(Microcuento) La culpa la tiene Simone



Se acababa de sentar a su escritorio y tenía el libro entre las manos. Era un tomo grueso y de tapa dura. Las venas de sus brazos se marcaban bajo esas novecientas páginas de ensayo. Era El segundo sexo, en una edición que quizá habría servido más para ocupar espacio en las bibliotecas que para hojear en alto. Los márgenes de cada página eran anchísimos; con un dedo, resiguió el blanco del papel hasta que encontró la raya de lápiz con la que había subrayado lo último leído. Además de esa indicación, la página tenía un pliegue. La esquina doblada del papel, como quien se despierta por la mañana, se desenganchó del resto de la página y, lentamente, volvió a su posición de hoja rectangular. Quedó la señal del pliegue bajo la esquina; él le pasó un dedo por encima y fue desapareciendo. En realidad esa marca no era más que una sombra del relieve del pliegue; se había fijado en que, a la luz de su lámpara, de noche, los libros lograban más sombras, más oscuridad... Eran coquetos y, para disimular su gordura, se maquillaban con el polvo de los cuartos cerrados.
Nuestro amigo ojeaba un capítulo titulado Mitos. En lo que llevaba leído, había tenido tiempo de sorprenderse por lo que la escritora le había descubierto y, por otra parte, había sacado conclusiones más personales. Al lado del libro siempre dejaba un cuaderno abierto, en el que apuntaba ideas sueltas. Con el mismo boli subrayaba los párrafos en los que la razón de la filósofa se superaba; ¿cómo había sido capaz de decir tanto en tan poco?, se preguntaba, admirando lo ligero de ese tocho. O, por otro lado, se decía: ¿cómo he podido esto ignorar durante tanto tiempo? Y lo siguiente que miraba eran sus propias manos. Piel lisa. No tenía ni dieciocho años, el chico. ¡Y lo que te falta por saber!, le diríamos nosotros, convencidos de su ignorancia y de la nuestra.
Pero ese último capítulo, en el que se analizaba al escritor Montherlant con un poco de rencor, le revolvía el estómago. Hasta ese momento, lo único que ese Sexo le había revuelto eran los pensamientos. Notaba una nueva sensación. Cuando Beauvoir decía que Montherlant se consideraba un rey, un dios porque ignoraba que los demás existían, se imaginaba a la autora levantándose de la mesa a la que se había parado a escribir y dirigiéndose hacia él. Diciéndole, mientras le ponía una mano en la mejilla: «Eres él, ¿no lo ves?» Esa imagen, que de estar soñando habría considerado dulce, le puso nervioso. Se hizo más consciente que nunca de las cuatro puntas que tenía su escritorio. Levantó los brazos y notó que le escocían por debajo; se había arrimado tanto a la mesa que la madera había dejado marcas en su piel. No quería ser como Montherlant, no quería que en los relatos que escribiera el protagonista fuese el único ser con vida. Se negaba a aceptar esa definición de Beauvoir que, sin dirigirse realmente a él, se había vuelto en su contra. No sabía si lo que sentía era pena por sí mismo o remordimientos por su propio estilo de vida. Las dos opciones parecían posibles. La puerta de esa habitación llevaba demasiado tiempo cerrada. Levantándose, devolvió el ensayo a su estantería. A continuación, se sentó de nuevo.

FOTOGRAFIA DE SIMONE DE BEAUVOIR EN 1939.

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