(Microcuento) Ver, hojear, leer



Aún arrugaba la factura en la palma de su mano. Dejó de apretarla y la alzó. Leyó cuánto había costado el cómic, que, dentro de una bolsa, pendía de su otro brazo. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento. Ahora ya lo había hecho; las prisas habían desaparecido, y la duda entre comprar o no comprar también. Como quien siente presión antes de tirar unos dados sobre un tablero y no después, notaba que sus hombros se destensaban, lentamente. Veinte euros —contribución de sus padres a la felicidad del chico— habían pasado de sus manos a las del dependiente de una tienda de manga. El intercambio le había dejado un sabor de boca raro. ¿Quién le habría dicho, unos días antes, que acabaría gastándose su paga en algo como aquello? Él, que cada lunes corría hasta encontrar su librero de confianza para pedirle consejo. Él, que no había una sola semana que pasara sin la novela que hubiera fichado al principio de la misma. Era el espécimen de adolescente que lee libros de párrafos gruesos y que se siente estafado cuando, al hojear uno recién adquirido, se da cuenta de que casi no hay letra, que casi todo es diálogo.
¿Cómo salvaré las distancias entre el grueso de las obras que me gustan y este cómic flaco?, se decía. Había empezado a despreciar al profesor que se lo había recomendado. Échale un ojo, en serio, te dará una visión distinta a la de los libros que me has dicho que sueles leer, le había recomendado. Ay, había caído en la trampa de uno de esos adultos con colecciones completas de Tintín en su posesión. El problema no era que esa sugerencia se la hubiera hecho su tutor, sino que había salido de la boca de un fanático.
Fuera como fuera, tenía dos horas para dedicar a la lectura del cómic. Lo echó sobre su cama. El gesto fue de tal repugnancia que cualquiera habría dicho que, en lugar de un libro, lanzaba un boletín de notas. Se tumbó sobre el colchón y lo abrió por la primera página. Recorrió las letras del título con la yema de los dedos y, a continuación, resiguió el blanco del papel hasta la primera viñeta.
Diez minutos después, había leído un cuarto del total del libro. Sufría al pensar que solo necesitaría media hora más para terminarlo. ¡Veinte euros y solo cuarenta minutos de distracción! ¡Es un engaño!, exclamó para sí.
Para no seguir perdiendo el tiempo, cogió un reloj y un ensayo de su estantería. Cronometró cuánto tardaba en leer una página. Dos minutos y pico. Bien. Invertiría el mismo tiempo en cada página del cómic. Volvió a la página del principio y, dándose la vuelta, se encaró a un reloj de pared. Controlaría cada segundo que pasara en este. Se enfrascó, de nuevo, en el paisaje de la primera viñeta. Antes de que le diera tiempo de pestañear, levantó los ojos y vio las agujas del reloj. Habían pasado quince minutos. No, ese método no iba a funcionar.
Pensó en cuántas horas pasaba viendo cada película de media. «No, no es lo mismo. La entrada de una peli me costaría cinco euros y su duración sería de unas dos horas. Entonces, los veinte euros del cómic serían como cuatro pelis… Entonces, tendría que invertir ocho horas en total en el cómic.»
Para cuando acabó esos cálculos, las dos horas se habían esfumado.


VIÑETA DE JIRO TANIGUCHI.
FUENTE: http://silezukuk.tumblr.com/post/68309732087

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