(Microcuento) El vestido de gala



La cantidad de primeras impresiones que se produjeron fue demasiado grande como para que las detalláramos de una en una. Sin embargo, son remarcables la del dependiente de la sastrería, que descubrió a alguien en el umbral de la puerta, y la de una chica que se encantaba con el escaparate. Antes de pasar al interior, encogió una pierna como si fuese un pequinés y su pierna, una patita.
Las palabras de algún profesor de su universidad daban vueltas por su cabeza; las retenía para no tener que decirse: “Te has quedado sin ideas. Ahora tendrás que centrarte en lo que vas a comprar. Cogerás cada prenda y la analizarás con la escrupulosidad de una madre que duda entre dos trajes de comunión.”
Le mostraron vestidos de diversos colores. Luego hizo una selección de aquellos con tonos más oscuros; ¿pero qué es un tono oscuro? Quizá la discreción, el anonimato o más bien una señal de peligro. La cosa dependía, sobre todo, de cuán largos fuesen. La mayoría se extendían por debajo de las rodillas y la mitad de los brazos. Se escondía en ellos. Había alguno que, por el escote, le quedaba más holgado de lo que habría deseado.
―En fin, lo que en el fondo importa es encontrar un buen trabajo. Ganar mucho y tener grandes ambiciones. Exagerar tus ambiciones. Es la manera de llegar lejos.―Pero el techo de la tienda era demasiado bajo como para que las palabras del dependiente cobrasen toda su resonancia. Ella disimuló un asentimiento.
―¿Y qué es lo que estudias?―le preguntó, clavándole agujas. En la seda de la cintura, buscando un punto medio entre la insipidez de su clienta y el erotismo que le inspiraba. Se agachó para arreglar la cadera y, al levantarse, imitó un galgo.
Tardó demasiado en responder. Uno no se olvida así como así del nombre de su carrera. Tal vez estaba tan absorta con lo que estudiaba que le costaba englobarlo en un solo título: “Filología catalana”.
―Algo de letras.―respondió, como arrancando las palabras de dentro suyo.
― No, no te harás rica con ello.
Podría haber contestado con las lindezas que tenía preparadas para ese tipo de reacciones. Si bien la suerte es necesaria para llegar a buen puerto, el trabajo es determinante para llegar a algún puerto. Se requieren profesionales apasionados en todos los campos del saber. Alguien se tendrá que hacer cargo del lenguaje.
―Tampoco lo pretendo.

"MUJER EN LA HABITACIÓN", DE RAMÓN CASAS

No hay comentarios:

Publicar un comentario