(Cine) Nota sobre Aimer, boire et chanter, dirigida por Alain Resnais: La vida es una obra ¿pero de teatro, cine...? ¿O acaso es una historieta?



Va siendo hora de definir con exactitud las últimas obras y las obras póstumas de algunos creadores. Ni todos las crean con la voluntad de que sean testamentos, ni, por lo tanto, tienen que ser tratadas como tales. Estamos convencidos de que si la muerte no hubiera sobrevenido a Alain Resnais el año pasado, habría seguido filmando con esa pasión que se entreveía en toda su producción. Aimer, boire et chanter, a diferencia de películas como A Torinói ló de Béla Tarr, no se nos antoja como un testamento. Es más bien un epílogo en el que Resnais redondeó su propio mundo. La última escena, en la que asistimos a un funeral, nos llevaría a pensar lo contrario, ¿pero acaso el cine de Resnais no está lleno de esa amargura que sigue a la ironía y el humor?
Es importante remarcar la diferencia entre testamento y epílogo porque, mientras el primero suele abrir las puertas a generaciones de creadores posteriores o nos deja con la esperanza de encontrar cosas parecidas en un futuro, el epílogo es sencillamente un gesto: la mano que, alzada, nos dice adiós. Quizás Resnais, como fue uno de los cineastas de la nouvelle vague que la vivieron con un estilo más alejado al de otros que formaron parte de ella, quiso hacer películas que no implicasen la reivindicación de un modo concreto de hacer cine. Una comparación simple nos bastaría para confirmarlo: Si se coge a Alain Resnais y se lo pone al lado de (casi) cualquier otro director del panorama de cine de autor actual o pasado, parecerán venir de mundos diferentes. Era el mismo Resnais quien, en 1961, decía: «Siento que estoy dentro de una tradición cinematográfica. Me siento mucho más en contacto directo con el cine del pasado que como un innovador.» ¿Entonces? ¿Qué debemos creer? ¿Que Resnais partía de cero o que bebía de la tradición que existía detrás de él? No es un cineasta fácilmente clasificable, de eso no cabe duda. Empezando por su rechazo de ideas como la de 'autor', o esa negación de que lo que el espectador tuviera delante fuera algo vanguardista, nos convencemos de que lo que lo convierte en alguien único, de una personalidad inimitable, es ese rechazo a aceptar cualquier tipo de etiqueta.
Centrándonos en ese epílogo, esa última obra que es Aimer, boire et chanter, comentaremos que su protagonista es alguien que no aparece en pantalla: George. Omnipresente, a la vez que ausente. Le han diagnosticado una enfermedad; le quedan seis meses de vida. Colin, un amigo suyo, se entera porque conoce al médico que le ha estado tratando. Kathryn, mujer de Colin, lo intuye. Estos dos últimos forman el primer matrimonio que ama, bebe, canta... y, ante todo, actúa. ¿Qué los lleva a actuar? Bajo la dirección de un tal Peggy, están preparando una obra de teatro amateur. En ella no están solos. Una amiga del matrimonio, Tamara, también está metida en ella. Y su marido, Jack, aunque no participa en esta, acaba implicándose como el que más.
Los dos matrimonios conocen de sobras a George. Se lamentan por la noticia de su inminente muerte. Piensan en llamarle, en acercarse a él, en cómo podría aprovechar esos últimos meses... Y una idea les enciende las mentes: quieren que se una al reparto de la obra.
Con el paso de las estaciones del año, los ensayos se irán repitiendo. Interiorizarán tanto la obra que sus conversaciones se confundirán con los diálogos de ficción. Veremos que, en ocasiones, el teatro será el que ponga las palabras más verdaderas en sus vidas. Y, otras veces, sus discusiones llegarán a un dramatismo en el que se mezclarán con la obra, y nos preguntaremos: ¿Deben de estar ensayando... o realmente están peleándose? La verosimilitud que tantas veces se exige a los intérpretes se contradirá con los comportamientos alocados de estos matrimonios de Yorkshire. ¿Qué permite el teatro? ¿Y qué permite el cine? Las preguntas sobre las disciplinas que interesaron a Resnais se reformulan a lo largo de sus películas. Si tuviéramos que decir que Aimer, boire et chanter es el testimonio (que no el testamento) de algo, diríamos que es testimonio de unas reflexiones, y no de un hombre. Porque el cineasta francés incluso encuentra tiempo para pensar en el papel del espectador y lleva uno de sus personajes, Tamara, a argumentar sus silencios durante los ensayos diciendo: «No es un tiempo muerto, es un tiempo habitado.» Un tiempo habitado —continúa— por las risas del público. Encontramos esa necesidad de tocar al espectador en todos los trabajos de Resnais. En esa entrevista a la que antes nos referíamos lo dice claramente: Lo que busca es que cada espectador dé su propia interpretación a sus obras. Esa confianza en el público se nota a través de las imágenes y charlas que oímos. Resnais es un cineasta atento a lo que ocurre en la sala mientras su película se proyecta. Esa sensibilidad con el espectador, sin embargo, no le limitó en absoluto. Nunca se censuró; esa libertad es lo que respiran sus obras.
A las dos disciplinas que hemos mencionado deberíamos añadir el cómic. Antes de que algunas escenas de Aimer, boire et chanter empiecen, vemos ilustraciones que nos muestran los espacios en los que ocurren. Es curioso que estos dibujos sean más realistas que los decorados delante de los que los personajes se mueven. La mezcla con estas imágenes de historieta sorprendería a cualquiera; lo que aún nos deja más impresionados es la dignidad con la que trata esta disciplina.
Además de los arranques de las escenas, también encontramos referencias al cómic cuando los personajes confiesan alguno de sus sentimientos: Se les enfoca en un primer plano y el fondo del decorado es sustituido por otro; un fondo de cañamazo. Como el fondo de los cómics cuando las viñetas se concentran en lo que los protagonistas piensan o dicen.
De la nada aparece la exmujer de George, Monica, quien, pese a que ya tiene una nueva vida, decide regresar a su lado para pasar en compañía suya sus últimos meses. Lo que ella no sabe es que las mujeres de los matrimonios de los que George es amigo, Kathryn y Tamara, guardan recuerdos de George más íntimos de lo imaginable.
Vemos que los meses pasan, que los ensayos son seguidos por las representaciones y que a las representaciones les siguen las últimas semanas de vida de George. En invierno nos sobrecoge su funeral. Los colores vivísimos con los que Resnais ha pintado el resto de su película decaen; se vuelven oscuros. La tristeza que leemos en las miradas de los personajes es más intensa que la que se lee en las nuestras, las de los espectadores, cuando a lo largo de la película no hemos podido poner cara a George en ningún momento. ¿Cuál es el motivo de esta elipsis? ¿Es que George no se podía presentar delante del objetivo de la cámara porque estaba justamente detrás de ella? Este vodevil que compone su música a través de la alegría y la miseria del amor... ¿no será más que un pensamiento de Resnais, el del «qué dirán cuando ya no esté»?
Habíamos decidido que Aimer, boire et chanter era un epílogo. Sin embargo, si lo entendiéramos como un testamento, abriría las puertas a tantas nuevas posibilidades que diríamos: El cine no se acaba nunca. Y Resnais, menos.

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FOTOGRAMA DE AIMER,BOIRE ET CHANTER, DIRIGIDA POR ALAIN RESNAIS

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