(Relato) Mirada hacia dentro de la habitación



Sabíamos que una de las relaciones más curiosas que se puede tener es aquella entre dos viejos amigos. Pese a no haberse visto en años, al reencontrarse, vuelven a conectar como una primera vez. Como si supieran todo lo que había pasado al otro en ese tiempo; como si cada uno no hubiera tirado por una universidad diferente al acabar bachillerato. Estas amistades no se aprecian en función de cuán intensas han sido. Por frío que suene es algo tan objetivo como el tiempo lo que decide si pesan lo suficiente como para sobrevivir al paso de los años o si, al contrario, por recientes, o bien fugaces, merecen caer en el olvido.
Me atrevería a decir que no es una coincidencia que estas amistades sean las más formales. Si uno, cuando se topa con quien ha pasado por experiencias inimaginables, entra en una total confianza, en este caso pasa más o menos lo mismo. Pero al revés. Las amistades como la que tenía Eliseu con el otro tío que estaba viviendo bajo su mismo techo, Josep, duran más de lo que en un principio se predeciría. Su pega es que, para cada uno, el amigo nunca deja de ser un desconocido con el que lo unen razones que no dependen de ellos. Quizás es el trabajo, o los estudios... En este caso, hablaríamos de la necesidad de compartir piso. Y eso siempre despierta la duda: ¿Si no fuera por este compromiso que pende entre los dos, seguiría estando aquí o huiría? Las miradas de recelo se cruzan. Ambos siguen este razonamiento, llegan a la pregunta, a medida que avanzan. Lo terrible estaría en que los dos concluyeran esto al mismo tiempo; cada amigo se daría cuenta que el otro está cuestionando su fidelidad, y, a la vez, no dejarían de cuestionar la de su amigo. Algo así como una tirolina que se ata de lado a lado, desde un amigo hasta el otro, y se tambalea.
De la relación que estoy definiendo, sin embargo, se saca la inspiración más pura. Y es que si los artistas la buscasen en aquellos seres queridos que, por demasiado queridos, nunca querrían herir, les sería imposible alcanzar la libertad de los que se inspiran en alguien y lo destrozan sobre el papel. Al estar más cerca de la categoría de conocidos que de una más emotiva, los amigos como Josep sirven de arcilla para sus colegas artistas. Lo mismo que el estudiante de Medicina que juguetea con cadáveres en la universidad, movido por diversión. Y que, más tarde, intentará jugar con sus clientes, tocándoles donde no tenga que tocarlos: «Notarás un cosquilleo. No te muevas.» dicen, y el paciente resiste las ganas de echarse a reír como un monje contemplativo. Mientras tanto, es el médico quien, de espaldas a él, se parte la caja. Siente hasta cierta pena por la inocencia de alguien que no comprende qué está haciendo. De vez en cuando, coge alguna herramienta de hierro y la pone sobre la piel del enfermo. Contiene una carcajada cuando, sorprendido por el contacto frío, da un respingo.
Eliseu, que normalmente escribía, nunca había mirado con unos ojos tan vivos a su compañero de piso. Había notado que algo pasaba por la cabeza de Josep; algo que, si no utilizaba entonces para escribir un relato, quizás se arrepentiría durante mucho tiempo. Esta clase de alegría se mezclaba con la incredulidad de quien se entera de algo que, por más que quisiera, no habría adivinado. Y es que Josep le había hablado de unas ideas políticas, las suyas. Y Eliseu le había contestado con preguntas, las de escéptico. Porque le parecía hasta inconcebible que, a partir de entonces, tuviera que ligar a su amigo a una visión de futuro y pasado como aquella. Justamente esa de la que siempre había dudado, el lado opuesto a lo que él pensaba. Y es que, a diario, se preguntaba: ¿Cómo puede ser que, en las estadísticas de los diarios, el apoyo a estas ideas crezca tanto? ¿Quién hay detrás de ellas? Preguntas que quedaban en el aire. Hasta ese momento no había habido nadie en la vida de Eliseu para responderlas. Había llegado a creer que se seguía hablando de ellas, tan próximas a otro tiempo, por la propia inercia que viene después de una época de éxito. Es el mismo camino que el de la burbuja que, antes de estallar, tiene que rozar sus últimas posibilidades.
Eliseu esperaba delante de la habitación de Josep. Olía la madera de las paredes e iba dando rodeos de izquierda a derecha, sin apartarse del marco de la puerta cerrada. Fingía estar más preocupado de lo que en realidad estaba. De vez en cuando daba un golpe con los nudillos, para meter prisas a Josep. Ensayaba algunas caras de decepción con las que planeaba atacarle; si siempre había sido visto como alguien respetuoso con el pensamiento de los demás, no había sido hasta encontrar alguien que lo contradijese que se había mostrado como el agresivo que era.
Pero esa agresividad no tenía nada que hacer con la estatura, pose y fuerza de otros hombres. Eliseu estaba más cerca del suelo que del pomo de la puerta. Su falta de altura jamás había supuesto un problema, salvo cuando la impresora de su ordenador, que estaba en una estantería, se estropeaba mientras estaba escribiendo y tenía que servirse de una escalera para arreglarla. Nada demasiado grave. Lo que lo distinguía de los demás era un gesto de indignación que le acompañaba allí donde iba. Al sentarse, se cruzaba de manos, ponía los codos sobre los brazos de la silla y bajaba la barbilla. Así, la caída de las comisuras de sus labios se hacía más exagerada, y él disfrutaba viendo cómo todo el mundo le pedía: Cuéntame qué te ha sucedido para que pongas esa mala cara, precioso. O, bueno, tal vez solo la camarera del café que frecuentaba fuera la que dijese eso.
Su bigote, muy delgado, tiraba a lo modesto. Junto con su perilla (apenas dos o tres pelos), eran los rasgos que mejor lo definían: Que no estaba acostumbrado a desafiar a los demás, que no había hecho daño ni siquiera a sus agresores. Y que, por su tendencia a darle la vuelta a los problemas, hasta que su irritación no era máxima, no dejaba que sus amigos la vieran. Era en ocasiones como esta que se enfurruñaba y protestaba por algo que, en apariencia, tampoco tendría tanta importancia. El hecho de que alguien con quien llevaba viviendo tantos meses no le hubiera dicho una sola palabra sobre sus ideales políticos le ofendía. Tuviera razón o no, había dejado de oír las llamadas de teléfono, el timbre de la puerta, los ruidos que venían de la calle... En su cabeza solo le cabía pensar sobre un amigo que, de repente, se le antojaba más desconocido que un extraterrestre.
A poco de estallar de exasperación, Eliseu dio la espalda a la puerta y ladeó la cabeza hacia su derecha. Allí, al fondo del pasillo, había el cristal que daba paso a la cocina; la luz de las 8 a.m. entraba por un balcón e inundaba la sala. Fue en esa dirección y abrió la puerta de un puntapié. El cristal arrugado, al chocar contra la pared, hizo como si se fuera a romper, pero resistió su brutalidad.
Tomó el culo de una cafetera y la parte superior. Antes de enroscarlas, palpó con una mano en un estante. Cuando encontró la caja donde guardaba el café, la sacó y, sin cuchara ni modales, introdujo la mano. Sacó unos granos de dentro. Los echó sobre un filtro y lo interpuso entre las dos partes de la cafetera. Encendió el fuego y cerró los ojos. No había mucho más que pudiera hacer en esas circunstancias. Tan solo tenía que evitar perder los nervios, dejar de mostrarse tan sereno como era habitual en él. De vez en cuando, un insulto hacia Josep se le cruzaba por la cabeza y tenía que sacar sus puños y golpearlos entre ellos para controlar su rabia. Sus nudillos acabarían por enrojecer. Por más empeño que pusiera en cada gesto, su constitución era tan débil que desde fuera se veía cuanto menos ridículo.
Desde el mismo instante en que la cafetera empezó a humear, la luz que entraba por el balcón se hizo más potente, hasta más ardiente. Una línea de luz más caliente que la que desde el amanecer había iluminado esa sala fue barriendo, poco a poco, todo el suelo. Hasta que lo cubrió entero y el mármol oscuro quedó convertido en una piscina de mosaicos. Si antes no se diferenciaban las pelusas y cabellos que corrían por allí, ahora destacaban sobre una piedra más clara. Las rayas entre baldosas se acentuaron. Los zapatos de Eliseu, en punta, temblaron como si ese cambio en el aspecto de la cocina los hubiera afectado. Bajó el trasero de la encimera y el charol de sus botines dejó escapar un par de destellos. Los únicos rayos de luz que reflejaron. Por su suciedad, por lo gastados que estaban, en seguida volvieron a ser vulgares.
Protegerse de ese cielo, ese sol, todo ese otro mundo que en verano se imponía, le parecía complicado. Era una batalla perdida para alguien que, como él, disfrutaba más acurrucándose con una manta en invierno. Volcó el café sobre una taza y lo bebió de un solo trago. Fue inclinando la taza hacia su cara hasta esconder la nariz dentro del recipiente. ¿Por qué no? Podía ser que, así, tratando ese pedacito de artesanía como escudo, o como sombrilla, consiguiera olvidar lo muy molesto del clima. Y de un amigo al que acusaba de traidor.
Las primeras gotas de café recorrieron su cuerpo. El resto había quedado estancado en su boca. A medida que iba descendiendo de su lengua hacia la faringe, notaba cómo su interior se llenaba. Por lo mucho que ardía, ahora una nube de vapor salía de su boca. Él creía que en ese vapor había el alcohol que la noche anterior había tomado, y que por ese motivo los recuerdos empezaban a venirle a la memoria.
Se visualizó vestido con la camisa que siempre usaba para salir de fiesta. Josep a su lado, preguntándole qué querría tomar. Estaban en un bar. Un grupo a su lado bebía del mismo bol de tequila como si fueran caballos, estuvieran en una cuadra y el bol fuera un cubo de agua sucia. No fue hasta que salieron de allí que Eliseu, motivado por lo trompa que iba, le preguntó a quién votaría el siguiente domingo. A continuación, escupió en las losas por las que andaban y maldijo a quien las había diseñado. Esperó la respuesta de su compañero de piso. No llegó. Volvió a hacer la pregunta, y en esta ocasión tuvo más suerte.
Su reacción, después de oír la respuesta, tardó en llegar. Primero tuvo que procesar qué significaban las siglas que Josep había pronunciado. Se paró en seco y se echó a discutir. La cogorza que llevaba encima le impedía recordar tantos reproches como le habría gustado. Aún así, tuvo suficiente para abrumar a su amigo. Cuando llegaron al piso, Eliseu caminó a trompicones hasta su habitación y cayó rendido sobre la cama.
Había sido esa misma mañana que, con la resaca, la imagen de su amigo confesándose votante de no sé quién le había martilleado la cabeza. No le había faltado tiempo para poner sus ideas en orden. De seis a siete de la mañana, habiendo dormido solo tres horas, se había dedicado a pensar en un Josep ahora transformado. Lo había hecho con los ojos abiertos, pero sin dirigirlos a ningún lado en particular. Entreabría la boca. Vocalizaba unos cuantos insultos. Eran esos insultos que, en otras ocasiones, había propinado a los comentaristas de la radio. Sí, esos, como Josep, tampoco tenían miedo de decir que votaban a según quién, pero Eliseu suponía que, en la realidad, enrojecían y bajaban la mirada al suelo. Como si lo que creyeran fuese un error. Un error que no solucionarían.
La calle en que vivían, al ser demasiado estrecha, no permitía el tránsito. Sin embargo, dos grandes avenidas que la cruzaban por ambos lados, sí. Por lo muy anchas que eran, por los muchos atascos que cada mañana se formaban en ellas, siempre que Eliseu salía del portal de su bloque de pisos quedaba ensordecido. Las bocinas y motores se sobreponían. Veía a la vecina de enfrente saludándole con la mano; no oía ni una vocal de lo que le decía.
Con el sabor del café aún repitiéndose en su boca, travesó la calle y entró en un quiosco. El edificio quedaba soterrado por un toldo demasiado desplegado y las plantas de la floristería de al lado. Eliseu encontró con dificultad el pomo de la puerta y lo empujó. Cedió, y unas campanillas sonaron.
Sin mirar al dependiente a la cara, le pidió La Vanguardia. Chasqueó los dedos antes de tomar el periódico, enrollarlo y metérselo bajo el brazo. Le pagó con una moneda de dos euros. Solo entonces vio una parte del cuerpo del encargado: su mano, que le tendía. Tenía un gesto agradecido, enseñándole la palma y dejando que los dedos se estiraran. Cuando dejó caer el dinero sobre esa mano, rápidamente se retiró. Eliseu la siguió con la mirada y vio cómo se convertía en un puño que, a continuación, se escondía detrás de la espalda del hombre.
La portada del periódico era la misma que todos los domingos de elecciones. Una hilera de líderes imprimidos con tinta todavía húmeda. Si hubiese refregado su mano sobre el papel, habrían quedado emborronados. Tampoco era su intención. De vuelta hacia su piso, fue rasgando con una uña las caras de esos que más aborrecía. La postura de todos ellos revelaba tanta seguridad que, si no hubiera sido un ciudadano comprometido, hasta habría roto la parte en la que salía el de su partido.
Subió corriendo las escaleras y se enfrontó de nuevo con la puerta de Josep. Gritó su nombre más de cinco veces. No obtuvo respuesta. Pero no se desesperó, tan solo paseó por el pasillo. Pisaba tan fuerte como fuera necesario; quería que se le oyera desde el otro lado de la pared. Incluso arrastró una silla hasta delante de esa puerta y, tras sentarse, siguió clavando las suelas de sus zapatos en la piedra de mosaicos.
Ya se había hecho muy tarde. Lo vio al comprobar en su reloj que todas las agujas llegaban hasta las doce. Su mañana, perdida. Esa espera no había bastado para agotar su paciencia. A poco estaría de hacerlo.
Fue entonces cuando decidió que no tenía por qué aparentar más que tenía modales. Entraría en ese cuarto y gritaría a Josep hasta que este le rogase que parase. Pero no lo haría hasta que no le prometiera que no votaría a nadie. O que, si votaba, no sería a ese partido de malvados. ¿Y qué es un malvado?, le preguntaría. Eliseu no sabría qué contestar. Le repetiría lo que le había dicho hasta entonces a voces, de manera que, con suerte, Josep se daría por satisfecho.
Había un dejo de lástima en las últimas veces que Eliseu pronunció el nombre de su amigo. Resuelto, cogió el pomo de la puerta y lo hizo girar. Dio los primeros pasos hacia adelante. Por lo pequeña que era la sala, creía que se tropezaría con las piernas de Josep y que estaría a punto de caer. Pero no pasó así. Allí dentro no había nadie. Solamente muebles nuevos. Una cama hecha, una mesita de noche sin libros ni cartas encima. Y un armario, que recubría una capa de polvo, como el resto de objetos. Parecía que nadie hubiese vivido allí dentro desde hacía años.
Cuando Eliseu se arrodilló para asegurarse de que no se había escondido debajo de la cama, ya no quedaba ni un minuto más para el mediodía. Todas las demás habitaciones del piso quedaron encendidas por un sol en su punto más alto. Pero aquella, cuyas ventanas estaban cerradas y debían haber permanecido así por mucho tiempo, no lo hizo. Ni siquiera la luz de las demás alcanzó el primer trecho de suelo de esa.


OBRA DE AVA SEYMOUR.

1 comentario:

  1. "Siente hasta cierta pena por la inocencia de alguien que no comprende qué está haciendo". Esto es lo que sentí exactamente. (Es la única frase buena y esta mal escrita)
    Tu texto es difícil de leer por que tiene demasiados errores, igual que tu libro. Necesitas un editor, yo te puedo ayudar y te puedo enseñar a escribir mejor si es que quieres dedicarte a esto profesionalmente.

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