(Diario de adolescencia) Semana del 4 al 10 de mayo de 2015



Mañana de domingo en Mataró. He salido a las diez a buscar algo de beber en Nambu Tekki, una cafetería que descubrí hará dos semanas. No sé si hay una expresión más exacta con la que referirse a las cafeterías centradas en la degustación de café, pero vaya, que, en definitiva, no deja de ser una cafetería. Y una de agradable, que es donde quería ir a parar.
La carta de cafés para preparar en casa es extensa y siempre queda alguno desconocido —de Jamaica, Honduras, o no sé, tampoco tengo idea del tema— por comprar. Y, aún así, siempre me decido porque me preparen allí mismo el de la casa, con un chorro de leche. Caliente pese al calor.
Al volver a casa, pensando en lo que había hecho esta semana, ha aparecido un dedo en mi mente que señalaba el día de ayer. Poco más de interesante. Y es que, comparado con una visita a Girona, todo queda reducido. La sensación que me da ir a la capital del Gironès no la he encontrado ni en París ni en otras ciudades. Quizás al sueño de vivir en ella solo lo equivalga el de pasar unos años en Rusia, que me dejó enamorado tiempo atrás. Girona y Rusia. Podría haber nacido o bien en esa ciudad o en la capital del país que se conoce por el frío de sus inviernos, imitando al de su gente y escritores. Resistiría viviendo en Rusia aunque fuera en las mismas condiciones que el protagonista de Memorias del subsuelo. Y también podría vivir en Girona aunque eso comportara tener que tirarme al fondo vacío del río Galligants. Hasta esos puntos llegaría por mi amor a unos sitios que me han hecho sentir más feliz que la mayoría de las personas que he conocido. Porque un lugar nunca te va a pedir explicaciones, ni que te justifiques, y eso es lo que, en parte de mi tiempo, busco. Alguien que no juzgue, o, en su defecto, algo que no juzgue. Difícil de encontrar, lo sé, y, como que al final he asumido que la vida sin los otros no sería vida, me fuerzo a buscar palabras para dar más consistencia a lo que pienso y digo, por más que lo que importa no pueda alcanzarlo el lenguaje. O, si lo alcanza, es a través de la experiencia y una perspectiva sabia y abierta.
Otro de los placeres del contacto con los otros es la observación. ¿Qué haría si no mirara los que comen y beben en las demás mesas, cuando estoy en un café o restaurante? Por más entretenida que sea la persona que me acompañe, es inevitable hacer una panorámica en los lugares así. Y se agradece que en el bar La Terra, en Girona, los clientes sean tan jóvenes. Alguien joven es alguien estúpido que actúa de forma rara porque todavía no sabe cómo comportarse. Por norma general, añado. Puede que esa definición suene demasiado determinada, pero si lo digo es porque, empezando por mí, se da fe de ello. Tan solo miradme, o mirad al resto de chicas y chicos —más pequeños o grandes que yo, da igual—, todos somos tan torpes que no hago más que reírme de mi generación y las que van por delante y por detrás.

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