(Relato) La escritura



Hay una cadena de cafés cuyo nombre es el número de días del año. Sin que sea bisiesto, claro; la excepción queda al margen. Están por todas las partes. En Carrer del Carme, por ejemplo, han colocado ni más ni menos que dos. ¿Qué sentido tiene que la misma cafetería, con los mismos bocadillos y las mismas pastas, esté en un punto y otro de una calle? Que no me lo pregunten. Hace un año que vivo en Barcelona y aún intento comprender los absurdos que me chocaron al llegar.
La cuestión es que uno de estos cafés se encuentra enfrente del claustro de la Biblioteca de Catalunya. Pero decir eso no es exacto; al salir se debe cruzar en diagonal hacia la otra acera. Lo que está justo delante es un restaurante, pero, como parece no pertenecer a ninguna franquicia, desconfío de que vayan a tratarme como a cualquier cliente. Es lo que me aburre de los establecimientos pequeños: tienen su público habitual, al que miman porque saben que volverá. Los que somos su público extraordinario, ¿qué? Solo nos aman en los cafés que se repiten como setas; nos refugiamos en ellos buscando algo conocido.
Muchos dicen que cuando se habla de bebidas el precio está de más. No me convencen. Si había quedado con mi amigo allí era porque sabía que los cafés valían un euro veinticinco. ¿Qué me decís de esos céntimos extras que nos cobrarían en otros lugares? Con veinticinco céntimos más, y veinticinco más, etc., etc., pagaríamos un sexto café. La satisfacción sería grandísima. Cuando comento estos cálculos, la gente se sorprende. No sé si es por su nivel de matemáticas o porque no está acostumbrada a darle más de dos vueltas al coste de las cosas. Si defiendo esta filosofía no es porque no me guste ventilar mi monedero. Veo este tipo de trucos como un juego. La finalidad de beber café es activarse; lo sé. Pero una persona que ya ha nacido con los nervios puestos no necesita café. Sin embargo, su gusto me obsesiona: necesito sentirlo en mi lengua como si fuera un pañuelo rojo y perfumado. No le puedo dar el mismo fin que todo el mundo, pero me resisto a verlo como una inutilidad. Le he dado mi propio fin; lo tomo para comparar precios entre bares, apreciar la intensidad con que lo sirven, la cantidad de leche… Nos pasaríamos la mañana enumerando los aspectos que se pueden tener en cuenta. Siempre los revisaba del primero al último. Si me hubiera dedicado a la literatura, como hacía mi amigo, habría escrito sobre el café. Me habrían recordado por eso. Cuando alguien teclease ‘café’ en Google, le aparecería una foto mía entre los artículos relacionados. Mi delirio llegó a cotas tan altas que me puse normas: Lo bebería exclusivamente después de estar en la Biblioteca. En cuanto salía, lo que había estudiado se me olvidaba y solo tenía ojos para una taza humeante. Dependiendo del día lo tragaba con mayor o menor rapidez; nunca tenía prisas pero me sentía tan sediento que lo agarraba como si fuese agua de oasis.
Ese día pasé más tiempo de lo habitual en la Biblioteca. Había quedado con Josep al mediodía. En lugar de escaparme a las 11:45 a.m., esperé  hasta un cuarto de hora más tarde. Tardaba cinco minutos hasta el café, por lo que llegaría con retraso. Esa demora era necesaria: nunca he conocido a nadie que fuese puntual a mis citas. O bien yo era el primero o bien coincidíamos. No niego que la puntualidad sea un arte, pero exige aguante. Quien decida ir a la hora justa será recordado como un gran tipo, pero perderá el tiempo en las esperas por la tardanza de los demás. Ser puntual es ir a contracorriente; la actitud que implica un desafío convierte quien la tiene en el engranaje torcido de un reloj; su giro estorbará los demás engranajes, pero no los frenará. ¿Por qué? El reloj ha sido creado para seguir hacia adelante aunque una de sus piezas se pare.
Hasta ese día había tenido la suerte de relacionarme con despistados. Nunca antes había visto a ninguno de mis amigos llevar reloj. Sus brazos iban libres de ataduras; alguna pulsera, pero nada más. La gente con que me codeaba era de una mala educación que tranquilizaba. Estábamos dentro de la ley de los que rompen las promesas de hecho; que se preocupan poco por dar buena impresión. Éramos balas perdidas pero teníamos asumida nuestra condición. Nos comprendíamos; cuando alguno conocía a alguien formal, lo explicaba y reíamos; ¡qué graciosos los que se enfadaban por nuestros descuidos! ¡Ni que hiciéramos nada que nos  hubieran prohibido!
Antes de mirar hacia la puerta del café, tragué aire; quería ser el primero en decir hola. No sé de dónde venía esa certeza de que ya estaría allí, pero la cuestión es que estaba. Lo que no me esperaba era que hubiera entrado sin mí. Lo vi a través del cristal de la calle; se movía alrededor de una de las mesas, con un libro entre las manos. Lo dejó sobre la madera y volvió a dirigirse a la entrada. Como no entendía qué hacía, retrocedí unos pasos y fingí que no había visto nada. Al final le saludé diciendo:
            —Mi señor Josep, ¿cómo va?
Me miró como si me hubiera tomado demasiadas confianzas. Hacía medio año que no nos veíamos —desde que habíamos abandonado la universidad. Lo que sentí al verlo fue único: volví a conectar con él, con su complicidad, como si no nos hubiéramos separado ni un día. No me pasa con todos mis colegas: algunos, por más que los vea, se me antojan como desconocidos. Quizá sea sus ojos lo que decida la familiaridad que desprenden: unos solo saben mirar hacia el suelo, y debe de ser eso lo que los hace extraños. Otros, que no apartan sus ojos de los míos, parecen querer entrar en ellos. Tenía otros rasgos a su favor, como la timidez. Al estar en público no dejaba de mirar hacia su alrededor, el cielo, la persona con la que hablaba… Temblaba y hacía gestos bruscos. Esa forma de ser, que definiríamos como torpe, me daba lástima, y, de la misma manera, resultaba simpática.
Pese a que reconocí sus tics, había algo raro en ellos. Eran más bruscos que en el pasado. Pero no era posible que su timidez hubiera ido a más: estaba informado de que dos o tres semanas atrás había publicado su primera novela; había dado algunas presentaciones que —deducía— le habrían recolocado el rubor.
            —Llegas cinco minutos tarde. —me soltó.— Si hubieras hecho la mili con mi padre, no habrías vuelto a casa con piernas.
Un golpe inesperado. ¿Esa era su forma de recibirme? ¿Después de todos esos días? Encajé su desprecio. Al fin y al cabo estaba allí y no huiría. Es cierto que me rodeaban dos o tres calles por las que podría echar a correr, pero Barcelona, pese a sus dimensiones, es un laberinto en el que todos nos reencontramos. No perdería el sentido del ridículo con  alguien próximo a mí.
Lo siguiente que hizo fue pasar uno de sus brazos por mi hombro. Me condujo al interior, apretándome contra su pecho. No actuaba con agresividad; era de una dulzura propia de compañeros íntimos; pero sabía que, en el fondo, si se comportaba así era porque mi retraso le había dolido. No era su timidez, sino su rencor, lo que había empeorado con el paso de las semanas. «He de disculparlo», me dije. «Ahora es un escritor publicado… ¡un escritor publicado, que se dice pronto! Tendrá preocupaciones en su cabeza. Con mi retraso aún le he cargado de más negatividad de la normal en él. Soy un inconsciente. Ya me lo decían, que pensaba demasiado poco.» Así, seguro de mi propia falta, me senté a una de las mesas. Él se puso delante y, después de dejar su chaqueta sobre la silla, se fue al lavabo. Una camarera se acercó y me preguntó qué querría. Estaba tan acostumbrado a pedir solo un café que me costó encontrar las palabras:
            —Espere un segundo. Vengo acompañado. Mi amigo ha ido al baño. Cuando vuelva, le llamaremos. —Antes de encontrar estas frases simples balbuceé. Entre punto seguido y punto seguido, había ido enrojeciendo. Si lo pensaba bien, no era menos tímido que Josep. Ese era el motivo por el que nos entendíamos; no hay nada que una más a dos personas que los defectos.
Observé su chaqueta. La había dejado de modo que las mangas coincidieran con los cuernos del respaldo. Mostaza, textura fina, de poliéster por fuera y con una capa de algodón por dentro. Así, arrugada, me recordaba a los cruasanes horneados que había en un mostrador. Mis ojos iban de un punto al otro, comparando la dulzura de unos con el tueste de la prenda.
No había llevado chaqueta. Estaba desprotegido; vistiendo una camiseta cuyo precio había amortizado durante el verano; en septiembre, su tejido había empezado a encartonarse; me sentaba mal, el aire fresco entraba por el cuello y las mangas; me producía escalofríos. Le habría pedido que me prestase su chaqueta; habían encendido el aire acondicionado en el local. Por algún motivo que no comprendía, me impedía a mí mismo decir nada; me ponía excusas como que era poco masculino pedir ropa de abrigo. ¿No sería su recibimiento, y no el frío del ambiente, lo que me había helado? Todavía era pronto para asimilar esas impresiones. Cuando se vive una sorpresa, se necesita tiempo para ver su impacto. Hasta que no se entiende, toda experiencia es normal; estaba tan acostumbrado a mi realidad que, cuando se salía de sus esquemas, creía que seguía dirigida por la cotidianidad.
Me fijé en que el libro de antes seguía sobre la mesa. Lo había dejado —¿estratégicamente?— sobre la esquina; la mitad pendía y amenazaba con caer. Tardé algo más en darme cuenta de que era su novela. No la había visto hasta entonces. Reconocí la portada por alguna foto del Facebook de su editorial. Fondo blanco y una acuarela en medio; me hizo pensar en los centros de mesa que decoran con flores y plantas. Su nombre, en tinta negra, se escondía detrás de unas pinceladas. El título, en cambio, se imponía sobre el conjunto; también en negro, pero con una tipografía más elaborada; letras de cabos elegantes.
Regresó y me comentó que el baño estaba en condiciones aceptables. No sabía si insinuaba que, si quería ir, podía. En fin, me limité a asentir. Levanté una mano para que la camarera supiera que estábamos listos. Él se extrañó por mi gesto. Preferí no explicárselo. Para economizar movimientos, pasé de la mano alzada al puño cerrado y un dedo señalando el libro.
            —Oh, asombroso —dijo, tras seguir la dirección de mi dedo. —Alguien ha olvidado mi libro aquí. Espero que quien sea se lo haya terminado antes de abandonarlo… O quizá lo haya dejado expresamente. Es eso que ahora hacen, ¿sabes? Algunas personas leen libros y luego los dejan en espacios públicos. A mi entender, es como parir y rechazar el bebé; la lectura solo es el principio de una experiencia que sigue en las bibliotecas de nuestras casas. Y esto no es nada bueno para la editorial.
Se guardó el ejemplar en un bolsillo interior de la chaqueta. Como era pequeño, se ajustó a las medidas del hueco. Por más que pensé en ello, no entendía qué pretendía con aquella interpretación. Me puse tenso en cuestión de segundos. Había pocas cosas que me preocupasen más que eso: las intenciones secretas. Era evidente que ese espectáculo estaba dentro de un plan, ¿pero en qué consistía ese plan? ¿Por qué estaba interesado en ponerlo en práctica delante de mí? Me sentí implicado en un embrollo invisible, que no conocía. Le podría haber reprochado que le hubiera visto dejando el libro sobre la mesa, ¿pero cómo reaccionaría? Era lo que temía. Y por otra parte me negaba a aceptar que hubiera alguna cosa turbia en todo eso. Después de tanto tiempo viéndolo como un colega, sería difícil cambiar la imagen que tenía de él. Aún sin saber en qué andaba metido, perdí toda confianza. La sinceridad que le reconocía desapareció. A partir de entonces era como un desconocido, o, lo que es lo mismo, un enemigo. Toda complicidad se borró; creo que él mismo lo notó. Me miró de la misma manera que lo había hecho antes, pero empecé a leer entrelíneas los giros de sus pupilas. Cada uno de sus movimientos, por inocente que fuera, parecía una declaración de guerra. Los controlaba. En el instante en que se sentó de nuevo, me encogí de hombros. Era imposible que oyera los latidos de mi corazón, que supiera lo que pensaba, que comprendiera mis sospechas… Entonces, ¿por qué  actuaba con precaución? Lo veía en sus manos; que, antes de hacer nada, tanteaban el terreno. Por ejemplo, cuando quiso pedir una birra, antes me miró de arriba abajo; como si vigilara que no fuera a hacer nada raro mientras se giraba y exclamaba:
            —Perdone, pero mi amigo ha levantado la mano porque ya sabemos lo que queremos.
Al volverse me sonrió. Querría decir aquí, susurrando, que no me gustaba que mis amigos me sonrieran. Era serio; solía ver mi indiferencia reflejada en los demás, como espejos. Que alguien rompiera esa costumbre  me alteraba. Mi desconfianza creció. Parecía que, después de darse cuenta de que sospechaba de él, intentara recuperarme. Pero no me hizo creer que su pensamiento y el mío estuvieran ligados por nuestra amistad; más bien me transmitió ansiedad. Sentía que estaba acorralado incluso en mi subconsciente. Le comentaba alguna bobada sobre el clima mientras pensaba: «Quizá si escapara me perseguiría. Tiene un guion en el que ha escrito cada acción que debe hacer en función de mis reacciones. Es mecánico; se ve en su rigidez. Sigue siendo el chico que conocí, pero está al servicio de una misión… ¿pero una misión de qué?» La camarera interrumpió mi paranoia. Me di cuenta de que mi boca seguía abierta, pronunciando palabras; no sabía qué le estaba diciendo; callé.
            —¿Qué querrán?— nos preguntó.
            —Una cerveza para mí y un café para él.— respondió Josep; la muchacha se fue detrás del mostrador. No me sorprendió que supiera lo que quería. Cuando iba a la universidad, el café ya hacía tiempo que estaba en mi vida. Me molestó que lo dijera con seguridad. ¿Y si había cambiado mi rutina? Todavía oscureciéndolo más, me pregunté: ¿Y si quiere que lo beba por alguna razón en especial? ¿Es parte de su guion, esto de pedir un café para mí?
Debió notar mi irritación; insistió en que pagaría el desayuno de los dos. A continuación, vi con claridad que, aunque él no tuviera ningún plan, nuestra cita estaba convirtiéndose en un fiasco: se había hecho con el control de la situación; había querido alardear de su libro, y lo había hecho intervenir; había querido que tomase un café, así que lo había pedido. Esas insinuaciones se podrían haber vuelto órdenes: ¡Mira mi libro! ¡Bebe café! Las diferenciaba de un tono autoritario la calidez con la que me respondía. Además parecía tan indefenso… Los huesos se le marcaban a través de la camiseta. Su clavícula era una estantería vacía. Su fragilidad se contradecía con la idea que tenía de él. Me confundía a mí mismo; cada pensamiento sobre Josep se oponía al anterior. Por un lado me decía que estaba sujetándome como a una marioneta, y, por otro, me compadecía de su estado.
            —¿Qué te pasa? Las mejillas se te han hundido. Con el sol que entra por la ventana, parece que te hayas maquillado sombras en los lados de la cara.— Era la primera vez que me refería a su físico. Evitarlo habría sido una falta de cortesía; recordaba a las personas enfermas. Interesándome por él, quizá alcanzara el fondo del otro asunto.
            —El trabajo, que poco a poco destruye.
            —Si te destruye un trabajo que te gusta, imagínate cómo sufren las personas que odian lo que hacen.
            —No es lo mismo… —respondió después de reflexionar.— Esas personas no saben lo que se hacen. Deambulan, hacen tareas que no les interesan para ganar dinero… Lo insólito sería que no se agobiaran. Mi situación viene del esfuerzo demasiado continuo.
Esa idea, la del ‘esfuerzo demasiado continuo’, me dio la sensación de algunos poemas clásicos: esos con versos libres que están como deshilachados; destrozan la visión de las estrofas con la misma medida. Le miré  interrogante, con tal que se explicara.
            —Ese esfuerzo es… ah, no sabría describírselo a alguien que jamás lo ha sentido. —No noté el ataque. El comentario pasó desapercibido hasta que, al cabo de unos días, rescaté el recuerdo de esa conversa. No me miraba desde su asiento; estaba sobre un trono de pedantería.— Se trata de levantarse cada mañana con la idea fija de hacer. Y estar haciendo todo el día; pensar en hacer incluso cuando se tienen las manos vacías, cuando se anda por la calle… Convertir en una obsesión lo que no es un vicio, sino un trabajo.
            —¿Y si te obsesionas con ello no se convierte en un vicio?
            —Por más que te obsesiones, un trabajo es un trabajo; nunca le vas a encontrar el mismo placer inmediato que a un vicio. Las recompensas del esfuerzo vienen con el tiempo. Lo que no sabía cuando empecé a disciplinarme era que los meses pasarían y me desgastaría. Hago lo mismo que medio año antes, pero la calidad del resultado ha empeorado.
Dudaba antes de decir nada, como si temiera que no fuera a comprenderle. En mi mente esas ideas no eran tan abstractas: me lo imaginaba frente su escritorio, escribiendo, haciendo trizas el problema de la página en blanco. Sus manos, largas, habrían sido útiles para un pianista. Supongo que también le servirían para escribir más rápido. Llegar a la tecla delete a veces se le convertiría en una odisea; sentiría los dedos entumecidos, la cabeza hueca. Decía que necesitaba forzarse a hacer para lograr su objetivo; al mismo tiempo acariciaba su libro a través del bolsillo. Mientras hablaba se justificaba con gestos como ese. Era inquietante —se tenía que atender a detalles para no perder el hilo de sus palabras— e ingenioso. Olvidé la intriga que había visto en él; quizá me había obcecado demasiado. ¿Acaso no era posible que fueran locuras mías; que sus intenciones fuesen más ingenuas? Me expliqué a mí mismo: «Ha dejado el libro sobre la mesa antes de mi llegada para demostrarme que ha sacado provecho a su tiempo. Solo quiere que le admire… ¿y qué tiene de malo? Significa que le importa lo que piense. No hay mayor halago que me pudieran hacer.»
El tema de su escritura me interesaba. Le hice algunas preguntas. Contestó con dificultad. De vez en cuando se llevaba una mano a la cabeza y se rascaba la sien. Fruncía el ceño como si mi voz fuera una maraña que le costara descifrar. Con tal de facilitarle las cosas, rebajé el nivel de mi discurso: Dejé de lado las oraciones coordinadas y subordinadas; solo usé simples. Sujeto, verbo y complemento. No me atreví a pronunciar ninguna pasiva por miedo a que confundiera el sujeto paciente por el agente o se montara algún lío mental. Fue descorazonador que, a cada minuto, se volviera menos lúcido. Su cansancio, hasta entonces interior, se tradujo en un rostro triste. No podía mirarle. Me desmotivaba; y, si me desmotivaba, olvidaba todo tema de conversación. Bajé los ojos al café, que humeaba delante de mí. Cuando él tomaba la palabra, en lugar de levantar la vista la arrastraba hasta el dorado de su Estrella.
Apenas hablamos algo más. Toda respuesta se hizo rocosa; comprometía al otro a decir algo más. Nos fuimos turnando una palabra que ninguno de los dos quería tener. Esperaba que, en algún momento, se decidiera a callar, pero no ocurrió; se empeñaba en añadir algo más, un último apunte. Por más estúpidos que fueron nuestros comentarios, se repitieron hasta ensuciar nuestro amor propio. Llegamos a un extremo en que me dije; si vuelvo a abrir la boca, perderé mi dignidad. La opción que me quedaba era rescatar nuestras voces de la monotonía con alguna observación sobre mi amigo; se vería obligado a salir de su zona de confort; nada le alteraba más que las descripciones sobre él mismo.
            —Hablando contigo me doy cuenta de que alguna cosa se agota en tu cabeza.
No diría que le desarmé, pero le faltó imaginación para responder. Comprendía que, después de escribir tanto como lo hacía, se hubiera secado de creatividad y necesitase unas horas de silencio antes de volver a pensar; a imaginar; a aquello a lo que se dedicaba.
Me daba vértigo aceptar lo obvio: no nos quedaba nada que decirnos, y, quizá, no volveríamos a sentir el deseo de comunicarnos nunca más. Las palabras no faltaban; había mucho sobre lo que discutir. No obstante, lo que yo había perdido era el interés en dirigirme a él. Habría encontrado más cosas que comentar con la camarera que con ese desconocido, o conocido, o titiritero, que, en su intento de seducción, me había perdido. Ni me pregunté si no sería yo quien estaba siendo artificial. Me sentía más dispuesto que nunca a hablar con naturalidad; pero, enfrente de esa piedra —o mineral; ¡recordemos que ha publicado!— mi malestar crecía. Había perdido el apetito. Por suerte, solo quedaba una capa de café en mi taza. La apuré y me levanté antes de despedirme. Nos estrechamos la mano; el tacto de su palma era como de un saco de boxeo.


DIBUJO-COLLAGE (HOMENAJE A PRATS), DE JOAN MIRÓ
FUENTE: http://www.fmirobcn.org/es/

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