(Teatro) 'El público' como problema



El tres de enero tuvo lugar la última función de ‘El público’ en el Teatre Nacional de Catalunya. Aunque esta versión no aprovechara para repensar al autor de ‘Poeta en Nueva York’, lo que sí hacía era mantenerse fiel a su espíritu, y, con él, a una tormenta de ideas enfrontadas las unas con las otras. En una división en dos bandos suele haber el riesgo de caer en la simplificación; quizá sea el punto flaco del radicalismo de Lorca, que, a su vez, es el radicalismo de una época determinada.
Entre los blancos que alaba o denuncia, uno que me dolió que se tratara con la dureza con que el granadino lo hace fue el de teatro al aire libre. Se definiría como ese teatro que, buscando la complacencia, ofrece unos dramas que acarician a su público y no intentan desmantelar sus apariencias.
Lorca presupone que el público que ha asistido a la función no se ha sacado su máscara. Este se refugia en su moral y teme unos principios, los del teatro bajo la arena, por su capacidad de arrastrarle a lo más instintivo de sí, a lo más pasional; en definitiva, a lo que pertenece a la naturaleza del ser humano y lo acerca a otros animales, como los paladines de este arte visceral: los Caballos, quienes, bajo la dirección de Àlex Rigola, se presentaron con la falta que aun hoy en día sigue provocando murmullos en las plateas: la falta de ropa.
Podría informarme y, más adelante, hablar sobre esta obra desde una vertiente psicoanalítica  —para rizar el rizo, ya que se ha hecho con anterioridad—, histórica, biográfica o incluso literaria, teniendo en cuenta los vínculos con Ángel Guimerà que en alguna ocasión se han destacado. Al final preferido partir de mis propias bases éticas, si es que las que tengo son suficientemente sólidas para resistir que las use como herramientas. Lo que vengo a preguntarme es si los espectadores de Lorca se merecen una crítica tan feroz como la que hace con esta especie de manifiesto, con más valor por lo que aporta de teoría que por lo que después el mismo dramaturgo pusiera en práctica. Parece que se aproveche la misma hipocresía humana que se insulta para dar con el efecto deseado: un golpe que sea tan y tan fuerte que descuelgue las caretas de los rostros asistentes. ¿Qué hay de válido en criticar algo que acompaña a las personas desde que se empezaron a relacionar entre ellas y se establecieron en sociedad? ¿Qué hay de nulo? Puestos a echar números, encontraría más de lo segundo que de lo primero. El público no debería presentarse como el problema, ya que, como sabe este hijo de tenderos, el cliente tiene la razón siempre.

'EL PÚBLICO' EN EL TNC. FOTOGRAFÍA DE ROS RIBAS.

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