(Artículo) Las preocupaciones de un artista



El otro día, Care Santos decía que un artista no puede inventarse sus preocupaciones. Cuando le pregunté por la primera novela para adultos que publicó, El tango del perdedor (Alba Editorial), y la última, Diamante azul (Editorial Destino), veía una serie de constantes que se habían mantenido a lo largo del tiempo. Constantes temáticas, históricas. También las había que se nos escapaban de las manos; si le preguntásemos a un antropólogo por la relación entre esas dos obras, distinguiría algunas pulsiones que nos habrían pasado desapercibidas.
Seguidamente se refirió a Patrick Modiano y sus palabras en el Discours à l’Académie suédoise (Gallimard, 2015). En concreto, a eso que el francés suele repetir y que reafirma la opinión de algunos críticos: Lleva toda su carrera escribiendo la misma novela. ¿Qué hay de verdad y de mentira en ello? Si leyéramos su Trilogía de la Ocupación —que reúne sus tres primeras novelas— y la posterior En el café de la juventud perdida, nos encerraríamos en una misma Francia: espectral, desdibujada. Avanzaríamos hacia su producción más reciente y seguiríamos sin encontrar un panorama diferente. ¿Deberíamos angustiarnos cuando vemos alguien que se ha encasillado durante sus casi cincuenta años de escritura en un solo parque temático? Un parque temático que, pese haber salido de su imaginación, se define por unas calles, plazas, cafeterías y apartamentos concretos. Unos ritmos, un estilo, un enfoque. No hay grandes descubrimientos en la trayectoria de Modiano, solo una línea recta que va tocando partes de la misma realidad. Y quizá su mayor descubrimiento sea  ese: el de acercarse a la verdad con lo que tiene o ha tenido a mano.
Conjugo ese ‘tener’ en presente y en pasado porque, en el mismo discurso, Modiano hablaba de cuando «leyendo la biografía de un escritor, a veces descubrimos un acontecimiento excepcional de su infancia que ha sido como la matriz de su obra futura y que, sin que tuviera siempre una clara consciencia, este acontecimiento excepcional ha vuelto, bajo diversas formas, a aparecer en sus libros.» Él mismo es deudor de su infancia. Uno que quisiera librarse del rastro de su infancia tendría que hacerlo expresamente, rechazando todo lo que le condujera al  recuerdo.
Si esto es así, no nos arriesgaríamos diciendo que venimos tarados de fábrica. Entiendo que nuestras fábricas no son el útero de mamá; son esos años de la vida que, por su ternura, se puede marcar como arcilla.
Mirándome a mí mismo, alargaría ese tiempo tan blando hasta la adolescencia. Pero no hasta el final de la adolescencia; tendría su fin a los diecisiete años. Es ahora, a punto de llegar a los dieciocho, que me doy cuenta que he empezado a escribir sobre las que han sido mis obsesiones desde los diez años. Como si todo este tiempo hubiera recogido unas preocupaciones con las que me tuviera que atrincherar.
Si las ideas propias se endurecen con la edad, las mías ya están en ese proceso de maduración. Necesitaría una experiencia traumática para que, de repente, lo que creía esencial se zarandeara y me lo replanteara todo. Parece que los movimientos tectónicos de la cabeza se vuelven menos constantes conforme envejecemos y confirmamos las ideas que nos habían enseñado. No niego que también haya un aprendizaje propio —y que tenga un mayor peso que el que nos den nuestros padres—, pero, desde el momento en que nos explican qué es la vida y la convivencia, estamos obligados a agachar la cabeza e ignorar zonas de la realidad. Unas zonas que quedarán a oscuras para nosotros. Deberíamos revolucionarnos para salir de esa educación y construir una de nuevo. Sería una revolución tranquila, y, sin embargo, ¿quién nos asegura que no lo suficientemente fuerte como para llevarnos a la locura?
Algunos de los que sobrevivieron a las guerras del pasado siglo se sintieron comprometidos a hablar sobre la miseria que habían vivido. Incluso hijos de estos arrastraron el peso del compromiso y sacaron su inspiración de él. Supongo que estos escritores y artistas no entendían lo que hacían como un deber con la Historia. Sin embargo, llegando a la vejez y mirando hacia su propio pasado, ¿cuántos verían que sus circunstancias los habían desencaminado de esas preocupaciones de la preguerra, que creían vitales, y los habían reconducido?
Ni siquiera sé si, llegada cierta edad, todo el mundo hace estas revisiones sobre la vida. ¿O es que solo unos pocos se vuelven contemplativos a la vez que pensionistas?
Uno de mis problemas es que me paso casi tanto tiempo viviendo como pensando en lo que he vivido. Tal vez sea eso lo que me lleve a darle vueltas al tema de las preocupaciones. A fin de cuentas, de aquí unos años, releeré lo que he escrito y no pensaré en lo que me ha llevado a escribir. Es probable que piense en lo que todavía me queda por decir.

OBRA DE JACQUES-ÉMILE BLANCHE.

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