(Artículo) Todo niño comprometido



Si de algo nos sirve la prensa del pasado siglo es para comparar el estado de las cosas de entonces con las de ahora. La conclusión que se saque de un vistazo tanto nos puede llevar a la depresión como a una satisfacción por los progresos hechos. Mi reacción a un artículo que Luis Landero publicó en El País en 1999 se clasificaría más bien en el cajón de la decepción, pero no quiero sonar derrotista a la vez que estoy dispuesto a ofrecer propuestas desde el optimismo; escribiendo sobre modelos de educación, como pasa con cualquier tema controvertido, uno se arriesga a contradecirse. O aún peor: acomodarse en uno de los extremos de la opinión. Si no creyera que como fruto de mi reflexión he sacado alguna idea útil, cuanto menos, para suscitar otras reflexiones, ni se me ocurriría teclear un texto de estas características. Entro en un terreno político a mis diecisiete; es peligroso, los antecedentes que crearon otros jóvenes no dan buena espina. Sin generalizar al colectivo adolescente, admitiría que las pocas veces que he aportado soluciones, he salido escaldado.
Aquello que dice Landero, eso de que «la gramática se aprende leyendo y escribiendo» no lo encuentro nada mal. De hecho, al leerlo, lo primero que se me vino a la cabeza fueron ejemplos de compañeros míos que, aficionados a los libros, se habían vuelto escrupulosos a rabiar con lo que escribían ellos mismos y los demás. Sin embargo, en sus palabras se nota que se esconde alguna otra intención; la de remarcar, una vez más, los beneficios de la literatura. Es evidente que cada uno mira hacia su propio bolsillo, y que, si habla sobre cómo se enseña la lengua en las clases, no sugerirá que los alumnos se apliquen en el estudio, sino que barrerá hacia casa y les ofrecerá el espectro de la novela, el relato, la poesía, etcétera… Este modo de ver las obras literarias como un incentivo para el aprendizaje de la lengua juega en contra del propio pensamiento; limita lo que se puede conocer con las palabras a un campo reducido. Reducido, claro está, si se compara con la amplitud que tendría si se abarcaran otros como el jurídico. Es normal que no sea la primera vez que ocurre si tenemos en cuenta que la mayoría de los que tratan estos temas tienen sus tinteros secos de tanto usarlos.
Quizá la propuesta de formar a los niños como lectores de literatura fuera efectiva en otro tiempo, pero ahora hay algo más urgente: la lucha contra la fragmentación. No se logrará que a alguien le guste la lectura si, mientras la pone en práctica, no sabe estarse quieto. En esto interviene la falta de atención y, de la mano de esta, la falta de interés; creemos que podemos renunciar a leer una cosa porque, sencillamente, no es tan seductora como nos la habíamos imaginado. Pero, partiendo de esta ignorancia de lo que se pudo y no se quiso leer, se abandona el gusto por desenmarañar las cortinas del alfabeto; por cruzar la frontera que nos separa a nosotros, oyentes por naturaleza, del mundo de las ideas. Cuando dejamos una lectura a medias deberíamos sentirnos como opresores, porque estamos impidiendo que los demás lleguen a nosotros y nos toquen, nos afecten. No obstante, lo que preferimos hacer es tranquilizarnos con pensamientos como: «Internet está lleno de artículos sobre esto, ¿por qué no escoger uno menos irritante?»; «Hay otros asuntos con los que preferiría perder el tiempo antes que con el de este ensayo»… Nos faltarían dedos para contar las excusas que nos damos. En el mundo del pasado, análogo, que está a nuestras espaldas, supongo que la gente se veía forzada a saber sobre algunos temas porque no había la misma cantidad de alternativas que ahora. Más allá de la elección entre el periódico de izquierdas o derechas, la variedad era reducida.
La libertad de elección que nos ofrece internet, el hipertexto informático, y todo lo que estos implican, no son algo malicioso. Como suele ocurrir, el defecto viene de su mal uso o de las malas costumbres que derivan de su uso, por inocente que sea. Caeremos en un engaño si nos refugiamos en la excusa de la que antes hablábamos. «Puedo prescindir de leer esto», nos decimos. Pero, en realidad, ¿podemos? ¿No será esta una nueva forma de hacer oídos sordos sin aceptar la censura misma que nos imponemos a nosotros al ignorar y a los demás al acallarlos?
La educación debe ser flexible; la necesidad, hoy por hoy, no consiste tanto en aficionar a la literatura, como en comprometer a los alumnos a reseguir las líneas de un párrafo —sea de una noticia, un prospecto médico... Una vez oí que cuando uno se volvía adulto, sentía más reparos en dejar de leer un libro; ese compromiso adulto (adulto, que no pervertido; no siempre es malo enseñar a los chavales los hábitos de los mayores) podría ser la solución. Quizá no la definitiva, pero, por lo menos, la que nos salve de la deriva de información corta(da), breve, insuficiente.

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