(Relato) Préssec y Llimona & Su segunda venida (2014)




Préssec y Llimona
Nunca habría estado de acuerdo con hacer una introducción para uno de mis textos. Pero, como que el acuerdo lo había de hacer conmigo mismo, he sido más permisivo. Esta introducción se puede leer como una carta de disculpas o como una aclaración. En el primero de los dos casos, porque quisiera pedir perdón al 'yo' que escribió el relato Préssec y Llimona el marzo del año pasado; seguro que no estaría de acuerdo con que, más de un año después, lo publicase. Ya en aquel entonces releía algunos de los textos que había escrito unos meses antes y me ponía rojo de lo patéticos que me sonaban. A día de hoy, sigo leyendo los relatos y la novela que escribí en 2014 y me avergüenzo. Creo que es natural. Cuando revisamos álbumes de fotos antiguas también nos horrorizamos al ver cómo vestíamos, cómo posábamos... En el caso del escritor (o, por lo menos, en el mío), a la vergüenza de esos álbumes de fotos se le añade la de mi literatura. Si comparo cualquier texto de los últimos años con los más recientes, no sé decir si unos son más buenos que otros. Dentro de la poca calidad en la que siempre me he movido, veo con mejores ojos los textos más recientes. Eso es porque las ideas, el pensamiento desde el que se escribieron, es mucho más cercano al pensamiento de quien los revisa. Cuestión de tiempo y espacio, ni más ni menos.
Uno de los aspectos que me ha parecido más ridículo de Préssec y Llimona al releerlo es la actitud de los personajes. Suenan como si hubieran salido de viñetas de cómics, con tantas exclamaciones, tantas interrogaciones... ¿Acaso soy tan dramático, en mi día a día? No, ni hablar. Ni lo era cuando lo escribí. ¿Por qué, entonces, hacer los diálogos así? Las preguntas quedan en el aire. No serán respuestas a no ser que algún día recuerde lo que pensaba en el momento de escribir esas palabras.
Dejando lo negativo de lado, tanto Préssec y Llimona —que hoy, 22 de junio de 2015, publicaré en mi blog— como Su segunda venida —el relato que escribí seguido a ese, y del que, por lo tanto, también hace más de un año— pueden verse como lecturas complementarias para la novela Feo y descalzo. Y es que son relatos que escribí a pocas semanas de arrancar con el libro. Los entiendo como esbozos de la teoría que luego metería en la novela: la teoría de lo explícito. ¿En qué consistía? En ser explícito y sucio para llegar a la pureza. Entendía que cuando se habla de recuerdos (aunque sean de ficción), uno de los hechos que hace que el lector confíe en que lo contado fue real es que quien escriba no se ande con rodeos. La memoria lo vuelve todo más uniforme y lo clasifica, entonces, ¿no es la claridad con la que luego nos explicamos lo que revela cuán de sinceros estamos siendo? Quería experimentar, al igual que lo he seguido haciendo en otros relatos. En estos casos, como he dicho, ha sido desde lo evidente, tan evidente que hasta se volvía sórdido sin serlo. Pero, después, también he probado de llegar a la misma pureza en la autoficción a través de un narrador objetivo, a través de una descripciones al detalle, etcétera. Dado que no existe una exactitud, una ciencia literaria, creo que puedo jugar tanto como quiera.
Esta introducción no debería estar aquí, yo mismo lo confieso. De hecho, la había escrito hace media hora. El documento se ha cerrado por arte de magia y he tenido que empezar de nuevo. ¿Lo tendría que haber interpretado como un signo? ¿Como una advertencia para que no escribiera ninguna introducción? Sea como sea, ahora está aquí.
Perdonad esta interrupción. Ya sabéis cómo son mis bobadas.

Mataró, septiembre de 2011
Andreu siempre se ponía nervioso el primer día de curso. Hacía cinco años que trabajaba en ese colegio, y aún no se había acostumbrado a los aires que soplaban por allí.
La clase que le había sido asignada era una de secundaria. Solían ser las peores, las más conflictivas. A esa edad, los alumnos o bien eran unos impertinentes o bien idiotas. A veces las dos cosas a la vez.
Una hora antes de que empezaran las clases el director del colegio había convocado a todos los alumnos de su curso en el teatro, donde iban a presentar al profesorado y las nuevas asignaturas. Andreu iba a llegar tarde. Eran las nueve y cinco, y, en cuestión, debía estar allí a en punto. Los sobacos le sudaban un poco. Había sido precavido, y, en lugar de ponerse una camisa, había escogido un polo negro y ancho, que no transpirara.
Cuando entró en el teatro, el director ya estaba dando su discurso de cada curso. Lo iba repitiendo con las mismas palabras y los mismos gestos.
Una vez hubo terminado, los alumnos subieron a las clases mientras los tutores esperaban a lo que el director les tuviera que decir.
—Andreu, escucha…—le apartó del resto.
—Señor, quiero que sepa que estoy muy contento de que haya decidido concederme el cargo de tutor. Siempre me he sentido muy valorado y apoyado por el centro, y más gracias a usted. — Era un lameculos de nivel avanzado.
—De… de nada, hombre… A ver, lo que quería decirte es que no debes dejar que esos mocosos te intimiden. Pueden parecer niños, pero en realidad son fieras despiadadas con los maestros más novatos. Si sientes que tienes que hacerlo, aplica mano dura. Siempre con moderación, eso sí. Que la asociación de padres podría enterarse, y entonces habríamos bebido veneno.
Esas palabras tan directas y duras se clavaron en la nuca de Andreu. Quizás ese hombre, hermano marista a la dirección del colegio desde hacía cinco años, era la persona más cruel que conoció estando allí.
Antes de entrar en su aula se fumó un cigarrillo, mirando por una de las ventanas del pasillo que daban al jardín interior. La ceniza caía sobre las plantas del huerto que los curas cuidaban. Detrás del colegio, en un edificio más moderno, vivían los hermanos maristas. Hombres religiosos, la mayoría en sus ochenta, que iban a pasar sus últimos años viendo las generaciones futuras jugar y estudiar.
Cuando hubo terminado se dirigió hacia su clase. Dentro estaban todos sus alumnos. Unos veinticinco, debían ser. Gritaban, corrían y hablaban entre ellos, poniéndose al día sobre sus veranos. A Andreu, en realidad, le daban bastante asco los niños y adolescentes, pero no se lo había dicho nunca a nadie. Creía que si verbalizaba ese sentimiento se vería incapaz de dar clase.
Con la mano derecha cogió el pomo de la puerta y lo giró. Cedió con facilidad. Se empujó a sí mismo a entrar, aunque no tenía ni las menores ganas de hacerlo.
Los alumnos ni se inmutaron al verle. Algunos reían, haciendo muecas. Un grupo de niñas se trenzaban el pelo entre ellas. Una lloraba al ver sus pantalones blancos manchados de rojo. El más delgado de la clase se comía un bocadillo de jamón y tomate. El aceite chorreaba y caía sobre su mesa. A su lado, el más gordo vomitaba una especie de puré como de lentejas. Uno de los niños más animados dibujaba culos y pollas en la pizarra, partiendo la tiza de la fuerza con la que lo hacía. Otro de los niños, el que parecía más tranquilo, miraba por la ventana, como si quisiera escapar de allí. Andreu le entendía tan bien…
Pidió silencio, y, por sorpresa, todos obedecieron. Se callaron y fueron corriendo a sentarse en sus sitios. Las mesas eran individuales, pero algunas se habían juntado por parejas o tríos.
También pidió que se sentaran por orden de lista. Fue diciendo sus nombres mientras observaba a cada alumno cuando se levantaba. Algunos parecían mayores. Estaban en una etapa en que mientras unos eran como adultos enanos, los otros eran bebés anormalmente altos. Una chica llamó su atención. De cabello color castaño, bajita, sin pecho ni granos. Diría que parecía un hombre, pero era demasiado guapa como para serlo. Su melena le caía por los hombros, en cascada. Ella se lo quedó mirando, y él, más de lo mismo. La clase entera les observaba en silencio hasta que alguien gritó:
¡Al profe se la pone dura la lesbiana!
Los alumnos se echaron a reír. Buscó al idiota sin éxito. Eran muchos, casi todos feos y sucios. Se dio cuenta de que eran el doble de niños que de niñas. «Estas niñas deberían dar un golpe de estado» se dijo para sus adentros. Un curso más que empezaba con mal pie.

Ese mismo día, a la hora del recreo, le tocó a Andreu el turno de vigilancia. Su tarea consistía en ir paséandose por los pasillos y, en caso de que encontrara alumnos dentro de alguna clase, echarlos al patio. Tenían prohibido quedarse cuando no había nadie. Se habían dado casos de robos, jugarretas… Parecía que, en realidad, todas las clases de ética no les habían servido para nada. O tal vez era la edad.
Mientras caminaba, miraba las vitrinas que colgaban de las paredes. Tenían cosas antiguas: primeras ediciones de libros clásicos, órganos de plástico que se usaban en las clases de biología de cincuenta años atrás, fósiles… Todo a lo que un coleccionista daría valor.
Subió las escaleras del segundo piso al tercero, donde había las clases de secundaria. Empezó a oír un ruido que se repetía. Era como el golpe de una mesa contra una pizarra, o de una silla contra el techo, o de una cabeza humana contra un cristal. Aceleró su marcha. Miraba clase por clase a través del cristal de cada puerta. En la primera aula de ese pasillo no encontró a nadie, en la segunda, tampoco, y en la tercera vio algo que nunca habría esperado.
En el interior de esa clase, dos personas pequeñitas, desnudas. Una estaba sentada sobre una mesa, y la otra derecha, empujándola, empotrándola contra la calefacción.
Se quedó pegado al cristal cinco segundos, intentando descubrir quiénes eran esas sombras que, a contraluz, hacían el amor. Cuando la que estaba sentada sobre la mesa levantó la cabeza, Andreu vio que tenía el cabello castaño. Rápidamente la reconoció. Dedujo que quien estaba dándole era otra chica.
Cuando su alumna llegó al orgasmo y entreabrió los ojos, lo primero que vio fue a Andreu. Había empañado el cristal con el aire que le salía por la boca. Parecía que las estuviera espiando, aunque, en realidad, lo que pasaba era que estaba demasiado sorprendido como para abrir la puerta, huir, o, simplemente, moverse.
La chica gritó. Su amiga dio un respingo y le metió la mano en la boca, para que se callara.
―¿Qué haces, Préssec?―le susurró, asustada.
Señaló con un dedo a Andreu, que se había decidido a hacer algo. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y metió una por el cerrojo de la puerta. Estaba atrancada con algo, una silla tal vez. No se veía desde fuera. Las dos chicas corrieron a esconderse.
Pasó un minuto empujando la puerta con el brazo, hasta que cedió, la silla atrancada cayó, y las chicas volvieron a gritar. Se habían sentado en una esquina del aula, entre varios pupitres, como si estuvieran jugando al escondite.
―¿Quiénes sois y qué estáis haciendo aquí?―dijo Andreu. Intentó imponer un tono de voz autoritario, aunque a media frase hizo un gallo.
Préssec se había puesto pálida, muy pálida. Su compañera, Llimona, en cambio, parecía hasta que desafiase a Andreu sosteniéndole la mirada.
Las dos habían tenido tiempo para ponerse los pantalones. Llevaban tejanos. Préssec vestía una blusa blanca. Llimona aún no se había puesto su camisa. Sus pechos, más grandes que los de Préssec, le colgaban con descaro.
Su peinado corto le hacía parecer uno de esos chicos rebeldes de las películas de los años cincuenta. Esos que nunca ganaban premios, pero que todas las chicas deseaban.
―Por favor, no les diga nada a nuestros padres. No… no queríamos… Bueno… yo no quería…―Préssec hablaba deprisa, trabándose con su propia lengua. Estaba demasiado nerviosa.
Andreu no sabía qué hacer. No le habían preparado para ese tipo de situaciones.
¿Debía avisar a algún otro profesor, para pedirle su opinión, o qué?
Sabía que debía tomar una decisión rápida, para que no lo vieran como un blandengue.
Hacía un rato que se había empalmado, pero, como que llevaba pantalones bastante apretados y una camiseta muy ancha, no se notaba.
La cosa iba más allá del sentirse excitado. Esas chicas eran tal y como imaginaba ‘la inspiración’. Jóvenes, seguras de ellas mismas, osadas… Aunque Préssec era un poco más cortada que Llimona, también tenía su punto de insolencia.
Sentía en el paladar el mismo sabor que cuando algo le inspira. Un sabor de metal, caliente. Bastante viscoso.
―Hagamos una cosa…―empezó a hablar Andreu, tras reflexionar medio minuto en silencio.―Yo no diré nada ni a vuestros padres, ni a vuestros profesores. A cambio, tenéis que hacer algo por mí. Fuera del horario escolar, soy fotógrafo, y estoy buscando modelos. Vosotras dais en el clavo con el perfil de… de… mi musa, eso… Vosotras tenéis ese punto que yo quiero… No sé si me entendéis…
No le entendían, pero aún así asentían. No tenían más remedio. Ni la una ni la otra habían salido del armario. Creían que cualquier cosa sería mejor que convertirse en las víctimas de los prejuicios de los demás. Un impulso les había incitado a hacer el amor en una clase, y una jodida coincidencia les había llevado a tener que dar explicaciones a un desconocido.
―Lo que yo quiero es que poséis para mí.

Llimona llamó al timbre tres veces seguidas. Detrás suyo, Préssec. Habían llegado pronto. Les gustaba ser puntuales. Nunca antes se habían dejado ver juntas en público. Podrían levantar sospechas. Préssec se había vestido completamente de negro, y llevaba un sombrero de ala ancha. Además de unas gafas de sol con montura dorada. La discreción hecha realidad.
El estudio de Andreu era muy pequeño, pero aún así tenía encanto. En la pared del fondo había montado, en horizontal, un poste en el que enrollaba papeles de diferentes colores, que le servían como fondo para sus fotografías. Había tres focos grandes, más altos que él, y un ventanal en la pared izquierda que dejaba entrar toda la luz de la calle.
―Como si estuvierais en vuestra casa.
Mientras Andreu preparaba su cámara y el trípode, sus modelos curioseaban con lo que tenía por allí. Encontraron un flash, un libro de Terry Richardson y algunas cucarachas vivas que parecían gemas.
Les prestó unos vestidos negros a conjunto que había comprado en una tienda del centro. Sus intenciones desde el principio había sido claras: fotografiarlas desnudas. No creía que hubiera mejor forma de conseguir el éxito que tanto deseaba que con una serie de fotografías con adolescentes sin ropa. La polémica iba a estar servida.
Se guardó mucho de que las chicas supieran cuál era su objetivo. Tenía planeado ofrecerles unas cervezas y, si todo iba como tenía que ser, lanzar un comentario del tipo: «Uff… ¡Qué calor hace aquí! ¿No queréis sacaros algo de ropa?»
Tomaron cuatrocientas fotos. Con flores, sin flores. Con collares, sin collares. Desde todos los ángulos y con todas las poses que conocían.
―¿Queréis beber algo?―les soltó después del disparo número cuatrocientos veintiocho.
―No, gracias.
―Yo sí. Un café.
―Hm… tengo la cafetera en el fregadero. ¿Queréis unas birras?
―¿A las cinco de la tarde? No me apetece, gracias.
―Pues yo sí que voy a querer una―dijo Llimona.
Fue a buscarla a la cocina. No podía obligar a Préssec a beber, así que ya vería cómo convencerla para que se desnudase. Cuando regresó al estudio, todo estaba oscuro. Habían bajado la ventana y apagado las luces.
―¿Préssec? ¿Lli… Llimona?
Nadie respondió. Sintió cómo una mano le cogía la suya y la acercaba a un cuerpo. Se dejó llevar. Notó la textura de un pezón arrugado y pequeño. Luego, la mano que le había cogido le fue guiando por un vientre, hasta llegar a un césped áspero. Allí se paró, y la mano que le había llevado se alejó. Él acarició lo que allí había, mientras otra mano le cogía la izquierda y volvía a guiarle por un cuerpo, exactamente igual. Se empezaron a oír unos jadeos, que, lentamente, fueron subiendo de volumen.

El día siguiente llegó tarde a clase. Había estado con Llimona y Préssec hasta las dos de la madrugada. Después de tocarlas y verlas follar al puro estilo de los voyeurs, les hizo las fotos que le habían llevado a ese punto. Ellas casi no se dieron cuenta.
Explicó a sus alumnos las tareas que habrían de hacer ese trimestre y, luego, escribió una nota para Préssec. Discretamente, se acercó a su mesa y se la metió en el estuche que traía. En la nota decía que quería hablar con ella y Llimona cuanto antes mejor. Iba a proponerles algo. Algo que tal vez no les gustara, o tal vez sí.
Cuando sonó el timbre y todos bajaron al patio, las dos chicas fueron al aula en la que Andreu les había citado. Volvía a tener turno de vigilancia, así que no había nada que temer. Nadie pasaría por allí hasta el fin del recreo.
―Andreu, ¿puedo hacerte una pregunta?―le dijo Llimona, peinándose con los dedos.
Le explicó que no quería que las fotografías en las que aparecía desnuda se publicaran en ningún sitio. Dijo que se arrepentía de que se las hubiera tomado, y que solo se dejó fotografiar de ese modo porque estaba sufriendo uno de sus brotes de tontería.
― Es que a veces me precipito… No sé. A veces hago cosas de las que al momento me arrepiento. Supongo que esas fotos son una de esas cosas. Quisiera que me las dieras. No has hecho copias aún, ¿verdad?
Sí que las había hecho, y muchas. Se había pasado la noche imprimiendo las fotografías en papel y archivándolas en sus álbumes.
―No, aún no he tenido tiempo.
―Pues eso. Quisiera tener las fotos. Por lo menos las mías.
―Veamos… Si tú dejaste que te hiciera esas fotos fue porque querías. Nadie te obligó. Ahora no me las puedes reclamar. Allí hay mucho contenido. Hay revelaciones interesantes. Una nueva galaxia, ¿sabes?
―¿Qué?―Y frunció el ceño.―¿Estás diciendo que no vas a devolverme las fotografías?
Préssec miraba la escena de lejos, comiéndose un bocadillo.
―Exacto. No puedes darle a un artista un motivo para crear y luego intentar arrebatárselo.
―¿Pero tú quién te has creído?―Endureció su mirada y abrió la boca para exhalar aire. No había nada que le pusiera tan furiosa como que le engañaran.―¡No puedes quedarte con esas fotos! ¡Son mías! ¡Es mi cara y mi cuerpo lo que sale allí! ¿Sabes los problemas en los que me puedo meter si mis padres se enteran de que esas fotos existen? ¿Sabes qué puede ocurrir? ¡Mis padres son unos retrógrados de mierda! ¡Me echarían de casa!
Una gota de saliva le salió de la boca y fue a parar al labio inferior de Andreu. Él lo apretó y se lo tragó. Era dulce y rabioso, como la persona que lo había disparado. Le dijo:
―Ya veremos qué podemos hacer. Por ahora, quédate tranquila. Solo hablaré con un amigo mío que tiene una galería en Barcelona para a ver qué podemos hacer con ese material. Si quieres, ‘nuestro’ material.
―No me interesa que mis fotos se cuelguen en una galería de mala muerte, tío. Solo quiero que me las des, porque son mías. Voy a denunciarte si no lo haces.
Entonces, Préssec se atrevió a intervenir:
―Sí, y yo también quiero mis fotos.
Andreu encendió un cigarro y empezó a fumar. Las chicas pensaban que estaba reflexionando sobre lo ocurrido, pero, en verdad, no creía que hubiera nada sobre lo que reflexionar. Ya tenía pensado lo que haría con los desnudos y nadie iba a hacerle cambiar de idea.

Andreu llegaba tarde. Había quedado con Pompeu en un restaurante para almorzar juntos. Hacía tres meses que no se veían, y creían que no había sitio mejor donde reencontrarse que en el restaurante en el que se conocieron. Cinco años atrás, allí se celebró la presentación de un libro sobre la provocación a lo largo de la historia. Lo firmaba Pompeu, y Andreu, amante desde siempre de lo controvertido, no pudo estarse de ir. Hicieron buenas migas, y fueron viéndose de vez en cuando.
Pompeu era el director de una galería de arte en Barcelona, aunque vivía en Valls. «Es muy incómodo tener que moverme cada mañana desde el sur hasta Barcelona, pero es el precio que he de pagar para vivir donde quiero. Estoy demasiado enamorado de esta ciudad como para marcharme.» decía. Cuando llegaron a los postres, Andreu le preguntó:
―¿Y qué tenéis preparado para estos meses, en la galería?
―Pues estamos secos de artistas. Muchos de los fotógrafos en los que confiábamos se han ido a otras ciudades. La semana pasada me decía un amigo que al artista se lo tiene en cuenta en toda Europa menos aquí, y si hay algo que un artista necesita desde que nace hasta que muere es la atención de todo el mundo.
―¿Te interesaría una exposición mía?
―Eso estaría bien. ¿Tienes algo entre manos?
―Algo jugoso.―Se frotó las manos. Le explicó el asunto de las dos adolescentes. Le describió sus físicos, y cómo posaban, y qué significan esas fotografías para él.
―Tienes a tu favor que ya se te considera un gran creador, aunque no seas conocido a nivel nacional. En el ambiente artístico de Barcelona se te quiere. La crítica te comerá el culo con esa exposición…
Un camarero dejó en su mesa dos platos: en uno había un Coulant y en el otro una manzana.
―Toma. Quédate mi Coulant.―le dijo Pompeu, y deslizó el plato del dulce hacia Andreu.― Tendrás que tomar fuerzas para hacer frente a todo lo que se nos va a venir encima. Nada mejor que el chocolate para eso.
―¿Estás seguro de que vas a hacer esto? No quiero que a última hora me dejes colgado. Estoy harto de decepciones. Y ya te he dicho que los padres de las chicas se pondrán furiosos cuando se enteren. No voy a esconderte nada. Las cosas, como son.
―No, no, nada de eso. Mañana pásate por mi oficina. Está en el edificio que hay a la derecha de la galería. Hay el grafiti de unas tetas en la fachada. Trae un cartapacio con las fotografías y todo. Si jugamos bien nuestras cartas, no habrá protesta que nos pueda parar.

La exposición de Andreu se inauguró en noviembre. Durante esas semanas había tenido tiempo para ordenar las ideas que le bailaban por la cabeza.
A la presentación de la exposición asistieron todos los artistas barceloneses que no tenían nada que hacer esa tarde de invierno. Algunos, los más cerrados de mente, se fueron en cuando las fotografías se destaparon. Otros, aplaudieron el valor que habían tenido Andreu y Pompeu al hacerlas públicas.
Los catálogos de la exposición se agotaron como si fueran bombones Lindt gratis. Cuatro de las veinte fotografías que habían expuesto se vendieron esa misma tarde. Los compradores fueron tres chinos ricos que confiaban en el futuro éxito de Andreu y un italiano que acababa de abrir un restaurante de cinco tenedores y buscaba obras que colgar en sus paredes.
Al día siguiente, los diarios se repartieron las opiniones. Los había que amaban el arte de Andreu y otros que lo aburrían, y lo definían como ‘algo soso que solo se sostiene por su propia vulgaridad’. O lo adorabas o lo detestabas. No había términos medios.

Ocho de noviembre, pocos días después de la inauguración de la exposición de Andreu.
Por sorprendente que pareciera, Andreu no había recibido ninguna denuncia ni carta de protesta todavía. Las asociaciones de madres y padres, los grupos de religiosos, etcétera, debían estar demasiado ocupados como para encargarse de acabar con un provocador del momento. Andreu era un tío suertudo. Hacía lo que le daba la gana, creaba lo que le apetecía crear, respetaba lo que quería respetar, y, mientras, su fama crecía con rapidez. Su nombre había vuelto a las portadas de algunas revistas del underground barcelonés, y personas influyentes que nunca habían sabido de él, ahora se fijaban hasta en el último detalle de sus fotos. No había pasado ni una semana de la inauguración, y ya se podía decir que Andreu se había “consagrado” en esos círculos en los que siempre había querido estar.
Fue ese día de la segunda semana de noviembre, esa mañana de sol y aire frío, cuando las cosas se torcieron. Alba Gea, profesora de bachillerato y secundaria, había decidido ir a pasar la mañana en Barcelona con su marido. Vivían en un pueblo de las afueras; ella trabajaba en un colegio allí, pero, aún así, adoraban Barcelona, y siempre que encontraban un minuto, se escapaban a la capital. Un amigo de la pareja les había recomendado la exposición de Andreu.
Andreu, ese profesor de Plástica que trabaja en el mismo colegio que tú, ha montado una exposición bastante… ¿Cómo lo diría? ¿Subida de tono? en una galería de Barcelona.—les había dicho.
Alba había pedido un café con leche para llevar en un bar. Al ver la exposición, se le cayó al suelo. El café salpicó sus tacones de ante, sus mallas trasparentes y el borde de su falda corta. Intentó articular alguna palabra:
— Esas muchachas…
Se dirigió hacia el vigilante de la exposición que en esos momentos estaba paseándose por la sala y le preguntó por las modelos. Él la miró con cara de sueño, indiferente, como si no entendiera lo que le estuviera diciendo.
—¿Puede hacer el favor de contestarme? ¿Quiénes son esas chicas? ¿Cuáles son sus nombres?
—No se me está permitida esa clase de información.—dijo. Tenía un tono de voz grave, de ultratumba.

El director pidió por megafonía que Andreu fuera a su despacho. La junta directiva estaba reunida. Se habían sentado alrededor de una mesa redonda y parecían bastante preocupados. Discutían entre ellos como nunca solían hacerlo: entre gritos e insultos. Pocas veces habían llegado a situaciones tan extremas. Al director le sudaba la frente como si hubiera estado corriendo durante seis horas de cara al sol, y a la jefa de estudios le daban pequeños sofocos que intentaba disimular levantándose y volviéndose a sentar.
Cuando Andreu llamó a la puerta, todos fijaron sus miradas en ella, y, en cuando se abrió, empezaron a dispararle los insultos y gritos que se habían ido diciendo entre ellos. Por su parte, el director intentó mantener la calma y que todos la mantuvieran también, aunque se le estaba haciendo imposible.
—Veamos, Andreu. Siéntate y cuéntanos qué leches has hecho. Los de la asociación de padres del colegio están que cagan fuego.—le dijo.
—No entiendo tanto alboroto. ¿He hecho algo mal?—Andreu hablaba con insolencia. Hacía semanas que había asumido que iba a ser despedido por lo que había hecho. Prefería que lo despidieran a renunciar. Esperaba estar dando clases hasta el último minuto que pudiera.—Si lo dices por lo de la exposición en Barcelona, que sepas que nadie obligó a esas chicas a posar para mí.—Se cruzó de dedos, y continuó hablando.—Lo que haga fuera del centro no incumbe a nadie más que a mí.
—¡¿Pero te has vuelto loco, Andreu?! Por culpa de tu inconsciencia el colegio pagará cantidades que… que no puede permitirse, a la familia de las chicas, y tú también, y reza porque no ocurra nada peor.
—Me trae sin cuidado, mira tú por dónde.
Todos estallaron. Le insultaron y enviaron a la mierda más de cien veces seguidas. Andreu nunca se había sentido tan odiado y le encantaba. Había algo en la rabia de esos hombres y mujeres que le ponía. Fue empujado fuera de la sala, y el director salió con él, para dirigirle unas últimas palabras.
—Nunca me habría imaginado esto de ti, Andreu. De hecho, aún no me entra en la cabeza lo que has hecho. Presentar unas alumnas de forma tan obscena al mundo… No sabes las consecuencias que te traerá. Espero que disfrutes lo que debes estar cobrando por esa basura. Pronto se te acabará el juego.
Andreu asintió con la cabeza. Lo hacía hasta con una pizca de condescendencia, un respeto hacia ese hombre que se notaba de lejos que era falso.
—Siento que las cosas terminen así entre nosotros. Mi arte va delante de todos.
—¡Qué decepcionante eres, chico! ¡Te imaginaba más listo!
En ese momento bajó la mirada y, al toparse con el suelo, se dio cuenta de que ya no tenía por qué contenerse más. Estaba siendo despedido.
—Cómame el agujero del culo, señor.
—¡Fuera de aquí!
La papada se le hinchó y los colores le subieron a las mejillas. Mientras Andreu se iba alejando por el pasillo de suelo de mármol y vitrinas polvorientas sentía los ojos de ese estúpido clavados en su nuca. Saboreó ese momento y silbó, despreocupado.

Tres meses más tarde, la exposición había terminado, los juicios contra Andreu se había sucedido, y el dinero recaudado con la venta de sus obras había sido suficiente para contratar abogados y colocarse en el lado bueno de la ley.

Al salir de los tribunales, Andreu reía con un par de amigos que le habían acompañado, eufórico. Se acababa de librar de unos cuantos años de cárcel. Muchos, seguramente. Los padres de Préssec y Llimona parecían furiosos. Le miraban desde lo más alto de la escalinata de la entrada. «¡Esto no acaba aquí, cabrón! ¡Más te vale dormir con un ojo abierto a partir de ahora!». Ese comentario y muchos otros se tuvo que oír mientras esperaba un taxi. Él hacía como si oyera llover. Zanjó el asunto diciéndole a sus colegas: «¿De qué blockbuster deben haber sacado todas esas amenazas?» Estallaron en carcajadas y subieron a un coche que acababa de parar delante de ellos. Justo cuando Andreu iba a subir, notó cómo una bola de fuego se hundía en su pecho. Después, todo se volvió borroso. Los sonidos se convirtieron en un pitido insoportable. Cayó al suelo, desmayado. Y, en ese momento, entre la conciencia y la inconsciencia, tomó la decisión de irse de esa ciudad.

Su segunda venida
Barcelona, marzo de 2014
Para colmo, la primavera se acercaba con la discreción de cada año. Se notaba en el aire de la ciudad, que era más salado, y en las farolas de las calles, que cada día iluminaban menos tiempo. A Boris no le gustaba la primavera porque significaba que el verano llegaría pronto. En cambio, a su amigo, Bastián Carbó, le daba igual qué estación fuera. Él, con estar en Barcelona, ya se daba por satisfecho. Solo necesitaba su capital para sentirse a punto de alcanzar la felicidad.
Los dos se habían dejado crecer sus barbas, aunque la de Carbó era más larga y estaba más bien cuidada. De pequeño, su padre, un peluquero más de pueblo que de ciudad, le había enseñado a (como él lo llamaba) ‘podar los arbustos de los señores’. También se debe admitir que Boris era más atractivo que Carbó: tenía tres años menos (cuarenta, para ser concretos), un cuerpo más atlético, y sus ojos, de color verde con los bordes lilas, le convertían en una especie de insecto vestido como un humano.
Los dos estaban tomándose un par de cafés en una terraza de la calle de Pelai. Bastián picaba en la mesa con el anillo dorado que llevaba puesto. Daba pequeños golpecitos, muy acompasados.
Unos días antes se habían encontrado por Tallers, después de años sin tener noticias el uno del otro. Habían decidido quedar, fuera para ponerse al día, fuera para intentar recuperar las entretenidas discusiones de la universidad… Fuera por lo que fuera.
Pasaron dos horas hablando. La mañana en la ciudad se había ido despertando mientras tanto. Cuando habían llegado al café, por las calles solo caminaban grupos de jóvenes y niñatos que volvían de fiesta, o viejos que iban a comprar los periódicos de domingo y el pan. Ahora, el ambiente de siempre en Ciutat Vella había aparecido. Los turistas chinos que algún día pasarán a formar parte de los edificios de Gaudí de tanto fotografiarse en ellos, estatuas humanas aún sin maquillar en dirección a las Ramblas…
A lo lejos se oía un violonchelista tocando algo de Bach. La música quedaba en un segundo plano por los ruidos de coches y motos. Si se miraba hacia los altos edificios de esa calle, en el balcón de uno podía verse a un joven desnudo que, tapándose solo con su instrumento, enseñaba al mundo cuál era su don. Nadie se fijaba en él. Es la libertad de las grandes capitales. Haz lo que te dé la gana, que nadie va a quejarse. ¿Por qué? Pues porque cada uno vive en su bola de cristal.
Bastián señaló al músico con la mano derecha, para que Boris lo viera. Dejó de golpear la mesa con su anillo, lo que fue de agradecer.
Boris se sacó la carrera de Literatura a los veinticinco años, de lo que ya hacía más de diez. Su sueño había sido ser escritor, pero no se trataba de un sueño con el que llevase obsesionado desde la infancia. Se decidió por este camino ni más ni menos que a los veinte años, al darse cuenta de que se había convertido en el fracasado al que siempre había tenido miedo. Sí, ser escritor era un sueño muy común. Escribir, fantasear… Verbos que parecen más cerca de convertirse en idioteces que de conjugarse, y que luego se echan de menos, con la morriña de los treinta, cuarenta y cincuenta. Lo diferente que Boris tenía de los demás alumnos de su universidad era… No sé, realmente no lo sé. Supongo que él era consciente de que había mucho aficionado queriendo ser escritor, y que ni un cuarto de esos lo conseguirían. No para ganarse un sueldo, por lo menos. Eso era lo que creía. La verdad es que nunca tuvo una conversación sobre el tema con ninguno de los otros estudiantes, así que dio por supuesto que nadie había pensando en que en las estanterías de este mundo no había espacio para tantos universitarios con miel y ambición en los labios. En el mismo punto. Mezclándose. Naranja con rojo, dando el color coral.
Si conseguía convertirse en escritor, no se ganaría la vida con ello, así que pensó en más cosas que se le diesen bien. Buscó la manera de ganarse un sueldo para así independizarse e irse a vivir fuera de Mataró, ese pueblo que se creía ciudad. La vida era demasiado de pueblo como para ser de ciudad. Todos sabían de todos. Tenía demasiado mitificada la vida de capital como para aceptar que eso lo fuera. ¡París, Barcelona, Londres! Eso eran señoras ciudades, capitales en mayúsculas, lugares que brillaban por lo exótico y lo elegante. La cuestión era que, tras meditar mucho sobre el tema, se dio cuenta de que no había nada más que se le diese bien. Por lo tanto, no podía ser escritor. «¿Sobre qué voy a escribir si solo sé escribir?» se decía para sus adentros. Se deshizo de ese pensamiento lo antes que pudo. Era un optimista de primer nivel, o, en otras palabras, un iluso que prefería ignorar la realidad a intentar cambiarla.
A las doce del mediodía Boris iba de vuelta a su piso. Estaba en la calle dels Àngels, a un tiro de piedra del MACBA. Tampoco le servía de mucho tener ese museo cerca. Él odiaba el arte contemporáneo: todo lo abstracto, todo lo que se saliera de las formas clásicas. En ese sentido creía que había ido a dar con la época equivocada. Si hubiese nacido durante el Renacimiento italiano… o en el París de los simbolistas… Fantasías.
Su piso era bastante grande, con un suelo de mosaico que repetía sus motivos por todo el espacio. Un salón, un despacho, dos baños, dos habitaciones y un solo inquilino: él. Su madre había muerto hacía dos años. Había vivido con ella hasta entonces. No es que tuvieran una relación estrecha, pero ninguno de los dos tenía otro lugar al que ir. El padre de Boris había sufrido un infarto cuando él no tenía más de diez años. Como que era un hombre importante (notario, ni más ni menos) la herencia que su mujer recibió fue jugosa. Les dio para vivir hasta entonces. Y, cuando la madre de Boris murió, todo fue a parar a sus manos. Si administraba bien su dinero, podría vivir hasta los sesenta o setenta años. Para entonces ya estaría tan viejo que no le importaría si tenía dónde vivir o no.
Boris aprovechó su suerte y tomó la decisión de dedicarse por completo a la literatura. ¿No es eso lo que hacen los herederos con más suerte…? ¿Dedicarse a las artes? Ellos y los más trabajadores, los que saben que triunfarán por su esfuerzo. Eso es lógico.
Boris encontró en su buzón una caja de bombones que alguien había metido de mala manera. Estaba un poco arrugada, pero eso daba igual. Los subió a su piso con satisfacción, contento porque alguien se hubiese acordado de su cumpleaños.
¡Cuarenta años! ¡Se decía pronto! Él no acababa de entender lo que esa edad suponía. Todo lo que dejaba atrás, todo lo que le esperaba. Cada vez estaba más cerca de la vejez, esa última etapa que a tantos les duele y que, en el fondo, tan pocos disfrutan como deberían. Sí, aún le quedaban más de veinte años para ser oficialmente viejo, pero, habiendo sentido la muerte tan próxima desde niño, su madurez siempre había ido un paso por delante de los de su misma edad.
Entró en su despacho y, tras desabrocharse el abrigo, se dejó caer sobre su sillón. La caja de bombones ahora estaba encima del escritorio. La miraba con seducción, retándose a comerla entera. La abrió, y también abrió la ventana que daba a la calle.
La noche anterior había olvidado una taza de café aún sin beber en una punta del escritorio. Además de eso, tenía todo su papeleo esparcido por la mesa.
Hacía un sol radiante, no demasiado extraño en el invierno barcelonés, pero sí un poco más agresivo de lo que debería.
Cerró los ojos y se deshizo en pensamientos gelatinosos. «¡Ya tengo cuarenta años! ¡Joder! Tanto tiempo y todavía no he hecho nada». El optimismo del que he hablado antes se esfumó. Charlando con Bastián se había dado cuenta de lo poco que había hecho en cuarenta años. Todos esos planes que tenía en su juventud de convertirse en una estrella en el mundo de la literatura se daban por perdidos. No había hecho nada, absolutamente nada. Había dejado que las hojas cayeran, y fuesen cayendo cada otoño por las calles de la ciudad. Ignorando todo eso, viviendo la buena vida. Ahora se sentía podrido por dentro. Como si el hecho de no haber triunfado le quemase las entrañas.
«¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!» le repetía la caja de bombones, a la que no había dejado de mirar. Los bombones estaban a punto de derretirse. Ese calor era impropio del invierno. ¿Qué más daba? Tenía problemas más grandes en los que pensar. Problemas como el haber malgastado una vida. ¿Y si hubiese sido otro espermatozoide el que hubiese llevado al óvulo de su madre? ¿Habría aprovechado más la vida que se le habría dado? Era cuestión de segundos. Si el espermatozoide que iba detrás de él hubiese dado un último empujón para llegar primero… Boris nunca habría sido Boris. No, por lo menos con su cara, ni con su actitud, ni… ¡Siendo Boris, leches!
Bastián Carbó le había explicado que esos últimos años había estado trabajando en exposiciones y un par de películas proyectadas en festivales. La verdad es que se había topado con su nombre en los periódicos más de una vez. Era un hombre hecho y derecho, con marido y un niño adoptado hacía unos tres años. Iba a nadar a una piscina a diario, escribía sus guiones por las noches y se divertía con sus modelos en estudios de fotografía siempre que podía. Una vida envidiable, ¿para qué negarlo?
Comparó hasta el último aspecto que encontró de su vida con la de Carbó. No había nada que hacer. Él era ateo, y sabía que esos ochenta años mal calculados que estaba destinado a vivir eran su oportunidad de conseguir el éxito. Empezó a hablar solo, gritando algo parecido a: «¿Por qué nadie me avisó de que la vida corría? ¡Nadie me dijo que tenía que darme prisa! ¡Que cuarenta años eran en realidad cuarenta segundos! ¿Por qué nadie me dio un manual de cómo aprovechar la vida cuando llegué a esta? Parece como si los demás hubieran vivido un tiempo que yo no hubiese tenido, como si yo acabase de despertar, de nacer… Como si hasta ahora hubiese estado en una especie de útero materno, y acabase de salir.» Se asomó a la ventana y se metió dos dedos en la boca. Necesitaba vomitar, lo sentía necesario. El café y el cruasán de esa misma mañana cayeron sobre el alféizar de la ventana. Lo observó. «¡Esta es mi maldita creación! ¡Lo único que he conseguido en tanto tiempo!». Enfadado consigo mismo, se sentó de nuevo en el sillón. La caja de bombones ya estaba completamente derretida. Los bombones habían huido de sus huecos y manchado todos los papeles que Boris tenía sobre el escritorio. Mierda, mierda y mierda. Eso era lo único que veía. Mierda de chocolate, que no por ello dejaba de ser asquerosa. Y si miraba por la ventana veía mierda, y por la puerta de entrada también. Hasta esa copia de un cuadro de Magritte que tenía colgada en la pared era mierda.
Cerró los ojos y los dejó así durante media hora, como un muerto. Hacía años que no escribía algo decente. La única vez que intentó ir lejos fue a los treinta años, con el proyecto de una novela corta que acabó abandonando. En los últimos meses se había limitado a escribir artículos cortos. Nadie leía sus artículos; aún así cobraba por ellos. Esa misma semana estaba enfrascado en la escritura de un artículo sobre surrealismo, cubismo y los movimientos de vanguardia del siglo pasado. Se lo había encargado una revista bastante importante, así que decidió esmerarse y, el día antes, había ido a la biblioteca a buscar todo lo que encontrara sobre el tema. Se lo sabía de memoria, pero aún así quería repasaR datos. Algunos de los papeles y libros que habían esparcidos por el escritorio trataban de esos temas.
En ese momento de frustración tan agobiante lo último en lo que quería pensar era en ese encargo, pero no podía evitarlo. Los libros estaban ahí. Algunos habían sido alcanzados por los bombones derretidos. Ya daba igual. Tampoco tenía pensado devolverlos. Los títulos de las portadas, algunas hojas impresas con información de Wikipedia… Allí donde ponía el ojo, allí donde había una letra. Alguien llamó al timbre. Sus pintas eran horrorosas. Solía llevar el cabello engominado hacia atrás y de tanto tocárselo por el estrés se le había desmoronado el peinado. Un mechón rubio por aquí y otro de más castaño por allá. Uno se metía en su ojo izquierdo, justo antes de que levantase su mano para rascárselo.
Al abrir la puerta se encontró con un chico trajeado de blanco y negro que llevaba un ramo de rosas en la mano. «Buenos días, ¿es usted el señor Boris Vilaseca?» le preguntó, sorprendido por su aspecto. «Desgraciadamente.» respondió… ¡y qué razón tenía!
Después de arrancarle el ramo de las manos al pobre chico cerró la puerta dando un portazo y volvió a su despacho. Las rosas ahora estaban sobre la caja de bombones, ocultando el merder que había armado.
Puso los pies encima del escritorio, tirándose hacia atrás en el confort de su sillón. Lo hizo con tanta mala suerte que tumbó su taza de café, y el líquido mojó las hojas impresas. ¡Qué caos!
El café vertido se fue extendiendo por los papeles hasta que llegó al que era la portada de los otros. Solo había una palabra, un título: Vanguardias. La cabeza se le iluminó, como si hubiese encontrado la solución a la incógnita más complicada que se hubiese formulado. Así, de la nada, fruto de unos minutos de ansiedad y un segundo de inspiración, una idea nacía. Lo que no pensaba que fuera posible, la inspiración en la que ya no creía. ¿Cuál era la idea? Los movimientos… Su renovación… La renovación de los movimientos… La renovación de los movimientos artísticos. ¡Eso era!
Le siguió dando forma durante un cuarto de hora. Un nuevo ismo, ruptura con el arte del momento. Una corriente, como la de los ríos, que ahora fluía por cada hueco de su cabeza. Algo polémico, escandaloso… ¡El escandalismo!
Lo gritó con todas sus fuerzas: «¡El escandalismo, sí! ¡Esa es la respuesta!» Había llegado al orgasmo de su creatividad, como si una llave le hubiera abierto la nuca y hubiera liberado toda la imaginación que tenía encerrada allí. Había resuelto su crisis con la inspiración que llevaba años sin ver, oler y tocar. Aquello era algo mágico, casi increíble… O así lo veía él.
Del archivador donde guardaba las hojas en blanco cogió unas cuantas y, arrastrando con el otro brazo todas las cosas al suelo, las dejó en el escritorio. Con su pluma escribió páginas y más páginas, sin detenerse ni un segundo para pensar qué era lo que estaba escribiendo. Cuando tuvo cinco páginas llenas de palabras, casi sin espacio entre línea y línea y sin márgenes, explotó. En un repentino ataque de alegría se levantó y, agarrando el sillón, lo lanzó por la ventana. Nadie caminaba por la calle en ese momento, una suerte. Se estrelló contra el suelo y, entre un ruido seco y todo lo que vino después, se desmontó.
Boris cerró la puerta de su piso de un golpe y, corriendo, bajó las escaleras. Por las calles de la ciudad iba brincando, cantando y saludando a los desconocidos, como un loco lo haría. Los niños se lo miraban con esa mirada divertida y boba que tienen casi todos. A cámara lenta, las mujeres movían sus labios, disimulando las sonrisas que más cuestan de evitar: las de complicidad.
Boris vestía una camisa blanca desabrochada y unos pantalones negros un poco arremangados. De zapatos no llevaba, por lo que iba rascando sus pies con el duro pavimento. Tenía unas cuantas magulladuras, pero no sangraban.
Cruzó las Ramblas como quien baila por el pasillo de su propia casa. Los guiris de siempre reían. Chinos, alemanes de caras rojas y gente de aquí. En una ciudad donde nadie se fijaba en nada, todos dedicaban un instante de sus vidas en girar la mirada para ver a Boris pasear.
Llegó a la plaza Nova y siguió por la avenida de la catedral. No dejaba de cantar una canción de los Manel, esa pegadiza canción que una vez se te engancha no se puede despegar ni con un cepillo. Era su momento de celebración.

Al mar, al mar!
Al mar, al mar!
Al mar, al mar, al maaar!

Una joven de vestido negro, desconocida, le hacía los coros. Al llegar a la entrada de la catedral, subió la escalinata que había delante mientras se reventaba los botones de la camisa tirando de ella. Antes de entrar, se bajó los pantalones, y, una vez estuvo completamente desnudo, empezó a correr moviendo los brazos como aspavientos y gritando: «¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!» veces y más veces, como un mantra. No tenía demasiado pelo en el cuerpo. Solo un gracioso remolino en el pecho y una línea que le bajaba por el vientre.
Su voz resonaba por las paredes de la basílica, y los turistas que había dentro, con las mandíbulas desencajadas por la sorpresa, le fotografiaban y reían. La catedral nunca antes había acogido un concierto parecido.
Una vez se quedó sin voz se arrodilló para, a continuación, quedarse tendido en el suelo, como un muerto al que dan la vuelta para no tener que verle la cara. La iluminación del lugar hacía que su cuerpo pareciera de cobre. Alguno de los jóvenes que estaban visitando la catedral corrió a hacer una fotografía a su culo. Luego la colgó en Internet y la tituló: ‘La guinda del pastel’.

El escandalismo es la primera corriente vanguardia del siglo XXI, y, como tal, no le debe nada a nadie más que a los que hicieron triunfar las vanguardias del siglo pasado. Esas son sus únicas influencias. El escandalismo es como el resultado de sumar cubismo, fauvismo, surrealismo, etcétera, y añadirle un plus de actualidad, de nuevo siglo. Como todos esos movimientos, queremos romper con lo que ha habido antes que nosotros, ¿y qué es lo que ha habido antes que nosotros? Pues esos asquerosos artistas abstractos, minimalistas y hippies que han hurgado en los cubos de la basura para encontrar su materia prima.
Nosotros queremos volver atrás, al tiempo en que lo importante era romper, pero sin olvidar en ningún momento que era el arte lo que nos había llevado a donde estábamos.
¿Nuestro objetivo? Provocar al público del siglo nuevo. ¿Cómo? Por todos los medios que encontremos. Si una fotografía de una vagina ensangrentada provoca al público, ¡entonces eso es escandalismo! Si la mujer de la vagina es la esposa de un primer ministro, ¡eso es un claro caso de escandalismo!
No creemos en lo abstracto. Nuestras obras, en pintura y escultura, siempre son figurativas. El abstractismo es arte flaco, al igual que la sepia sin limón lo es en la cocina.
Provocar, sea como sea. Eso es lo importante. Oh, y eso sí, se ha de ser elegante. Siempre provocar con elegancia. Nada de payasos o humor casposo.
El escandalismo es el único movimiento de vanguardia de este siglo. Todos los otros movimientos que puedan ‘surgir’ no van a ser más que imitaciones del que hablamos. Nuestro movimiento es suficiente para ocupar cien años, y quizás más. Eso ya se verá más adelante.
Boris Vilaseca

Eso era lo que decía la primera página del texto escrito por Boris. No era muy prometedor, pero partía de un punto bastante original, y qué mejor que la originalidad en unos tiempos en que todos los creadores se copian los unos a los otros.
El viento que entraba por la ventana que Boris había descuidado al salir esparció los papeles por el suelo. Fue el ruidito tan ligero que hicieron al caer lo que le despertó. Él, tumbado en el suelo del mismo despacho, había dormido hasta entonces. Eran las ocho de la mañana del día siguiente a su aventura medio mística, medio ridícula. La sala estaba desordenadísima, como si un tifón la hubiese destrozado. La porcelana de las vitrinas, rota. Todos sus documentos, por los suelos. Las baldosas, sucias y con trocitos de dulces enganchados.
No recordaba gran cosa. «Ayer escribí una obra maestra, de eso estoy seguro.» Nada más. Ni el espectáculo de la catedral, ni la euforia que vino después de la depresión. Cuando pensaba en el día anterior solo conseguía recordar lo que había escrito sobre el escandalismo. Esa idea cojonuda, interesante hasta las trancas y aún bastante esponjosa. Se le podía sacar más jugo, se le podían añadir más detalles. Fuera como fuera, debía empezar con su mañana.
Miró de refilón su agenda, que había caído al suelo junto con todo el papeleo, y vio que tenía alguna cosa apuntada en el espacio del día. Entrecerró los ojos para ver mejor y distinguió un: «Cita con Germinal y Andreu en Els Quatre, a las once.»
Un par de semanas atrás, se había topado por la calle con un amigo suyo de juventud, y le apeteció invitarle a tomar un café. No pudieron pasar demasiado rato juntos, así que decidieron quedar otro día para así poder seguir curioseando el uno en la vida del otro. Ese amigo suyo era Andreu y, junto con él y otro chico llamado Germinal, se habían corrido las juergas más descaradas cuando no tenía mucho más de veinte años.
Se les pasó por la cabeza invitar también al tercer chico, así que buscaron su número de teléfono entre las agendas de contactos de cuando eran más jóvenes. A Germinal le pareció perfecta la idea, aunque en un principio no les había reconocido la voz.
Como que los tres se habían estado sacando sus carreras en Barcelona, habían vivido durante sus años de universidad en un piso de estudiantes, muy cerca de la plaza de la Universitat.
Boris se acicaló en dos minutos y salió disparado hacia el Portal del Àngel. El cielo estaba encapotado. Era como un pa de pessic de limón con azúcar glas por encima. Barcelona siempre ha sido muy comestible, y más con sus edificios modernistas.
Llevaba sus gafas de ver un poco empañadas. Se las quitó mientras iba caminando por la calle y las frotó contra su chaqueta. Sus pantalones eran demasiado ajustados, le molestaban. El jersey, de cuello cerrado, le asfixiaba un poco. Si a todos esos inconvenientes se le añaden los nervios del reencuentro puedes imaginarte que Boris no se sentía muy cómodo.
Cuando entró en el café Els Quatre Gats solo vio un camarero pasando un paño por algunas mesas. Allí no hacían ni los mejores cafés ni los mejores postres, pero el lugar era acogedor. Se habían citado allí porque era donde iban a pasar sus tardes de estudio cuando vivían los tres juntos. Menos cuando algún guiri perdido se ponía a pulular y fotografiar todos los cuadros colgados, el ambiente que se respiraba era de lo más especial.
Se sentó en el fondo del local. La luz que se colaba por la entrada era la única iluminación del sitio, y en un día gris como aquél, se hacía de lo más escasa.
Pidió un café con leche al camarero. Mientras esperaba iba pensando en el escandalismo. Cómo dar a conocer la idea, dónde buscar cómplices… Eran demasiadas preguntas, y todas necesitaban las respuestas exactas.
A los cinco minutos llegó Germinal. Su cabello había crecido desde la última vez que lo vio, más de lo imaginable. Llevaba su melena a la altura de la clavícula. Castaña y lisa, provocativa también. Que no se dejase bigote o barba hacía que aparentase menos años de los que tenía. Dudó unos segundos en cruzar la puerta, y, al ver a Boris, se le acercó.
—¡Bombón!—saludó Germinal.
—Muy buenas, tío.
Se abrazaron de la forma más sincera. Un beso antes de separarse y volver a sentarse. Al verse se dieron cuenta, a la vez, de que en ningún momento había perdido esa complicidad que siempre había colgado, como un nudo, del corazón del uno al del otro.
Hablaron largo y tendido de lo que habían estado viviendo esos últimos años. Germinal le explicó que, después de ser el protagonista de una importante exposición en una galería de Pedralbes, desapareció. No porque él quisiera. Era algo que iba en contra de su voluntad. Simplemente, la gente lo ignoró, perdió el interés en su obra y en su estilo.
«Son cosas que pasan…» se justificaba. Desde entonces se había dedicado a pintar para revistas de domingo y panfletos informativos. Así se había ido sacando sus pelillas, y tan ancho que vivía. No había tenido en ningún momento problemas económicos. Había sabido rodearse de personas como notarios, abogados o economistas, que sabían aconsejarle sobre qué caminos seguir y cómo vivir para no acabar tambaleándose sobre un pozo de deudas.
Boris improvisó algunas historias que no había vivido, como, por ejemplo, escapadas a París o estancias largas en Madrid, para que así su historia no quedase tan vacía como en realidad era.
Cuando ya estaban agotando sus temas de conversación Andreu apareció. Se excusó por el retraso. El tráfico le había impedido llegar antes. Él trabajaba como director de un estudio fotográfico, en la periferia. No obstante, vivía en el Passeig de Gràcia. De los tres él era del que se podría decir que había triunfado más, o por un tiempo más largo. Contaba que su constancia y espíritu trabajador lo habían llevado a ser un hombre sin familia pero con un bolsillo a reventar de billetes. Sin embargo, no solo eso le había llevado al éxito. Aunque Boris no estaba informado sobre el tema, había oído algo sobre una tal polémica en la que Andreu había estado envuelto y que le había catapultado al éxito en el mundo de la fotografía y del arte del momento.
Hasta tres años antes había estado trabajando como profesor de Plástica en un colegio religioso de las afueras. Compaginaba ese trabajo con sus proyectos más personales, que llevaba a cabo, sobre todo, durante las vacaciones de verano e invierno. Por algún motivo que ni Germinal ni Boris conocían había perdido el trabajo, y fue en esa misma época cuando pasó de ser un desconocido maestro de primaria a un fotógrafo de renombre.
Las horas, las medias y los cuartos fueron circulando. Ellos, indiferentes a lo que ocurría en el mundo, se habían encerrado en sus propias conversaciones. Ahora, tras haberse puesto al día sobre sus vidas, discutían sobre temas de actualidad o de historia. ‘Como en el viejos tiempos’, que se diría, creían haber recuperado las ganas de vivir de cuando eran jóvenes. En cierto momento, charlando sobre arte, a Boris le vino a la cabeza que podía invitar a sus dos amigos a participar en el proyecto del escandalismo. Los tres, cada uno desde su disciplina artística, intentando crear algo que no pudiera tocarse. Con novelas, manifiestos, pinturas y fotografías.
—Escuchad. Quisiera proponeros algo.
Los dos se mostraron atentos a la explicación. La idea les pareció interesante, y ninguno tenía nada mejor que hacer, así que decidieron tirar hacia delante. Boris, Andreu y Germinal. Andreu, Germinal y Boris. Germinal, Boris y Andreu. Los tres juntos, como unidad indivisible. Los tres como genios. Los tres iban a ser los representantes de ‘algo’ que se avecinaba.

Ese mismo día por la tarde, Boris fue a buscar información sobre las vanguardias del siglo XX en una biblioteca. Aprovechó la ocasión y llevó su portátil. Tecleó las cinco primeras páginas del manifiesto escandalista, que había escrito el día antes, y las envió por correo a Andreu y Germinal. Así lo habían hablado: él les enviaría el texto y, si ellos veían todo correcto, le responderían diciendo que el proyecto, definitivamente, les interesaba. A las pocas horas ya tenía las dos respuestas en la bandeja de entrada de su correo.
«Podríamos vernos mañana, otra vez, en Els Quatre Gats, para avanzar con el manifiesto e ir pensando en todo el rollo de la presentación, y eso.» sugirió Germinal. Boris, sin embargo, tenía planeado ir a pasar el día en su pueblo natal, así que les confió la tarea. «Podéis ir haciéndolo vosotros. Supongo que la idea general del escandalismo ya la habéis captado, y con lo grandiosos que sois seguro que no os costará escribir unas mil páginas más, echándole un par de horas y de huevos.» les dijo.
También aprovechó para llevar de vuelta a la biblioteca los libros que unas semanas antes se había quedado y que había ensuciado, sin recordar aún cómo. Los abandonó en una estantería, entre la sección de libros sobre química y la sección de libros sobre física. Tenían manchas de chocolate, las portadas estaban pegajosas y algunas páginas habían sido arrancadas.

Esta vez Andreu llegó primero. Pidió asiento y un cappuccino freddo. Sí, todavía hacía mucho frío, pero eso a él ya le gustaba. Cuanto más frío mejor. El calor era para los insectos y los pájaros migratorios. La vida tenía que ser a diez grados bajo cero para disfrutarse. Por esa razón, casi todos los años, con la llegada del verano, él viajaba a Sudamérica, donde solía quedarse hasta mediados de septiembre, o, si la cosa se alargaba, hasta octubre. Ese año, sin embargo, iba a ser diferente. Estaba planeando irse a pasar una temporada a Nueva York, donde le había surgido un trabajo como profesor en una universidad. Había estado pensando en la oferta, y también en la del proyecto de Boris, y había decidido que lo mejor sería fusionar las dos opciones; aprovechar su estancia en América para promocionar el movimiento. Entre Germinal y Andreu, él era el que más ilusionado estaba con el escandalismo. El cubismo había sido su debilidad desde adolescente. Cuando lo descubrió visitando un museo, en París, a los dieciséis años, quedó enamorado de sus pintores y símbolos. Más o menos lo mismo que le había sucedido a Germinal con el surrealismo, aunque, en concreto, lo que a Germinal le encantaba era Salvador Dalí. Había vivido obsesionado con él desde siempre. Los dos eran de Figueres y los dos tenían unas personalidades de lo más extravagantes. No podía evitar comparar, y, cuando lo hacía, se daba cuenta de que, tal vez, él era su reencarnación. Sin embargo, Germinal había nacido en 1976, y el pintor ampurdanés había muerto en 1989, lo que contradecía su teoría.
En el café se respiraba un aire más fresco que el otro día. El viento salvaje había bajado desde los Pirineos esa noche y había estado barriendo la sofocante humedad mediterránea de las calles y los locales.
Germinal se había quedado embobado mirando los escaparates de las tiendas de camino a su cita, y por eso llegaba un poco tarde.
Compartieron unas cuantas palabras mientras comían Andreu un cruasán y Germinal un brioche y, de inmediato, se pusieron a trabajar en el manifiesto. En un portátil negro, a continuación del mismo documento que había redactado Boris, escribieron las que iban a ser ‘las características del movimiento’ y se enrollaron con otros asuntos, como las influencias de las que partía y cuáles eran sus objetivos. Los vinos con los que acompañaron el desayuno les fueron bastante útiles para dar rienda suelta a su creatividad.
Llegaron al pie de la página veinte cuando no hacían ni treinta minutos que estaban trabajando. Ese ritmo tan acelerado con el que estaban acostumbrados a hacer las cosas era una de las virtudes que los tres amigos compartían.
―Creo que estaría bien que, para presentar el movimiento al mundo, organizáramos algo como una conferencia. Algo serio, para que no nos tomasen por payasos o ‘notas’ que solo vienen a llamar la atención, que de esos hay muchos, demasiados. Ya me entiendes. ¿Qué te parece?―le dijo Andreu.
― Es una gran idea. Podría mover unos cuantos hilos y conseguir un salón de actos donde dar la conferencia, como en el Ateneu Barcelonès o algún lugar importante.―Mientras decía esto Germinal pasaba sus finos dedos por los bordes de su copa. Le encantaba acariciar la vajilla de los restaurantes y las cafeterías. Mojar sus dedos en el vino y, al sacarlos, arrastrarlos por el cristal.
Los cuadros que estaban colgados en las paredes, sobre todo un retrato en carboncillo de un hombre de clase alta, les observaban mientras hablaban. Asistían a ese frenesí artístico sin poder participar, sin poder salir de sus marcos. Colaboraban inspirándoles. De un modo u otro, ellos también eran cómplices de lo que allí se estaba creando.
―¿Y tú qué opinas sobre el tema de la independencia?―se aventuró a preguntarle Germinal. Por lo general no le gustaba hablar de política. Se ponía muy tenso. Más de una vez había acabado a puñetazos con un colega por culpa de eso. Creía en sus ideas con tanta firmeza que veía estúpido que alguien pudiera llevarle la contraria.
―Bah, eso es una de las mayores tonterías de los últimos años. Solo se pretende distraer a la población mientras los problemas de verdad se van haciendo grandes, más y más. No me gusta hablar sobre este asunto porque es de lo que hasta los bobos hablan. Y eso es lo malo de la libertad de expresión, que hasta los más tontos se creen con derecho a opinar.
Germinal no pudo evitar entreabrir la boca. No recordaba a su compañera tan… radical, ni tan idiota.
―¿De verdad te crees lo que tú mismo dices?―le preguntó. La sangre se le estaba calentando. De hecho, su corazón ya hervía. No había nada que le pusiera de peor humor que eso: descubrir que alguien maravilloso era, en realidad, un cretino.
El tono de la conversación fue subiendo. Germinal decía algo y Andreu replicaba. El primero cada vez se ponía más furioso, mientras que el segundo seguía hablando con la misma serenidad que al principio. Sin quererlo, con sus ideas tan extremas, estaba provocando a Germinal, y ni siquiera se daba cuenta.
Llegaron a un punto en que Germinal, visiblemente mosqueado, se levantó de su silla y le plantó un bofetón a Andreu. El chasquido de la palma de su mano contra el moflete de su amigo se oyó hasta en la Plaça Catalunya. Entonces, la escena se congeló. El rumor de los demás clientes, que hasta ese momento habían estado charlando muy bajo, se apagó. Algunos cuellos se giraron en dirección a ellos. Germinal se quedó paralizado. Andreu, en cambio, bajó la mirada al suelo, avergonzado por la situación.
Echarse a correr era lo mejor que Germinal podía hacer. No lo pensó dos veces. Él se fue, pero en el aire del café quedó el eco de la bofetada.

Germinal cerró la puerta con doble vuelta. La ventana de su habitación estaba cerrada, y la del comedor también, por lo que todo el piso quedaba en la oscuridad. No necesitó encender ninguna luz. Se guió a tientas hasta el baño y echó el pestillo al entrar.
Los brazos aún le temblaban, y sus venas estaban más marcadas que de costumbre. No le gustaba que pasara eso, era demasiado masculino.
Estando desnudo, se arrodilló delante del váter y se recogió el cabello. Se introdujo dos dedos por la boca. Tenía los ojos rojos. Ya no se distinguía que fueran azules, solo que eran tristes. Meneó los dedos y los retiró. El vómito vino seguido. De color marrón y una textura como de puré, con trocitos sospechosos y un líquido que lo cubría todo.
No se sentía mejor, pero, por lo menos, de esa manera, se había sacado un peso de encima. Ahora solo le quedaba el de su consciencia, que le repetía que no sabía controlarse. Actuar por impulsos, siempre por impulsos. Ese era su gran defecto.
Se incorporó y pasó un rato mirándose en el espejo. No notaba demasiados cambios en su cuerpo. Desde que había empezado el tratamiento lo único que diferente era que sentía arcadas con más frecuencia y que había estado perdiendo cabello.
Se tranquilizaba pensando en que en poco tiempo podría, finalmente, operarse, y convertirse, así, en la persona que siempre había querido ser. Aún no se había atrevido a contarle a ninguno de sus amigos o familiares lo que estaba haciendo. Todos sabían que le gustaban los hombres, pero nadie había ido nunca más allá. Nadie le había preguntado nunca si se sentía cómodo siendo uno.
Creía que si se dejaba crecer el cabello la gente empezaría a notar cómo se sentía, pero después se dio cuenta de que, en el siglo XXI, los hombres con el cabello largo solo eran tomados por modelos, amantes del rock o de lo exótico.
Puso una canción de Sylvie Vartan en su móvil y la dejó sonar mientras se tocaba el pecho, la ingle y su intruso. Iba susurrando la letra de la canción.

Comme un garçon j'ai les cheveux longs
Comme un garçon je porte un blouson
Un médaillon, un gros ceinturon
Comme un garçon

Por una claraboya que había en el techo del lavabo se colaba un foco de luz azul, que caía directamente sobre su cabeza. Sus labios, que se acababa de pintar de rojo carmín, parecían morados.

Andreu descansaba en su cama, con los ojos abiertos y el corazón todavía más.
Se sentía extraño y confuso. En especial lo segundo. Esa mañana había visto con unos ojos diferentes a Germinal. Había notado algo distinto en él, algo mejor. No como si se hubiera vuelto más carismático, o algo así, sino como si fuera más atractivo que antes.
Él siempre había estado comprometido con alguien. Pese a ser así, no había tenido mucha suerte en el amor los últimos meses. De un día para otro había perdido su encanto, y las chicas ya no se le acercaban ni para pedirle la hora. Tampoco había explicación para eso. Quizás fue cuando le empezaron a salir canas, o cuando aparecieron unas arrugas delgadas y finas bajo sus ojos…
«Tal vez estoy desesperado, y no me he dado cuenta… Sí, debe ser eso… Llevo tanto tiempo sin acostarme con una chica, y lo deseo con tantas ganas, que he acabado sintiéndome atraído por… ¡No! ¡Atraído no! Lo que he hecho es… es verlo menos feo. Eso es. Tiene que ser eso…» se decía. Era la respuesta que daba a las preguntas que se lo estaban comiendo por dentro.
Dudó de si debería seguir en el proyecto del escandalismo. Tal vez, si mantenía el contacto con Germinal, ese sentimiento se iría agrandando. Estaba en terrenos que nunca antes había explorado, y sentía verdadero miedo por lo que pudiera ocurrir. Además, después de lo que había sucedido hacía unas horas en el café, suponía que habría tensión entre ellos. Por otro lado, le ilusionaba la idea del movimiento, y todavía más tras los avances que había hecho ese mismo día. Echar a perder las brillantes ideas a las que habían dado forma sería estúpido.
Decidió darse un baño, para tratar de aclararse las ideas. Tenía la teoría de que el agua de las duchas ablandaba el cerebro, y que, por lo tanto, con ella se volvía más fácil inspirarse, tomar decisiones o relajarse.
Dejó que el agua fuera saliendo del grifo mientras se desnudaba y echaba un ojo al libro que le había dejado un colega hacía un tiempo. Era de Baudelaire, y contenía poemas en prosa. Spleen de París, se titulaba. Algo genial, antiguo, adelantado a su tiempo, atrasado en el actual. Le gustaba leer mientras el vapor iba empañando el espejo del lavabo. Luego, se ponía delante del espejo y hacía muecas. Era como si en realidad no las estuviera haciendo, como si se estuviera tomando una foto desenfocada.
Cuando hubo terminado de llenar la bañera se metió dentro, y el agua, que llegaba hasta los topes, se vertió sobre el suelo de mármol. En un rato todo estaba inundado, pero daba igual. En cuando el agua llegase al pasillo la moqueta lo absorbería. Luego apestaría, sí, pero, entonces, Andreu encendería un par de varitas de incienso que taparían el olor. Ese era un ejemplo de su filosofía de vida, que seguía a rajatabla. ‘Tienes derecho a cagarla, siempre y cuando sepas cómo solucionarlo después’.
Cerró los ojos y se hundió en la bañera, manteniendo la respiración. En el interior del agua, los abrió. Oía el ruido del mar, de las playas de su infancia… Sí, bañarse era uno de sus pequeños placeres. Un placer que se concedía siempre que podía.
Sin sacar el cuerpo del agua, alargó una mano y cogió el poemario de Baudelaire. Lo hundió y abrió por la página que tenía marcada. Leer dentro del agua era otro de sus placeres. Una vez había estado sin respirar más de dos minutos. ¿Por qué? Pues porque el poema que estaba leyendo le interesaba tanto que no quería apartar la mirada ni para tomar aire.
Tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que le había ocurrido con Germinal. Seguramente no estaba enfadado, pero la escena de ese día les sería difícil de olvidar. Tampoco él se había enfadado. Es más, se sentía un poco culpable. En ningún momento había querido incomodar a su amigo. Lo hacía sin darse cuenta, y eso le pasaba desde que era un adolescente. Aún recordaba las conversaciones con su madre que derivaban en discusiones por sus ideas cerradas. «¿Cómo puedes ser así, Andreu? ¿Acaso tu padre y yo no te hemos dado una educación ejemplar? En serio, no sé cómo puedes tener esos ideales. En ese sentido, eres una gran decepción para mí» le decía su madre.
Un hecho le iba dando vueltas por la cabeza: «Nunca antes me había excitado tanto como cuando Germinal me ha dado una bofetada, con esas manos tan delicadas…» Al cerrar los ojos solo conseguía visualizarlo a él. Lo admiraba y adoraba, desnudo o vestido, como fuera.
Se durmió estando dentro del agua. Soñó con un campo de tomateras. Él estaba allí, perdido entre las hojas de un verde primaveral, corriendo, escapando de algo. De repente, Germinal aparecía de entre las plantas y se le echaba encima. Los dos caían al suelo, quedando Germinal encima de Andreu. El primero le escupía en la cara mientras con las piernas lo inmovilizaba. A Andreu esa saliva le gustaba. Era dulce, como un caramelo masticado. Le había pringado toda la cara con su brillo.
Al despertar, dio un espasmo con el que se incorporó de golpe, salpicando todo el baño. Vomitó toda el agua que le había entrado por la boca mientras dormía. Ahora, en sus labios se mezclaban unas gotas de sangre con su saliva, como si se los hubiera embadurnado con pintalabios.

Los paisajes que Boris iba viendo mientras conducía le traían recuerdos. Eran recuerdos de infancia, amargos. Por un lado, las cenas navideñas en las que se escondía debajo de la mesa, gateando entre tacones y mocasines, y, por el otro, las heridas, las vacunas y, ¿cómo no? Las tersas manos de los adultos. Saboreaba esos paisajes con la tranquilidad de los viejos, yendo más lento cuando no tenía nadie detrás. A su izquierda había las montañas de la comarca. Era como un pesebre lleno de musgo verde y marrón, pero a lo grande, con algunos toques de marfil que le daban las piedras y los minerales gigantes.
A su derecha, el mar se alargaba. El sol había convertido el cielo en una hoja en blanco que caía sobre el horizonte. En ese punto empezaba el azul, que se estiraba hasta llegar a la costa. Allí, en la playa, algunas personas que desde la carretera se veían pequeñitas paseaban. También había niños y perros, pero estos no eran importantes. No pensaban en la belleza del lugar en que se encontraban. Tal vez nadie era consciente de esa belleza.
Boris se había puesto unas gafas de aviador y una boina francesa, de esas que salen en las películas inspiradas en el París de Edith Piaf, o en el de Chanel… ¡oh, sí! ¡Y en Vogue!
Al llegar a la zona céntrica de pueblo, y tras buscar un sitio en el que dejar el coche durante un cuarto de hora, decidió aparcarlo en el salón de plenos del ayuntamiento. Subió por la calle principal, la más ancha, pitando a los transeúntes con el claxon para que se apartaran. Entró en el ayuntamiento haciendo malabarismos de conductor experto y, después, subió una escalera interior metiéndole toda la caña que pudo. Cuando estuvo delante de la puerta del salón de plenos aceleró al máximo, abriéndola de golpe. Ahí lo dejó. Mientras lo cerraba algunos funcionarios se acercaron, asustados. Había roto una decena de sillones rojos y una pared, al estamparse contra ella. Por suerte, el techo, obra de Puig i Cadafalch, había quedado intacto. En medio de la confusión Boris salió del edificio sin que nadie se diese cuenta de que el causante de ese desastre se escapaba.
Continuó subiendo por la calle principal, indiferente. Iba viendo cómo, detrás de él, unos grupos de personas se amontonaban en las puertas del ayuntamiento para enterarse de qué había ocurrido. Boris podía culparse de ser alguien desconocido, pero su huella ya estaba en el planeta.
En la panadería a la que solía ir a buscar el pan, de niño, compró un cruasán, y en la librería en la que, en su adolescencia, compraba poesía, robó un par de libros sobre filosofía. Tardó un rato en llegar hasta su colegio, en el que había estudiado toda la primaria y secundaria. El edificio era increíble, del mismo color que el turrón, o quizás un poco más claro. De estilo neoclásico, más sobrio que cargado. Los ángeles del tejado y la estatua de Jesucristo puesta en el centro, entre ventana y ventana, hacían evidente que se trataba de un colegio religioso.
Pompeu, profesor de lengua catalana y fumador de puros desde joven, se ofreció a hacerle una visita cuando lo vio en secretaría, pidiéndole a la recepcionista que le dejase entrar.
Boris lo reconoció al ver, primero, sus labios. Eran morenos y gordos, como él mismo. Recordó las clases de catalán que se pasaba gritando a los alumnos más impertinentes e ignorando a los interesados en la asignatura. Cuando se enfadaba tenía la mala costumbre de golpear su mesa con los puños. Entonces, Boris se tapaba los ojos con las manos e imaginaba que esos golpes en realidad eran fuegos artificiales. Ya en esos tiempos era un soñador. «¡No has cambiado ni un pelo, chico!» le dijo Pompeu al estrecharle la mano. Su voz seguía siendo potente, de una agudeza de cómic. «¡Tú tampoco, cabronazo!» le respondió Boris. Aprovechaba para usar las palabras que siempre quiso dirigirle siendo su alumno. Ahora ya no podía restarle más décimas de la nota final, ni ponerle sanciones.
Acabaron su visita a las puertas de la capilla. Casi nada había cambiado. La escuela aún tenía ese aire de antigüedad que tanto había inspirado a Boris cuando era joven. Aprovechó para hablar a Pompeu sobre algo que llevaba preguntándose desde hacía unos días.
―Oye, ¿sabes qué pasó con Andreu? Me lo encontré por Barcelona y me comentó que había dejado de trabajar aquí
―Hm… no puedo decírtelo. Creo que se hizo una promesa entre profesores, y todo el equipo del colegio en general. No se puede hablar sobre el tema.
Al decir eso se cruzó de brazos, como hacen los críos cuando se niegan a algo. Es evidente que consiguió sonsacarle la información que quería. Pompeu era un tío fácil de convencer.

Se habían citado en un bar de la Plaça Reial. Hacía cuatro días de su último encuentro. Cuatro días que les habían servido para avanzar con sus partes de manifiesto. De hecho, ya lo habían acabado. Cada uno traía sus textos pulidos y listos, escritos a triple espacio.
Esta vez, los tres llegaban puntuales. Se notaba su impaciencia. Querían publicar el libro lo antes posible, que el mundo se enterase del escandalismo. Con el tiempo también habían ido contagiándose de la energía motivadora y revolucionaria que era necesaria en esta clase de proyectos. Estaban preparados para dar el cañonazo de bienvenida al escandalismo, el parto del movimiento: su presentación. No habían pensado demasiado en ello, pero, ahora, teniendo el manuscrito definitivo del manifiesto entre las manos, era el momento de decidir el cuándo, el dónde y el cómo.
—¿Y el tema de la editorial para el manifiesto?—preguntó Andreu.
—Descuida. Yo me encargo de eso. Un primo mío trabaja en una de aquí, y nos puede conseguir una oferta redonda por una tirada de trescientos ejemplares.
Evidentemente iban a autoeditarse el libro. Ni siquiera intentaron encontrar una editorial que les publicara. Sus ideas eran tan provocadoras que, al decidir tirar hacia delante ese proyecto, todos se estaban arriesgando. El público determinaría si el escandalismo tenía derecho a existir o quedarse en sueño de tres tarados. Un poco de suerte era lo único que necesitaban, o eso creían.
Germinal fue a hacer unas llamadas al baño, y, al cabo de unos diez minutos, dos hombres trajeados entraron en el bar. Al verle se le acercaron y el más bajito le espetó: «Que conste que te he reconocido por el gin-tonic.» Eran G. y X., el primo de Germinal y su secretario. El primero iba hablando con alguien por teléfono mientras saludaba y se presentaba a Andreu y Boris. El otro, en cambio, parecía más desentendido. Vestía de una forma más sencilla, con el traje más arrugado y los cabellos mal engominados.
—Os presento a X. y mi primo, G. Que no os extrañe que esté hablando por teléfono. Desde que se metió en el mundo de las subastas es imposible verle sin ese cacharro pegado en la oreja—dijo Germinal, con un tono burlón.
Cuando Germinal le envió un mensaje a G. avisándole de que tenían que hablar del tema de la edición él estaba muy cerca de allí, saliendo de las oficinas de la editorial para la que trabajaba. Decidió que si podían zanjar el asunto allí mismo, más que mejor. Pese haber estado trabajando de ocho de la mañana a diez de la noche, tanto G. como X. parecían bastante activos. Y, con las dos copas que se tomaron, aún se animaron más.
Al día siguiente fueron a firmar todo el papeleo del libro en las oficinas de la editorial. Los trámites fueron rápidos. A media mañana ya lo tenían todo listo. Les explicaron que en menos de un mes tendrían los trescientos ejemplares impresos. La editorial les ofreció encargarse de la presentación y la promoción, pero ellos se negaron. Querían tomar el mango de la sartén. Quemarse si se tenían que quemar, pero siendo fieles en todo momento al escandalismo.
Estuvieron charlando el resto de la noche. Boris era el que más entusiasmado. Quería que todos notasen que era el líder de aquel proyecto, quien llevaba las riendas. Sentía que Andreu no acababa de captar el mensaje. Cuando hablaba lo hacía con las intenciones de un capitán, y no con las de un marinero más. Eso le molestaba. Él era quien había puesto desde el principio su empeño en que eso funcionara. Siempre le había irritado que hubiera personas que, de la nada, apareciesen, y quisieran coronarse como las reyes del mundo. Técnicamente, Andreu no había aparecido de la nada, pero para Boris era como si fuera así. Lo que empezó como una colaboración amistosa se había ido convirtiendo en un duelo para demostrar quién mandaba sobre quién. Germinal se mantenía al margen. Él solo quería disfrutar, que el arte fuera la turbina que hiciera circular su sangre.
—Dime, Boris, ¿cómo tienes pensado llegar a tu público?—le preguntó G. Quería saber hasta qué punto ese proyecto era viable.
—No me preocupo por eso. Si la calidad es tan buena como creemos, la gente se tirará encima de nosotros y de nuestro trabajo. El mundo, en algún que otro sentido, es más justo de lo que parece a primera vista.
No podía vivir más engañado. Afortunadamente, sus amigos no eran la clase de personas que protestaban ante cualquier tontería. ¡Eran artistas! ¡Los artistas se toleraban las estupideces entre ellos!

Los días fueron pasando con una lentitud que ponía de los nervios a Boris. Quería columpiarse en el éxito sin tener que pasar por esos aburridos procesos de creación y publicación. «Las creaciones artísticas tendrían que ser como fast food: venir hechas. El proceso creativo es una gilipollez.» decía.
Germinal, por su lado, consiguió reservar un salón de conferencias del Ateneo Barcelonés para la tarde de la presentación. Le costó un ojo de la cara, sí, pero el lugar lo merecía. Una sala con suelos, paredes y escenario de madera. Butacas mostaza, que combinasen. Aforo para más de doscientas personas, aunque ellos estaban convencidos de que se sobrepasaría.
La presentación estaba planeada para el tres de mayo, un sábado. El discurso de la presentación empezaría a las siete de la mano de Boris. Después de una corta introducción, Andreu le tomaría el relevo, y, finalmente, Germinal soltaría unas palabras lapidarias sobre el porqué del escandalismo. Más tarde, aclamados por el público, saldrían del Ateneo entre aplausos y se irían a pasar el resto de la noche de discoteca en discoteca. El domingo sería su día de descanso, y, el lunes, el día en que todos los periódicos hablarían sobre lo que ocurrió el sábado en el Ateneo de Barcelona. Los artistas interesados en unirse a su círculo de escandalistas se contarían por decenas, las editoriales que querrían publicarles serían de alrededor del mundo… Así se lo imaginaban. Cada vez, las esperanzas de que su idea llegase a lo más alto se hacían más grandes.

Germinal había ido a visitar su abuela. Faltaban dos días para la presentación, y él, al darse cuenta de que ya todo estaba más que preparado, decidió darse un placer y visitar a la familia que llevaba tanto tiempo sin ver. Allí, en su casa, un pisito de pasillos estrechos, encontró a G., que también estaba de visita. Agradable o maldita coincidencia, como se quisiera ver.
Los dos ayudaron a su abuela a preparar un pastel de fresas. En unos días sería el cumpleaños del hermano de Germinal, y querían darle una sorpresa. Germinal no iría a esa celebración familiar. Estaba enfadado con tres cuartas partes de su familia: su hermano (el interesado, y ese era el principal motivo por el que no iría), sus padres, y todos sus tíos. Su abuela, a la que llamaba Naná (no Nana), y G., eran los únicos con los que mantenía una relación más o menos cordial. Esa era la consecuencia de una Nochevieja que terminó en desgracia. La noche del 31 de diciembre de 2005, toda la familia de Germinal se reunió en ese pequeño piso para celebrar la llegada de un año nuevo. Bebió demasiado cava. Cuando por la televisión anunciaron que era medianoche, y todos acababan de apurar sus cuencos de uvas, Germinal pegó un chillido. Todos le miraron. Él, dibujando una sonrisa sarcástica, empezó su discurso.
«Mamá, sinceramente, no sé cómo puedes soportar a tu marido. Te ha puesto los cuernos dos veces seguidas este año, y tú lo sigues perdonando. ¿No estás harta de hacerte esto a ti misma? Y tú, papá, ¿qué pasa contigo? ¿Acaso te doy asco? Pasé toda mi infancia rogándote que me compraras una maldita casa de muñecas. Los tiraba a la basura y luego te decía que los había perdido.» Lo soltó de golpe, sin esperar ni medio segundo a las reacciones de los comensales. Siguió criticando a cada miembro de su familia (excepto a sus abuelos, por los que sentía un gran respeto), que estaban demasiado atónitos como para frenar la situación, y terminó con un: «Sois unos hipócritas de mierda que se reúnen solo en diciembre y enero para comprobar si alguien se ha muerto durante el año y despotricar contra los que no han venido. ¡Qué aves carroñeras! ¡Os deberían encerrar!» Después de decir esto, se levantó y se fue. No se le ocurrió volver, aunque, por noticias que fue oyendo a lo largo de los meses, se enteró de que el enfado de su familia aún duraba. El alcohol hacía que su sinceridad saliese a flor de piel, como el chocolate los granos.
—¿Qué tal está el abuelo?—preguntó Germinal.
—Sigue admirándote en secreto. Aún cree que lo que dijiste hace ocho años fue una de las mayores verdades que se han contado en esta familia.
Germinal no había pensado ni por un segundo en disculparse, en echar la culpa a la bebida. Su orgullo le vencía.

La noche anterior a la presentación, Germinal, Boris y Andreu decidieron salir de fiesta, para airearse. Habían pasado esos últimos días trasladando los ejemplares del manifiesto del fondo de la editorial al gran salón de la casa de Andreu, y ultimando detalles para la conferencia.
Fueron a un bar de copas, en Gràcia. En este, los cristales que daban a la calle estaban enmarcados en una madera barnizada de negro. La luz del interior era amarilla, y llegaba a iluminar gran parte de la acera de delante, para la que no había ninguna farola. Recordaba al restaurante Le Grand Colbert de París, pero sin tanta clase.
Nuestros tres protagonistas iban vestidos con camisas de cachemir y botines lustrados. Estaban de celebración, en lo más alto de su felicidad. Tal vez otras personas los habrían llamado ‘fracasados’, ‘bobos’, o algo por el estilo, pero eso a ellos les daba igual. Tenían la certeza de que su triunfo estaba cerca, y era lo que, en realidad, les había guiado en todo momento.
Andreu tuvo que irse pronto, pero Germinal y Boris se quedaron. Tenían por norma no irse a dormir antes de las tres, los viernes.
—¿Y tú, Germinal, crees en Dios?
—Si existiese un Dios, sería uno de despiadado y cruel. Prefiero creer que no existe. Pensar que el padre de todos nosotros, quien nos puso aquí, solo lo hizo para disfrutar con nuestras... Bah…
Era muy de Germinal eso de dejar las frases a medias. Como el poeta Mallarmé, creía que la belleza no estaba en lo que se decía, sino que en lo que se insinuaba. Y eso también lo demostraba en sus obras. Por ejemplo: si quería representar un asesinato, pintaba la escena antes de que el asesino clavara el puñal en su víctima. ¿El asesino llegará a clavarle el puñal, o solo lo rozará con él? Su objetivo era dejar con la duda al público. Uno de los únicos objetivos de su obra.
Germinal se fue acercando con su silla a Boris, bajando su tono de voz hasta llegar al susurro.
—Boris, eres…
Entonces, se le abalanzó. Buscó su cuello con la nariz, y, al notar su calidez, lo besó. Fue subiendo hasta el mentón, y de allí pasó a la boca.
—… maravilloso… — acabó. No pronunció esa palabra, dejó que se escurriera. El beso se fue alargando hasta que Boris se apartó, en seco.
—No puedo hacerme esto.
Germinal frunció el ceño. No entendía a qué se refería.
—A mí me gustan las mujeres, y tú, claramente, no lo eres. Con ese peinado, ese maquillaje, esas ropas, estás fingiendo…
Oír eso le bajó los ánimos. A las seis de la mañana dieron un paseo por las calles de la ciudad, que aún estaban dormidas. Se respiraba un aire puro, mañanero. Sentían como si les purificara, les sacara la cogorza que llevaban encima. Boris se había desabrochado la camisa. Germinal pasaba un brazo por su espalda, acariciándole. Apoyaba la cabeza sobre su pecho, en una posición bastante ridícula. Caminaban con pasos torpes, como suelen hacer los borrachos.

Quedaba un cuarto de hora para las siete. Andreu, Boris y Germinal estaban en una sala aparte del salón de conferencias, que les servía como camerino. Alrededor de una mesa esperaban a que su editor, G., quien también se había implicado en la presentación, les avisara de que podían salir. Andreu le sostenía un espejo a Germinal mientras este se ponía unos polvos blancos en la nariz y los pómulos. Se sabían sus discursos. Tal vez improvisaran en algo. No estaría de más.
Los tres lucían unos trajes negros. También habían querido conjuntarse con unas pajaritas de color burdeos que llevaban apretadísimas. Casi les asfixiaban. O quizás eran los nervios los que les hacían sentir como si tuvieran un nudo en el estómago.
Hacía una hora que estaban encerrados en esa sala, esperando su gran momento. Boris leía una novela de Josep Pla mientras tanto. «Si encuentro alguna expresión bonita y no muy de payés la utilizaré en mi discurso.» se decía a sí mismo.
Como que Andreu sabía que se encontrarían tan tensos, había traído un licor de la despensa de su cocina. No tenían copas ni vasos, así que bebieron de la botella. Alguien picó con los nudillos en la puerta, y Andreu le invitó a pasar. Era G., y estaba tan pálido como un muerto. Con solo verlo los tres supieron que algo malo había ocurrido. ¿A alguien del público le había dado un infarto? ¿El Ateneo se estaba quemando? No, nada de eso.
—Traigo malas noticias…
Inspiró aire y dejó que fuera saliéndole por la nariz. Intentaba tranquilizarse antes de abrir la boca y decir lo que nadie quería oír. Sacó del bolsillo de su pantalón un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Lo dejó colgando, como si el contacto ya fuera suficiente para calmarle.
—Allí fuera no hay nadie.
La noticia cayó como una bala sobre los artistas del escandalismo. Corrieron al salón de conferencias. No acababan de creérselo. Todas las butacas estaban vacías. Un foco iluminaba el atril del escenario. Detrás de este había todos los ejemplares del manifiesto colocados en pilas de treinta, como columnas.
La luz se apagó. Quedaron a oscuras por un rato. Cuando G. la volvió a encender vio que Boris había enrojecido, Andreu se había llevado dos manos a la cara, tapándosela, y Germinal lloraba. Lo hacía sin exagerar ni moverse. Las lágrimas iban cayendo por sus mejillas, y de ahí pasaban al suelo.
Andreu se fue acercando al escenario. Andaba con pasos lentos. El sonido de los tacones de sus botas era lo único que se oía. Entonces, Germinal se puso detrás de Boris y le susurró al oído:
—Él tiene toda la culpa…
No era verdad. Es obvio que no era verdad. El rencor que Germinal guardaba a Andreu había estado escondido hasta ese momento. Casi había parecido que no existiese. Boris, atacado por la furia y el agobio, corrió como un loco hacia Andreu y le cruzó la cara de un puñetazo. Andreu cayó al suelo, aterrorizado. Boris se agachó y le siguió golpeando la cara. Le salió sangre por la comisura de los labios.
—¡Tú tienes la culpa de esto! ¡Llevas queriendo hacerte con el control desde el primer día! ¡Rata! ¡Eres una rata!
Andreu se incorporó como pudo y le clavó un brazo en las costillas. Se quedó paralizado y cayó. A continuación, Andreu se levantó y fue dando patadas a Boris hasta que quedó inconsciente. Germinal no había hecho nada para detenerlos. De hecho, había huido. Al darse cuenta de ello, Andreu también se marchó.
Al cabo de unas horas, cuando Boris se despertó, todo había vuelto a la oscuridad. Caminó a tientas hasta la puerta, que el conserje debía haber cerrado con llave sin comprobar si quedaba alguien dentro.

Fotograma de 'Belle toujours', dirigida por Manoel de Oliveira

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