(Relato) Pasacalle para timbales




Envidiaba la amplitud de la habitación de su hermana. Cuando era pequeño e iba hacia su propio cuarto, al cruzar el de ella se detenía en el umbral. Se quedaba quieto, quietísimo, esperando que ella dijese algo. Una cosa así como: «Lo mío es tuyo; entra cuando te apetezca.» Pero nunca ocurría. Su hermana, solo una adolescente, se resistía a echarle e, hincando los codos en su escritorio, seguía con sus lecturas; habría deseado deshacerse de su hermano. Al contrario de lo que creía, para su hermana no era más que un niño... tenía toda la razón; Josep se comportaba como cualquier crío de su edad habría hecho. Fue creciendo poco y lento. En el momento de este relato contaba con once años; aún no sabía ni que después de comer debía lavarse los dientes.
Con el tiempo aprendería; todos aprendemos, pero por ahora su hermana Paula lo veía como un lastre. Qué chica: melena recogida y gestos duros. Era de esas personas que sentían que tenían un compromiso y lo convertían en un problema para comunicarse con los demás. Entendía que malgastar su tiempo con según qué gente la perjudicaba. Entre esos tipos dañinos —claro está— se encontraba su hermano. Por más que la edad justificase su poca madurez, ella no tenía ningún interés por verle progresar, cambiar sus ideas... Estaba centrada en buscar amistades que le abriesen las puertas del conocimiento —de un conocimiento concreto. En la biblioteca se detenía frente las estanterías relacionadas con la historia del comunismo y esperaba que alguien se acercara. Cuando algún desconocido tomaba un libro, lo seguía y se sentaba en una mesa próxima a la que eligiera. No se atrevía a hablar con nadie, sin embargo. Incluso callaba cuando iba a conferencias de estudiosos en apoyo del socialismo; veía que entre público algunas caras siempre se repetían. Rostros que de vez en cuando se volvían hacia ella; se quedaban con las ganas de dirigirle la palabra.
Aquel día, entró en casa y fue directo a la habitación de su hermana. Quizá quería revivir el rechazo con el que lo recibía cuando la observaba desde la puerta. Pero la puerta en cuestión estaba cerrada. Probablemente hacía tiempo que no la abrían. El picaporte había cogido color de tan poco usarse. El sol resplandecía sobre él y sobre el barniz de la madera. Josep puso sus manos sobre la puerta, pero no sobre el barniz; las hizo coincidir con los sitios en los que la pintura había absorbido su brillo. Eran pulgadas de un blanco tan apagado que pensaba: Seguro que un bromista ha garabateado la puerta con tiza. No me alarma lo que ha hecho; me alarma que un bromista haya llegado hasta aquí. ¿Qué intruso tiene las llaves de casa y puede acercarse hasta mi cama?
Tan solo eran locuras de niño. Como las que tú o yo podríamos haber tenido a su edad. Una característica de la etapa por la que estaba pasando era el terror como justificación para todo. Aquellas cosas que parecían absurdas se llenaban de sentido cuando les encontraba una explicación acorde con su miedo. En definitiva, se estaba volviendo un místico. No un místico de cirios y rezos; era un místico de leyendas urbanas. Todos los mitos sobre los que había leído eran susceptibles de entrar en su casa y matarle; estaba convencido. El silencio de su hermana no contribuía a que olvidara las paranoias.
Estaba demasiado cansado como para seguir haciendo bobadas. Despegó las manos de la puerta y fue hacia su derecha. La siguiente puerta era la de su cuarto. Estrecho, de paredes también blancas. El sol las pintaba con una gracia matutina. Se tiró sobre la cama. Era imaginable que no la había hecho él. Los lisos pliegues de las sábanas nos decían algo: su madre, ciervo de bosque, ordenaba cuando nadie más estaba a la vista. Debía de haber esperado a que Josep se marchara antes de entrar en su cuarto. Ahora parecía un estudio de persona adulta: sus lápices no estaba dispersos, habían sido recogidos en un cubilete; la ropa sucia había desaparecido; las persianas estaban levantadas. Todo favorecía la salud entre esas cuatro paredes. La madre de Paula y Josep, empeñada en arreglar hasta lo que no necesitaba arreglo, había dejado ese rastro de destreza y se había vuelto a esconder. Él se giró hacia la puerta, como si supiera que de un momento a otro aparecería. No fue así. Ni su madre ni su hermana lo visitaron. Estaba solo en ese interior limpio y a la vez siniestro.
Abrió las ventanas para que entrase aire; con él vino la voz de los transeúntes. Cada vez había más gente en las aceras de su calle. No se sorprendió: Eran las fiestas mayores de la ciudad. Una cercavila pasaría por allí dentro de diez minutos. De hecho, acababa de llegar de ese acto. Había estado persiguiendo a los gigantes durante un rato. Al aburrirse había decidido volver a casa. En los encuentros de gigantes que se organizaban en invierno pasaba más tiempo viéndolos bailar. En agosto, la canícula hacía insoportable mirar esos tipos grandones.
Cuando oyera la orquestra que los acompañaba se asomaría a la ventana. No habría sabido explicar qué le fascinaba de ellos, tal vez el movimiento de sus vestidos o que eran sinónimo de celebración. Hacía años que estaba enamorado; cuando se enteraba de que iban a montar alguna fiesta en la que habría gigantes de por medio, convencía a sus padres para que le llevasen. Han existido pocos admiradores más firmes de la tradición. Tenía suerte con la ciudad en la que le había tocado vivir; los apasionados de aquellas figuras de cartón las sacaban de paseo casi cada fin de semana. Mientras que en la mayoría de ciudades catanas salían por las fiestas mayores y guardaban polvo el resto del año, en Mataró era raro el domingo, sábado o día festivo en que no los airearan. Los padres se empeñaban en que los mostraran; la ilusión que daban a sus criaturas no tenía precio. Y ¿por qué no decirlo? Ellos mismos se ponían nerviosos cuando los veían avanzar. Poco importaba cuántos reyes enanos hubiera a lo largo de la historia; la estatura de los gigantes representaba el poder.
De repente oyó una canción lejana. Sonaban voces graves, que no pronunciaban palabras; cantaban onomatopeyas. A medida que fueron sintiéndose más fuertes, distinguió las notas de algunas grallas, los golpes de timbales. Sacó la cabeza por la ventana. Como vivía en el comienzo de calle, veía la gente del final como si fuesen miniaturas. Los tilos a lado y lado de las aceras dificultaban la visión. Daba igual; sus señores de cartón sobrepasarían las copas de los árboles; las sacudirían a su paso. Tal vez fue porque el pasacalle sonaba más agresivo de lo normal, pero imaginó que los gigantes, por amables que fuesen sus apariencias, eran guerreros. Cuatro guerreros: la madre, el padre, la hija y el novio de la hija. La herencia de un pasado en el que la familia no tenía más forma que esa. De un tiempo en el que los vestidos de mujer eran encorsetados y los hombres ceñían sables a sus cinturones. Viéndolos con perspectiva sorprendía que vistiesen ropas francamente raras; ¿por qué los caballeros llevaban falda? Comprendería que la vistiera el novio de la hija; en calidad de yerno, tenía que dejarse en ridículo. Pero... ¿el padre? ¿De qué le servía fruncir el ceño, orgulloso, si se travestía? Josep intentaba no hacerse ese tipo de preguntas. Prefería mirarle con admiración. Alguna vez había oído que a una mujer se la debía mirar de cintura para arriba; creía que, cuanto a gigantes, la misma idea era válida.
En otros balcones de su calle los vecinos iban apareciendo. Dos puertas más abajo vivía una niña con la que nunca había jugado. En esos momentos enredaba sus brazos en las contraventanas y se volvía hacia Josep. Pero sin verlo. O aparentaba que no lo veía. Él sí que se fijó en ella. Abrió tanto los ojos que, curiosa, no tuvo más remedio que desviar los suyos hacia él. No sabríamos qué decir a las personas que discrepan que los niños sepan ser sutiles. Había más clase en ese cruce de miradas que en Bardot poniéndose chapela.
            —Es bonita, ¿verdad? —dijo su madre. Acercaba los pechos al hombro del chico y le obligaba a seguir mirando hacia fuera; se sentía incómodo, no la había visto entrar. Miró de nuevo hacia la ventana de la niña y se alivió; seguía allí. Temía que se hubiera asustado al ver que una mujer salía de detrás suyo. Pareció divertida por la presencia de la madre. Aunque él hubiera querido girarse, no habría podido. Su madre estaba tan cerca que le aplastaba sin darse cuenta. Algunas de sus mechas habían caído sobre el cuello del niño y daba la impresión de que era quien las llevaba. Horrorizado, se desasió de ella. Sentía sofocos. Era curioso que hasta que ella había aparecido no hubiera notado los 30º de temperatura.
—¿No quieres abrazarme? Bueno, como sea… La comida está lista.
            —En cualquier momento aparecerán los gigantes. No puedo despistarme. Iré cuando hayan pasado de largo.
            —Ni hablar. —Fue tajante. — Ven a almorzar y cuando oigas que pasan por delante de casa te dejaré que vuelvas. He hecho sopa; se enfriará.
Tuvo que resignarse. La siguió hasta la cocina y se sentó en una de las sillas de mimbre que rodeaban la mesa. Su padre también estaba allí. Acababa de llegar, o quizá no había salido de su despacho en toda la mañana. Parecía afectado por la puñetería del verano. Aunque los cuencos no estaban llenos de caldo hasta los bordes, los rayos de sol acababan de colmarlos. No se podía tener apetito un día como aquel. Los tres notaban el estómago descompuesto; se forzarían a probar bocado.
Francisqueta, que así llamaban a la madre, intentó ser positiva. Se sentó y, cogiendo su cuchara, gimió de gusto. Por más dramática que fuera en su papel de hambrienta, no motivó a los otros dos. En dos minutos hubo sorbido toda su sopa. Le dijo a Josep que se diera prisas y sirvió el segundo plato. No fue hasta que le plantó un plato de merluza delante que el niño, fatigado, levantó la cabeza. Vio que su hermana faltaba entre ellos. Aunque fuera algo habitual, sintió el deber de preguntar. Pura cortesía; aun así, es verdad que los  niños como él no se fijan en ser educados.
            — ¿Por qué Paula no viene a comer?
Ella miró hacia la silla de su hija. Tampoco había reparado en su ausencia. Salió de la cocina. Parecía triste que se olvidaran los unos a los otros. No eran tantos como para perder la cuenta. Siempre habían sido cuatro, como los gigantes, aunque ni guerreros ni amantes de las faldas. Todos vestían pantalones hiciera frío o calor. Cada uno los llevaba con su propio estilo: los del padre, por ejemplo, eran chinos; los de la madre, ajustados y vaqueros.
Enric, padre de los chicos, dejó su cubierto sobre la mesa y se puso de pie. Oía cómo Francisqueta discutía con su hija en otra parte de la casa. El hijo lo miraba expectante, como si supiera que iba a intervenir. Parecía que su papel en la familia fuese ese: apagar el ruido. Lo sorprendente era que la cal de las paredes no se hubiera oscurecido con tantas peleas. Un día, una mancha de humedad apareció en el techo y Josep la atribuyó a los reproches que su madre había hecho a Paula. En otra ocasión la estantería de su cuarto perdió algún clavo; dedujo que era consecuencia de la mala lengua de su hermana. Cada pequeño incidente tenía un por qué. Andando por la calle no veía que los accidentes se relacionasen de forma tan alucinante; era en su hogar donde las intervenciones del destino se multiplicaban. Fue por eso que el día que su padre bromeó con que una maldición pesaba sobre el tejado de la casa, no dudó de ello. Oyéndoselo decir confirmó una vaga sensación que tenía desde hacía tiempo.
Solía pasar que su hermana dejara las discusiones a medias. Durante su adolescencia las había arrastrado hasta la tragedia. Cuando cumplió los dieciocho, cambió de su actitud casi automáticamente. Fue ese número, el uno y el ocho, cifra con cifra, lo que la convenció de que no valía la pena ensuciarse con ellas. Pero esa nueva costumbre no llegó de un día para otro. Tardó tiempo. Albert veía cuánto le costaba ignorar algunas de las acusaciones de sus padres. Apretaba los labios como quien muerde una naranja de piel verde.
Paula se apoyó en la puerta de la cocina. Solo su hermano seguía sentado a la mesa. Había dejado de discutir con sus padres, pero ahora eran ellos los que, en algún lugar de la casa, hablaban. Sería difícil saber si discutían; al enfadarse mantenían el mismo tono de voz. Volvieron y tomaron asiento. Pasaron por delante de su hija y Francisqueta la invitó a entrar en la cocina. Pero no lo hizo. Actuaba como si tuviera prohibido el paso hacia las estanterías, las encimeras y la gran mesa de madera. Miraba a los tres con una pose que a Albert se le hacía familiar; era la que él ponía cuando se detenía en el umbral de su cuarto. No siempre tenía la oportunidad de mirarla de cuerpo entero. Estaba más delgada que la última vez que la había visto fuera de la cama. Los kilos que le faltaban los ganaba en dureza. Las mejillas se le habían ensombrecido; los recovecos de algunos de sus huesos se hundían; parecía vacía de carne. Albert, de todos modos, la encontraba guapa. Su atractivo le ayudó a olvidar la niña que había conocido cinco minutos antes. Había perdido todo interés por conocerla. Teniendo tal paisaje al lado de su habitación, ¿qué más daban las demás chicas? No se habría atrevido a espiarla por un cerrojo, pero se permitía mirarla como a una desconocida.
            —Siéntate, Paula. No tienes por qué montar el espectáculo todo el día.
            —No hasta que me deis una casa y libertad. Quiero volverme a apuntar al partido.
—Eres una mujer adulta y cuentas con la libertad de la que hablas. —No nos engañemos; su madre no estaba abriéndole los ojos. Paula sabía qué diría a continuación. — Si quieres desperdiciar tus dieciocho en las juventudes de esa gentuza, hazlo, pero sabes lo que va a comportar. Tendrás que recoger tu ropa, tus libros y dejarlos fuera de esta casa.
Dio un paso hacia atrás y cerró la puerta, quedándose en el otro lado. A través del cristal martillado, vieron cómo daba la vuelta y volvía a su cuarto. No saldría hasta dentro de otros tres o cuatro días. Su hermano se deprimió. Se dio cuenta de que la música había aumentado como si la tocaran en la misma cocina. Corrió a su ventana; los gigantes estaban acercándose a paso lento. Se giró hacia un lado y vio que su hermana también se había asomado. Sacaba los brazos como si tuviera la intención de tirarse. Clavaba las axilas en la baranda; solo eso frenaba su caída. En fin, cada año la misma historia: el calor aguaba la fiesta mayor con una especie de fatiga.

MARÍA DOLORS, ÓLEO SOBRE TELA DE JOAQUIM SUNYER I DE MIRÓ.

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