(Cine) El objetivo de Saul Ausländer en El hijo de Saúl



A lo largo de la película de László Nemes, la muerte está presente. Sin embargo, para el protagonista, Saul, quizá se llegue a un callejón sin salida cuando todavía no han transcurrido ni quince minutos.
En el prólogo, habíamos conocido su situación, que era la de un prisionero húngaro, perteneciente a los Sonderkommando y antiguo relojero. Aquello abandonado en el fuera de campo —gritos y golpes sobre puertas cerradas— nos sugería a qué debía dedicarse en Auschwitz: el mantenimiento y gestión de las cámaras de gas. La manera en que se lo grababa en esta primera escena ya nos revelaría una constante de la obra: su rostro, contenido, girándose hacia la derecha, hacia la izquierda… A partir de entonces, dirigiría su mirada hacia el vacío y —en contadas ocasiones— hacia otros personajes; crearía diagonales que dividirían la pantalla mientras, a su alrededor, adivinaríamos hombres y mujeres asustados, militares fríos, otros miembros de los Sonderkommando
Después de ese inicial descenso al horror, asistimos a la asfixia de un chico moribundo. ¿Por parte de quién? De los mismos que se encargarían de acabar con las vidas de otros internos; los responsables de una de las secciones del campo de exterminio. El asesinato nos es mostrado a través del marco de una puerta. Saul, espiando, no es descubierto y, cuando los hombres desaparezcan, se empeñará en llevarse el cadáver del chico. Para este momento, ya se habrá marcado su objetivo: enterrar al muchacho.
De poco servirá que alguno le espete que «Traicionaste los vivos por un muerto», o que ponga en riesgo su propia vida. Toma la determinación de dar una sepultura a un niño sobre el que sabemos poco. De hecho, se nos hace difícil fiarnos de lo que el protagonista cuenta: asegura que es hijo suyo («Es mi hijo, tengo que enterrarlo»), aunque, en un principio, nada nos habría llevado a  relacionarlos.
Su búsqueda de un rabino para el entierro será insaciable. El primero que encuentre, apodado El Renegado, será una forma sin contenido, como una cáscara vacía; se dejará llevar a la muerte  como si fuese un canto rodado y Saul, la pieza que lo desplazase de su inmovilismo. Es más: este primer rabino se presenta como la piedra de toque de la comunicación de Saul con otros condenados. No habrá escenas en que su interacción con otros llegue mucho más lejos; si hay algo realmente explícito en El hijo de Saúl es el hermetismo con el que las víctimas son obligadas a cerrarse sobre ellas mismas.
El segundo rabino que encuentre tampoco avanzará más que el anterior. Mientras que la cámara había ignorado el fusilamiento del primero (que el espectador solo podía intuir), la muerte de este aparecerá enfocada. Su cuerpo desplomándose  marcará  la transición entre dos tipos de posturas: la incorporación de los vivos y la horizontalidad de los muertos.
¿El comportamiento de Saul es absurdo? A veces la pregunta se nos hace inevitable. Dudamos a la hora de responder, ya que la realidad en la que vive nos parece tan distante que, si pudiéramos comprenderla en su plenitud, aún dudaríamos de que tuviéramos el derecho de contestar. Pues bien, puede ser que, de la misma forma que Saul se aferra a la idea de la purificación del chico, otros, en la misma situación que él, busquen amparo en una voz que les prometa el cielo, un castigo para quienes lo merecen… En definitiva, lo que el protagonista parece querer es que se haga justicia con quien ya no está vivo, que se restaure la inocencia de quien fue privado de ella. La distancia entre los que caminan y los que yacen en el suelo se va reduciendo, y, casi en un acto-reflejo, lleva Saul a decir: «Ya estamos muertos.»

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