(Relato) Su hermano, hijo de un padre



Para ir desde la estación de tren hasta su casa, se tenía que tomar una de las calles que, en los mapas de la ciudad, aparecían en vertical; una de esas calles que caían en dirección al mar, como ramblas. Cuando se llegaba al primer cruce con otra calle se debía seguir en línea recta y no torcer por ninguna encrucijada hasta alcanzar Plaça de Cuba. Uno reconocía que estaba en ella por el monumento del centro, el edificio del Mercado; ¿Su fachada? Muchas columnas entre las que habían interpuesto ventanas. El tejado, desde el frontón del medio, iba bajando por dos laderas oscuras. Nada que decir sobre sus colores crema y blanco; más que, cuando hacía sol, se dibujaban las siluetas de los que paseaban a su alrededor. Invadía la plaza como un vagabundo que pone las piernas sobre un banco y nos impide sentarnos a su lado; de todas maneras en Mataró tenían gusto por la economía, e incluso ese contorno de plaza que quedaba libre lo aprovechaban para instalar puestos de fruta, verdura y ropa de mercadillo. Pasar por allí un sábado a las 7 a.m. debía de ser agradable; como Jaume veía lo que ocurría desde el balcón de su casa, no hacía nunca el esfuerzo de bajar las escaleras y plantarse en el lugar. ¿Y qué podríamos decir sobre el Mercado de Plaça de Cuba que no se supiese a simple vista? Quizá que fue hecho en los años treinta; que su arquitecto fue el mismo que el del Teatro Bosque, por suerte este proyecto no se le incendió; ah, y que sustituyó un mercado al descubierto que montaban allí mismo antes de su construcción. Ese último detalle le daba un toque de humanidad. Mientras que otros mercados parecen extraños por su amplitud, se estaba convencido de que este lo habían diseñado por una buena razón; para que los vendedores no pasaran frío. Decía mucho del ayuntamiento que lo había planeado. Decía, también, del arquitecto que lo había pensado, Lluís Gallifa Grenzner. Porque estamos seguros de que este tipo de edificios públicos no se diseñan; se piensan. Sus límites se ajustan a las manías de quienes van a trabajar en ellos, y no de quienes se encargan de su construcción.
Los conocimientos que Jaume tenía sobre la plaza en la que vivía no iban tan lejos. De hecho había poca gente que supiera nada sobre los misterios del lugar. ¿Acaso no te acuerdas? Nosotros mismos hemos consultado alguna que otra enciclopedia antes de dar el par de datos del párrafo anterior. Por alguna razón que no tenemos tiempo de explicar, los mataroneses preferían no averiguar la historia de Plaça de Cuba; habría sido como buscarle los tres pies al gato. Eran personas prácticas, ¿por qué tendrían que saber más de la cuenta? Se trataba de un lugar de puro tránsito. Tránsito entre sus cestos de la compra, sus brazos y las frutas, verduras, hortalizas que compraban. Y tránsito, por otro lado, entre los gritos de los vendedores y los murmullos de las señoras. Por lo general eran viejas las clientas que iban acompañadas por sus hombres. Las que tenían pintas de amas de casa iban solas y eran más educadas con el comercio. Tal vez su cortesía se debía a la timidez de los solitarios; tenían miedo de que, si hacían un gesto esquivo, algún desconocido se lo fuera a reprochar. Eran señoras inseguras que, sin embargo, alguna vez aparecían con sus hijos. La juventud no se veía mucho por ahí. Jaume lo agradecía; habría odiado vivir en una plaza o calle en la que hubiera habido muchos niños. Prefería la soledad de cuando lo rodeaban adultos. No hablaba ni con sus padres ni con la gente que se cruzaba por la calle. Aunque conociese a los dueños de las tiendas cercanas, al pasar por delante ni les saludaba. Le asustaba usar su propia voz. Creía que no tenía nada ingenioso que comentar. Escribía cuentos, tenía imaginación y, por ser un chico de su edad, usaba bastante el coco. Su problema se presentaba cuando debía inventar alguna frase de cortesía. Las palabras le faltaban; el aire también. Todas las fórmulas que había oído (« ¿cómo va todo?»; « ¿el negocio, bien?») le parecían anormales; poco adecuadas para un mocoso. Se le pasaban por la cabeza pero nunca se atrevía a pronunciarlas. Estaba seguro de que las personas reaccionarían con miradas de pánico, como si les hubiera insultado.
A veces, aburrido, se distraía paseando por esas mismas tiendas y haciendo notar a los tenderos que les ignoraba. Solían enfadarse; alguna vez le dirigían la palabra, pero él ni se giraba. Sabía que ese comportamiento le traería consecuencias. Esos mismos días pasaba que su padre llegaba a casa y le regañaba por haber hecho el vacío a tal o cual vecino. Por más que el hombre se trabajara una imagen amable de la familia, luego venía su hijo y los dejaba en ridículo con unos de sus espectáculos silenciosos. En los casos más dramáticos se había llegado al castigo; le habían prohibido que saliera más de cinco metros a la redonda. ¿Y por qué justamente cinco metros?, pensamos. Cinco metros son suficientes para llegar a la entrada de las tiendas que rodeaban su casa… Bien: las dos tiendas adosadas eran las que menos importaban. Su padre le había repetido cien veces que con los dueños de esas podía ser tan desagradable como quisiera. No tenían malas relaciones, pero tampoco eran las mejores. Sorprendía que, después de tantos años viviendo puerta con puerta, se conocieran poquísimo. Era lo que ofendía a su padre; pensaba que si esos comerciantes los habían ignorado como vecinos hasta entonces, ahora su hijo se encargaría de ignorarlos con toda desfachatez. Hubo un día en que, al llegar a casa, Dalmau (así era el nombre del padre) estaba hecho una fiera. Entró en el cuarto de Jaume y le rogó que bajara a la calle y diera un ruedo a la manzana. Concretó: «Quiero que saludes a los propietarios de las tiendas por las que pases, salvo a los de la carnicería de nuestra izquierda y los de la bombonería de nuestra derecha. ¿Queda claro?» El niño asintió. Al girar, primero, hacia su derecha, pasó por delante de la bombonería y dirigió una mirada a su interior. Le fascinaba su escaparate; rebosante de chocolate, frutos secos… Pero, una vez sus ojos se cruzaron con los de la dependienta detrás del mostrador, se volvió hacia delante. Su insolencia fue recordada y comentada algunos días. Un conocido comentó a su padre: «Dicen cosas horribles sobre tu hijo pequeño», y hasta entonces no aprendió que el chico no le servía como arma. «Tiene toda su vida por delante, ¿cómo he sido capaz de utilizarle así? En un futuro querrá buscar trabajo en esa bombonería y no lo conseguirá porque tendrán un mal recuerdo de él. He hecho mal… Pero ya no hay forma de solucionarlo. La próxima vez seré yo mismo quien entre en la bombonería y, acto seguido, sin abrir la boca, vuelva a salir. Se van a joder, se van a molestar…», se dijo Dalmau. Pero no hubo una nueva ocasión. La vida en Cuba era tan tranquila que, excepto cuando chisporroteaba alguna tensión, cada uno se dedicaba a pensar en cosas más importantes que sus relaciones personales. ¿Quiénes hablan de lo privado si no tienen problemas con ello? Se centraban en sus trabajos. Los comerciantes sonreían mientras metían y sacaban dinero de la caja; los demás currantes volvían a sus casas al anochecer. Los que no tenían oficio ni beneficio se conformaban con respirar el mismo aire que los que sí lo tenían.
En verano la costumbre era que la familia comiera junta al mediodía. Por la noche, en cambio, la situación se distorsionaba. A Jaume y su hermano mayor, Jesús, les entraba un hambre horrible a las siete de la tarde. Por pronto que fuera, comían, y, luego, se cepillaban los dientes. Cuando la madre de ambos, Eris, se enteraba, ardía tanto de rabia que les ordenaba que volvieran a sentarse a mesa y cenar lo que ella les preparase. Protestaban; tenían el estómago lleno y la lengua cegada con la menta del dentífrico. En esas condiciones no podían masticar nada más. Lo habrían devuelto.
En la cocina siempre había alguna cosa sucia. Era un problema que no se habría solucionado por más que hubieran limpiado. Barrían y fregaban a diario, pero, aun así, el blanco de las paredes resaltaba las manchas, el polvo y los restos de comida sobre las encimeras. Era un escenario feo, o más bien diríamos que poco elegante. Creían que dejando la puerta del pasillo abierta el aire que entrase por las ventanas de la fachada desembocaría en la cocina y arrastraría la porquería. Pero la cosa no funcionaba así; solo conseguían que una brisilla invadiese la casa. Como estaban en agosto, no le daban la menor importancia. Es más; lo consideraban una ventaja; muchas familias habrían pagado por un aire acondicionado que provocase tantos resfriados como esas corrientes de viento.
Ese día, a las dos de la tarde todavía no habían almorzado. Jaume corrió cuando oyó que su padre lo llamaba a la mesa. Su hermano hizo lo mismo, aunque no hubiera dicho su nombre. Su madre también los esperaban sentada. Habían colocado los platos en una armonía que invitaba a comer en ellos: Las servilletas, a un lado, estaban plegadas como era debido. Quien hubiera puesto la mesa se había fijado en que la sierra de los cuchillos apuntara hacia los platos, y no el exterior. Eran pequeños detalles en los que nadie salvo Dalmau se fijaba. De vez en cuando intentaba concienciar a su hijo menor de ellos. La educación que su padre le daba se limitaba a algunos modales: Por ejemplo, le preguntaba a su mujer si quería que pusiera agua en su vaso, y, antes de servirle, se giraba hacia el chico y exclamaba: « ¡Lo acabas de ver, así tienes que hacer las cosas a partir de ahora!» Pero era poco atento a ese tipo de delicadeza. Creía que la cortesía en las comidas era un obstáculo para los que disfrutaban conversando; te obligaba a estar pendiente de una serie de bobadas. Y, mientras te fijabas en cumplir esas bobadas, olvidabas el arte de hablar, de preguntar a los demás cómo les había ido el día, de comentar la prensa. Si Jaume leía el diario a sus diez años era por ese motivo; de allí sacaba algunos titulares que luego, en la mesa, recitaría de memoria. Le gustaba escuchar a sus padres mientras discutían sobre ellos. Eran de ideas tan opuestas que Jaume estaba convencido que habrían acabado divorciándose si no hubiera nacido. Los veía como un matrimonio poco estable en lo ideológico pero fuerte en la práctica del día a día. Se ponían de acuerdo en seguida con los asuntos más cotidianos; los dos habían aprendido a ceder. Había días que admiraba la resignación de su padre y días que prefería el conformismo de su madre. En definitiva lo que le gustaba más eran los silencios después de las discusiones.
Habiendo terminado el primer plato, Jaume alzó los ojos de la mesa. Sus padres y su hermano seguían aplicados en la tarea; golpeaban con los cubiertos en la cerámica y, así, hacían una sinfonía de soniditos estridentes. No era agradable. Dalmau se habría quejado si no hubiera estado disfrutando con la paella. Poneros en su piel: Primero habría tenido que tragar, enjuagarse la voz y, al fin, protestar. ¿No sería mejor: en primer lugar apurar la paella y, más tarde, reñir al personal por ruidoso? Entonces daría igual; todos ya habrían guardado los cubiertos en sus fundas. Después de darle vueltas decidió callar. Un plato como ese se comía de principio a fin, en un trance de buen masticador. Si alguien les hubiera interrumpido (el timbre de la puerta, un teléfono) no habrían reaccionado.
¿Qué habrá de segundo plato?, se preguntó Jaume. Vio un pollo asado y las patatas que lo acompañaban desde su asiento. Estaban sobre los fogones de la encimera, en una bandeja de vidrio. Por los bordes sobresalía el aceite con el que su madre había regado la carne. Esperaría a que todos hubieran terminado y les serviría uno a uno. No solía hacerlo, pero esa mañana se había despertado con ganas de demostrar su buena educación.
Para no aburrirse, mientras tanto, observó cómo su hermano comía. Jesús era un chico curioso: siempre vestía bermudas, incluso en invierno. Decía que, como hacía clases de tenis cada tarde, no le salía a cuenta cambiarse. Tenía dos pares de pantalones blancos y los alternaba; cuando veía que se había manchado los que llevaba puestos, los sustituía y no volvía a fijarse en ellos hasta al cabo de una semana. Pese a todo, que fuera el hermano mayor lo subía a un pedestal. Había hechos inevitables, como que él lo viera como una especie de héroe de carne y hueso. Un héroe más normal que los de algunas películas, pero, al fin y al cabo, alguien con poderes; capaz de crear tanto con sus manos como con su cabeza. Si le hubieran obligado a escoger un adulto en el que convertirse, no habría dudado ni un segundo; su hermano venía a representar la juventud en sus mejores años. O así era como se lo imaginaba desde la infancia.
Las personas se ven con poco rigor cuando uno acaba de saltar de la cuna. Albert deseaba convertirse en alguien que se valiera por sí mismo, como ellas. A la vez se horrorizaba cuando las veía trabajar. Era sorprendente que resistieran años haciendo las mismas cosas un día tras otro. Aunque se habría querido convencer de que no le pasaría, solo tuvo que dar un paseo por el mundo para ver que, cuando tenían su edad, la mayoría pensaba lo mismo. «Si ellos no han podido acabar con sus rutinas, ¿qué me hace pensar que yo podré?» Era un razonamiento deprimente pero realista. En el fondo se sentía satisfecho: Lo comprendía entonces, mientras que otros niños tardarían más tiempo. Darse cuenta de que la realidad no se parecía a la literatura era algo amargo. Además de un proceso lento. Jaume, poco a poco, iba acumulando sensaciones que le confirmaban esa idea: Lo leído en los libros no tenía por qué repetirse en el mundo; de hecho, nadie le garantizaba que hubiera pasado alguna vez. Imitar a los protagonistas de las novelas no le serviría de nada; sus escritores favoritos no se habían comprometido a crear historias que pudieran ocurrir.
Pensó que la única forma de aprender a ‘vivir’ sería seguir el ejemplo de los que vivían cerca de él. Eran modelos fijos, sólidos, que siempre estarían a su alrededor y que, por lo tanto, le aconsejarían en lo bueno y en lo no tan bueno. Olvidó la literatura y se refugió en sus abuelos, padres y, sí, sobre todo su hermano.
            — ¿Me pasa alguna cosa en la cara? —preguntó Jesús, sin levantar ni la barbilla. Había visto el reflejo de su hermano en el metal de su tenedor. Sus ojos se dirigían hacia él. Jaume vio con qué astucia le había descubierto y se puso rojo. No había nada que le molestase más; quería espiar a los demás sin ser espiado, sin que le reprocharan sus miradas. Le faltaba discreción.
Esperó a que su hermano se incorporara antes de responder. Dudaba de si se lo había dicho en plan bromista o más bien hostil. Le miraría a los ojos para saberlo: si fruncía el ceño, significaba que estaba de mala leche; si le guiñaba un ojo, andaba de buen humor. Las dos clases de voz que Jesús usaba confundían; una le servía para las frases excepcionales y la otra para los monosílabos. De vez en cuando cambiaba las funciones de cada una; su familia, acostumbrada a escucharle con esas particularidades, se quedaba atónita. Él disfrutaba viendo cómo sus caras emblanquecían. «Hacerse oír es un don. Pero hacerse oír con esta variedad de matices, va más allá de los dones. No lo lograrían ni los dioses, ni los profetas. La gente debe aprender a leer entre líneas no solo los libros, sino que también a sus amigos y a sus familiares. ¿De qué nos sirven las notas más graves y las más agudas si no las aprovechamos? Está bien que algunas voces de nuestra sociedad se dediquen a la música; los demás no tenemos que olvidarnos de las nuestras por ello. Podemos seguir usándolas con tanta riqueza como haríamos si nos quedáramos sin cantantes a los que escuchar. Ay… ¿quién sabe? Esa podría ser la solución. Si no hubiera más Caballés ni Pavarottis que engulleran el aire que nos falta a los demás, hablaríamos con pasión, gracia… Hablaríamos intensamente, estoy seguro. Como si nuestras vidas pendieran de un hilo en cada conversa entre colegas.» Guardaba esos pensamientos en su cuaderno de notas. Justo entonces lo sacó de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa. Recordaba a las libretas de los escolares, pero las páginas se cosían con un pedazo de tela en lugar de una espiral. La portada, negra, estaba cubierta por una capa mate; ese matiz evitaba que pareciese del mismo cuero que las Moleskine. En el centro había una pegatina para que el propietario le pusiera un título; había garabateado su firma en ella.
Jaume la miraba con curiosidad. No comprendía a su hermano: Era el miembro de la familia que menos novelas leía, y, sin embargo, el que más escribía. Cuando le acusaba con esa idea, se defendía diciendo que si no leía novelas era porque perdía el tiempo con otra clase de libros. En las estanterías de su cuarto no había ni un solo tomo. Su hermano pequeño acabó por deducir que debía de ir a la biblioteca y leer allí mismo; de no ser así, no se explicaría la retirada de escritor que tenía. Usaba ciertas palabras y hacía unos gestos concretos que le descubrían como tal. No lo habría disimulado ni aun queriéndolo: era un cúmulo de detalles lo que le daba ‘los aires de tío de letras’ con que sus padres solían describirle. Él, sin embargo, no decía nada al respecto. A sus dieciocho años no había dado indicios de ser un amante de la literatura ni en las páginas de otros ni en las suyas propias. El grueso de las notas en su cuaderno lo conformaban reflexiones sueltas, cotidianas… Era ese el tipo de lectura que le gustaba; de aforismos, conceptos breves. No creía en las narraciones, tampoco en la poesía. Por más esencial que fuera esta última, se negaba a entrar en el juego de perspicacia que implicaba.
            —No, no te pasa nada en la cara. —Llegaba tarde a responder; su hermano había vuelto a inclinarse hacia su plato. Había dado por sentado que no le contestaría. Al oírle sonrió. Habría añadido algún comentario, pero tenía la boca llena. Mientras con una mano sacaba brillo al plato, apoyaba el brazo de la otra sobre el borde de la mesa. El cuaderno quedaba oculto entre la manga de su americana y las arrugas del mantel.
Jaume, sin dejar de mirar a su hermano, se dijo: «Es un chico genial.» Y creyó que no tenía por qué dar argumentos; vivía con él desde que había nacido; la experiencia, sus recuerdos en común, le justificaban. Aunque no hubiera contado con esta memoria, con solo verlo habría reconocido su encanto. Su cabello se dividía en dos hemisferios: el oeste y el este. En el oeste crecían pelos, bajando hasta su oreja y metiéndose en ella. Eran pelos cortos, castaños. Nada que ver con los de su flequillo, peinados hacia el lado este y que cruzaban toda su frente; estos eran largos, brillantes de gomina. Los hemisferios coincidían con las dos mitades de su cara: izquierda y derecha. En la primera había un ojo más vivaz que el de la otra mitad. Cuando sonreía, apretaba la mejilla de la derecha, por lo que ese lado de su cara era el que quedaba más constreñido. Todo nos haría pensar que con un rostro tan extraño sus sonrisas eran poco naturales; no ocurría así. Cada una de sus muecas era tan expresiva  como la de cualquier actor de cine. Además, cada vez que pasaba de un estado de ánimo a otro lo comentaba con quienes estuvieran a su alrededor. Siempre eran cambios sutiles; sus descripciones, precisas. Esa mañana, por ejemplo, estaba a solas con su hermano y, de repente, le había soltado: «Hasta hace unos segundos creía que era un tío bastante completo. He pensado en  lo que he hecho y conocido hasta ahora y no me ha parecido nada mal: estudios, novias, amigos… Parece correctísimo. Me he dicho: ‘Es la leche que mi vida sea de una calidad tan fina. ¡Canela en rama!’ Pero, casi al instante, he caído en la cuenta del aburrimiento de cualquier vida bien redondeada. Sabes a qué aburrimiento me refiero, ¿no? Bueno, si no lo sabes, con el tiempo te darás cuenta. Hablo del aburrimiento del sentirse satisfecho, o, simplemente, sentirse ‘hecho’. Cuando tengo un objetivo y lo alcanzo, me considero alguien satisfecho; pongo un punto final a mi ambición, como se lo pongo a mi hambre cuando acabo de almorzar o cenar. En cambio, me siento ‘hecho’ cuando no he sido yo mismo quien ha provocado que me vea como alguien completo y feliz; ha sido el destino quien ha puesto la buena suerte a mi alcance. En ambos casos, me temo que me dejan con las manos vacías. ¿Qué es lo que queda dentro de mí? Un hueco, poco más.» Su hermano lo había mirado con los ojos como cáscaras de huevo. No se le había ocurrido nada que responder. Como ya estaba acostumbrado a esos vómitos verbales, solo se había puesto un poco nervioso. El problema se presentaba cuando hacía un discurso por el estilo con desconocidos presentes; la incomodidad se mascaba en el aire. En aquellas situaciones, él, de talento bastante irónico, remataba su palabrería con una bromilla; se oían risas y las escenas no resultaban tan siniestras.
Acabó su ración de paella. Aunque todavía tuvieran que comer el segundo plato, se levantó y, en la encimera, se sirvió otras dos cucharadas de arroz. Su plato humeaba de nuevo, como recién cocinado. No había nada que le gustase más que la comida mediterránea; se notaba su felicidad en la canción que canturreaba de mientras. Desayunaba, almorzaba y cenaba en cantidades generosas. Era un catalán de pura cepa; como tal, tenía un apetito que no se saciaba con cualquier cosa. Su madre lo sabía y, aunque le preocupaba su salud, le dejaba comer tanto como quisiera. Prefería que su hijo fuera así a que le diera por el vegetarianismo o por ser un quisquilloso.
No había llevado nunca barba. Le había crecido algo de bigote, pero no era intencionado. Los últimos días había dedicado poco tiempo al afeitado. Jaume se fijó en esos pelillos que salían de debajo de su nariz; le daban un aspecto todavía más adulto. Sin embargo, por mayor que pareciera, seguía actuando con candidez. Recordaba a los niños pequeños que se miran el ombligo y creen que pueden responder todas las intrigas del mundo a través de este. En realidad no era un inocentón ni un somiatruites, pero se esforzaba por aparentarlo. En la universidad se había acostumbrado a ver chicos de su edad que, creyéndose conocedores de la verdad, entornaban los ojos y decían que la política y la realidad apestaban. Leía el diario, como ellos; conocía algunas de las miserias del mundo, como ellos. Lo que no hacía era reaccionar como ellos. Su optimismo no se agotaba nunca. Tampoco se acababan sus ganas de mostrárselo a la gente. A través de la cortesía, de opiniones sinceras, de una mentalidad clara… «Suficiente oscuras son las cosas que veo. No sumaré dramatismo al asunto. Hay una pregunta que está mal formulada: ¿Por qué no debería ser derrotista? Yo preferiría responder a: ¿Por qué debería serlo?»
Esa impresión que daba a su familia y a sus compañeros se separaba de lo que realmente pensaba. Al llegar al fondo de algunas reflexiones, creía inevitable aceptar las conclusiones más pesimistas. En su día a día, por otro lado, también se había hartado de las tonterías de algunas personas. Por las mañanas, al despertarse, lo primero que se preguntaba era: « ¿De qué me sirve ser amable con mis padres, mi hermano, mis colegas…? Algunos de ellos no hacen ningún esfuerzo por esconder su amargura. Parece que la sufran con más dolor que yo, ¡juraría que no es así! ¡Qué bien viven algunos y cuánto se quejan de todos modos!» Con el paso de las horas veía más útil seguir resistiendo. Su amabilidad y su optimismo eran planes a largo plazo: no se sentía recompensado pero, con tiempo, le darían frutos. Oportunidades, fortuna, ¿quién sabe? Creía que el destino le ofrecería premios a cambio de su pasión por la cordialidad.
En el curso de su vida familiar había tenido ocasión tanto de aburrirse de sus padres como de adorarlos. La adolescencia no le había supuesto un obstáculo. Parecía que se hubiera librado de la edad del pavo; en realidad la había vivido en silencio. Cada vez que había sentido la tentación de responder a una crítica de sus padres, había apretado los labios y agachado la cabeza. Ese gesto, el de la cabeza gacha, en verdad era importante. Pedir disculpas con palabras habría sido el único golpe que habría roto su orgullo. Para conservarlo, había aprendido a inclinarse siempre que se veía en la obligación de pedir perdón o reconocer un error. Se imaginaba andando por la calle; veía un céntimo resplandeciente en el suelo y corría a cogerlo. La primera parte de ese encorvamiento era suficiente: adelantaba la espalda y, antes de que su brazo se avanzase a tomar el céntimo, borraba la fantasía de su cabeza. Así, los demás creían que mostraba su arrepentimiento cuando, en realidad, demostraba su codicia. Solo lo sabía él; el secreto de sus intenciones quedaba atrapado entre su imaginación y su cabecita pensante.
Antes de que Eris fuera a servir el segundo plato —siempre hacía los honores, Jesús se inclinó sobre la mesa como si, en efecto, pidiera perdón por algo. Sin embargo, esta vez no volvió a levantarla. Se había acodado y escondía con los brazos lo que tenía delante. No era su plato; lo había apartado a un lado. Su madre se detuvo en seco y le observó. Pronto descubrió que lo que había entre sus manos era el cuaderno. Le habían prohibido llevarlo a la mesa durante las comidas; por eso lo ocultaba. Le ordenó que fuera a guardarlo a su habitación. Le aseguró que era una falta de educación. «Es increíble que seas tan poco considerado con nosotros», le reprochó, elevando el tono de voz. Hasta entonces le había resbalado todo lo que había dicho. No obstante, había algún detalle en el significado de esa palabra —‘considerado’— que le había tocado. Se incorporó; todos vieron que tenía un lápiz en la mano izquierda, y que con  él había escrito en una página en blanco. Le debía de haber dado un brote de inspiración. Ya se sabe que, cuando uno come, no tiene más remedio que pensar. Es como cuando coges el tren y te has olvidado el libro que estás leyendo en casa; no te queda alternativa a mirar por la ventana del vagón y soñar, aunque no estés acostumbrado a ello. Jesús ya solía soñar con sus ideas en su día a día, pero, aun así, podía ocurrir que un pensamiento se le viniera encima cuando estaba ocupado con otra cosa. En este caso, ocupado con el almuerzo. Entre bocado y bocado había dado vueltas a algún artículo leído, o comentario oído, o imagen vista… ¡No tenía la culpa de que las musas le embistieran! Quizá ni se había preguntado si era incorrecto ponerse a escribir en ese momento; ante el temor al olvido, había agarrado el cuaderno y lo había abierto. Ni le había dado tiempo a terminar su segunda paella antes.
Cogió el cuaderno con fuerza y se levantó dando un golpe. Su padre dio otro golpe. Su rostro se había transformado en cuestión de dos, tres… cuatro segundos a lo sumo. Había pasado de la placidez a la furia. Los colores se le subieron un poco más tarde; sus labios, de fumador, hirvieron de nicotina. El sofrito de la paella había bajado por su cuello y, ahora, a través de su boca abierta solo se veían unos dientes relucientes. ¿Quién no le habría temido? Como padre, como enemigo… Esa nueva expresión le había cambiado a ojos de sus hijos y su mujer. Jaume y Eris lo miraban perplejos, mientras que Jesús se forzaba a sostenerle una mirada más dura. No se arrodillaría; esta vez, no. Apretó la mano en la que tenía el cuaderno; no había más culpable que él. Independientemente de los pensamientos escritos en sus páginas, era la manzana de la discordia. Un simple objeto, un recojo de folios… Lo habría quemado al segundo si eso le hubiera asegurado que su padre se tranquilizaría.
Ya no había ninguna certeza. Aunque intentaba ver más allá de sus ojos, su padre se había cerrado en banda e impedía que nadie dedujera lo que sentía. Tal vez le ardía la sangre, o se relajaría en pocos minutos… Las posibilidades variaban; bailaban por la cabeza de Jesús mientras se cruzaba de dedos y repetía: « ¡Por favor, Señor, haz que sea manso esta vez! ¡Sé que me he equivocado dando ese golpe, pero no puedo volver a disculparme! ¡Una petición de perdón más y reviento! Rezaré, daré dinero a un vagabundo, me aplicaré en la universidad… haré lo que digas, pero contrólalo.» Respondieron a su ruego. El padre, que le atravesaba con los ojos, desvió su mirada hacia uno de sus hombros. ¿Y qué había más allá de su hombro? Ah, sí, los fogones. Encima de estos, el pollo aún esperaba que le tocase salir a escena.
            — ¿El segundo plato llegará o en esta familia solo se sabe dar golpes? —preguntó. Jaume, queriendo tomar parte en el berenjenal, se dirigió a un armario y sacó cuatro platos. Los colocó sobre la encimera y cortó el pollo con la misma cuchara que usaría luego para pasarlo a ellos. Antes hemos dicho que solía ser su madre quien hacía ese ritual; no protestó, aunque se la veía inquieta. No debía de estar segura de que fuera a partir la carne como era debido. Se imaginaba que alguna patata resbalaría y caería al suelo. Como niño que era, se movía con torpeza.
Jesús, con discreción, fue a su cuarto y dejó su cuaderno. Al volver, su cara había dado una vuelta de tuerca; no era la misma que al comienzo del almuerzo. El paso del mediodía a la tarde, del sol en su cima al sol descendiente, le había afectado. Notaba otro cambio en los vistazos que su hermano pequeño le iba echando; eran más rápidos que antes, como si tuviera miedo de descubrir algo que no quería ver en él. En una ocasión Jesús le había dicho: «Que sepas que yo no soy un hombre. Soy un humano; sonriente y pacífico. Como no soy ni un hombre ni un ombrívol, no tengo que actuar como lo haría un hermano mayor, un marido o un padre: me he deshecho de esa frialdad. Quizá nunca me case ni tenga hijos, pero me recordarán porque habré sido humano.» Humano en lugar de masculino. Su hermano pequeño no estaba convencido del sentido de esas palabras. De todos modos asintió; no le había dado razones para dejar de creer en lo que contaba. Aunque no fuera el hombre que había visto en él, aún podía admirarlo, ¿no era así? Esa nueva idea de su hermano, que le había explicado como si quisiera que la difundiera entre sus amigos, había sonado como una imposición. No solemos cambiar nuestra impresión de alguien porque ese alguien en cuestión nos diga cómo lo debemos hacer; pero este hecho es tan insólito que nos trastoca. A Jaume le confundió un poco que su hermano intentase convencerlo del modo en que debía mirarlo. No dijo nada. Tampoco pensó nada. Dejó que esa idea de un joven que no era hombre pero sí humano se acostase en su mente.
Ni el lector ni yo tenemos ni idea de lo que pasaba por la cabeza de Jesús cuando se sentó a mesa de nuevo. Su inquietud era visible; ¿dónde habría perdido la naturalidad con la que nos referíamos a él? Pestañeaba al mismo ritmo que respiraba. Cada vez que sus pulmones se inflaban, la piel de la cara se le ponía más blanca. Su madre creyó que  había enfermado; no comentó nada, esperaría a ver qué pasaba. Y, de súbito, se oyó su voz. Sonaba firme, como si nada hubiera ocurrido.  Contó una anécdota de la universidad; empezó a esbozar una sonrisa antes de que hubiera acabado el relato. Hablaba apresuradamente y casi no se le entendía. Su madre se esforzaba en deducir algunas palabras por sus labios. Su padre, en cambio, hacía como que le ignoraba; su arranque de cháchara le había sorprendido. Jaume se quedó atónito y no atendió a lo que decía. Los muslos de los pollos, mientras tanto, seguían anclados en sus platos. El aceite se deslizaba entre ellos y las patatas despedían un vapor.
Como las ventanas estaban cerradas, no se oía el ruido de la calle. De hecho, el silencio de la casa era tan profundo que deberíamos preguntarnos: ¿No sería esa la razón por la que Jesús se había puesto a hablar tan deprisa? ¿Estaría evitando el silencio? Nadie sabía mejor que él que cuando se estaba callado, como cuando se comía o se iba en tren, se tendía a pensar. Tal vez lo que quería a toda costa era que ni sus padres ni su hermano pensasen en el golpe de la mesa. La imagen que tenían de él estaba en juego; solo la salvaría si conseguía que siguiera intacta en sus recuerdos. No se puede negar, creo yo, que se trabajaba a sí mismo como una obra maestra.

AGUAFUERTE Y AGUATINTA DE JOAQUIM SUNYER I DE MIRÓ

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