(Microcuento) Día en la vida de este hombre




¿Cuánto estoy dispuesto a dar a cambio de ser el que mejor en hacer algo? La pregunta me la empecé a hacer a los dieciocho años, aunque, para entonces, ya llevaba dos años esforzándome por llegar el primero a los sitios, sacar las notas más plausibles, ser quien más hablara en las charlas.
En definitiva, todo ello me había convertido en un garabato, una exageración de mí mismo. Insistía tanto en despuntar que la gente que me rodeaba se asustaba; incluso los había que se escandalizaban y, discretamente, buscaban el modo de alejarse de mí.
Pero ese despropósito que era mi actitud había dejado de tener importancia desde el momento en que estaba dispuesto a cambiar. ¿Duró mucho? El cambio, digo. Quizá tuve tiempo de disfrutar de mi propia vida a lo largo de cinco semanas. Seis a lo sumo. Dejé de preocuparme por estar en el ranking de superhombres que me había inventado y me centré en hacer de mí alguien feliz. Sin embargo, me he dado cuenta de que estoy reincidiendo. He vuelto a mi cauce de siempre y, una vez más, me he repetido que tenía que ser el mejor en ese cuento de ser feliz.
La mía es una situación que tiene lo suyo de absurda. Hace tiempo, llegué a la conclusión que los ganadores consiguen sus méritos por algo más que esfuerzo. Entre gramo de tesón y gramo de tesón, se les cuela una pizca de talento. Es ese talento el que los lleva a triunfar, a quedarse con el primer puesto de los concursos. Y, además, la diferencia entre el ganador de un concurso y yo es que él se ha concentrado en ganar ese concurso, mientras que, en mi obsesión por abarcarlo todo, he querido apuntar a lo más alto, al primer premio de todos los concursos.
Pero que viera con mis propios ojos que la situación era así no sirvió de nada; seguí en el mismo plan y, con el tiempo, aún me crecí en la cursa por alcanzar mi objetivo. Porque sí, es una cursa; estoy hecho un corredor. Me levanto cada mañana con un vuelco de corazón y me muevo en un frenesí que ni los del baile de San Vito. Se trata de llegar el primero a cualquier cosa. Si me hago un café, tengo que degustarlo con más placer que los demás bebedores; si hago un trabajo, mi investigación debe ser más exhaustiva que la de mis compañeros; si como cualquier cosa, la he de comer en mayor cantidad que el resto de comensales.
Y, siendo consecuente con mi propia tenacidad, me he convertido en un cafetero de nervio despierto, en un estudiante conocido por la calidad de sus redacciones y en un joven que, poquito a poco, se desliza desde el umbral y entra en carnes.
Claro está que, buscando esa perfección en cualquier aspecto de mi vida, todas las veces que me he equivocado también me he frustrado. En esas ocasiones me llevaba una mano a la nuca y me la rascaba, diciéndome: «Anda, vete a dormir, que mañana es un día en el que aún no has metido la pata.» Obedecía mi consciencia. Me arropaba pensando en que el día siguiente sería maravilloso. Al menos en mi imaginación lo era. Recordaba los días anteriores y los veía plagados de errores; demasiadas torpezas que no me perdonaba. En cambio, el día de mañana era perfecto y limpio, ¡limpísimo! No lo había manchado con ningún paso, respiración o palabra fuera de lugar.
Dormía con el mañana en mente. No lo olvidaba ni en sueños. Cada noche la misma historia. Esperaba con ansia que se hicieran las siete de la tarde para clavar una mejilla en la almohada y pasar del viernes al sábado, del sábado al domingo y del domingo al lunes.


RETRATO DE MIQUEL UTRILLO, DE SANTIAGO RUSIÑOL.
FUENTE: http://www.museunacional.cat/

1 comentario:

  1. Espero que el microcuento no sea autobiográfico y que el personaje de
    ficción (o no) sea más indulgente consigo mismo.
    Más que llegar a la meta, lo importante es andar el camino sin
    apremios y ligero de equipaje... http://www.advaitainfo.com/textos/enamorate-del-lugar-en-que-estas.html

    ResponderEliminar