(Artículo) ¿Soy un familiar cojonudo?



Después de hacer un par de recados, me doy cuenta de que ha llegado el momento. En mi lista de tareas pendientes solo queda una palabra, con su unidad completa de significado y caligrafía temblorosa: regalos. Los de Navidad, por supuesto. Son los únicos que se me vienen encima, puesto que los de cumpleaños, al no hacerlos todos a la vez, me dan ocasión de esperar hasta último minuto. Por lo general, los resuelvo con un detalle.
Pero este otro tipo de regalos no se encajan de la misma manera. Si visualizamos la entrega de un regalo navideño veremos el peligro que suponen. Parece que en fechas como la del seis de enero, día de Reyes, nuestros familiares sean más sensibles a los errores de lo que es habitual. Con solo pensar que lo que les han dado tiene una forma sin cabida en sus casas, se enrabian con un rencor indirecto, que nunca se descubriría por su sutileza. Este rencor les lleva al deseo de venganza, y un deseo de venganza así solo se soluciona regalando algo pésimo al primer regalador; cuenta saldada.
Miro hacia la calle que tengo delante y me imagino un mapa de Barcelona. Tantas tiendas, tantas posibilidades… Y, sin embargo, un miedo: el de equivocarme comprando una cosa inútil. Alguna vez ya hemos vivido el drama de comprar algo que, con el tiempo, pierde su sentido. Al final llega el día que lo miramos y nos fijamos en la capa de polvo que lo cubre; nunca lo hemos utilizado, quizá ni tenga uso. Entonces nos preguntamos: ¿cómo nos engatusaron para que lo compráramos? La respuesta es sencilla: los vendedores tienen poca inventiva para las cosas con significado, pero sí que cuentan con una sensibilidad estética finísima. Saben qué formas que nos gusta tocar, qué colores nos atraen. Se limitan a crear objetos con dos condiciones: que ocupen un valioso espacio y que entren por los ojos.
Pese a mis miedos acabo atreviéndome a caminar. Ando por las calles más transitadas del Eixample. No puedo pararme a pensar cuánto odio las multitudes; solo hay tiempo para el pánico. En unas horas terminará el día cinco de enero; se ha declarado la alerta máxima en mi cabeza. Las iluminaciones que cuelgan del aire brillan de azul, amarillo… pero solo consigo distinguir las bombillas rojas. Un rojo de alerta, emergencia. Y, para mayor colmo, la gente que me rodea pasea con tranquilidad, como si ellos no estuvieran también con el agua al cuello.
Sé que no podré entrar en todas las tiendas que querría, así que me pongo selectivo: Iré a por esas que tengan escaparates ingeniosos. No cabe duda de que las apariencias son fieles a la realidad, en lo que afecta al comercio. Una entrada oscura esconde un local con cien años de antigüedad; unos cristales limpísimos dicen mucho, del mismo modo. Hay una serie de clichés a los que no haría caso si estuviera relajado, pero los pulmones se me estrechan y no me entra aire suficiente por la nariz.
Las franquicias son una buena opción cuando se está agobiado. La distribución de sus artículos va tan enfocada a las compras mecánicas que, con solo entrar, te muestran todo lo que puede interesarte. Pero ¿dónde está ese que, hace tiempo, defendía el pequeño comercio? ¿No era yo? Ah, dejo de reconocerme en mis propias palabras y aprovecho que, al girar por la siguiente esquina, aparece una jabonería marsellesa. He oído en algún lado que la empresa que la dirige tiene sedes en Bélgica y me digo: Si hasta los belgas dejan de lado algunas hostilidades y compran a estos franceses, tienen que ser buenos.
Hurgo en sus estantes. No hay ni uno que no remueva. Jabones de manos, geles, velas e incluso incienso. Me decido por lo penúltimo: Las velas son un clásico del buen gusto. Nadie se negaría a ambientar su salón encendiendo uno de estos cubos lilas, amarillos o marrones. Pensando en los colores, surge otro problema: el aroma que guste a quien se lo vaya a regalar. Cierro los ojos y veo las caras de mis familiares. Por más que acudo a mi memoria, no recuerdo comentarios sobre los olores que les gustan.
El chocolate, es decir, la vela marrón, vuelve loco a todo el mundo, pero hay una minoría que lo odia a muerte. Nadie me garantiza que entre los míos no haya alguien de esta minoría, y que justamente sea con quien meta la pata.
¿El amarillo, de vainilla? Si me topo con alguien que, después de los empachos del veinticuatro y veinticinco de diciembre, se niega a oír a hablar sobre su sabor, la habré liado.
El cubo lila es el de lavanda. No me acuerdo de ninguna charla en que nadie hubiera echado pestes de la lavanda. Sin embargo, una pareja de chicas se me acerca por detrás y comenta, como a propósito: «No hay nada más tópico que un jabón de lavanda.» El oráculo ha hablado.
Lo mejor será que me detenga un minuto. Que respire hondo y fije la mirada en una pared vacía, como meditara o bien fuera bobo. Qué inocente era cuando, tres semanas antes, pensaba en este compromiso y creía que los días no pasaban con rapidez.
Una preocupación horrible para algo tan llano como quedar bien con la familia. Es increíble que sea un objetivo que acabe complicándose de tal manera. De hecho, si pienso en padres, hermanos, tíos y abuelos que sean tan cojonudos como he pretendido ser, no creo que hayan necesitado el mismo esfuerzo que el que estoy echando.
Unos segundos de reflexión me han ido bien para despejarme. Antes de seguir vagando, cierro los ojos y agarro lo primero que encuentro. El tacto es de hierro, o piedra; algo frío que, con la humedad de estos días, resbala un poco. Vuelvo la mirada hacia el animalillo de cerámica que ha caído entre mis manos: es una figura de Buda, es algo azaroso y lindo. Bajo los párpados de nuevo. Cojo lo siguiente que se cruza en mi camino con una sonrisa de lado a lado.

OBRA DE SANTIAGO RUSIÑOL.

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