(Diario de adolescencia) Semana del 30 de marzo al 5 de abril de 2015



No me debería sorprender, es lo que suele pasar cuando en un lugar concreto y estratégico se juntan unas cuantas sillas y mesas de aluminio; nace la tertulia.
Al más puro estilo de un París que nunca conoceremos, como bolas de billar pegajosas que se juntan y no vuelven a separarse. En sitios concurridos, que siempre caen por el centro de las ciudades. Y no te das cuenta de que han aparecido hasta que, como me ocurrió ayer, miré hacia mi alrededor y me fijé en que no solo había caras en las que no tenía ningún interés, sino que también las había de intrigantes. Caras con labios que se movían y dejaban escapar sonidos, todas hablando sobre asuntos con lo suyo de transcendental, aunque ellos los tratasen de paso. Me habría gustado escuchar una de esas conversaciones, pero ya tenía suficiente con la mía, compartida con Alicia, que empezaba a decaer porque me había concentrado demasiado en lo que nos rodeaba y no en ella.
Es agradable ir por la ciudad con mi libro bajo el brazo. Lo doy a quien me lo pide, y en cuando esta persona lo coge yo cruzo de dedos para que no se lo guarde en el bolso ni se lo esconda, sino que lo deje a la vista. No porque las cosas funcionen así en la publicidad, en absoluto, es solo para seguir notando que está entre nosotros. Como si fuera parte de la cita, en otras palabras.
Y volviendo al tema de las terrazas que vienen de la nada, tengo que decir que, además de la plaza Santa Anna en Mataró, que es a la que me refería —un Daunis y un Classic Coffee, el primero al lado del otro, encarados a la Esglèsia de Santa Anna—, también hay zonas muy propensas a ello por el resto de la ciudad. La Plaça Gran es un buen ejemplo, aunque desaprovechado. No la han explotado tanto como podrían, al mismo tiempo que uno se encuentra algunas calles llenas de terrazas que triunfan y las hacen intransitables. Horrible. Deberían prohibir que las terrazas estuvieran en las calles en lugar de en las plazas.
Eso sí, también se tiene que decir que el éxito de estas terrazas es efímero. Pero esta característica no solo es propia de aquí, sino que también se ve en Barcelona y sus cafés. Joan de Sagarra escribe a veces sobre las tertulias en las que se reunían sus amigos cuando eran jóvenes. Vila-Matas, Marsé, Coma... Con solo tres nombres ya nos tiene ganados a los que, por no haber vivido esas épocas, nos enamoramos de ellas y las idealizamos. Esos cafés también desaparecían con rapidez, pero no lo hacían de la misma forma las personas que los ocupaban, que, en definitiva, es lo que nos interesa. Estas personas eran —y son— aves migratorias que vagan por calles y plazas. Cuando una terraza ha perdido su interés —échale la culpa a la monotonía, a reformas públicas, a lo que quieras...— parten hacia nuevos puertos. Y suelen ser puertos no demasiado alejados de los de partida, pues estas aves se reconocen, ante todo, por su pereza.

Adiós al proyecto que creí que me llevaría solo un año terminar. Si pensaba que el tríptico Los creadores era posible, estaba equivocado. Iban a ser tres novelas que girasen alrededor del tema de la creación artística, y en muy poco se ha ido a la mierda.
¿Qué ha sido la aguja que lo ha pinchado? La segunda de las novelas, es decir, que el proyecto se ha pinchado a sí mismo. La empecé a escribir en diciembre, con nuevas ideas, teorías, métodos en la cabeza. Pretendía defender una literatura de la que apenas había leído nada —la objetiva, como El Jarama, la cinematográfica, la contemplativa...— y ahora me doy cuenta de que no puedo serle fiel por más tiempo. No va conmigo. Ha sido curioso experimentar con ella, pero necesito hacer marcha atrás y empezar de nuevo la carrera desde la línea de salida en la que estaba antes de arrancar con la segunda de las novelas.
Es una suma de sentimientos que se contradicen entre ellos. Por un lado, me entristezco por haber dejado de confiar en algo que, dirigido como es debido, habría desembocado en una revolución... A pequeña escala, es obvio. Cuando pienso en revolución no me imagino barricadas con franceses gritando detrás, sino a alguien escogiendo un tiramisú de postre cuando se suele comer crema catalana.
Por otro lado, la sensación es muy refrescante. No me siento nuevo, pero sí que, de alguna forma, sé que hay nuevas avenidas por las que puedo caminar. Bueno, caminar no, pasear. Por la literatura, hasta ahora, he ido paseando, ni ejercitando demasiado los glúteos ni haciendo aspavientos para ganar más velocidad. Para mí consiste en un paseo por el Eixample. Ahora he tenido que dar unos pasos hacia atrás, pero eso me permitirá ver edificios y monumentos que, siguiendo por el camino que había tomado, no habría encontrado.

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