(Relato) Inauguración, discurso



Cuatro paredes pintadas de blanco encuadran a cuatro personas vestidas de negro sentadas en cuatro sillas, las unas frente las otras. El ruido de la sala contigua se filtra a través de los conductos de ventilación y llega hasta aquí con su volumen original. Una chica de treinta años, cruzada de brazos en uno de los asientos, dice:
—Tendríamos que buscar una solución, ¿no?
Nadie le responde. Las otras tres personas bajan la mirada al suelo, casi a la vez, y se quedan pensativas. Quizás, en realidad, no piensan en nada, pero tampoco hay más que puedan hacer. Un trajeado de edad avanzada, sentado delante de la primera chica, apoya el codo izquierdo sobre el antebrazo derecho, que clava en su cintura. Cierra la mano y se coloca el puño debajo de la mandíbula, como si fuese el que le aguantase la cabeza.
Un mechón blanco se mete entre sus dedos. Todo su cabello se reparte así; cortos y solitarios mechones que se separan entre ellos y se apropian de sus hombros, cuello y sienes. Pese a que luzca una melena, tiene tan poca densidad en su pelo que, al encenderse una luz blanca, se trasluce la forma de su cráneo. Y hasta las pecas que lo salpican.
—Mejor esperemos a que llegue el comisario de la exposición.—le responde este hombre. Los otros dos asienten, pero la chica del principio se mantiene al márgen. Parece que, de un momento a otro, se haya aislado y ya no sepa qué está pasando a su alrededor, ni qué se dice, ni qué decir. Aprieta los labios, sí, pero no por preocupación. Más bien es por incomprensión hacia todos esos que se han sentado a su alrededor y tan solo esperan, sin intentar solucionar nada. La manera en que levanta y vuelve a bajar el talón solo podría pertenecer a una persona nerviosa; su moño desgreñado también la identifica como una persona así.
Una de las dos personas que quedan es un tío bastante similar al anterior. La principal diferencia estaría en que este no es nada corpulento. Está más cerca de deshacerse en un montón de huesos que de explotar por el volumen de sus músculos. Tampoco coincide en su modo de vestir. Es mucho más informal, que se diría. Viste un jersey con cremallera metálica, que, al bajar, chilla.
Aunque todos parecen ensimismados, es la cuarta persona la que hunde su mirada en el suelo con más intensidad. Como si se forzase a hacerlo, no cierra los párpados ni un segundo. Una línea roja se dibuja en la pestaña inferior de cada ojo. Sus retinas están encharcadas. Se trata de otra mujer, un poco mayor que la primera, que se viste con la misma elegancia que el segundo y es tan flaca como el tercero. Va bajando sus hombros, inclinándose hacia delante, tan lentamente que se hace imperceptible. Se ha sentado de manera que la mitad del trasero le quede fuera de la silla, por lo que solo apoya la parte de detrás en el borde. Extiende las piernas, luciendo unas botas de charol, y las cruza antes de llegar a los tobillos.
El silencio que se hace entre ellos no es largo, ni pesado. Más bien es un silencio repetitivo, que se interrumpte constantemente por ruidos que llegan desde las tuberías y el exterior de la sala. Además es un silencio que trata de sorprender, haciendo variaciones en cómo se presenta; algunas veces casi no se nota que está ahí, las miradas que se intercambian entre ellos toman más importancia y el silencio queda como algo secundario. En otras ocasiones, se vuelve un silencio tan duro que es imposible no ser consciente de él. Es en este momento en que cada uno de ellos se incomoda y busca algo de decir, una frase para llenar ese vacío sonoro. Y lo más horrible es que, por más que busquen, no hay nada que pueda caber en el hueco. Están equivocados al pensar que es un hueco realmente vacío: lo ocupan el misterio, los pensamientos que constamentemente les pasan por la cabeza, la ausencia de la voz. Qué va, esos silencios no son insignificantes, ni se puede prescidir de ellos. Han aparecido porque la situación los pedía a gritos; un respiro para esas cuatro personas y para el aire que las envuelve.
Entonces, un joven entra en la sala y se queda mirando la blancura de esas paredes. Se acerca a donde se encuentran las cuatro personas y da una vuelta a su alrededor. Se fija en cada detalle de sus caras y mueve los labios, como si se preguntara qué hacen allí y qué buscan de él. En realidad lo debe saber bastante bien. La seguridad con la que anda se contradice con esa búsqueda de respuestas, con lo que nos revela el movimiento de su boca.
Levanta la cabeza y dice:
—Sabéis por qué os he reunido aquí, ¿verdad? En cuando llegue el director del museo le contaré lo sucedido y... Bueno, intentaremos encontrar una solución. Espero que todos estéis dispuestos a aportar lo que sepáis. En cualquier momento podéis confesar, si es que tenéis algo que confesar. No os sintáis reprimidos por estas paredes blancas. Sé que son horrorosas.
Alguien llama con los nudillos. El chico que les estaba hablando se dirige a la puerta y la abre. En el otro lado hay un señor de aspecto humilde, aunque las prendas que viste sean de las telas más delicadas que jamás se hayan cosido. Cruza los dedos de sus manos en la espalda y sonríe sin estar convencido de por qué debería sonreír.
—Buenos días, señor.—le saluda. Los cuatro que están sentados se giran hacia él y lo miran con extrañeza. Quizás ninguno lo reconoce. Su cara parece de un extranjero, sin rasgos latinos ni siquiera europeos. Unos toques asiáticos, podría ser.
—¿Qué tal estás, muchacho? Veamos qué ha pasado. Estaba deseando que dieses tu discurso como comisario de la exposición y, cuando te has levantado y te has ido, me he quedado atónito. La sala de la inauguración está atestada de gente. Creo que les han ido sirviendo canapés para amenizar la espera. Acabemos con esto rápido y volvamos, ¿de acuerdo?
—Estoy poco seguro de que lo ocurrido sea fácil de solucionar. No sé si se trata de un problema grave o más bien banal... Le he llamado justamente por eso, para que me diera su opinión y me recomendase qué hacer. La cosa es que... Se trata de algo, que yo sepa, que nunca antes había sucedido ni aquí ni en ningún museo en el que haya trabajado.
—No le des más vueltas y dime de una vez qué ha pasado.
—Bien. La cosa es que, esta mañana, cuando estábamos ultimando los detalles para la inaguración, he intentado contactar con el autor de la obra que exponemos... He estado llamando a muchísimos teléfonos, a todas esas personas que habian estado implicadas en la creación de las instalaciones. He preguntado por el autor a tantos sitios como he tenido tiempo de llamar. Hasta he llamado a los albañiles que reformaron los pavellones... Y no ha habido manera de encontrar el autor. Si le soy sincero, señor, creo que hemos hecho una exposición que no tiene autor.
—¿Cómo puede ser eso? Tienes que haberte confundido. Creía que el autor era una persona muy tímida o recelosa, y que por eso habías decidido dar poca información sobre él a la prensa, la crítica... Que no haya un autor es imposible, muchacho. Siempre hay un autor. Nunca hemos hecho una exposición sin autor, ni ningún museo ni galería lo ha hecho, por lo que es algo... algo inverosímil, sí. ¿Y estás seguro de que no es un colectivo de artistas el que ha organizado todo esto? El conjunto de personas que han estado metidas en el asunto...
—No, no lo creo. Como le he dicho, he telefoneado a todas aquellas personas que han tenido algo que ver con la exposición. De la A a la Z, toda la gente. Y nadie ha querido asumir la autoría de la obra. Casi todos me han dicho lo mismo: que ellos solo han participado de forma secundaria. Hasta ha habido alguno que me ha comentado que ha participado de forma terciaria. Eso no lo he acabado de entender.
—Entonces, ¿qué hace toda esta gente aquí?
—Son personas que podrían ser los autores, aunque ninguno haya dicho, hasta ahora, que lo sea. Son los que han estado más cerca de la exposición. La chica de la blusa azul se ha encargado de la iluminación. El hombre de la derecha es el que ha gestionado los presupuestos. El otro hombre ha escrito el folleto de mano. Y la última mujer ha diseñado la página web. Dicen que en ningún momento han hablado con nadie que se considerase el autor de la obra y... Bueno, también aseguran que ellos no lo son.
El chico entornó los ojos hacia los cuatro. Aún no acababa de creerse que ninguno de ellos fuera quien había tenido la idea de crear todas esas instalaciones. Los observaba apretando los labios; intentaba incomodarlos, de algún modo, para que acabasen confesándolo todo.
El director del museo se acercó a los cuatro y puso las manos en el respaldo de una de las sillas. Los fue mirando de arriba abajo, uno por uno, muy lentamente, como si de buenas a primeras pudiera descubrir quién era el creador en función de su físico. Sacó unas gafas del bolsillo de sus pantalones y se las puso. Respiró hondo y giró la cabeza hacia el blanco de las paredes.


OBRA DE OLGA CAROL RAMA (1918).



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