(Relato) A un lado de la carretera



Bernat se paseó toda la tarde palpando las llaves de su moto. Las guardaba en el bolsillo de su abrigo. Los adoquines de su ciudad eran agradecidos con él: al contacto con las suelas de sus zapatos chasqueaban como castañuelas e invitaban a los que caminaban por ahí a ponerse a bailar. Había musicalidad en la manera en que Bernat andaba, y por ese motivo lo hacía con frecuencia. Siempre que se escapaba de la biblioteca a media mañana era porque, al ver los rayos de sol en la calle, no se resistía a salir de paseo. Por las tardes, ocurría lo mismo, solo que, en lugar de por el sol, era el anochecer, sus colores en el cielo. Que el lugar en el que viviera llevara esa magia consigo contribuía a ello, desde luego. Pero también tenemos que decir que, si Bernat no hubiera sido un romántico, ni habría dado pie a estos paseos, ni se habría arriesgado en sus decisiones.
El desperdicio de tiempo no es una consecuencia de las malas decisiones, sino que empieza con las dudas sobre tirar por un camino u otro. Él lo sabía. Tomaba decisiones resuelto porque era consciente de que, si pasaba demasiado tiempo dudando, su poder sobre esas opciones moriría. Ya no habría nada que hacer; simplemente, olvidar que, un día, la carretera de su vida se había bifurcado y él había perdido la oportunidad de decir por dónde ir. Es un hecho que, cuando no respondemos con rapidez a lo que nos ofrecen, es otro —el azar— quien lo contesta.
Así pues, cuando Bernat salía de paseo no pensaba en el tiempo que invertiría en dar cada paso. Le era suficiente con sentirse satisfecho; Por cada vez que se mostraba seguro en una de sus decisiones, se regalaba a sí mismo una barra de pan de pastelería. Los demás días, aquellos en los que, apurado por la llegada de los exámenes, no dejaba que sus caprichos fueran más allá, se conformaba con una baguette de panadería. Sin adornos, sin dulzura. Todo lo que queda fuera de la fantasía, que, en definitiva, es lo que había preferido.
Sentado en la ventana, ese mediodía veía la gente pasar sin deseo de unirse a ella. Tenía un plan más grande que se había cocido en su cabeza desde hacía unas horas. Implicaba a su novia, su coche y un trayecto que se haría de noche. Improvisar sus viajes nunca le había parecido una mala idea, y menos cuando el destino era un lugar conocido. En puentes como el de esa ocasión (un fin de semana que había engullido el lunes siguiente) buscaba algo que ya se le hiciera familiar. Una ciudad del norte catalán estaría bien. Saldrían a las 8 p.m., se habían dicho. Llegarían allí poco más tarde. Entre conversaciones y aceleraciones discretas, esos trayectos siempre se les hacían cortos.
Llevarían poco equipaje. Solo lo imprescindible. Y es que se han visto pocas parejas que se ataran tan poco a lo que tenían; como si la costumbre de los nómadas fuese suya, llevaban estrictamente lo que les era necesario. Un bloc de notas, lápiz, las llaves de (alguna) casa... Poco más. Lo guardaban en sus bolsillos. Si, andando por la calle, alguien les preguntase: «¿Estarías dispuesto a salir de viaje si te lo ofreciera ahora mismo?» ni el uno ni el otro tardarían en responder. Bernat y Anna comprendían lo que significaba no tener un hogar; habían prescindido de sus raíces para ir a sus anchas. Quien no tiene un lugar al que volver —o, lo que es lo mismo: quien no tiene compromisos— es tan libre como el que más.
Salieron puntuales del garaje. Por más limpios que estuvieran el capó y los cristales de su coche, con la luz de esas horas no brillaba. Al pasar por debajo de alguna farola, los espejos resplandecían como si en lugar de reflejar alumbrasen. No había más signos de que el coche hubiera sido restaurado poco antes. Su color verde recordaba al de las botellas de vino baratas; de hecho, el coche mismo parecía una botella que habían tumbado y que, con ruedas pegadas en su cristal, se deslizaba. El interior habría sido el mismo que el de la botella. El cuero de los asientos, el plástico del volante... Sí, todo iba en el mismo rojo que el vino del que hablábamos.
Quizás fue por esos colores que se les antojaron unas gotas de alcohol. No habían ni salido de Gerona cuando volvieron a aparcar —en medio de la calle— y buscaron un bar. Si el trayecto ya iba a ser ameno, habiendo bebido todavía lo sería más.
Encontraron un antro a escasos metros del lugar en el que habían dejado el coche. ¿Por qué no?, se dijeron. Solo estaremos cinco minutos. Así que entraron y se sentaron a la barra. Los dos apoyaban los codos, expectantes a la llegada de sus cervezas. Y, una vez las tuvieron delante, esperaron a que la nieve desapareciera. Miraban hacia dentro de sus vasos y veían esas capas de espuma que los separaban del oro con burbujas. Anna cogió una pajilla y la hundió. Tocó fondo. Dejó que flotara unos centímetros y bebió con ella. La cerveza subía por el plástico sin que llegase a adivinarse su color. Por la oscuridad del local no estaban seguros de que eso fuera cerveza o algo que la recordara.
Pidieron unas cuantas más. Hasta que Bernat no sintió que se elevaba por el aire, no vio por qué dejarlo. Decía: «Si solo somos dos los que conducimos, el peligro no es el mismo, Anna. Con que procuremos salirnos de la carretera cada vez que veamos que alguien va a estamparse contra nosotros, no hay más por lo que preocuparse. Lo más grave podría ser un rasguño.»Y esa lógica tranquilizaba a su compañera. Convencidos de que las cosas funcionaban tal y como pensaban, salieron escopeteados al comprobar que llevaban veinte minutos allí dentro. Lo único que los haría sufrir sería llegar demasiado tarde a su destino y no encontrar ningún hotel abierto.
Encendieron de nuevo el motor y, al mismo tiempo, se relajaron sobre el reposacabezas. Las vibraciones del coche eran, para ellos, lo mismo que la calidez de un comedor para otros. Arrancaron rápido y se echaron a la carretera.
Anna miraba a su enamorado mientras él conducía. Se la veía tan fascinada por sus gestos que habría sido una lástima que algo la interrumpiera. Juraría que los suyos eran los ojos de alguien que siente más que el amor por la otra persona. Si lo que va más allá del amor es la fascinación, se trataba de eso. No adivinaríamos si era mutua o no, pero podemos estar seguros de que Anna la sentía.
Aunque podría limitarme a escribir sobre la serenidad de esa mirada, hay detalles que, si se pasan por alto, pueden cambiar una historia hasta volverla irreconocible; también había una pizca de posesión en Anna. Tenía la cabeza girada en dirección al piloto y, con la mano izquierda, tanteaba por la zona de los cambios de marcha. La alargaba hasta el freno de mano y lo acariciaba. No llegó a apretar ningún botón; disfrutaba con la idea de tener el control sobre el lugar hacia el que iban, la velocidad a la que se le acercaban... Era una novata en cuestión de conducción, pero el deseo de que todo lo que amaba dependiera de ella siempre la había acompañado.
Al darse cuenta de que Anna le observaba, Bernat se incomodó. Más adelante, frenó el coche y ordenó que, si no pensaba parar de mirarle, tendría que sentarse detrás. Así que Anna salió y volvió a entrar por la puerta trasera. Se recostó sobre los cojines y olvidó que Bernat estaba allí. Fijó su mirada sobre la ventana, ese punto que no ofendiera a nadie.
Siguieron recorriendo la carretera en silencio. Desde ese último cambio de posiciones, el aire se había transformado. Estaba más tenso. Que Bernat no comentara nada era más por su enfado que por la falta de ideas. Por otro lado, que Anna hiciera lo mismo no era ni por enfado ni por falta de ideas; había cerrado los ojos y dormía con las manos sobre el vientre.
La bocina de otro conductor la despertó. Se oyó un grito, un insulto. Bernat murmuró cualquier tontería. Anna tenía curiosidad por lo que Bernat habría hecho para un desconocido reaccionase así, pero no se atrevió a preguntar. Tenía miedo de que, en lugar de responder, fuera a ignorarla. Eso significaría una declaración de guerra. Mejor dejar las cosas tal y como estaban.
Conducían de la misma forma que otros navegaban. Habían abierto las ventanas y dejaban que el ruido de la noche, por más poco que fuera, y el frío de esas comarcas, llegara hasta ellos. Cuando un primer escalofrío recorrió el cuerpo de Anna, se echó un abrigo sobre los hombros y se encogió todavía más. Se había ido arrinconando en el lado izquierdo y, con la cabeza inclinada hacia arriba, miraba por la ventana del opuesto. Todo era oscuridad, menos cuando pasaban por delante de alguna urbanización o poblado. Las luces de las casas, al verse tan de lejos, cobraban el tamaño de las bombillas de árboles navideños. Anna jugaba a fingir que podía tocarlas con las manos; las levantaba y, con el dedo índice y pulgar, apretaba el aire hasta hacerlo estallar.
Sin que se lo hubiera esperado, la perspectiva del paisaje cambió. Apareció un rancho construido a tocar de la carretera. El primer edifico que veían de tan cerca desde que habían salido.
Anna, que intuía que encontrarían algo de bueno, le pidió que frenase. Como que no reaccionó, insistió. Luego pasó a la mentira: necesitaba ir al baño, ¿acaso se negaría a eso?
Dejaron el coche bajo un fresno. Al lado de este, la casa se levantaba con sus dos pisos de paredes rosadas o carmesí. Identificar el color, en las horas más negras de la noche, se hacía difícil.
Cómo se veía que Bernat era todo un señor por su manera de bajar del coche. No había ni despegado las manos del volante que ya las ponía en sus bolsillos, y, como por un soplo de primavera, la puerta se abría sola. Después, de un puntapié, la cerraba. Y era a través de gestos como esos que confesaba su origen: el lugar del que uno viene y al que, si se es como él, no quiere volver. Lo único que le quedaba de su infancia eran restos en los que casi nadie se fijaba. Anna, que los había descubierto hacía un tiempo, se dedicaba a unirlos en su memoria. No tenía el valor suficiente como para preguntarle por esos años que quedaban entre su nacimiento y el día en que se conocieron. Prefería montar murales en los que se imaginaba lo que habría sido y lo que habría hecho. Él, por su parte, hacía más o menos lo mismo. Aunque con Anna no se podía ser tan inductivo; algunas de las cosas que hacía parecían sin justificación. De todas sus acciones, tres cuartas partes eran absurdas. Aún así, Bernat se lo pasaba en grande clasificando lo que Anna hacía en dos bloques: eso que le revelaba historias de su pasado y eso sin sentido.
Tuvieron que forzar la verja del rancho para entrar. Las escaleras frontales, a los lados de las cuales había plantas mustias, estaban cubiertas de hojas. Tal vez llevasen allí desde el pasado otoño. O desde dos otoños atrás. Se veían, sobre su marrón, los golpes de la lluvia y los rasguños del viento. Parecen hojas de platanero, comentó Anna. Levantando la cabeza, lo confirmó; había un platanero que, por culpa de un relámpago, se había tumbado hacia la casa. Había ido caer justamente sobre la chimenea, y, destrozándola, se había quedado apoyado en ella.
Cuando pasaron al interior de la casa, descubrieron un salón lleno de polvo y los ladrillos que habían volado al chocar el platanero contra el techo. Sin tomarse mucho tiempo para inspeccionar la sala, se dirigieron al pasillo que conducía a demás sitios. Muchas habitaciones. Cada dos seguidas, un cuarto de baño. En total había seis habitaciones y tres cuartos de baño a cada lado del pasillo. Y, al fondo, la cocina, sin una sola pieza de vajilla. Desde el marco de la puerta revisaron los muebles y no se extrañaron de no encontrar ningún objeto. Toda la casa parecía haber sido saqueada por una banda de ladrones minuciosos. Quedaba el mobiliario más indispensable, como la cama, las sillas o las mesas, pero las herramientas más concretas habían desaparecido.
Tanto extrañó a Bernat encontrarse con una cuchara en la encimera que la cogió y bromeó con ella, poniéndosela sobre la nariz. Entonces apartó la mano y la cuchara se mantuvo en el aire. Su concavidad encajaba a la perfección con las curvas de su cara. La vara por la que se cogía bajaba por sus labios y llevaba hasta su mentón. En unos pocos segundos, la cuchara cayó sobre su barbilla, y, tras aguantar allí poco más, siguió cayendo hasta el suelo. Sonó como el metal de cualquier otra cuchara. Anna, con la misma fe que una niña pequeña, corrió a cogerla y probó de ponérsela sobre su nariz. No lo consiguió. Aunque se preguntaba cómo lo habría logrado Bernat, y se moría de ganas de pedirle que se lo enseñase, resistió la tentación. Forzó una cara de póquer y volvió al salón de la casa. El pasillo, a su paso, se iba haciendo más hostil que a su llegada; las puertas de las habitaciones, en un principio abiertas, se habían ido entrecerrando por efecto del viento.
Se fueron a una esquina del comedor. No querían molestar al silencio. Parecían espectadores; de pie, observaban la sala, uno al lado del otro, pero sin salir del espacio marcado por el pliegue de las dos paredes. «¿En qué piensas?» «En lo bien que viviríamos aquí» le respondió Anna. «Nos quedaríamos con una habitación y tendríamos la obligación de llenar todas las otras haciendo niños. Hasta que llegasen, haríamos el amor delante de ese hogar» Y señaló el hogar construido en una de las paredes del salón. Las cenizas, dentro, no habían sido barridas. Se amontonaban en una pirámide. «Tantos baños serían demasiados. Alguno lo convertiríamos en una salita de la reflexión. Castigaríamos a nuestros niños y los llevaríamos allí. Nuestra vida sería sencilla. No nos cobrarían mucho de electricidad. Seguiríamos viviendo más a fuera que a dentro». No tenía palabras para responder a tal declaración de planes. Siguió con la mirada a Anna mientras ella se acercaba al hogar y extendía las manos en el aire, como si estuviera calentándoselas. La vio cerrar los ojos, sonreír, y disfrutar pensando en los otoños e inviernos allí. De la misma manera que Anna había olvidado que no pertenecía a ningún lugar, Bernat se olvidaría de tener en cuenta lo que ella quería. Notó que el espacio entre ellos, el río que los separaba, aumentaba su cabal. Un puente no se podría construir. Esas historias ni se negocian ni se pueden hablar. Tan solo le quedaba observar el agua que había entre sus pies y los de ella. Un agua que nacía de las cenizas del hogar y llegaba a la otra punta del salón.
Se oyó el chisporroteo de una brasa. Los dos se asustaron. En la negrura del hogar no había un solo grano de fuego. El viento, fuera, les recordó el fresno bajo el que había aparcado; dedujeron que habían sido sus hojas rozándose. Les costó ignorar lo que les había venido a la cabeza al oír ese chasquido; leña ardiendo, el hierro en el que se sostiene resistiendo, unas manos de niña cerca de las llamas, Anna pidiéndole que se apartara, que se quemaría, y otras manos, las de ella, recogiendo las de la niña en sus palmas.
Tanta ternura acabó por aburrirlos. Salieron de allí sin cruzar palabra. Entraron en el coche y estuvieron unos minutos sin hacer nada. Los faros se encendieron solos. Intermitentes. Venían y se iban, acompañados por unos golpes de percusión. Al fresno, que todavía los acogía bajo su copa, lo despeinó un golpe de viento. Unas ramas se mezclaron con otras y, hojas con hojas, recordó a los enjambres de abejas que tropiezan entre ellas para luego seguir con su camino.
Aquel amor que ambos sentían por la casa los retuvo más de lo esperado. Desde el coche, la contemplaron tanto rato que parecía que en ella se estuviera proyectando una película. Sus sonrisas hacían más clara esta sensación.


FOTOGRAFÍA DE AGNÈS VARDA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario