(Cine) Leyendas de padres a hijos. “El tesoro”, dirigida por Corneliu Porumboiu




En la primera escena de “El tesoro” (2015), dirigida por Corneliu Porumboiu, un niño de seis años, Alin (Nicodim Toma), refunfuña en el coche de su padre, Constantin Toma (Toma Cuzin). Asegura comprender por qué ha ido a buscarlo tan tarde; sin embargo, su enfado no parece disiparse. Hablan en voz baja, queda; en el mismo tono que Costi usará en las conversaciones con su esposa Raluca (Cristina Cuzina Toma). Porumboiu ya tiene el público acostumbrado a diálogos que brillan por su sobriedad. De hecho, su trabajo anterior, Al doilea joc (2014), consistía ni más ni menos que en una charla en off entre el cineasta y su padre, comentando un partido de fútbol que el segundo vivió como árbitro.
En “El tesoro”, retoma el género de la ficción. La usa para contar historias que fácilmente resumiríamos en una sola frase, como ocurría con “Cuando cae la noche sobre Bucarest o Metabolismo” o “Policía, adjetivo”. Esa preferencia por argumentos sencillos juega a favor del cine del rumano. Sus películas no nos venden sentencias lapidarias ni discursos filosóficos al uso, sino que pretenden que hurguemos en ellas.
El “tesoro” al que se refiere el título podría entenderse como una metáfora de cómo será recompensado el espectador que no pierda la fe en las infinitas interpretaciones que se esconden detrás de las imágenes y los sonidos; todas contingentes, todas hechas de metales preciosos.
La posible existencia de un tesoro está en el punto de partida: Adrian Negoescu (Adrian Purcarescu), vecino de Costi, le habla sobre una leyenda familiar. Al parecer, su bisabuelo enterró algo valioso en un campo de Oltenia antes de la llegada de los comunistas. Su abuelo, en el lecho de muerte, le dijo: “Cuida de la casa”, lo cual interpretó como una señal para salir en busca de la fortuna. Su inexperiencia le llevó a contactar con su vecino. Su inexperiencia y su desesperación ante los más de 17.000€ de intereses provenientes de un préstamo que pidió en 2007. Consigue que le dé su ayuda, puesto que la situación económica de Costi tampoco es tan cómoda como para hacerle ascos a una oferta así, por inverosímil que sea.
Tras hacerse con un detector de metales, se lanzan a la aventura. Llegan al campo sin más que una intuición; no saben qué puede resultar de la búsqueda de un tesoro. En este punto vemos las escenas más elogiadas por la crítica y el público: Costi, Adrian y Cornel ―un desconocido que les echa una mano con el detector― caminan tras un cachivache que emite sonidos cuando detecta metales no ferrosos bajo tierra. Exploran prados, el interior de alguna casa ―de la que se dice que había sido convertida en un jardín de infancia durante el régimen comunista― y, finalmente, se deciden por cavar un hoyo en el exterior.
De un momento a otro, Costi atenderá una llamada de su esposa. Al otro lado de la línea, suena la voz de su hijo preguntándole si ha encontrado el tesoro. Él, cuando Rucula vuelve a ponerse al aparato, le reprueba que le haya hablado sobre la leyenda. “¿Acaso desconfía de que vaya a encontrar el tesoro?” nos preguntamos. El hecho que Costi hubiera aceptado colaborar con su vecino ya nos había hecho reaccionar con incredulidad; nunca habríamos dicho que fuera el tipo de hombre que se cree despropósitos como el de un tesoro perdido. Sin embargo, se centra en la búsqueda con profesionalidad, como si no le cupiera duda de que fuera a hallarlo.
En la reciente “Kumiko, the Treasure Hunter”, David Zellner ponía en escena una japonesa que se obsesionaba con una fortuna escondida en Minnesota. Acababa encontrándola; en la última escena, rodeada de nieve, soledad y sangre, abría un bolso lleno de dinero. En “El tesoro” encuentran una caja. Pero, en este caso, la recompensa no representa el fin del largometraje. Aún queda algo por ver, señores: En el interior hay unas acciones de Mercedes de 1969. Sacan una millonada por ellas, sin exagerar.
Costi, en lugar de pagar sus deudas, acudirá a una joyería y comprará un montón de collares y brochas con las que sorprender a su hijo. Alin espera un tesoro con los colores y tonos que ha imaginado; oro, plata, bronce… Su padre podría haberle desmentido diciéndole que un tesoro real no es como los que aparecen en las historias de Robin Hood; un tesoro tiene forma de fajos de billetes. Pero prefiere mantener el engaño. O, más que el engaño, la “creencia”. Del mismo modo que el destino le ha demostrado que la prosperidad puede llegar a cualquiera, asegurará a Alin que la suerte puede ser tan justa como en los cuentos que, al principio de la película, le leía bajito.

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