(Diario de adolescencia) Semana del 23 al 29 de marzo de 2015



Lo que más me gusta de mis tardes de martes es que, al estar apuntado a un ciclo de conferencias sobre el arte de la novela, encuentro la excusa perfecta para ir a Barcelona y hacer algo más. Dejando de lado el interés que tengan las conferencias en sí.
Paso media tarde visitando lugares a los que no puedo acercarme el resto de la semana por vivir a treinta kilómetros de la capital y la otra mitad escuchando al conferenciante invitado en ese ciclo.
Hacía ya un mes que había reservado cita en la biblioteca de la Fundació Tàpies para ir a documentarme sobre Jonas Mekas. Se diría que soy muy previsor, pero lo cierto es que me creía que si lo hacía unos días antes de la fecha estarían lleno y no podría acceder. La cosa funcionaba de una forma muy distinta. Tras entrar en la biblioteca me di cuenta de que estaba absolutamente solo. Las bombillas que colgaban del techo aportaban lo justo de luz para que se diferenciaran las siluetas de cada mueble. Todas las mesas, con sus respectivas sillas, vacías.
Tardé un poco más en localizar a la bibliotecaria, con la que crucé una mirada y rápidamente entendió qué quería. Me acompañó a la mesa sobre la que había dejado todos los libros de la biblioteca exclusivamente sobre Jonas Mekas, además de las cintas de vídeo de su Walden. La mesa que me había reservado era la única en la que había un televisor. A su lado, el reproductor (vaya, en un principio ya supuse que lo era, aunque esos trastos son milenarios para mí). En cuando me senté pensé en si habría sido la única persona en toda la historia de la biblioteca que pedía cita para documentarme sobre un tema sin ningún objetivo concreto. Qué va, resolví rápidamente, conozco a más gente de la ciudad que tiene tanto tiempo libre.
La película que antes he mencionado, Walden, consiste en unos diarios que Mekas grabó en los que resumía algunas escenas de su juventud en Nueva York. Allen Ginsberg, Warhol, Markopoulos... No eran pocas las celebridades que desfilaban por delante de su objetivo. Un proyecto que en su momento fue arriesgado y se vio poco, y que, hoy en día, sigue siendo arriesgado y, de volverse a estrenar, se vería todavía menos.
Mekas añadía Chopin a algunos de los fragmentos de vídeo. Otros en silencio, y también los había con su sonido original. El resultado habría sido digno de verse en pantalla grande. Sin embargo, tal y como decía su director en alguna presentación, no tenía por qué verse entero. La cantidad de cosas que el espectador supiera sobre él sería proporcional al tiempo que hubiera pasado viendo su filme. Un total de tres horas divididas en distintos capítulos. Más de ciento ochenta minutos para dividir el cerebro del espectador con un cuchillo y meter en cada trozo una pizca de esa intimidad.
Iba alternando el visionado de la película con el ojeo de los libros sobre el tema. Los textos que más me interesaban los copiaba a mano en una libreta que había traído conmigo. Para no darle la impresión a la bibliotecaria de que era un inútil, en definitiva.
Una de las tantas veces que levanté la cabeza para mirar hacia la pantalla me fijé en que, al otro lado de la sala, había una impresora. Me emocioné tantísimo que cogí todos los libros, todo el dinero suelto que llevaba en los bolsillos y empecé a imprimir páginas y páginas como un jodido loco. Tuvo que frenarme la máquina, con el mensaje: «Queda poca tinta.»
De toda la teoría del cine experimental que me metí en el cuerpo, me quedo con estas palabras del mismo Mekas: 'Y la frontera más evidente entre la narración y la no narración, si hay una, ha sido tradicionalmente trazada por el protagonista: en la narración, hay un protagonista, y en la forma no narrativa hay solamente un creador, la presencia del artista, su ego.'¹
Me entretuve mucho rato. Demasiado, de hecho. Cuando se me ocurrió mirar mi reloj tan solo quedaban diez minutos para que empezara la conferencia. Así que salí escopeteado de la Tàpies. En ocasiones como esta se me pasaba por la cabeza: ¿Y si cogiera prestado un bastón y 'apartara' los guiris de mi camino? Asumamos que estorban todavía más que los ecoamigos del Bicing.
Conseguí llegar a tiempo. Una semana más, me encontraba rodeado de la amable tercera edad de Barcelona. Porque la cosa era así; dudo mucho de que hubiera nadie con menos de cincuenta en esa sala, salvo alguna cara tersa que había visto al entrar y yo.
La novela era La mancha humana, de Philip Roth, quien, según Andreu Jaume, el conferenciante de la semana, 'ilumina la problemática de toda una sociedad a través de historias concretas.' Y hasta me hizo sonreír cuando dijo que, años antes, la primera vez que la leyó, creyó que era idiota porque, en un punto avanzado de la narración, se revelaba que el protagonista era negro cuando en un principio ni siquiera se había sugerido. El tipo de tonterías que, si alguien no confesara, nadie comentaría, aunque todos hubieran pasado por ellas.
Digerida la sesión de cine alternativo del martes, me volví a topar con una película con intención de romper esquemas el jueves. Fui a los Boliche a ver National Gallery, que dirige Frederick Wiseman. De durada no mucho más corta que la de Mekas, la película del estadounidense me entró por los ojos con la misma fascinación que lo haría una aurora boreal. Si no hubiera sido por ella, probablemente no hubiera pensado nunca en la National Gallery más que como medio para llegar al fin que son las obras expuestas. A través de los que se encargan de su logística, de los comisarios que trabajan en ella y hasta del personal de mantenimiento se descubría la perspectiva más amplia que se podría dar de un museo como este. Y es que su director ha centrado toda su carrera en proyectos por el estilo; también ha investigado la universidad Berkeley, el Crazy Horse de París y muchas instituciones tan opuestas entre ellas como esas mismas.
Es a través de esta película que se entiende que los museos, en calidad de árbitros que crean los diálogos entre obras aparentemente incompatibles, se vuelven obras de arte en ellos mismos; como colecciones de objetos encontrados.
Me apunto a mi lista de pendientes La danse; El problema con películas tan cautivadoras es que, de no verse en pantalla grande, pierden mucho encanto.
Cuando pensé que mi semana no podía ser más americana, aparecieron las entradas para ver a Pau Vallvé tocando en Sala Ap. Llegó la noche del viernes y, con ella, un cantautor catalán que solapó el mal comienzo de su concierto con el hormigueo estomacal del final. Tan solo una guitarra, un looper y su voz. No necesitó más. Eso y una flaca teoría del artista que explicaba entre canción y canción. Me llevaba una mano a la cara cuando lo hacía, intentando disimular mi risa. Comparaba las obras más comerciales y más alternativas que tienen algunos artistas con padres que tienen hijos rubios y que todos adoran y hijos morenos que, pese a ser más raritos, molan más. Según Vallvé, llegaba un momento en el que uno debía decidir entre dejar morir a los hijos morenos o a los rubios. Merecía que un aplauso le interrumpiera al asegurar que él se quedaba con sus hijos morenos. Y se lució con un All is full of love que demostró que lo que decía no tenía tanto de humorístico como de cierto. Felicitemos a Mekas, Roth y Vallvé por arriesgarse y matar a sus hijos rubios.

¹ Traditionellement, la forme du journal appartient à la narration en art. Et la frontière la plus évidente entre la narration et la non-narration, s'il y en une, a traditionnellement été tracée par le protagoniste: dans la narration, il y a un protagoniste, et dans la forme non-narrative, il y a seulement le créateur, la présence de l'artiste, son ego.
Présentation de 'Journaux, notes & esquisses' (bobines 1 et 2) au Millenium, New York,


le 14 décembre 1969.

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