(Teatro) Nota sobre 'El teatre i la pesta', escrita por Antonin Artaud y dirigida por Jordi Coca



En 1933, Antonin Artaud pronunció una conferencia en la que pretendía mostrar al público la necesidad de huir del arte convencional y de la simpleza narrativa; lo que solo es evasivo. Lo hizo a través de los conceptos del teatre y la peste. Los relacionó. La peste provocaba en los enfermos algunas reacciones que, en una de sus formas, eran visibles, y, en otra, los roía por dentro hasta fulminarlos. Está claro que el teatro es más parecido a esta segunda forma; mientras que esta peste ataca órganos que relacionaríamos con el pensamiento, el teatro también tiene su razón de ser en el hecho de revolver estos órganos. Artaud defendía un teatro que no estuviera dentro del ocio (ir al teatro para escaparse; por placer) sino que sirviera para reflexionar y que el hombre se encontrara consigo mismo. Un teatro que pone el espejo delante del espectador y le obliga a mirarse, con todos sus bubones. Son unos bubones diferentes, esos de los enfermos que padecen realmente, los que Artaud define en la primera parte de su conferencia. Lo hace con una precisión realista y a la vez poética que pone lo definido a la altura del mal gusto, pero un mal gusto que tenemos que conocer para llegar a entender la idea que se nos está contando. Quizás nuestras reacciones frente el arte del teatro sean tan o más desagradables que las de los cuerpos de estos enfermos.
El director de teatro Jordi Coca, ahora, toma la conferencia en su nueva obra, El teatre i la pesta, que, dentro del marco del Grec Festival, se representa este julio en Teatre Akadèmia.
Estaría de acuerdo con quien dijera que lo que ha hecho se ha limitado a la adaptación de las palabras de Artaud a las características del teatro. Bien, pero bajo una condición: la persona que lo dijera solo podría haber escuchado la obra. El resto de sus sentidos habrían tenido que estar desconectados. Y es que Artaud ya escenificó su propio discurso al pronunciarlo en la Sorbonne; por eso fue un acontecimiento tan sonado. Se arrastró por el suelo y fue tan dramático como los actores que trabajan con Polanski. Y ahora menciono a Polanski porque sería fácil ver una similitud entre las interpretaciones de los actores en sus películas y la de Esther Bové en esta obra. Esa decrepitud psicológica y física que vive a lo largo de la hora y media de monólogo me recuerda al descenso a la neurosis de Un dios salvaje.
Volviendo al tema de los sentidos, decía que solo aceptaría alguien insensible a todo menos a los sonidos porque, en realidad, la puesta en escena que ha preparado Coca y el equipo que hay detrás de El teatre i la pesta los colma. La vista, desde la transformación de la actriz hasta las luces que pasan de un blanco neutro a los colores de la locura; el olfato, en los olores que, pese a no sentir, se despiertan dentro de la nariz del público; en el tacto y la cercanía de Bové... En esto último, sin embargo, tengo que añadir que, de no haber estado en primera fila, habría notado con igual intensidad los movimientos de la actriz.
Es un hecho que ni con una obra tan desmesurada la visión de muchos sobre el teatro en particular y el arte en general va a cambiar. En fin, para los que ya crean en el poder reflexivo y agresivo de los escenarios, esta es una ocasión más para disfrutarlo. Desde la práctica y desde la teoría; lo que vemos no es más que la demostración de lo que escuchamos decir a la mujer del vestido verde.

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