(Relato) El norte de este bosque



Las nubes no se ponen las unas delante de las otras, sino que las que se encuentran más bajas se mezclan con las más altas, y las más altas acaban siendo absorbidas por las más bajas. No hay un orden, ni una planificación; se tumban sobre el azul de fondo y lo entelan. Al ser de un blanco más bien traslúcido, la luz y los colores más intensos que se encuentran detrás suyo pueden notarse. Aunque en unos tonos menos saturados que los normales; como si un velo hubiese cubierto toda la esfera del mundo para protegerlo de todo aquello que quedara en el aire.
En la izquierda hay una nube que, de tener la forma de un balón, ha pasado a ser la que más se estira a lo largo del paisaje. Baja en diagonal hacia la tierra y por el camino se cruza con otras nubes. Con la tranquilidad que la distingue, absorbe a las otras y así crece en tamaño. La densidad de su blanco cada vez es mayor que la de las otras nubes. Mientras esas parecen marañas de muselina, la más grande se convierte en una masa lechosa que vuela.
Un muro de nubes, tan espesas como esa que desciende, está clavado en el horizonte. Ni se mueve ni tiene intención de hacerlo; es como si hubiera sido construido por el hombre para defenderse de los extraños del espacio. Solo una línea de azul separa la nube que desciende de la muralla blanca. Quedan pocos segundos para que choquen y se absorban, sin que quede demasiado claro cuál acaba con cuál. Cuando a la nube en movimiento le quedan pocos centímetros para tocar el muro, este empieza a deshacerse. Como si se arrodillara, su cuerpo se esconde en lo que queda debajo del horizonte y se va extinguiendo. Hasta que ya no es nada, hasta que solo queda la nube en movimiento que ahora ocupa el cielo desde la parte más alta hasta el pie del horizonte. Al irse expandiendo a lo ancho, también se ha vuelto un poco más transparente y deja pasar, a través suyo, el azul. Su blanco se ha ensuciado y ahora tira más hacia un tono plateado.
No hay huecos oscuros, ni entre las nubes y el cielo por el que se mueven ni entre las nubes en sí. Quizás lo más cerca que se está del negro es en las sombras que las partes más voluminosas de la nube hacen sobre las partes que tienen debajo. Se parten en miles de líneas, se separan entre ellas y en seguida vuelven a pegarse. Aunque es una sola nube, la que ahora reina en el cielo, está en constante transformación. De vez en cuando algún trozo de sus puntas se corta y trata de escaparse, pero el viento lo reconduce hacia el lugar del que ha salido y lo clava con violencia. En esas zonas en que algún pedazo de blanco ha intentado escapar, el tono se vuelve más claro y llamativo; casi acusatorio, para hacer purgar al fugitivo. No hay pasión, en la manera de moverse de la nube. Tampoco hay prisas ni esperanza. Tan solo inunda ese horizonte por el momento; en cualquier momento se desmontará, como el muro de antes, y será tragada por las luces que, desde la franja del horizonte, se enfocan hacia fuera. Son esos mismos focos los que iluminan todo el mundo; no queda ni rastro del sol. Pese a que la claridad del momento sea de mediodía. Los focos se proyectan sobre las nubes y de allí rebotan contra la tierra y las montañas que, delante suyo, se amontonan. La más lejana de ellas se alzaba como lo haría la carpa de un circo. Tenía distintos picos, repartidos por toda su extensión. Una capa de niebla la cruzaba por delante, marcando las distancias entre ella y la montaña que, cerca, lucía unos colores más vivos.
No había detalles en los que fijarse; tan solo era una pared de arrugas verdosas que se expandía por el fondo del paisaje. Quizás era el principio de todo. No sería extraño que hasta el horizonte, que de buenas a primeras podría parecer tan divino como el origen del mundo, hubiera venido después de aquellas montañas. Empujado por lo aguados que estaban sus colores, parte de su humedad había subido hasta el cielo, y de allí habían nacido las nubes.
Más que verde, como se habría visto de cerca, los árboles de esas montañas eran de tonos azulados. El cielo que, encima suyo, se construía y destruía, dejaba escapar polvos de su color, que salpicaban las montañas y las convertían en algo que no eran.
Y las más cercanas, más verdes y radiantes, hasta debían ser más altas que las anteriores. Crecían tanto que, en algunas zonas, llegaban a tapar lo que tenían detrás. Sin querer ocultar nada ni ganar protagonismo, su suelo se erosionaba y el verde explotaba. Como haría un volcán rabioso, dejaba escapar por su cima una lava de color amarillento, que bajaba por las laderas y se sembraba en la hierba. Después crecían los árboles. Que se multiplicaban una y otra vez. Formaban un tapiz de copas y molsa. Y, ocultos bajo sus ramas, los pájaros hacían crujir la corteza.
Pero los árboles no terminan en el pie de las montañas más cercanas, sino que siguen apareciendo en las llanuras que las rodean. Donde la montaña tiene el final de su bajada y el inicio de su subida, otro ejército de árboles aparece. Y se va repitiendo a lo largo de todo el espacio, sea entre las montañas más lejanas y las más cercanas o delante de estas segundas.
Una montaña destaca por encima de las demás. Se ha hecho tan grande que, en su cima, los árboles escasean. De todos esos pinos, solo se les ven las copas. El único que deja al desnudo su tronco es uno que se encuentra en el punto más alto de la montaña. Y no es por gusto sino más bien porque los pinos de su alrededor se separan demasiado de él. No llegan a cubrirlo, y, entonces, el visitante se fija en la palidez de su cuerpo desde lejos. Su blanco no es el mismo que el de la cal o los potes de pintura; se acerca al blanco de la tiza. Empolvado y, al rasparse, áspero.
Los árboles que suben a las montañas deberían ser a los que llegase más luz. Sin embargo, las cosas no acaban de ser como lo que la lógica nos llevaría a pensar. Sobre los de la llanura cae una claridad mística que les diluye el verde y, en secciones, hasta lo vuelve amarillo.
Hay unos círculos de sombras que se dibujan en las montañas. La oscuridad va y viene por sus caminos. Los árboles parecen más misteriosos, un poco más elegantes.
Mientras que los pinos de la llanura se tiñen del verde de la escarola, los pinos de las montañas son del mismo color que las hojas de los eucaliptos. Y no por eso se hacen más discretos, qué va. Por cada pintada de negro sobre sus capas, más poderosos parecen.
Una gaviota vuela por el paisaje. Justo va a coincidir con las curvas en las que una montaña se cruza con la ladera de la montaña que, detrás suyo, se oculta. No le afecta; sigue volando como si nada.
Desde la distancia solo es un punto negro que, vibrando, se desliza por el aire. Se le llamaría mosca, pero las plumas que se le desprenden de vez en cuando no serían propias de ella. De gris, negro y blanco, son las mismas plumas que las boas de un carnaval triste.
Uno de los ojos del ave mira hacia el suelo. Va supervisando que todos los árboles sigan en sus sitios. Controla que ninguno trate de huir de la monotonía del bosque. Que ninguno abandone el conjunto natural al que se ha unido. Que no hayan disidentes, porque un árbol disidente es aquel sobre el que cae un relámpago. Solo que, en la naturaleza, las tormentas eléctricas se adelantan al pensamiento de las plantas. Y, por más que decidan escapar, los fenómenos siempre están de vuelta.
No se han escrito muchas novelas sobre estos pinos. Tal vez sea por eso que, tristones, se tumban hacia la tierra cuando han acabado de crecer.
De sus brancas salen más brancas. Y de esas otras brancas todavía salen más. No hay un solo pino que no se proteja de la lluvia con su pelaje verde. Las ramas ni posan ni bailan, tratan de alargarse tanto cuanto pueden y, cuando se ven incapaces de más, abren brotes.
Por el lado izquierdo de la llanura se ha excavado un hoyo. Los árboles que hay a su alrededor se apartan de él, temiendo por sus vidas. El marrón de la tierra y las raíces de los árboles que antes crecían allí. Esos colores desentonan con el resto del paisaje. Pero, ¿qué más da? En poco tiempo las copas de los otros pinos se harán tan robustas que ocultarán esos segmentos de suelo.
Habrá un día en el que ya no sea un paisaje, ni de bosque ni siquiera del mundo. Se habrá convertido en una alfombra de molsa. Sin sus huecos ni la niebla de su aire, cuando se pasee por debajo de sus árboles se tendrá la sensación de estar debajo de una cúpula. Quizás será la cúpula más grande del universo. Y no habrá manera de serrar los pinos, de volver a hacer de ese lugar una explanada con poca vegetación. Todo se volverá de la piedra más dura y el hombre ya no tendrá nada que hacer allí, si es que alguna vez lo ha tenido.
El suelo se comerá las montañas y una vez las haya digerido irá a por el horizonte. Sin horizonte no habrá más luz. Solo quedará un cielo oscuro. Y esa negrura tendrá que competir con el verde de los arbustos y los árboles. Que pensarán en acabar con todo, en absorber hasta la última gota de materia. El negro ya no representará la ausencia de color; el verde será la ausencia de color.
Pero, por ahora, esa tierra sigue separándose. Por más juntos que estén algunos de sus árboles, siempre acabarán trazando distancias insalvables. Y el color será tan puro como lo es ahora. El viento soplará tan suave como lo hace por las mañanas de invierno.
Su silencio seguirá siendo el ruido que acompañe su transformación, porque lo que hace callar al bosque es la lentitud con la que esos cambios pasan.


A SMALL PIECE OF TURF, DE HANS HOFFMANN (1584)

2 comentarios:

  1. El silencio lo cubrirá todo y nos hará desaparecer de la faz de la Tierra; grandes descripciones, Xavier, muy bien logradas. Muy buen texto. Un abrazo y te dejo la última entrada de mi bitácora, por si te interesa:

    http://www.ourgodsaredead.blogspot.com.es/2015/03/el-sistema-de-mario-conde-un-estudio.html

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    1. Buenas tardes, Alex.
      Gracias por tu comentario. Echaré un vistazo a tu blog.

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