desvié mi mirada hacia una pared. Algunas de las palabras escritas en esos papeles resonaban por mi cabeza. Parecía que fuesen parte de mi producción, pero era imposible porque las recordaría. No cabía duda de que él no sufría ningún bloqueo.

Pide un café para mí, y, cuando vuelva, te comento el tema por el que he querido que nos viéramos… Bien, ya estoy listo. Ah, lo único que me puede molestar es esto: Que en el baño no quedaran toallitas secas y me haya tenido que fregar las manos mojadas sobre los pantalones. Parece que me haya meado, qué espectáculo… En fin, lo que me había llevado a pedirte que tomáramos un café es mi situación actual. Tal vez lo ignores, pero, desde que dejamos de vivir en el mismo piso de estudiantes, he hecho todo tipo de esfuerzos para entrar en el mundo literario. Sí, la cosa fue bastante fácil porque me limité a escribir sobre mis obsesiones personales. No hay nada como estudiar algo que se desea, que fascina…
Aunque tengo que admitir que, si no me hubiera exigido una disciplina, no habría conseguido ni la mitad de lo que he hecho. Te acuerdas de cuando creíamos que el talento era suficiente para que las cosas salieran bien, ¿no? El mundo es más justo de lo que pensábamos; suele reportar el éxito a quien se lo merece por lo mucho que ha trabajado, mientras que los de las virtudes innatas, se convierten en… ¿en qué?
Lo malo está en complacerse con los triunfos propios. No hay nada peor que escuchar a los críticos de tu obra. Si no se ha hablado de clásicos que escucharan a sus propios analistas, es porque ninguno de ellos les prestó atención.
He querido citarte porque tú sabes cómo consolarme. Lo has hecho en otras ocasiones y esta, probablemente, no sea diferente. Hace unas semanas, te hablé de mi intención de investigar a ese individuo que me halagaba, o hasta veneraba… La cuestión es que… ¿cómo explicártelo? Fui de visita a su piso. Me enseñó algunos textos que había escrito y me dejó pasmado. Mientras que frecuentemente se me critica un ritmo torpe, él contaba sus historias con una agilidad que parecería imposible de conciliar con descripciones a fuego lento, diálogos desmenuzadores… ¡Lograba llegar a unas cotas de inteligencia que solo había visto en maestros de la ficción!
¿Cómo se lo había hecho? Sus escritos, estilísticamente, no podían parecerse más a los míos. Si en la literatura existe la superioridad entre iguales, no cabe duda de que él se regodeaba en ella. Si existe la imitación, él la aprovechaba hasta sus límites. De no ser así, ¿por qué habría usado la misma numeración de página que yo? ¿Y la misma sangría? ¿Qué decir del punto y medio de interlineado?


MARISOL ESCOBAR Y ANDY WARHOL EN NUEVA YORK (1963).
FOTOGRAFÍA DE ADELAIDE DE MENIL.

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