(Relato) Derrochando día



Que fueran las siete de la tarde significaba que el sol ya se había rendido. Las farolas de la calle estaban encendidas desde horas en las que no eran necesarias y alguien había tocado el interruptor de las luces del comedor. A. y B., un matrimonio joven, entró en él. A. cargaba con un mantel, que dejó sobre la mesa y desdobló. Mientras, B. esperaba con la cubertería en las manos.
Andaban planeando qué le dirían a Escritor sobre su libro en cuando llegase. Lo habían invitado a cenar a esa misma hora. Sí, a él, uno de esos que se le antoja como un desconocido a todo el mundo. Solo se acordaban de que existía cuando publicaba una nueva novela y decidían cumplir como amigos suyos que eran. Aunque ya no lo recordasen los tres se habían conocido el mismo día y en el mismo lugar, la universidad, rondando mediados de los ochenta. Pero ¿qué más da dónde se conocieran? Lo interesante de su relación es que en un principio los tres habían formado una especie de pandilla. Una pandilla rara, que se diría de en la que se encuentran dos universitarios y una sola universitaria. Por algún capricho del azar el grupo se acabó dividiendo no por la mitad, sino por dos tercios; A. y B. se fueron por un lado mientras que Escritor siguió estudiando. Más tarde, sería profesor de Literatura. Luego, profesor de Literatura y escritor. Y, finalmente, ex profesor de Literatura que ganaba lo suficiente como para no tener que dar clases.
Ensayar las charlas que tendrían con su invitado no lo hacían únicamente con Escritor. Trataban de adivinar qué temas gustarían a cualquiera con el que quedasen. No era algo de lo que fuesen conscientes, pero uno de sus mayores deseos era que la gente saliese de su casa exclamando: «¡Joder, si todos los anfitriones fueran como estos, dejaríamos de alimentarnos porque nos pasaríamos las comidas hablando!» Pero por lo general no era así. Poner un guion a la vida privada que se tenía era más difícil que hacerlo con la vida laboral, pero eso A. y B. no lo sabían. Creían que, al igual que se preparaban las entrevistas de trabajo, también podían aprovechar sus reuniones para fardar de dotes conversadores.
La tensión acababa por hacerse demasiado grande. Sus invitados solían irse sin saber qué era lo que les había disgustado —no se daban cuenta de lo que ocurría— pero con el convencimiento de que no volverían por allí.
Las fiestas que organizaban eran esto mismo llevado al extremo. Horas de tedio en un comedor con música de fondo y conversaciones que no se aguantaban por su propio peso. B., cuando veía que sus invitados se aburrían, empezaba a sudar, y A., al fijarse en esto, buscaba soluciones para la situación rescatando conversaciones que ya habían tenido. Nunca profundizaban en los temas, se limitaban a repetir lo que opinaban sobre ellos.
A Escritor ya le habían advertido de que nada bueno saldría de una cena con A. y B.. Él, sin embargo, guardaba un recuerdo agradable de cómo eran, y no creía que, en unos años, hubieran dado un cambio tan grande. Pero la cosa iba en esta línea; no le faltó tiempo para darse cuenta.
El timbre sonó. B. corrió hacia la puerta. La falda de su vestido, a cada paso, se daba más de sí; lo que había sido ajustado, ahora le quedaba más holgado que sus collares. El color azul, no obstante, lo salvaba. Hacía que las curvas de su cuerpo se dibujaran con tanta finura como lo habrían hecho con un vestido más elegante.
Probó de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Tuvo que buscarla en la cómoda del recibidor. Sacó más y más manojos, sin reconocer la correcta. Hasta que sus labios se aliviaron e introdujo por la cerradura una llave que dio las dos vueltas.
Escritor estaba allí. Había cambiado en muy poco. Llevaba el mismo maletín que en su juventud. La pipa que en el pasado fumaba había desaparecido; ya no cabía en ningún lugar ese postureo que antes pensaba que le convertiría en escritor.
Su sombrero sí que era el mismo que en aquel entonces. De un negro muy tocado por el polvo, lo que lo hacía parecer gris. Ni de joven ni ahora lo usaba con demasiada frecuencia, y siempre que lo rescataba de su armario se olvidaba de cepillarlo. Ese mismo polvo caía del alféizar del sombrero a sus hombros y de los hombros al resto de su abrigo.
—¡Por fin has llegado! A estas horas ya empezábamos a pensar que nos habrías dejado colgados.—Escritor trató de protegerse del tono entre irónico y de regaño con que B. había dicho eso. Sonrió y dio un paso hacia delante. No hubo dado un segundo que A. se le acercó a grandes zancadas y se le echó encima. Él se quejó, a la vez que A. le inmovilizaba por el cuello. Le golpeó por la espalda y este se percató de que tenía que parar.
Cuando le hubo sacado los brazos de encima, Escritor tosió y se le escapó un murmullo de «¡pedazo de animal!». Pasaron todos al comedor y se sentaron delante de la mesa. A., en el lado izquierdo, Escritor en una de las puntas y B. en el otro lado, de cara a su marido.
Lo mejor que puedo hacer es empezar a beber y no parar hasta agotar la botella, pensó Escritor. Al igual que el matrimonio, llevaba horas preparándose para esa cena, pero de un modo distinto. Había intentado hacerse a la idea de qué tipo de personas se encontraría. Así que cuando le preguntaron qué le apetecía tomar, no dudó:
—¿Qué podéis darme que sea fuerte?
Contestaron que les quedaba media botella de vino. Escritor asintió y A. fue a buscarla a la cocina. Se oyeron las voces de unos chavales que gritaban por la calle. Echaban piropos a quien debía ir delante suyo, pero desde el piso de A. y B. no se podía ver nada; la calle quedaba oculta por los balcones de sus vecinos. Siete pisos se habían construido debajo del suyo, nada más ni nada menos. De hecho, el motivo por el que se había retrasado dos minutos era la lentitud con la que subía por las escaleras.
Escritor se acercó a esa ventana y miró a través de ella. La casa de enfrente, con un jardín muy tupido en su terraza, tapaba lo que había más allá. Si todas esas plantas se hubieran sacado de allí, desde la ventana se habrían visto las luces de un teatro. Aquellas luces, con todo ese verde de por medio, seguían traspasando los huecos entre hojas y ramas y llegaban a la fachada del bloque de pisos. El amarillo de la luz alcanzaba las cortinas azules, regalándonos un verde que combinaba con el de los ojos de Escritor.
Volvió a entrar en el comedor. A. y B. se habían sentado de nuevo y le esperaban con las manos sobre el regazo. Como niños educados, le sonreían y no apartaban la mirada de la de su invitado por más que este esquivase cualquier tipo de contacto.
—He estado leyendo un poeta mallorquín. Uno que se llamaba Blai Bonet. Mientras lo leía, algunos de sus versos me hacían pensar en nuestros años en la universidad. Escribía desde los huecos que había en las otras personas, en los objetos que encontraba y en los lugares donde estaba. Los comprendía tan bien que escribir desde ellos. Y ya sabéis que eso es lo que hacíamos al comprar los fanzines de nuestros compañeros y garabatearles encima... intentando ser ellos.
A cada palabra que Escritor decía, sus párpados descendían más. Acabó con los ojos cerrados. Así se aislaba de las reacciones de sus dos amigos. No le interesaba verlas, ni siquiera buscaba que le contestasen para dar lugar a una conversación. Él normalmente vivía escribiendo, y, al no tener boli y papel en mano, se conformaba con dejar sus frases en el aire. Confiaba en que pudieran quedar selladas, fuera en su propia memoria o en la de A. y B.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no nos recitas uno de sus poemas, entonces?—dijo B..—Si me llama la atención, quién sabe, quizás me acabe comprando su libro, ¿tú te lo compraste en digital?
—Yo no uso libros digitales, señora.—Si ya con la sola sugerencia de que recitara uno de los poemas de Blai Bonet se había ofendido, la pregunta sobre el libro digital todavía había echado más leña al fuego.
—Ah, bueno, entonces nada. Pero recítalo igualmente, que estoy deseando oírte.
—No me sé ninguno de sus poemas. Recitar poemas es lo que te obligan a hacer en la escuela, yo disfruto leyéndolos. Al igual que no me da por memorizar prosa, tampoco me esfuerzo por memorizar verso, sería ridículo. E innecesario.
B., que notaba la molestia con la que Escritor hablaba, decidió que lo mejor sería callar. Alargó una pierna hasta las de A. Le tocaba salir a escena a él, que interpretara su papel y recuperara el honor del matrimonio.
—¿Podemos hablar un segundo a parte?—le pidió a Escritor. Este, sin responder, se levantó y fue hacia la puerta del comedor. A. también se levantó y cerró la puerta a sus espaldas.
Tan solo intercambiaron dos o tres palabras en el pasillo que iba del recibidor al comedor, pero fueron suficientes para que Escritor entendiera qué pintaba allí.
—Amigo, no te lo tomes a mal, pero el verdadero motivo por el que te hemos invitado es porque quería decirte algo sobre tu nueva novela. Sé que mezclar ficción con autobiografía es parte de tu método, sí, pero... Ah, no sé cómo decirte esto sin que te sientas atacado... Que sepas esto antes que nada: no pretendemos darte una advertencia ni reprocharte algo que nos parezca incorrecto, es solo... Es solo que querríamos que no volvieras a ponernos entre tus personajes. O que no lo hicieras de una manera tan explícita, por lo menos. Sabemos que a ti te leen muchas más personas dejando de lado las de nuestro círculo de amigos, pero estos también tienen boca... Y, bueno, nos consta que se dedican a opinar y... Y espigan lo que hay de cierto en tus textos y lo que hay de mentira. Comprenderás que con lo que dices sobre mi mujer y yo en esta última novela no podemos dejarte pasar ni una más... Perdona, vaya, esto último ha sonado demasiado ¿amenazante?
—No hace falta que sigas hablando, entiendo lo que quieres decirme.—Alzó una mano para interrumpirle.—Si te soy sincero, ha llegado un momento en el que no distingo lo que pongo de ficción de lo que pongo de mí mismo y de mi entorno. Intentaré disimular más lo que quiera contar sobre vosotros en un futuro. Aunque también tengo que dejar claro que nunca ha habido un solo personaje que os representara completamente, o, en todo caso, que representara la imagen que tengo de vosotros. Intento coger solo características de mis amigos que me interesa tratar. Nada más, no hay rencor ni la intención de hacer daño.
Se volvieron a sentar a la mesa y A. sirvió el primer plato. Una ligera y humeante sopa. La pasta que le habían puesto parecía hecha de rizos rubios. Y el caldo, más amarillo todavía, recordaba también al verde de las hojas del tomillo.
Una vez terminaron, Escritor cayó en que sí que recordaba unos versos que había leído de Blai Bonet. Dijo que, pese a que los había tenido en la punta de la lengua todo el rato, no había querido ni comentar que estaba intentando recordarlos para no quedar humillado. Ets un sol. / Sempre vas abocant dia... Trató de recordar los versos siguientes, pero con eso ya no pudo. Según les explicó, esos versos se le habían quedado grabados en la cabeza porque, al oírlos en boca de un amigo suyo, le había sonado a Sempre vas a bocan dia. Al no saber qué significaba a bocan dia, se había inquietado bastante. Lo primero que hizo al volver a su casa después del encuentro con ese amigo fue buscar aquellos versos en las poesías completas de Blai Bonet. Tardó cuatro horas en encontrar a los que se refería. Eso, sumado a la lentitud con la que pasaba las páginas, le había hecho lanzar todo un día de su vida por la borda.
Se despidieron con prisas. Escritor bajó las escaleras del bloque con más entusiasmo que como las había subido. De dos en dos, rozando el pasamanos con las uñas.
Salió por la puerta de la calle y justo en ese momento le cayó encima algo sólido. Ahogó un quejido y buscó con la mirada qué había sido. En el suelo, su libro, que alguien debía haber tirado desde las alturas.

FOTOGRAMA DE AMOR DE PERDIÇÃO, DE MANOEL DE OLIVEIRA

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