(Microcuento) Mercados de segunda mano




Han decorado los puestos del mercado con guirnaldas. De algunos postes cuelgan globos. Se diría que están de celebración, aunque ni los tenderos lo tendrán claro hasta que, al anochecer, echen el cierre y hagan caja.
Los primeros visitantes han llegado. Hay chicas de veinte años cogidas de la mano de barbudos. Algunos chicos, atándose la melena con una goma, se disfrazan de manojo de cebollas. Tienen las pieles grises porque en su mayoría fuman; aun así ríen tanto que no les echaríamos más de cuarenta. Vienen a ser los que se concentran entre la generación de los ochenta y la de los noventa. Con alguna excepción: Despunta uno de los tiempos de la Transición que iba a comprar el diario y, por el camino, se ha topado con el evento.
Las paredes de la plaza encierran el lugar. La mayoría tiene puertas y persianas echadas. No hay ningún comercio abierto aparte de uno de electrodomésticos. De segunda mano, como lo que se vende en el mercado. La diferencia sería que, mientras los de los puestos ofrecen ropa y muebles de sus abuelos, los primeros ponen a la venta trastos digitales. Sus públicos también son distintos: por la plaza pasean blancos; en el comercio de los electrodomésticos solo entra gente de piel más oscura o algún que otro abuelo.
Sus clientelas parecen haber nacido en planetas que no son el mismo. En ningún caso diríamos que la que hay en un lugar podría intercambiarse por la que hay en el otro. El centro barcelonés las reúne y ellas caminan —a veces se cruzan— sin mirarse frente a frente.
Nadie parece desear lo que ve como si tenerlo fuese una necesidad. En realidad, tanto los de un lado como los del otro estarían dispuestos a renunciar a las cosas que planean comprar si les obligaran a ello. Chaquetas de ante, televisores del año pasado, zapatos de charol, carátulas de videojuegos… Las bolsas en las que los productos de la tienda viajan se mezclan con las del mercado y, pendiendo de las manos de sus nuevos propietarios, recuerdan a la basura que se tira en los contenedores. En cualquier momento se romperán y lo que hemos enumerado rodará por el suelo. Como queriendo huir de otro uso; queriendo descansar, al fin, cerca del suelo.
Aun tendrán que pasar unas cuantas horas para que las mesas de las paradas y las vitrinas de la tienda se vacíen. Al final de la tarde, lo único que habrá quedado sobre cada superficie será una capa de polvo. Algún dependiente cogerá un paño húmedo y lo deslizará por la madera, el vidrio, esos sitios en los que antes se haya colocado un objeto cansado.
Hoy es el primer domingo de mes. El tópico cuenta que la cantidad de gente que sale a comprar no es la misma que el día treinta o treinta y uno del mes anterior. Los organizadores del mercado lo saben. El dueño de la tienda, que nunca antes había abierto en fin de semana, acaba de descubrirlo.

OBRA DE SANTIAGO RUSIÑOL.

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