(Artículo) Para orientarse en el teatro



A riesgo de parecer una persona afectada, me he esforzado por construirme un determinado modo de ser. Podría parecer algo corriente (todos estaríamos dispuestos a corregir algunos fallos de nuestro comportamiento, ¿no?), pero el empeño con el que he perseguido ese objetivo lo ha convertido no ya en algo que me caracterizase, sino en uno de mis fines vitales. Vivo, a día de hoy, para aprender a vivir de la forma más adecuada, y tengo la certeza de que solamente así puedo huir de un estado permanente de duda. Un estado, por cierto, que a veces me resulta forzoso por las confusas condiciones con las que venimos al mundo y nos quedamos en él. O, más que venir al mundo, somos arrojados a él. En la sala de partos, aún ciegos, demostramos una grave falta de savoir-être. Trataremos de corregirla con una educación que nos dé verdades incuestionables y una corrección adulta. Todo ello no se me ha hecho suficiente para dejar de berrear como en esa bienvenida al mundo.
¿Cómo es la forma adecuada de vivir, entonces? Contestar se me antoja una complicación; no suele ser cosa fácil resumir aquello a lo que se ha dedicado horas y horas de reflexión. Simplificándola mal, diría que esa forma adecuada de vivir consiste en asimilar mis aprendizajes—aquellos que he aceptado, pues he debido ser selectivo— hasta integrarlos en mi actitud; hasta que, en lugar de recibirlos, fuese yo quien los mostrara a mi alrededor.
El ejercicio parecería más propio de un actor que interioriza un papel que de una persona normal. De la misma forma que un intérprete actuaría con seguridad después de días de ensayos e introspección, yo mismo pisaría el suelo y hablaría con firmeza después de haber decidido la manera correcta de actuar en un teatro más espacioso de lo que sería el del actor mencionado.
Pero, hagamos lo que hagamos, la reacción del mundo ante nuestra actitud no se puede predecir. ¿Quién me iba a decir que, una vez me hubiese afianzado en un carácter apartado de cualquier vicio —el que habría visto como más adecuado—, vendría alguien y haría trizas sus fundamentos? Solo necesité que un amigo se me acercase y me asegurase que una vida sin vicios no merece ser vivida para que lo que había ganado se disolviese.
Algunos dirán que, para sobrevivir, uno tiene que hacer prevalecer sus ideas e ideales, ¿pero cómo podría anteponer las mías a las de otros si ni yo mismo estoy seguro de su superioridad? La certidumbre con la que he visto hablar a muchas personas ha acabado con mis pocas convicciones. Ha hecho que las perdiera al mismo tiempo que era yo quien me perdía en una farsa de palabras firmes y pocas dudas.


OBRA DE MIQUEL BARCELÓ.

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