(Cine) Nota sobre Les combattants, dirigida por Thomas Cailley: Les combattants; el amor juvenil será violento



La primera impresión que recibimos de Madeleine (Adèle Haenel), protagonista de Les combattants, es la de una rotunda femme fatale; como parte de unas pruebas para acceder a un regimiento militar para jóvenes, se ve obligada a competir contra un joven desconocido, Arnaud (Kévin Azaïs). Quizás deberíamos limitarnos a decir que es él quien se ve obligado a competir contra Madeleine, pues, desde el primer momento, es Arnaud quien encuentra inconvenientes a pegarse con alguien del otro sexo.
Para sorpresa de Arnaud, sus amigos y los demás jóvenes que los rodean, Madeleine demuestra unas habilidades físicas que él nunca habría atribuido a una chica. En estos instantes, ella todavía es una completa desconocida, a la que, además, podríamos calificar de peligrosa y hasta cierto punto odiosa. Mira a Arnaud con fiereza, sin razones para despreciarlo pero con una sed de violencia que solo reconocería en los peores de sus enemigos.
El hermano de Arnaud y él mismo tienen una empresa de construcción con madera. La heredaron de su padre, quien recientemente murió. Los dos hacen grandes esfuerzos para que el proyecto que él emprendió pueda sobrevivir, y, al mismo tiempo, también cuidan de su madre, quien ahora está sola y que, a su vez, cuida de ellos. Un día, reciben un encargo por parte de un matrimonio; tienen que montar una de sus construcciones de madera en el jardín de su casa. La cruel Madeleine vuelve a dejar a Arnaud atónito cuando este descubre que es la hija del matrimonio. Es por esta razón que los dos jóvenes empiezan a acercarse y, de alguna forma, bajan la guardia que por las circunstancias de un primer encuentro habían tenido que alzar.
Hay un concepto que recorre toda la película y que se vería de gran importancia. Es el de la doble visualización, y consiste en que, si se quiere golpear un objeto con la mayor fuerza posible, se tiene que visualizar como si estuviera 30 centímetros más allá del lugar en el que realmente está. Esta lección, que unos desconocidos dan a Arnaud, nos hace pensar en el disparo de la pistola; un disparo que atraviese el cuerpo del objetivo. En uno de los encuentros entre Madeleine y Arnaud, ella, después de golpearlo, le pide que sea él quien lo haga entonces, para poder comparar sus técnicas. El chico duda. Podría poner en práctica eso de la doble visualización, y, sin embargo, al mirar hacia su pecho, se siente incapaz. O, tal vez, solamente duda. Duda tanto que la ocasión se esfuma. En fin, queda demostrada su incapacidad para travesar el cuerpo de esa chica; la salvaje, dura y fría Madeleine, que en ningún momento da muestras del menor amor por él.
Por su parte, Arnaud queda seducido por el encanto tan cerrado de la chica. Su brutalidad, sus ideas estrambóticas sobre el fin del mundo, lo poco común que es si se compara con otras chicas que ha conocido... Es un impulso amoroso el que lo lleva a alistarse en el primer regimiento paracaidista dragón, ese en el que, a partir de septiembre, Madeleine empezará sus entrenamientos.
El campo de entrenamiento será, para Arnaud, como el café parisino en el que dos enamorados se conocen. Ve el curso militar como una oportunidad para acercarse a ella, conocerla con más profundidad, y, a medida que lo hace, descubre el fuero interno de ese pedazo de cuero oscuro.
Las señales de debilidad de la chica le sorprenden. La forma en que rechaza su propia fragilidad, también. Trata de comprender su mirada hacia el mundo hasta que, exasperado, le grita: «¡La vida es lo contrario a lo que tú haces!» Pues le ha quedado claro que Madeleine hace lo que hace —beber zumos de entrañas de peces, sumergirse en el agua con mochilas pesadas, etcétera— no por gusto, sino por una especie de masoquismo. Sufre porque quiere prepararse para el sufrimiento, para sobrevivir. «¿Pero sobrevivir a qué?», le suelta Arnaud en otra ocasión.
Entre las oscilaciones que la película hace entre la comedia con tintes de humor negro y el drama, se cuela una escena casi idílica que no sabría en qué cajón clasificar. Es la escena del río; los dos jóvenes se han escapado del campamento, hartos de la dureza del entrenamiento, y lo sustituyen por la belleza de un arroyo. Allí, ella se baña. La vemos nadándose en unas aguas que brillan por efecto del sol. Parece una ninfa, aunque sus pantalones de camuflaje digan lo contrario. Es en este lugar donde Madeleine descubre el aburrimiento, pero no en un sentido negativo; hablo del aburrimiento como relajación, como la forma en que olvida que lo quiere ella es sufrir, sufrir para sobrevivir. Los cuerpos de los dos jóvenes, en la desnudez, se muestran más débiles que nunca. A la vez, son dulces. Ella parece que ha aprendido la lección de Arnaud, esa que defiende a capa y espada; rechaza que las respuestas que busca estén en el sufrimiento. En verdad, las encontrará en el amor.
La enfermedad añade una nota nueva a las oscilaciones de la obra. Si nos creíamos que ya no podía mutar en más formas de cine dramático y emocional, nos equivocábamos. En el último capítulo de esta historia de amor y brutalidad, veremos la fragilidad de alguien que, en un principio, nos había dado la impresión de ser la persona más resistente, combatiente.
En el hospital, Arnaud recibe la visita de su hermano y le comenta: «Cuando un bosque alcanza su desarrollo máximo, arde.» Si él y Madeleine están ingresados en un centro médico es porque se habían topado con un incendio en el bosque de antes. Hemos dejado atrás las imágenes de sus cuerpos calcinados. Parece que su recuperación es posible.
La última vez que Madeleine y Arnaud se encuentran, siguen convalecientes. Sin embargo, no han dejado de ser combatientes, y hay alguna que otra frase de su última conversación que se nos queda en los oídos como si fuera la esperanza en la que todos queremos creer: «La próxima vez no nos pillará por sorpresa.» A estas alturas, sabemos por qué tenemos que aplaudir cuando la película termine y la pantalla se apague: En Les combattants hemos encontrado una mezcla preciosa entre los enamorados, la imposibilidad de coincidir en su amor y un paisaje que imita sus sentimientos como si quisiera hacerse partícipe de ellos. En definitiva, se trata de no temer a que el Otro vea nuestra debilidad. Madeleine y Arnaud, sin embargo, se dieron cuenta de ello cuando era tarde.


También puedes leer este artículo en Cultura Colectiva.


FOTOGRAMA DE LES COMBATTANTS, DIRIGIDA POR THOMAS CAILLEY.

No hay comentarios:

Publicar un comentario