(Relato) Drassanes



Después de que tantísimos tacones hubieran caminado sobre ella, el blanco de la pasarela se había ensuciado. Como la nieve o un pétalo al que nos acercamos con un zoom y sobre el que han caído unos granos de polen. Las plataformas todavía la empeoraban; cada vez que una modelo usaba unas de estas, las manchas sobre la superfície ya no medían los pocos centímetros de los tacones, sino que dejaban las huellas de las plantas de los calzados. Ese suelo se pisaba como si fuera la arena de la playa, aunque no era ni tan cálido, ni tan amable.
La última de las modelos entró en el escenario que precedía la pasarela y fue dando rodeos hasta que las chicas que en esos momentos desfilaban hubieron terminado. Entonces, se detuvo en la línea que separaba la forma ovalada del escenario del trazado de la pasarela. Esperó a que la canción que sonaba se apagase por sus propias repeticiones. Empezó una nueva y, armándose de valor, echó a andar. Se había colocado los puños de las manos en las caderas, y alzaba los codos como si fuera a golpear a alguien con ellos.
Su ropa, aunque fuera lo que menos importaba, merecía ser descrita. Pero antes tengo que contar que, en las semanas que se habían ido sucediendo antes que esa, Joan, uno de los chicos más jóvenes que había en el público, le había cogido el gusto a ir a visitar a sus abuelos. Más que de costumbre, mucho más de lo que era habitual. Su abuelo, entre otras historias, le contaba que cuando era joven la única oportunidad que tenía para ver la piel de las mujeres era cuando, después de haber llovido, tenían que levantarse las faldas para travesar los charcos de la calle. Según le explicaba, lo tersos que se veían esos tobillos debajo de las medias era lo que más le hacía suspirar.
Las prendas del desfile recordaron a Joan las palabras de su abuelo. Todas eran vestidos largos y que no dejaban respirar una sola pulgada del cuerpo de las modelos. Los colores no habrían podido ser más discretos. Las costuras, más cerradas. Los pasos que daban, más tímidos y ensayados.
Había momentos en los que las luces de la pasarela cambiaban de posición y en lugar de enfocarse desde el fondo de la sala lo hacían desde el techo, de manera que las modelos quedaban sumidas en el contraste entre la claridad y las sombras. Ya no aparentaban ser mujeres, estaban más cerca del color y los pasos de los fantasmas. Si la intención era devolver la fealdad a quienes normalmente eran admiradas por su belleza, lo habían conseguido.
Joan tenía a su lado un crítico que durante todo el evento había estado escribiendo porquería sobre los diseños. Ni una sola palabra en positivo, todo eran reproches. Y el colmo estaba en que todos se referían al mismo aspecto: la falta de atrevimiento de los diseñadores de la marca. Hablaba de un recato propio de siglos pasados, de ropa que podría haber sacado del armario de su abuela... En definitiva, se adivinaba que lo que redactaría a partir de esos apuntes no sería una crítica, sino un montón de insultos acotados a la medida de una columna periodística.
Al otro lado, Berta, su acompañante, se cruzaba de piernas y apoyaba los brazos en las rodillas. Se recogía las espaldas para ocultar el móvil con el que iba echando fotos. Se debía creer que estaba prohibido tomarlas durante el desfile.
Los dos amigos eran unos principiantes en el mundo de la moda. Tal vez hasta sería arriesgado hablar de principiantes cuando su objetivo nunca había sido ingresar en ese mundo. Solo habían ido a curiosear, y además buscar algo de inspiración. Ella pintaba a la vez que estudiaba Bellas Artes, y él escribía, aunque no tenía demasiado claro el qué. Habían firmado un convenio entre genialidades en el que declaraban que saldrían juntos a eventos como ese para buscar material sobre el que trabajar. La semana de la moda era la primera ocasión en que el convenio les resultaba útil. «Si no hubiera sido por ella, seguramente no habría venido. No conozco a nadie que tenga ni un mínimo de interés en la moda, y aunque no me importe ir a sitios sin compañía, conozco el tipo de personas que vienen a estos lugares. Depredadores que, al verte solo, te despedazarían vivo.» pensaba Joan. Si se equivocaba o no, eso es algo que ya no sabremos. Lo único cierto era que de todas las personas que había en las gradas, ni una iba sola.
—En resumidas cuentas—dijo Berta—mi error fue creer que una cosa así podría gustarnos. Quizás ha sido la media hora más aburrida de todo mi año, y te lo digo habiendo visto la última gala de los Gaudí hasta el final... discurso de Isona Passola incluido. Siento haberte traído a un lugar de este tipo. Volveremos a intentarlo pronto, quizás con algo menos estirado, ¿de acuerdo?
—Tampoco lo he pasado tan mal, no tienes por qué preocuparte. Me he entretenido imaginando qué clase de cosas pensarían las modelos que desfilaban. Al ver alguna que llevaba unos zapatos muy ceñidos o moños atados como cerdos en sistemas de poleas, me reía de lo mucho que sufrirían. Creo que la próxima vez que me ponga a escribir podré sacarle algo de jugo a todo eso... Ah, sí, y especialmente a la indiferencia con la que miraban al frente.
Ellos, unos jóvenes que ni siquiera sabían sobre lo que amaban, hablando sobre sus futuras obras, dónde iban a publicarlas, los temas que tratarían... Muchas personas sentadas cerca de ellos se giraban en su dirección y los miraban molestos. No toda la gente presente soportaba los aires con los que la pareja había venido al desfile. Recibieron más de un empujón sin motivo.
—Ah, perdona, había perdido el equilibrio.—se disculpó la chica que había golpeado a Joan. A continuación, se había dado la vuelta hacia sus amigos y todos se habían descojonado. Vestía un mono tejano. Se había pintado los ojos con dos flechas negras que llegaban hasta las venas de sus sienes. Al girarse su cola dio un latigazo y por muy poco toca a Berta.
Olvidaron lo sucedido rápidamente. No tenían tiempo que perder. Habían decidido salir de allí cuanto antes. No tenían invitaciones para más desfiles, y la tensión que se mascaba entre todos los invitados era inaguantable; Algunos trataban de adivinar quién había sido el desgraciado que había publicado la primera foto del evento en las redes, otros tuiteaban sus impresiones... Y hasta había un grupo muy selecto que, apartado del resto, reflexionaba a la luz de un foco sobre qué les había parecido. Quizás eran los que más se acercaban a la racionalidad, de toda esa marea de gente.
Tardaron más de lo esperado en ver la salida. Habían ido hasta la puerta de entrada y, sin embargo, se la habían encontrado cerrada. Tuvieron que patearse todo el edificio.
La cantidad de gente que tenía prisas por irse también era considerable. Tres personas intentaban pasar al mismo tiempo por el portal que daba a la calle. Gritaban y sacudían los hombros con tal de ser los primeros en escapar.
Los vigilantes de seguridad, que observaban la escena unos metros más allá, disimulaban lo ridículos que les parecían sus ropas. Quedaba claro que, en extravagancia, las prendas de los invitados superaban a las presentadas en el evento. Los había que vestían más formales y otros que preferían algo que pareciera improvisado, aunque todos sabían que especialmente esos se habían pasado horas delante del espejo antes de venir.
La guinda del pastel la puso una drag queen que, al ver que los vigilantes de seguridad no reaccionaban a la agresividad de algunos invitados, trataba de poner orden dando manotazos a los que intentaban salir por la fuerza. Se movía de aquí para allá, y en cuando veía que alguien se pasaba de violento, se le acercaba y le plantaba un mamporro.
Apareció un pelirrojo con la piel muy pálida, que se acercó a la nueva vigilante. Cuando esta lo vio, sonrió y le saludó. Este le susurró algo al oído y la drag queen asintió. Abrió los brazos para que la gente dejase pasar a su amigo, que en cuando se encontró fuera se echó a correr. Entonces, Joan pidió a Berta:
—Échale una foto antes de que desaparezca. Ese chico me suena de alguna cosa.
Berta fue a sacar su cámara del bolsillo, pero en cuando lo hubo hecho ya había desaparecido.
Hasta los catorce años no se permitía el acceso al recinto del desfile. Unos niños con pintas de fanáticos admiraban, desde lejos, a los que iban saliendo del edificio, y los perseguían con los ojos hasta que estos se perdían por las calles de la zona. Joan se dio cuenta de ello. Cuando una niña que estaba en el grupo se fijó en que los estaba mirando, se llenó los pulmones de aire e hizo una pose. Comentó algo con sus amigos y todos se giraron hacia Joan.
Al fin, cruzaron el portal y vieron el cielo de Barcelona. El Museu Marítim no era tan temible visto desde fuera. No obstante, seguía siendo raro que se celebrase ese tipo de actos allí mismo.
—Si quieres podríamos pasearnos un poco por el museo. Así aprovechamos lo que nos queda de tarde.—sugirió Berta.
Pero Joan no se veía con suficiente ánimo como para hacerlo. Hizo una nueva propuesta:
—¿Y si nos hacemos una foto con el cartel del desfile y luego nos vamos a algún otro museo o al cine? Quisiera tener un recuerdo de la vez que, sabiendo que sería un coñazo, nos atrevimos a ir a un desfile.
A Berta le pareció bien. No se acordaban exactamente de dónde, al entrar, habían visto que colgaba el cartel con el nombre de la marca del desfile. Dieron un rodeo. Mientras tanto ojeaban los puestos que habían instalado en los alrededores. Nada de interesante ni que les llamase la atención, pero tanto Berta como Joan disfrutaban escuchando lo que los visitantes comentaban al pasar por delante de estos.
Una bandeja con ruedas se detuvo delante de uno de los puestos e impidió que Berta y Joan siguieran avanzando. Ella alargó el cuello para ver qué había dentro de la bandeja y se enamoró de las rosas de tela que iban a poner a la venta. Antes de que la encargada del puesto las sacara de la bandeja, Berta cogió una y se la acercó a la nariz. La mujer protestó, y la miró con extrañeza.
—¿Qué precio tiene?—preguntó Berta.
La mujer dirigió los ojos a una nota en la que ponía «Diez euros.» Se mosqueó tanto por lo que había dicho Berta que, por más que esta le dio las gracias una vez hubo pagado la flor, se negó a responder. La ignoraba mirando hacia otra dirección.
Berta se puso la rosa en el cabello y dio un leve empujón a Joan, para que caminara. Y no hubieron pasado dos puestos más que se toparon con el cartel que buscaban. Los dos se aliviaron. Esperaron a que los chicos que se estaban fotografiando en ese momento terminaran y entonces se pusieron delante de las letras luminosas, gigantescas, que ocupaban lo mismo que ocuparía una lámpara de mesa —cada una—.
Le pidieron a una desconocida si les podría hacer la foto con el móvil. Esta aceptó encantada. Lo cogió y se alejó de ellos. Levantó los brazos y se agachó un poco. Puso el móvil en horizontal y vocalizó un «¡Sonreíd!» que los dos amigos ignoraron.
Quedaron encuadrados al lado del cartel. La luz que desprendía era tan fuerte que la cámara, automáticamente, centró toda su atención en las letras e hizo que las figuras de Berta y Joan quedaran en una especie de penumbra borrosa.
Como que la señora se estaba demorando tanto en sacar la foto, las piernas de Joan empezaron a flaquear. Aunque Berta no se dio cuenta, sí que notó que la mano que había colocado sobre el hombro de su amigo empezaba a vibrar, y que no era ella quien temblaba.
Joan intentó enderezarse, con la esperanza de que esos temblores involuntarios se disiparan. Y fue así, por suerte. O por lo menos lo fue durante los primeros cinco segundos. Después, fueron sus mejillas las que comenzaron a temblar como flanes sobre platos de cerámica.
En la pantalla del móvil, era una gran mancha negruzca la que aparecía en lugar de la cabeza de Joan. Él lo prefería así. De hecho, después echaron un vistazo a la foto y las mejillas de Joan dejaron de temblar al darse cuenta de que lo único que se veía de él era una sombra chinesca, su silueta.

AUTORRETRATO DE OTTO DIX.

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